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Lula reelegido

Cuatro apuntes a propósito de una victoria histórica

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Noviembre, 2026

Algunos ya lo llaman ‘El milagro Lula’. Con un resultado electoral que trasciende las fronteras de Brasil —y que ofrece valiosas lecciones para la izquierda global—, Luiz Inácio Lula da Silva ha sido reelecto presidente del país sudamericano. En tres semanas, Lula pasó de de perder por 2,2 millones de votos a ganar por 4,4, millones. Las sinergias de la campaña en línea con el activismo explican ‘el milagro’. Sin embargo, para este cuarto (y nuevo) mandato Lula no sólo tendrá que gobernar de otra manera para corregir los errores recientes, también lo hará bajo la presión de una oposición fortalecida en el Legislativo. En este breve dossier, analizamos no sólo la remontada sin precedentes de Lula, también cómo se dio la comunicación política en este mundo de ahora hipertecnologizado, y, desde luego, qué sigue para Brasil.


La victoria de Lula

Tariq Alí


Luiz Inácio Lula da Silva, el líder de la clase trabajadora de Brasil, ha sido elegido presidente por cuarta vez desde el fin de la dictadura militar del país en 1985. En las semanas transcurridas entre la primera y la segunda vuelta, los principales medios de comunicación y las figuras políticas (tanto brasileñas como internacionales), respaldados por innumerables encuestas, estaban prácticamente convencidos de que Lula perdería. Sin embargo, el líder octogenario del PT se ganó el apoyo de los jóvenes y de sus seguidores tradicionales, que se habían quedado consternados por la victoria de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta. El propio Lula se sintió conmocionado y se preguntó si esto podría suponer el fin de la izquierda brasileña. Por su puesto, sabía de sobra que era mucho más popular que su partido, el cual, a pesar de su triunfo final, sufrió una derrota aplastante en todos los demás niveles de gobierno en la primera vuelta.

La victoria de Lula es política

La suerte de Lula se salvó en parte gracias a la juventud brasileña, que se movilizó a su favor en manifestaciones masivas, como nunca antes se habían visto, e inundó las calles de São Paulo y Río de Janeiro. Visto ahora en perspectiva, parece que la idea de que el joven Frankenstein se instalara en el Palacio Presidencial de Brasilia durante cuatro años era simplemente insoportable para demasiada gente. La imagen de algunos seguidores del joven Bolsonaro coreando «Trump, invádanos, por favor» podría haber contribuido a motivarlos. Animado por esa notable muestra de apoyo, Lula llevó a cabo una campaña increíble. Como si le hubieran inyectado la magnitud, la energía y la lealtad que mostraban sus seguidores, estaba en plena forma, lo que recordaba a su primera campaña electoral, aquella que perdió. Cuidó su salud. Revitalizado por el apoyo masivo, viajó por todo el país.

En discurso tras discurso explicó que Bolsonaro, pere et fils, representaba la adoración ciega al dinero y al imperio. Destruirían las arterias del país, como la cuenca del Amazonas, para beneficiarse a sí mismos y a sus compinches tanto en el país como en el extranjero. Se mostró ingenioso y mordaz: cuando el «Joven Frankenstein» se burló de él por haber conseguido tanto apoyo en las cárceles, Lula respondió: «No es suficiente. Necesito más. No te preocupes, chico, pronto me ganaré incluso a tu padre». Recordemos: el Frankenstein mayor está en prisión por instigar un golpe de Estado contra Lula, entre otros delitos. Su hijo había prometido que una de sus primeras medidas como presidente sería un indulto al estilo Trump, autorizando la puesta en libertad de su padre. ¿Y si los tribunales se oponían? Entonces los ignoraría por la fuerza si fuera necesario.

