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Ojos de obsidiana

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Detenido

Septiembre, 2026

“Inmovilizado en el sillón, paralizado por el dolor, cada vez más agudo, su única libertad estaba en su imaginación. Vertiginosas, desfilaban en su mente toda clase de ideas, unas sensatas, otras locas”, nos cuenta Alma Evelyn Martínez Montesinos en este relato. Sin embargo, todo cambió para Gerardo tras una misteriosa cita: “Le espera, medicina tradicional. Templo de San Francisco, 7 pm, última banca”.

Ingresó al baño de profesores para ingerir, como de costumbre, un gramo de cocaína. Decía, en broma, a sus más cercanos colegas, que lo hacía para soportar la horda de nuevos alumnos que ingresaban a la facultad como ingresar al supermercado. Su cátedra de Filosofía Política Moderna era un crédito necesario en la currícula académica de los primeros semestres. A esas alturas y en el actual contexto a quién diablos podría interesar lo que dijera Maquiavelo, Marx o cualquier otro pensador en desuso. Por eso, decía, tenía que darse valor y ánimo con esa pequeña ayuda, aunque también había otra razón, y más poderosa todavía, que eran los dolores insoportables provenientes, explicaban los especialistas, del nervio trigémino. Hubiese querido no levantarse nunca más de su cama, no tener que abrir las cortinas y exponerse al sol abrasador de las mañanas de la Ciudad de México pero hacerlo era inútil, a donde estuviese no tendría alivio.

Allí, en la Facultad de Filosofía, tenía por lo menos ese democrático y liberal baño y a sus abastecedores.

Derramó el café en su camisa ensuciando la mancha habitual de sudor que siempre le acompañaba, por eso nadie notó nada extraño. Sus manos y movimientos siempre habían sido torpes a los ojos jóvenes. Sin embargo, la mueca de angustia, el temblor convulsivo y sus agudos balbuceos asustaron hasta a los inexpresivos estudiantes.

—¡La ambulancia! —gritaban unos—, ¡llamen al servicio médico: el doctor tiene un pasón de aquéllos! —reían otros.

—¡Déjate de pendejadas, Gerardo, haces todo esto para que mi papá te autorice el suministro de heroína, eres un vicioso de mierda! —gritaba Leticia, su esposa.

—Mira quién habla, ¿cuántas cirugías plásticas dices que llevas? —respondió el otro.

—¡Imbécil! —gritó ella al salir de la habitación del hospital psiquiátrico administrado por su padre.

—Vino un muchacho a dejarle esto, doctor, supongo un alumno —le dijo la enfermera, extendiéndole una tarjeta.

“Le espera, medicina tradicional. Templo de San Francisco, próximo solsticio, 7 pm, última banca”.

Pese al dolor, que persistía, y al aturdimiento que, de alguna manera, lo aminoraba, soltó una breve carcajada.

“Mariguanos éstos, jugarme esta pasada”, se dijo mientras arrojaba el papel a la basura.

Inmovilizado en el sillón, paralizado por el dolor, cada vez más agudo, su única libertad estaba en su imaginación. Vertiginosas, desfilaban en su mente toda clase de ideas, unas sensatas, otras locas. Volarse los sesos con una pistola, tirarse de la azotea, buscarse dos o tres putas, provocarse un coma diabético ingiriendo todo el whisky escondido de Leticia, falsificar la firma del suegro para aumentar la dosis de heroína, ir a la cita del solsticio…

De todas ellas, la última era la que le hacía más gracia, arrancándole una sonrisa. Disfrutaba el placer de demostrar su superioridad intelectual frente a sus alumnos, exhibiendo el triunfo de lo que Hegel llamara la Astucia de la Razón. Creían esos idiotas que él, un doctor en filosofía, se refugiaría en las manos de curanderos, chamanes, brujos. Exhibiría el fraude, obteniendo finalmente el respeto de los estudiantes.

Duplicó su habitual dosis para presentarse impecable a la cita en el templo de San Francisco. Saco de lana inglés, mocasines finos y sombrero de paño negro, realzarían su importancia y prestigio en el video que, según él, filmarían a escondidas. Una joven mano le tocó el hombro al tiempo que le susurraba por detrás “sígame, por favor, doctor”.

“Pendejos”, se dijo, también divertido, y le siguió.

