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King Ludd y los marcos de medias

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Octubre, 2026

Conste: con esta nueva entrega no es que Pablo Fernández Christlieb esté llamando a alzarse en armas. (O eso queremos creer.) Sólo nos está recordando que, según la historia —que para eso son los mitos, las leyendas y los cuentos—, hace doscientos años ya hubo alguien que agarró a martillazos a las máquinas que dejaron a muchos en el desempleo. “Ahora que está en marcha una nueva revolución tecnológica que está terminando por convertir a todos los empleados de las oficinas en repartidores por aplicación en motocicleta”, escribe aquí, que a nadie lo tome por sorpresa que…

Ned Ludd (o Lud —o Ludman—) debe haber nacido en 1759 más o menos, en Leicester, Inglaterra, que es la zona industrial o fabril, y era un obrero textil competente al que le gustaba su trabajo, pero un día de 1779 se enojó porque lo regañaron y agarró un mazo de buen tamaño y aplasto la máquina tejedora a martillazos. Sin embargo, lo que lo volvió famoso, una celebridad, para la posteridad, es que no existía, y lo que hizo a la mejor tampoco sucedió, pero no cabe duda de que fue un acto creador, trascendente, memorable.

Así son los mitos, leyendas y cuentos, que no se sabe para qué se recuerdan ni para qué sirven, pero son indispensables. El 11 de marzo de 1811, en Nottingham, las tropas inglesas arremetieron contra una multitud de manifestantes que protestaba contra el desempleo y exigía mejores salarios. Y en respuesta, esa misma noche, en un pueblo cercano, trabajadores enfurecidos destruyeron la maquinaria textil de una fábrica; y al día siguiente y las siguientes noches se dieron ataques similares; y luego más esporádicamente, en un radio de cien kilómetros, al norte de Inglaterra.

Aunque quemaron algunas fábricas, se especializaron en destruir maquinaria textil, tejedoras mecánicas, hiladoras, telares, etc., que son los aparatos con que comenzó la Revolución Industrial. Los patrones, propietarios, banqueros y políticos pretendían difundir la opinión subnormal de que los obreros, tan ignorantes, destrozaban las máquinas porque odiaban el progreso, pero los tejedores, hilanderos, cardadores o trasquiladores, ellos mismos técnicos calificados, no lo hacían por eso, sino porque se morían de hambre, ya que con la implantación de las máquinas los habían sacado de sus trabajos o les habían reducido sus sueldos. De hecho, para que se vea el tamaño del atropello, la Reina Isabel I, dos siglos antes, había negado las patentes a estos instrumentos porque en efecto condenarían a los empleados despedidos a la pobreza extrema; lo mismo hizo Jacobo I, su sucesor. Pero, por el contrario, a los beneficiarios posteriores de esta revolución tecnológica no les importaba que la población se muriera de miseria.

Así que los obreros prosiguieron destruyendo máquinas. En abril de 1812, unos dos mil manifestantes protestaron contra un taller cerca de Manchester, y los dueños abrieron fuego matando a tres e hiriendo a 18; el día siguiente el ejército mató a cinco más. En revancha, mataron al dueño.

Ilustración: archivo SdE.

Destrucción de telares había habido desde cincuenta años antes, pero lo que legendarizó este movimiento de 1811 y 1812 es que sus miembros le imprimieron un estilo y un encanto que no había tenido antes, por dos o tres razones. En primer lugar, porque los avisos y cartas de advertencia que les enviaban a los talleres, se les ocurrió firmarlos con el nombre de Ludd, a veces con el título de Capitán y a veces con el de Rey (King), a veces Eliza Ludd, y a veces sencillamente No King (que ha sido el slogan de las protestas actuales en Estados Unidos), y que de por sí era un chiste, al que se le agregaba que se enviaban desde la Oficina Ludd, con dirección en el Bosque de Sherwood, allá donde despachaba Robin Hood. Y por eso comenzaron a llamarse los Ludditas. Y componían canciones y estribillos para acompañar la destrucción y otras bromas como vestirse de mujeres para sus ataques, o solicitarle al herrero —de nombre Enoch— que fabricaba los telares, que les forjara el mazo o marro para destrozarlos: “si Enoch los construye Enoch los destruye”. Otra razón es que el grueso de la población estaba de parte de ellos y en contra de las autoridades y los dueños, y no sólo los pobres sino, como dice Eric Hobsbawmn en La era de la revolución, los pequeños dueños y los granjeros “simpatizaron abiertamente con esas actitudes destructoras, por considerarse también víctimas de una diabólica minoría de innovadores egoístas”. Y otra razón era un sentido infuso de justicia que los hizo cuidarse de no destruir las máquinas de los empleadores y propietarios que eran decentes y no despedían a sus obreros ni les bajaban los salarios.

Llegaron a destruir hasta 175 “bastidores de medias” (stocking frames), que era el nombre de los telares; pero, en rigor, no era un movimiento organizado, sino algo mucho más temible: era una leyenda. Y como dice Richard Conniff, “infligieron menos violencia de la que encontraron”: temiendo una revuelta nacional, el gobierno apostó miles de soldados para defender las fábricas, y el Parlamento emitió el “Acta contra la Destrucción de Telares”, a la que castigaba con la pena de muerte. 24 ludditas fueron ahorcados públicamente, incluyendo uno de 16 años que desde el cadalso le gritaba a su mamá para que lo salvara; y 51 fueron exiliados a Australia. El único aristócrata que se puso de su parte fue el poeta Lord Byron que en su discurso de investidura a la Cámara de los Lores alegó contra esa ley, y más tarde escribió un poema que decía “acabemos con todos los reyes menos con el Rey Ludd”.

Para eso son los mitos, las leyendas y los cuentos. Ahora que está en marcha una nueva revolución tecnológica que está terminando por convertir a todos los empleados de las oficinas en repartidores por aplicación en motocicleta, y donde las cajeras, taquilleras, secretarias, etc., han sido sustituidas por cajeros automáticos, expendedoras de boletos y programas de Office, y donde ya se está empezando a mandar a la calle a administradores, agentes de seguros, actuarios, bibliotecarias, publicistas, recepcionistas, editores, traductoras, escritores, profesores hasta que acaben por despedir a los mismos diseñadores de la inteligencia artificial, no se trata de proponer ni predecir si serán los hackers, los movimientos sociales, los saboteadores de centros de datos, o los parlamentos los que tengan que ejecutar este disturbio pendiente, sino que se trata de avisar que ya hay una historia desde hace doscientos años para que a nadie lo tome por sorpresa y que todos se acuerden que ya lo sabían.

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