La victoria de Lula es política. Un triunfo poco habitual para la política progresista en estos tiempos, especialmente en Sudamérica. Gracias a éste, se ha contrarrestado —al menos por el momento— la reciente tendencia de triunfos de la derecha imperialista (en Argentina, Chile, Colombia, Bolivia y Venezuela), asestando una pequeña pero contundente bofetada a Marco Rubio y a su jefe justo antes de las elecciones de mitad de mandato en EE. UU. (que acaban de ocurrir). En todo el país, la noticia de la reelección de Lula ha sido recibida con gran júbilo y bailes en las calles por doquier, incluido Minas Gerais, donde Lula transformó un déficit de 590 000 votos en una ventaja de 99 000 votos entre la primera y la segunda vuelta. Una persona de la que podemos dar por seguro que no ha estado celebrando es el inconformista liberal schmittiano brasileño Roberto Unger, un filósofo formado en Harvard y antiguo autor de Verso, que se declaró públicamente a favor de Bolsonaro y posó para una fotografía con él en los días previos a la segunda vuelta. Un viejo tonto con prisa. Debía de estar tan seguro de que Lula perdería. Tampoco estaba solo, aunque, a diferencia de él, no fueron muchos los que abandonaron el barco que se hundía.

En la izquierda, resurgieron viejas críticas. Los antiestatistas vieron la derrota en la primera vuelta como un reflejo de las debilidades del PT. La organización de base, la construcción de comunidades sociopolíticas, siempre es útil, pero por sí sola no crea una alternativa. El renacimiento de Lula entre las dos vueltas fue el resultado de la política. Su campaña desenmascaró a los «Frankensteins» tal y como son y explicó por qué los brasileños que votaron por ellos se estaban lanzando a una orgía suicida. Y, sí, el suicidio evoca recuerdos históricos profundamente arraigados en el país. Getúlio Vargas, presidente brasileño de antes y después de la guerra, comenzó su carrera en el poder como un presidente conservador tradicional y bastante débil, pero evolucionó hasta convertirse en un líder que empezó a adoptar políticas de izquierda y socialdemócratas. Esta transformación antagonizó gravemente al ejército, que resentía las consignas «socialdemócratas» y «pro-obreras» que defendió en su tercera y última candidatura electoral. Era el apogeo de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos se mostraba especialmente hábil a la hora de utilizar los grandes ejércitos de Sudamérica como instrumentos de último recurso para derrocar gobiernos elegidos democráticamente. Vigilado por un Congreso de derechas y por el Estado Mayor, Vargas se vio paralizado. En 1954, cuando su ministro de Trabajo, João Goulart, intentó movilizar el apoyo sindical al Gobierno, los militares intervinieron para obligar a Vargas a dimitir. Él se negó a hacerlo y, en su lugar, optó por suicidarse. Este acto conmocionó profundamente a la población y, para muchos, se convirtió al instante en un mártir que se había quitado la vida para preservar la democracia durante unos años más. El intelectual brasileño de izquierdas Roberto Schwartz ha descrito al partido de los Bolsonaro, padre e hijo, como la versión sin uniforme del Ejército que oprimió al país durante tanto tiempo en los años de la dictadura (1964-1985):

“La victoria de Bolsonaro en 2018 y el golpe de Estado de 1964 tienen bastante en común. En ambos casos, un programa abiertamente favorable al capital pudo hacerse viable movilizando a los sectores más retrógrados de la sociedad brasileña, descontentos con el rumbo liberal de la civilización. Al otorgar a estos sentimientos antimodernos un papel político protagonista, a modo de compensación para un sector del electorado, los estrategas del capital hicieron un cálculo cínico y arriesgado —en sí mismo, nada nuevo. El ejemplo clásico es el volte-face oscurantista en Alemania en la década de 1930. Al aceptar y alimentar el nazismo, la gran burguesía alemana desató un proceso incontrolable, al final del cual no había forma de saber quién devoraría a quién. Merece la pena volver a ver Los condenados, de Visconti; puede que Bolsonaro no llegue a ese punto, pero no será por falta de intentos”.