El edificio que fuera anteriormente Casa de Animales de Moctezuma y posteriormente el Templo más grande de toda América, al ser casi destruido en la Reforma, había quedado cercenado por todo el primer cuadro de la ciudad. Restos de sus muros aparecían fragmentados entre callejones, tiendas y vecindades. Algo de esto había leído, pero ahora lo constataba jadeando detrás del muchacho, que le llevaba de un lado a otro sin darle tiempo ni de un respiro. Por fin éste se detuvo, le ofreció una sonrisa y empujó un gran y vetusto portón de madera.

—Pase, por favor, espere, en un momento le recibe.

No, no podía ser una broma.

Los callejones, los pasadizos entre el bullicio de puestos callejeros, el chico, su sonrisa, la casona vieja, sus macetas de geranios, la sala de muebles antiguos y carpetas tejidas. Demasiado para la horda de estúpidos alumnos suyos. Pensó en salir corriendo, pero le detuvo la certeza (quizá cartesiana) de no saber resolver el trazo del laberinto, aunado al fatídico atuendo que le distinguiría como profesor universitario en medio de un barrio que, calculaba, sería la Merced o Tepito.

De cualquier manera tendría que salir de ahí y entre más rápido, mejor. Él, trasnochador empedernido, sentía ahora un miedo apremiante a la oscuridad de la noche. El desasosiego le impulsó a levantarse cuando un enorme perro, mostrándole los colmillos, le convenció de no hacerlo.

Entonces, entró ella.

Ya no pudo determinar quién le paralizó, si la fiera o la presencia de ella. Los miembros del cuerpo no respondían e ideas e imágenes veloces se atropellaban en su mente sin parar. Ella se parecía a la mujer que había entrado por él, era igual, idéntica, pero no: parecía la madre de aquella otra, la versión final, perfecta de sí misma. Conservaba los rasgos, pero ahora llevaba el cabello trenzado cayendo hasta la cintura. Había embarnecido, aunque era evidente su trabajo físico que, al juzgar por su tez , había madurado bajo el sol. El rostro inmutable, inexpresivo, los ojos…

Le miraba igual que aquella última vez, cuando al salir del salón de actos le clavo esa mirada tal como le hubiera clavado un puñal. Creía olvidado este episodio, sucedido quizá hacía ya treinta años… No, el recuerdo aún le dolía.

Entonces comprendió que la cicatriz del corazón, la producida por la obsidiana, nunca cierra.

Quiso hablarle, tocarla, abrazarla, mas cualquier movimiento, por mínimo que fuera, parecía detenido por el fiero gesto del perro. Súbitamente ella giró, dándole la espalda, esa espalda recta y vigorosa de siempre. Salió de la habitación seguida de su guardián. Hubiera podido detenerla, pero la torpeza de su cuerpo lo impidió. Y luego la buscó, le llamó, abriendo y cerrando puertas, inútilmente.

Después quiso regresar a la estancia primera, hallar la salida, pero terminó en una pequeña habitación, una recámara austera, compuesta de una cama, un baúl, una silla y un cuadro antiguo. Extenuado por la fatiga y la desesperación, se recostó sobre la colcha blanca tejida. Entrecerró los ojos al tiempo que reparó en la imagen de la Guadalupana. Le recordó ese otro rostro mestizo de niña, de virgen, ese fue su último pensamiento antes de perder el conocimeinto…

Lo hipnotizaba su negra y larga cabellera cuando ella se la cepillaba entre clase y clase. Si no fuera por ese gesto se diría que no era en nada femenina. Cero maquillaje, camisa, pantalón y botas vaqueras. Un cuerpo esbelto, sin curvas llamativas, mostraba como mayor belleza una espalda tensa, vigorosa. Igual era su mente, contrastaba con las que querían pasar por sabiondas o eruditas, igual que con las de discursos vacíos y dogmáticos propios de la época. Hablaba poco, pero hablaba bien, sin adornos ni pedantería. Por eso no encajaba en ningún bando, ni en el de izquierda ni en el burgués. Sin embargo, entraba y todos, hombres y mujeres, tenían que mirarla. Incluso él, el más guapo y carismático del grupo. Le gustaba de ella ese tono, ese desplante suyo al encarar al mismo profesor haciéndole notar las contradicciones de su discurso. A diferencia de los demás compañeros, no cargaba libros, ni se apoyaba en citas eruditas como los demás, que hacían gala de su manejo del inglés, alemán o francés.

