Escuchar esta nota
Detenido
Noviembre, 2026
Lo dejó dicho Leonard Cohen: “La poesía es sólo la evidencia de la vida. Si tu vida se está quemando, la poesía es sólo la ceniza”. Aunque la noticia de su muerte se informó el 10 de noviembre de 2016, el cantante, compositor, novelista y poeta canadiense partió de este mundo tres días antes, el día 7, a los 82 años. Ahora que se cumple una década de su fallecimiento, aquí queremos recordarlo.
I
En 2007, a los 73 años, Leonard Cohen exhibía aún más sabiduría, si es que eso era aún posible en él.
No me malentienda. De esos 73 años, el escritor y músico llevaba por lo menos cinco décadas derrochando sabiduría en lo que hacía; para entonces tenía en su haber varios libros de poesía, algunas novelas publicadas, y una colección de canciones distribuidas en casi una decena de discos editados. Y en todo ese corpus de trabajo su encantador ingenio y saber habían deducido a todo aquel que se acercaba a su obra, ya fuera literaria o musical, que, al menos en su caso, era casi la misma cosa.
Por ejemplo, en un poema de Flowers for Hitler Cohen escribía: “¿Existe algo más vacío/ que el cajón donde/ uno solía guardar el opio?”. En otro poema: “Me miraste/ y nunca se me ocurrió/ que pudieras estar escogiendo/ al hombre de tu vida”.
Y ni hablar de sus canciones. Nada más su famosa “Hallelujah” —hoy, por cierto, aún más famosa en manos de concursantes de talentos— es una canción que tardó en escribir al menos cinco años (aunque eso de “escribir” me parece, ahora, una descripción demasiado frívola), llenando cuadernos y golpeando su cabeza contra el piso de pura frustración. Ochenta versos redactados, y luego habría más, porque Cohen eligió cambiar la canción para las actuaciones en vivo.
Perdón por la breve digresión. Regreso a 2007. A sus 73 años, Cohen era ya un gran sabio que había trepado por todas las escalas creativas. Además, las experiencias recogidas en ese suspiro de vida le habían hecho aún más preciso y conciso. Todo un loquillo.
En una entrevista de ese año, el español Alberto Manzano le pregunta sobre su fama de mujeriego.
Cohen entonces responde:
—Me pusieron el sambenito de mujeriego, sí. Y, como digo en uno de mis poemas, «mi reputación de mujeriego fue un chiste que me hizo reír de amargura las diez mil noches que pasé solo». Como si fuera el único hombre que se ha sentido así por las mujeres. Como si fuera la única persona que ha establecido una profunda conexión con el sexo opuesto.
Manzano, traductor de prácticamente toda la obra de Cohen al castellano, prosigue por el mismo sendero la conversación:
“—¿Has aprendido mucho de las mujeres?
“—Se aprende todo de las mujeres. Cuando vas hacia ellas, te mueves en un territorio desconocido. El resto son sólo disparates que se heredan. Pero nadie puede preparar a otra persona para encontrarse con el sexo opuesto. Y se ha escrito mucho sobre ello. Ahora hay muchos libros de autoayuda, pero la verdadera confrontación de un joven con el deseo, ese anhelo de realización, es la única educación. Y todo el mundo anda enredado con esa actividad, ya se trate de una realización espiritual, romántica o erótica.”
Cohen, como buen poeta que era, antes que nada, contesta cada pregunta con palabras certeras y dibuja metáforas para explicar hasta lo más banal. Le pregunta Manzano:
“—En los años setenta, decías que el matrimonio era el cementerio del amor.
“—Yo creo que el matrimonio es para gente de noble pensamiento, para personas altruistas. Creo que el matrimonio exige una disciplina más dura y severa que la de cualquier orden monástica. Actualmente el matrimonio es el monasterio, y el monasterio es la libertad. Sólo se trata de que tengas o no una naturaleza monástica, porque, en definitiva, eso es lo que exige un matrimonio monógamo. La mayoría de gente lleva una vida chapucera con respecto al matrimonio, lo cual le permite lleva otras aventuras. En los años en que me consideraba una persona casada, yo era uno de esos.
“—Y ahora, a tus 70 años, ¿qué es lo que quieres de una mujer?
“—Créeme, lo que uno quiere es cenar con alguien. Dormir con alguien de vez en cuando. Telefonearse, escribirse de vez en cuando. Algo muy modesto. Y permitirte algún desliz. Estropearlo un poco. Tomar unas copas e irte a la cama con alguien. No tiene que ser el final del mundo.”
II
Publicada la entrevista en el libro Palabras, poemas y recuerdos de Leonard Cohen, de Alberto Manzano, bajo el sello de la barcelonesa Ediciones Alfabia en 2009, escuchar/leer la voz del bardo canadiense es una delicia y también un bonito recuerdo, sobre todo ahora que se cumple una década de su partida.
(Recordemos: aunque la noticia de su muerte se dio a conocer el 10 de noviembre, el cantante, compositor y poeta canadiense partió de este mundo tres días antes, el día 7.)