Los ciudadanos brasileños deberán estar en guardia frente a los intereses particulares, internos y externos

Por el momento, el proyecto de Bolsonaro se ha frenado. Pero, al igual que Vargas en el siglo pasado, los poderes de Lula están limitados por un Congreso de derechas y no será fácil imponerse a él. Sin embargo, la amplitud de su margen de victoria (ganó por 4 millones de votos) le brinda algunas posibilidades en cuestiones en las que puede recurrir a los tribunales en aras del interés público, como salvar la Amazonía no sólo para Brasil, sino para el mundo. Tiene mucho más margen de maniobra en política exterior y puede seguir mostrando una firme solidaridad con los palestinos, que están encantados de que el mayor Estado de Sudamérica siga de su lado. La victoria de Lula está siendo especialmente bien recibida en México. La presidenta Sheinbaum debe de estar muy aliviada de que se haya levantado el asedio.

¿Qué les depara el futuro a Estados Unidos y a los «Frankenstein» de Brasil? Los fracasos del PT en la mayoría de las cuestiones sociales desembocaron, durante la presidencia de Dilma Rousseff, en un auténtico levantamiento —principalmente de estudiantes— contra el Gobierno, algo no muy diferente de lo que estamos presenciando hoy en Francia y Albania. El sociólogo brasileño André Singer restó importancia a las sugerencias de que las protestas de 2013 representaran algo más que un simple temblor. La clase social y la propiedad no estaban en juego. La derecha se sumó encantada, ya que la izquierda estaba en el poder. Dilma fue sometida a un proceso de destitución y destituida de su cargo tras una serie de maniobras políticas sin precedentes, incluso en la sórdida historia de la política brasileña. Lula reconoció más tarde que no debería haberla elegido como su sucesora.

¿Podría la CIA provocar ahora algo parecido para derrocar a Lula? Sin duda podrían intentarlo, pero creo que sería una operación incompetente y caótica. La política brasileña ya está demasiado enredada y el pantano corrupto que constituye su parlamento podría implosionar. Los problemas de este tipo rara vez preocupan a la CIA, pero ¿podría un «estratega» del movimiento estadounidense MAGA verse tentado a recurrir al Ejército brasileño una vez más? Parece poco probable. Yo estaba en Brasil en 2003 cuando Lula fue elegido por primera vez. En aquel momento, su estrategia se basaba en un acuerdo neoliberal con la clase dirigente brasileña. Lo único que quería era un poco de dinero para la bolsa família. Una miseria.

En una entrevista concedida en Río a O Globo, me referí a él como un «Blair tropical», lo que se convirtió al día siguiente en el titular de su portada. Su ministro de Hacienda y ex trotskista, Antonio Palocci, me envió un mensaje a través de mi editorial: «Dile a Tariq Ali que estamos muy agradecidos por esa descripción. Es de gran ayuda». Más tarde, Palocci se volvió en su contra y testificó contra Lula cuando éste fue acusado de corrupción por el Gobierno de Bolsonaro. Solo entonces algunos de los líderes del PT se dieron cuenta de que Palocci había sido un personaje poco fiable desde el principio. En los años siguientes, Lula reconoció algunos de los errores que había cometido, gracias en parte a las críticas que Hugo Chávez le había hecho en privado.

Ahora solo nos queda observar, esperar y confiar en que los últimos años de Lula en el cargo transcurran en paz. Los ciudadanos brasileños deberían estar en guardia frente a la coalición «MAGA-Frankenstein». Para que el PT sobreviva más allá de Lula, necesita un nuevo grupo de líderes de las generaciones más jóvenes. El PT fue el último gran partido socialdemócrata en surgir en el siglo pasado. Los años en el poder casi han acabado con él, al igual que con otros partidos socialdemócratas en otros lugares. Los próximos cuatro años determinarán si es capaz de redescubrirse a sí mismo o si se someterá al destino de la socialdemocracia europea.