Ella prefería estudiar la lengua náhuatl, sentada o recostada bajo la fronda de un árbol, siempre el mismo árbol. Huía de los demás y no aceptaba invitaciones porque no bebía alcohol ni fumaba mariguana. Tampoco conectaba con los amantes del latín y la teología, ni con los candidatos a suicidas existencialistas, así que iba y venía sola entre las aulas, bibliotecas y jardines de la universidad. Esa lejanía, esa autosuficiencia suya era un imán para Gerardo. La tendría, se dijo, volviéndose una obsesión ese deseo. No era tanto su belleza o inteligencia sino esa aura de inalcanzable lo que le retaba, aunque, habría que admitirlo, también la influencia de un texto. Dejó de llevar su Volkswagen para tomar el mismo camión que ella, aprovechando así la espera en el paradero y el largo trayecto del sur hacia el centro de la ciudad. Fueron así conversando, conociéndose, poco a poco. Primero la dejaba en la puerta del edificio, después en la del departamento, hasta que, finalmente, ella lo invitó a entrar.

—Te abro mi casa como te abro mi corazón —le dijo.

La tenue luz filtrada por la ventana resaltaba el delicado vello, pareciendo suaves y precisas pinceladas en su pubis. La cabellera larga, suelta, ocultaba un tanto sus diminutos pechos. El casi angelical rostro moreno descansaba plácidamente sobre la almohada bordada. Pasó de mirarla a ella a mirar la casa, ambos desnudos. Era un único cuarto donde se distribuían los modestos muebles y demás enseres, casi todos antiguos, como salidos de un museo. Al centro de la mesita varias flores adornaban un retrato y un retablo. “La misma imagen religiosa que aparece en todas las casas de pueblo”, pensó él, pasándola por alto, pero deteniéndose en la fotografía de la anciana, rostro indígena, con surcos como de tierra labrada y mirada dulce. “La abuela”, pensó él, quien cuidó de la niña doblemente huérfana, sin padres desde temprana edad, y recientemente huérfana también de la abuela, casi al ingresar a la facultad.

Llegó a la diminuta nevera buscando algo, una cerveza, un trozo de jamón, pero encontró sólo bolsas con hojas verdes y trastos de guisos desconocidos exentos de carne. “¿De qué vive?”, se preguntó mientras cerraba la puerta metálica. Todo olía a limpio, a madera lustrada, todo perfectamente ordenado para ganar espacio en ese sitio tan reducido.

Entonces se vistió y calzó para despedirse.

—Me quedaría contigo, pero no me gusta tu casa —le dijo, así, nada más, como cuando hablaba sin pensar, sin actuar haciendo de filósofo.

Sí, porque una cosa es ser de izquierda, militar en el Partido Comunista y otra cosa ser pobre, admitía para sí, ya instalado en su casa, que en realidad era de sus padres, médicos los dos. Residencia amplia, confortable, de la colonia Narvarte, con cochera para tres autos (uno, su Volkswagen, por supuesto), habitaciones para cada miembro de la familia, cocina integral, biblioteca, piano y servidumbre. Cómo llevar ahí a esa chica provinciana, hablante náhuatl. Bueno, ¡ya ni la chacha! Se reía, mientras lo pensaba.

No había necesidad de dejar todo eso, al fin no había prometido nada, seguía argumentando en su interior, convenciéndose a sí mismo. Tampoco tendría por qué saberlo Leticia, su novia, que, aunque liberal, seguidora de los pensadores franceses de moda, como Bataille, defensor, igual que ella, de las múltiples posibilidades del cuerpo, seguramente sentiría en este hecho una traición, no a su moral sino a su ego. Leticia, la envidiada por todas, o casi todas las jóvenes universitarias, envanecida por su cuerpo esculpido de bailarina y por ser hija de un exrector universitario, no soportaba la más mínima comparación con otras chicas, menos aún con ésa (la única que no la envidiaba), a la que se refería como una insignificante con aires de grandeza. Si a alguien odiaba Leticia era a esa, a la náhuatl.

La mañana siguiente Gerardo le entregó una nota que decía “para que nada nos separe, que nada nos una”, frase no propia, naturalmente, sino de Neruda. Una cita más, en su inmensa y erudita lista de citas. No hubo reclamos, por parte de ella, ni escenas, ni lágrimas. De la obsidiana jamás brota agua. Así él zanjó el asunto, igual que cuando se lee el último capítulo y se cierra un libro, El diario de un seductor, por ejemplo, de Kierkegaard, al que recién había devuelto a su correspondiente casillero.

