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Patricio Guzmán: un adiós

El cronista que hizo de Chile una memoria

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Octubre, 2026

Nació en Chile en agosto de 1941 y se fue de este mundo el pasado 15 de septiembre en París, donde decidió echar raíces tras su exilio ante la llegada de la dictadura militar a su país en 1973. Como director de cine fue creador de más de una veintena de películas, en su mayoría documentales, que le merecieron varios de los más prestigiosos reconocimientos fílmicos: el Ojo Dorado del Festival de Cannes, el Oso de Plata del Festival de Berlín o un Premio Goya. Pero, sobre todo, su obra es reconocida y constituye uno de los grandes archivos documentales de la historia contemporánea de nuestra América Latina. La periodista Déborah García le dedica esta despedida.


Déborah García


Patricio Guzmán murió el pasado 15 de septiembre en París, a los 85 años. Durante más de medio siglo filmó la historia de su país, primero mientras ocurría y después mientras Chile trataba de entender qué había sucedido. Su obra constituye uno de los grandes archivos documentales de la historia contemporánea de América Latina y hace de él, probablemente, el mayor cronista audiovisual de la historia de Chile.

Hay cineastas que escogen un tema y regresan a él durante toda su vida, y hay otros cuyo trabajo termina formando parte de aquello que han decidido contar. Patricio Guzmán pertenece al segundo grupo. Resulta difícil pensar en el Chile contemporáneo sin las imágenes que dejó, del mismo modo que resulta difícil contemplar esas imágenes sin pensar en el país que las produjo. Hizo de su cámara una herramienta para registrar la historia y, cuando esa historia quiso ser borrada, una forma de memoria.

Su relación con Chile comenzó a adquirir esa dimensión durante el Gobierno de Salvador Allende. El cineasta filmó la Unidad Popular mientras todavía estaba presente: las fábricas, las calles, las manifestaciones, las asambleas, las discusiones y el creciente enfrentamiento político que terminó desembocando en el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. De aquel trabajo nació La batalla de Chile, una trilogía que se convertiría en una de las grandes obras del cine documental del siglo XX.

La película tiene una fuerza que procede, en buena medida, de algo que parece sencillo pero que es extraordinariamente difícil de conseguir: Guzmán estaba allí sin saber todavía cómo iba a terminar la historia. No filmaba desde la distancia del historiador, sino desde la incertidumbre del presente. Su cámara recogió un país en plena transformación y acabó conservando para el futuro algo que la dictadura habría querido destruir o sustituir por otra versión de los hechos.

Después del golpe llegó la detención, el paso por el Estadio Nacional y el exilio. Las bobinas de La batalla de Chile salieron del país y llegaron a Cuba, donde Guzmán y Pedro Chaskel trabajaron en el montaje. La película terminó siendo mucho más que el testimonio de la caída de Allende: se convirtió en un documento fundamental para comprender aquel proceso político y, al mismo tiempo, en el punto de partida de una obra dedicada casi enteramente a preguntarse qué ocurre con un país después de una ruptura semejante.

Guzmán regresó una y otra vez a las imágenes y a las personas que había filmado. En Chile, la memoria obstinada volvió sobre La batalla de Chile para encontrarse con quienes habían vivido aquellos acontecimientos. En Salvador Allende reconstruyó la figura del presidente y el proyecto político que encarnó, pero su cine fue desplazándose poco a poco desde la historia política hacia algo más profundo: las huellas que la historia deja en las personas y en los lugares.

Nostalgia de la luz es quizá el ejemplo más extraordinario de ese desplazamiento. En el desierto de Atacama, los astrónomos observan el cielo en busca de señales de un pasado remoto mientras familiares de desaparecidos recorren la tierra tratando de encontrar los restos de sus seres queridos. Guzmán encontró en esa convivencia entre la astronomía y la búsqueda de los muertos una manera de hablar de Chile sin necesidad de explicarlo constantemente. El pasado estaba en el paisaje y el paisaje era también memoria.