[*Fuente: Tariqali1943.substack.com / Sin Permiso]

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La remontada sin precedentes de Lula

Hugo Albuquerque


La derrota de la extrema derecha en Brasil a manos de Lula no sólo le asegura al presidente brasileño un lugar definitivo en la historia de la democracia global, sino que también ofrece valiosas lecciones para los socialistas de todo el planeta.

Tras una remontada impactante e inspiradora, impulsada por la movilización masiva del pueblo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva ganó su cuarta elección presidencial. Este logro marca un giro sin precedentes en la historia política brasileña, ya que nunca antes un candidato que había quedado atrás en la primera vuelta logró remontar y ganar.

La elección —que enfrentó a Lula con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, actualmente preso por intento de golpe de Estado tras su derrota en las elecciones de 2022— estuvo marcada por una obscena injerencia de la administración Trump, con empresas tecnológicas como Meta actuando descaradamente a favor de la extrema derecha. Todo esto en un contexto en el que otras intervenciones de Trump en la región fueron exitosas y llevaron a la elección de presidentes de extrema derecha —sobre todo en Colombia—, lo que creó la sensación de una ola trumpista invencible en toda América Latina.

Derrotado por unos dos millones de votos el 4 de octubre, Lula obtuvo más de diez millones de votos nuevos en la segunda vuelta del 25 de octubre, mientras que Flávio Bolsonaro recibió poco más de tres millones y medio más que en la primera vuelta. Lula aumentó su porcentaje de votos en prácticamente todos los municipios brasileños. Apenas tres semanas atrás se lo daba por derrotado. Lo que cambió en tan poco tiempo ofrece una lección para los socialistas de todo el mundo.

Cómo se construye una victoria

Si bien las manifestaciones a favor de Lula comenzaron inmediatamente después de la derrota en la primera vuelta, impulsadas en gran medida por organizaciones estudiantiles, la campaña del Partido de los Trabajadores (PT) buscó conectar con una nueva generación de la izquierda. Al mismo tiempo, provocó un verdadero terremoto en la estrategia de comunicación del partido, producto de la llegada del diputado André Janones, recientemente reelecto como candidato del partido de centroizquierda Rede.

Lula, que tiene ochenta años, invitó a Brasilia a toda una nueva generación de legisladores recién electos inmediatamente después de la primera vuelta de votación. A pesar del crecimiento de la extrema derecha a expensas de la derecha tradicional y del centro en las elecciones legislativas, realizadas en simultáneo con la primera vuelta de la carrera presidencial, la izquierda obtuvo avances en el Congreso Nacional, incorporando figuras jóvenes, hábiles en redes sociales y en comunicación, que aportaron energía fresca a la campaña.

Entre estas estrellas en ascenso se encuentran la diputada de veintiún años Ana Elisa —oriunda de Minas Gerais, el estado pendular por excelencia de Brasil—; Erika Hilton, una mujer trans reelecta con una cantidad récord de votos; Jones Manoel, un comunista de Pernambuco (el estado natal de Lula); y Guilherme Cortez, un diputado que se identifica como twink. Todos ellos representan a una generación de jóvenes con millones de seguidores de la Generación Z en Brasil; son estrellas de las redes sociales, a pesar de que los algoritmos de las plataformas favorecen el contenido de derecha.

El diputado federal André Janones y el presidente brasileño. / Fotos: gobierno oficial brasileño / Palácio do Planalto.

Pero la figura más destacada de la campaña fue Janones, de cuarenta y dos años, quien creó un grupo de WhatsApp denominado “Exército de Lula” (‘Ejército de Lula’) que llegó a tener más de diez millones de seguidores, a través del cual llevó adelante una agitación y una propaganda organizadas y disciplinadas. Casi uno de cada diez votantes brasileños se unió a un mismo grupo en apenas tres semanas. Janones suele ser desdeñado por la vieja élite intelectual de izquierda, aunque siempre fue popular entre las masas. Ahora se convirtió en una verdadera celebridad.