Regreso a la entrevista de 2007. Le pregunta Manzano:
“—Hay una canción en el nuevo disco de Anjani [en ese momento pareja de Cohen], Blue Alert (Sony, 2006), cuya letra escribiste tú y habla de «una especie de acuerdo» entre la pareja protagonista de la canción, algo que me devuelve directamente a “Waiting for the miracle” —la cual sé por ti mismo que estabas escribiendo en la misma época que la canción “Blue alert”—, donde decías: «Nena, ¿por qué no nos casamos? Llevamos solos demasiado tiempo. Podríamos estar solos los dos juntos, a ver si somos tan fuertes. ¿Por qué no hacemos algo loco, algo totalmente equivocado, mientras esperamos el milagro?».
“—La gente siempre quiere poner nombre a las cosas. Y la mujer pregunta: ¿cuál es exactamente nuestra relación? ¿Estamos comprometidos? ¿Somos novios? ¿Somos amantes? Pero, cuando te haces viejo, sólo quieres acomodarte, y respondes: ‘Sí, vivimos juntos. Esto va en serio. Esto es de verdad. Eres la mujer de mi vida. No busco a nadie más’. Cualesquiera que sean los términos de lo que signifique esta relación: un anillo, un acuerdo, un compromiso, o, simplemente, tu conducta, tienes que hacer ajustes a cada minuto de la relación. Y entonces, pasa una mujer, la miras, pero puedes resolver la situación de manera que nadie se sienta insultado, ofendido, o en peligro. Estás con alguien, y quieres que la relación funcione. Ya no me interesa desnudarme con una mujer.”

Hacia el final de la conversación, Manzano le pregunta sobre su etapa budista. (Por una necesidad espiritual, durante un lustro de los noventa Cohen se recluyó en la escuela budista que el maestro Roshi puso en marcha en Mount Baldy, en la estadounidense California, que, por cierto, no supuso la renuncia a su judaísmo familiar.)
Dice Cohen:
“—Pensé que podía iluminar mi mundo y el de los que me rodean y que podía tomar el camino de Bodhisattva, que es el camino del servicio de la ayuda a los demás. Pensé que podía, pero no pude. El camino espiritual es un mundo en el que hombres mucho más fuertes que yo, mucho más valientes, más nobles y generosos, hombres de grandísimas hazañas, se han quedado hechos trizas. Una vez que se empieza a tratar con material sagrado, uno se hace papilla.
“—¿Es verdad que Roshi te dijo en una ocasión que aún tenías que cantar más triste?
“—Sí. Yo estaba grabando New Skin for the Old Ceremony. Gracias a Roshi he aprendido a sentarme sobre el fuego de mi aflicción y quemar mucha mierda. Roshi también me dijo: «Cuando más viejo te haces, más solitario te vuelves y más profundo es el amor que necesitas».”
III
“Nací así, no tuve otra opción. Nací con el don de una voz dorada”, nos aseguró Leonard Cohen en la “Torre de la canción” de 1988. Y sí, aceptémoslo: el mundo es más triste y más oscuro sin la luz que emanaba el bardo canadiense desde esa torre.
Y es que son pocos los artistas que han sabido tomarle el pulso al mundo, y Leonard Cohen era uno de ellos: “Todos saben que los dados están cargados/ Todos los tiran con los dedos cruzados/ Todos saben que la guerra ya ha terminado/ Todos saben que los buenos perdieron/ Todos saben que la pelea fue arreglada./ Los pobres siguen siendo pobres, los ricos se hacen más ricos./ Así son las cosas… / Y todos lo saben”, cantaba en la visionaria “Everybody knows” de finales de los ochenta.
Escritor. Poeta. Compositor. Cantante. Ícono cultural. Durante más de cuatro décadas Leonard Cohen fue uno de los artistas más importantes e influyentes de nuestro tiempo, una figura fascinante, un compositor cuyas obras (es decir: sus canciones) establecieron un estándar virtualmente inigualable, casi inalcanzable.
Ahí está como ejemplo la sexy “I’m your man”: “Y si quieres un médico, yo examinaría cada centímetro de tu ser”.
O la cachonda y triste a la vez “Chelsea hotel” (que retrataba su encuentro sexual con Janis Joplin): “Te recuerdo bien en el Chelsea hotel/ Eras famosa, tu corazón una leyenda/ Me volviste a decir que los preferías guapos/ Pero que conmigo harías una excepción/ Y apretando el puño por los que como nosotros/ Estaban oprimidos por las formas de la belleza/ Te arreglaste un poco y dijiste: «¡Qué más da!/ Somos feos, pero tenemos la música»”.
El cantante y músico Nick Cave lo dijo muy bien hace una década (para despedir y rendirle pleitesía al artista canadiense): “Para muchos de nosotros, Leonard Cohen era el mejor compositor del mundo. Totalmente único e imposible de imitar, por más que lo intentáramos”.
Interpretadas las canciones con esa voz que no se sabía si cantaba o hablaba, en sus manos el amor pero también el sexo, el tiempo, la muerte, la belleza, la espiritualidad, la guerra o el poder alcanzarían, como tema, una nueva dimensión, en algunos momentos una dimensión casi filosófica.
Como muy pocos compositores en el mundo del rock —acaso Dylan y un puñado más—, Leonard Cohen examinó y le cantó a todas las miserias y grandezas de la condición humana. Pero, especialmente, nos enseñó a lamernos las heridas causadas por las rupturas sentimentales.
Con ello se hizo inmortal. ![]()