Despertó, recobró la conciencia, pero ya no estaba en la diminuta cama de colcha blanca. Se hallaba tendido, desnudo, en el lecho de una piedra. Trataba de interpretar esa mirada, de anticipar las intenciones de esos ojos de piedra de destellos diferentes. Odio, desprecio, ¿deseo? Deseo de qué, ¿de matarlo, de hacerle el amor? ¿El amor a ese cuerpo flácido, gordo, enfermo, ya sin la juventud ni la melena abundante y lacia? Venganza, pensó, al sentirse vulnerable ante esa mujer que brillaba, con esa piel de bronce y esas canas que la embellecían aún más. Sintió la fuerza de sus brazos que le cargaron para sentarlo y hacerle beber en un cuenco de barro un líquido amargo. No protestó, cualquier resistencia sería inútil. Estaba vencido ante ella, dueña de sí, dueña de todo. ¿Qué era él en el reino de ella?

Los sinodales ocuparon sus lugares para empezar el interrogatorio. Habían leído, más bien ojeado la tesis, como cualquier otra, sin mayor interés.

—Ahí vamos otra vez —dijo la presidenta.

Otra vez lo de la revolución y la dieta vegetariana, masculló a sus colegas. Rieron todos recordando la disertación acerca del fin del capitalismo y la propiedad privada al retornar al cultivo diversificante, sin exponer la tierra a la crianza industrial de ganado para consumo humano.

“La figura del guerrero como modelo ético”, leyó grave y burlona.

—Bien, exponga pues.

—La Revolución es un acto individual que requiere del ánimo del guerrero —comenzó ella—. Ser revolucionario es trastocar la realidad por otra superior. Al ser la única realidad la propia, el guerrero lucha por la autorrealización y la trascendencia de sus propios límites…

Etcétera, etcétera, argumentaba mientras los miembros del jurado intercambiaban incrédulos las miradas.

—Mantener el ánimo de un guerrero es ya una revolución —afirmó, entre otras tantas cosas, la ponente.

Explicó eso del ánimo, de la estrategia, los atributos y demás conceptos relacionados, con un aplomo, con una certeza tal, que no requería citas ni ningún otro andamiaje teórico. Habló del compromiso, de la impecabilidad, del respeto consigo mismo y el entorno. Expuso como conceptos filosóficos el control, la disciplina, el intento…

—¡Debería ver esto mi padre! —decía la doctora presidenta, que iba y venía de un color a otro, de una mueca de asombro a la risa histérica—. ¡Suficiente! Inadmisible para un postulante a catedrático universitario — sentenció, mientras cerraba la carpeta y recogía sus cosas.

Los demás imitaron su gesto, celebrando acabar pronto con el trámite que a ellos sólo les significaba créditos para su ascenso. Sólo a él le quedó rondando en la cabeza la pregunta de por qué si a Nietzsche temas similares se lo elogiaban, a ella se le ridiculizaba. Quiso hablar, defender esa altura intelectual, esa audacia, pero el presagio de las fatales consecuencias que tendría un enfrentamiento así con la presidenta del Jurado, su esposa, le contuvo. Todos sabían, él sabía también, que si era catedrático era gracias a la influencia del padre de ésta. Le miró de frente, traspasándolo con sus ojos negros y brillantes para marcharse enseguida. Una espalda recta y triunfante se recortó en la puerta. “Burgués de mierda”, increpó el doctor De la Fuente a sí mismo.

Vomitó una sustancia viscosa y verde sobre una vasija que ella sostenía. Exudaba copiosamente con el olor a alcohol rancio de siempre. Ella le limpio y le cobijo con una manta blanca. Se sintió vulnerable, avergonzado, vacío.

La entrevió caminar, alzar la vasija hacia el sol, verter su contenido en un hueco cavado en la tierra. “Reciba Tlazoltéotl, Devoradora de Inmundicias, Señora Nuestra” fue lo único que entendió de entre palabras nahuas y españolas, dichas a manera de recitación o de canto.

Reciba…

Tlazoltéotl…

Inmundicias…

Regresó junto a él, sus ojos de obsidiana resplandecían, levantó la daga…

Un anciano gentilmente le despertó, dándole aviso de que estaban por cerrar el templo. Aturdido, obedeció y salió del recinto. Sintió el aire frío, se sintió solo, perdido. Notó que le faltaba algo. Se percató de que ya no estaba el agudo dolor en la cabeza. Ahora sentía otro dolor muy distinto, en el pecho, como un hueco…

Entendió que ya no tenía corazón, porque ella lo había arrancado y devorado.

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