Partiendo del supuesto de que el algoritmo de Meta estaba sesgado en contra de la izquierda, Janones orquestó grandes campañas en redes sociales, como alentar a los simpatizantes de Lula a publicar en Instagram fotos suyas con la camiseta de la selección brasileña de futbol, una prenda que alguna vez fue un símbolo de unidad pero que luego fue cooptada por la extrema derecha. Esta acción fue acompañada por incontables simpatizantes de Lula y causó un gran impacto en las redes sociales un día antes de la fallida manifestación organizada por Flávio Bolsonaro en la Avenida Paulista, un eje vital de la ciudad de Sao Paulo.

La estrategia fue un éxito, con Janones reutilizando de manera lúdica el vocabulario militar de la extrema derecha y refiriéndose a sus seguidores en el Ejército de Lula como “soldados”. Más allá de los algoritmos, esta jugada de Janones subvirtió la semiótica de los últimos años, durante los cuales la familia Bolsonaro movilizó a su vasta base utilizando terminología militar (un enfoque bastante natural, dado que Bolsonaro y muchas de sus figuras clave detrás de escena son o fueron militares).

La extrema derecha brasileña, arrinconada por primera vez

Incluso después de su derrota en 2022, la extrema derecha siguió siendo una fuerza poderosa en las redes sociales, impulsada por una combinación de comunicación eficaz y trato preferencial por parte de las empresas matrices de las plataformas. Durante el gobierno de Lula, las publicaciones del diputado bolsonarista Nikolas Ferreira obtuvieron más interacción que las de estrellas del pop mundial. Esto se utilizó para librar una campaña opositora sucia pero sumamente eficaz contra el tercer gobierno de Lula.

Mientras Lula parecía empantanado en una serie de errores políticos tras su heroico regreso a la presidencia en 2022, al frente de una compleja coalición de Frente Amplio, sus opositores parecían imbatibles en las redes sociales y conectaban de manera efectiva con el pueblo brasileño. Obviamente, las críticas de la extrema derecha tenían poco que ver con los problemas que enfrentaba el tercer gobierno de Lula; más bien, los aliados de Bolsonaro aprovecharon la relativa impopularidad del gobierno para impulsar su propia agenda de desmantelamiento de la democracia brasileña.

Después de derrotar a Bolsonaro en 2022, una victoria que se hizo eco de su propio regreso político desde su época como presidente en los años 2000, Lula pareció quedar atrapado en un escenario muy parecido al de la película El día de la marmota, donde cada crisis del gobierno era amplificada por la agitación masiva de la extrema derecha. Curiosamente, este estado de estancamiento sólo llegó a su fin en las últimas tres semanas. La estrategia de Janones trajo aire fresco, sacando a millones de militantes de una depresión potencialmente mortal, dado el inminente regreso del fascismo, como afirmó el veterano periodista Luiz Carlos Azenha. La transmisión en vivo de veinticuatro horas, absolutamente descomunal, de Janones antes de las elecciones fue precedida por una transmisión en vivo con millones de reproducciones que incluyó testimonios de muchos artistas brasileños, y que mostró quizá lo mejor de Lula y de Brasil. A partir de ese momento, la derecha perdió su cómodo monopolio de la comunicación.

Lula volvió a llegar a las masas, por primera vez desde que regresó a la presidencia. Pero este cuarto mandato debe implicar gobernar de otra manera. Requerirá un enfoque más cercano al de sus dos primeros mandatos, en los que Lula fue capaz de fijar los términos del debate dentro del país, aunque con la necesidad de un diálogo y una acción más intensos con las masas de brasileños que le dieron esta elección. Todo esto ocurre en un mundo que está, literalmente, en llamas. La economía será un problema, y Lula tendrá que enfrentarse a una burguesía que desea un capitalismo más salvaje que cualquiera visto antes, incluso en Brasil.