Con El botón de nácar y La cordillera de los sueños amplió esa mirada hasta convertir la geografía en uno de los protagonistas de su cine. El océano, las montañas, el desierto y el cielo dejaron de ser escenarios para convertirse en depósitos de la historia. La violencia contra los pueblos originarios, la dictadura, los desaparecidos, el exilio y la transformación del país podían convivir en una misma película. Guzmán había comprendido que la memoria no pertenece solamente a los archivos ni a los libros: también permanece en los lugares. Ahí está una de las razones por las que su obra resulta tan difícil de encerrar dentro de la etiqueta de “cine político”. Fue un cineasta político, sin duda, pero también un cronista en el sentido más amplio del término. Su preocupación no consistía únicamente en contar lo que había sucedido, sino en observar qué había quedado de aquello. Le interesaban los acontecimientos, pero todavía más sus consecuencias; el momento histórico, pero también la forma en que ese momento seguía viviendo décadas después en la memoria de una familia o en el paisaje de un país.

Esa obstinación explica que siguiera filmando cuando ya habían pasado muchos años desde el golpe. En Mi país imaginario, estrenada en 2022, volvió a las calles de Chile durante el estallido social de 2019. Tenía entonces más de ochenta años y, sin embargo, volvía a encontrarse con un país movilizado, con una generación que reclamaba cambios y con una sociedad que volvía a discutir su futuro. Era otra historia, pero Guzmán sabía reconocer en ella algo que había acompañado toda su trayectoria: el momento en que un país deja de aceptar el relato que se ha construido sobre sí mismo y empieza a buscar otro. Por eso su figura ocupa un lugar tan singular en la cultura chilena. No hubo otro documentalista que mantuviera durante tanto tiempo una relación tan estrecha con la historia de su país. Su filmografía permite recorrer la segunda mitad del siglo XX chileno y llegar hasta el presente siguiendo una misma mirada: la de alguien que nunca dio por concluida la tarea de recordar.

También desde fuera de Chile su obra adquirió una importancia extraordinaria. El exilio convirtió a Guzmán en un cineasta sin país de residencia fija, pero nunca en un cineasta sin país. Su distancia respecto a Chile acabó formando parte de su manera de mirarlo. Desde París, desde Europa o desde cualquier lugar donde trabajara, siguió regresando a él mediante las películas. El país perdido se convirtió en el centro de una obra que terminó siendo universal precisamente porque hablaba de una experiencia concreta, la de una sociedad atravesada por la violencia política, la memoria y el exilio. En 2023 recibió el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile. El reconocimiento institucional llegaba después de décadas en las que sus películas ya habían alcanzado una repercusión internacional que traspasaba las fronteras de su país. Pero ninguna distinción explica mejor su importancia que el hecho de que, para varias generaciones de chilenos, una parte fundamental de lo que saben sobre su propia historia haya llegado a través de su cámara.

Su legado está en las películas, pero también en la posibilidad que esas películas ofrecen de volver a mirar. Medio siglo después de comenzar a filmar, Patricio Guzmán deja algo que muy pocos cronistas pueden dejar: un archivo con el que ese país puede seguir interrogándose. Patricio Guzmán murió en París, pero llevaba toda su vida filmando Chile. Su gran obra fue, en el fondo, esa tarea interminable: registrar un país mientras cambiaba, regresar cuando parecía que todo había quedado atrás y recordar que la historia nunca termina del todo cuando todavía quedan personas capaces de contarla.

[Déborah García es historiadora y analista cultural. Escribe sobre memoria, representación y los usos políticos de las imágenes desde una mirada periférica. Publicó España es esto y todo lo contrario (Temas de Hoy, Planeta, 2020). / Texto publicado originalmente enen CTXT / Revista Contexto; es reproducida bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0] ]

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