Para quienes vieron a Flávio Bolsonaro actuar como si ya fuera presidente el 25 de octubre, la sorpresiva victoria de Lula fue un alivio histórico. Para quienes vivieron las últimas semanas en Brasil —asistiendo a manifestaciones masivas, sin precedentes en la historia electoral del país, y enfureciéndose con cada debate entre Lula y Flávio, así como con la arrogancia cruel y desmedida del líder de derecha—, la palabra clave es, por fin, esperanza.

[Fuente: Jacobin Brasil, y retomado por CTXT]

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Tras su triunfo, Lula se enfrenta a lo más difícil: volver a encarrilar Brasil

Guilherme Casarões


Hace apenas unas semanas, ya se habían escrito todas las necrológicas políticas del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva.

El candidato presidencial de extrema derecha, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente encarcelado Jair Bolsonaro, había salido de la primera vuelta de las elecciones presidenciales con una ventaja que parecía imposible de superar.

A sus 80 años, Lula parecía abocado a una salida discreta tras cuatro décadas en el centro de la vida política brasileña. El domingo 25 de octubre, sin embargo, demostró que todos se equivocaban. Ganó la segunda vuelta y se aseguró un cuarto mandato no consecutivo como presidente de Brasil.

Una noche de primeras veces

El resultado electoral no tiene precedentes en la política brasileña, al menos en tres aspectos.

En primer lugar, ningún candidato presidencial brasileño había ganado nunca la primera vuelta para luego perder la segunda. Desde que la Constitución brasileña de 1988 adoptó el sistema de dos vueltas, el candidato que lideraba la primera siempre había acabado ganando. Lula rompió esa tendencia al convertir, en tres semanas, una derrota de unos 2,2 millones de votos en la primera vuelta en una sólida victoria.

En segundo lugar, ningún presidente brasileño ha sido elegido nunca para cuatro mandatos. Cuando termine su nuevo mandato, Lula habrá gobernado Brasil durante 16 años (no consecutivos), el periodo más largo de un presidente elegido democráticamente en la historia del país.

Solo Getúlio Vargas gobernó durante más tiempo. Ocupó el poder durante casi dos décadas, pasando por una revolución, una dictadura y unas elecciones democráticas entre los años 1930 y 1950, y es considerado por muchos como el presidente más influyente de Brasil.

En tercer lugar, ninguna campaña de segunda vuelta en Brasil ha movilizado jamás a tanta gente en las calles y en las redes sociales, apoyando a ambos bandos. A diferencia de la primera vuelta, la segunda no fue tranquila, ni se decidió gracias a los anuncios televisivos. Brasil fue testigo de una movilización masiva de votantes, y fue feroz.

En ese sentido, la izquierda brasileña libró una batalla cuesta arriba contra las plataformas de redes sociales, las élites económicas y un Tribunal Superior Electoral cuyo presidente fue acusado de intentar inclinar la balanza a favor de Bolsonaro.

Lula cuenta con un largo historial de milagros políticos, y ha añadido otro más a la lista.

 Un resultado electoral que trasciende las fronteras de Brasil

La victoria de Lula tiene una importancia que va mucho más allá de las fronteras de Brasil, también en tres aspectos.

A nivel mundial, Brasil sigue siendo un baluarte contra el auge de la extrema derecha. En las recientes elecciones celebradas en América Latina y Europa, los partidos y líderes de extrema derecha han avanzado prácticamente en todas partes.

Brasil, la cuarta democracia más grande del mundo, ha roto ahora esa tendencia y se ha convertido en un símbolo que los demócratas de otros lugares no pasarán por alto.

A nivel regional, Lula ha desafiado la llamada “maldición del gobernante”. Durante la última década en América Latina, los partidos en el poder han perdido unas elecciones tras otras, castigados por los votantes debido a la inflación, la inseguridad y el estancamiento económico.

La economía brasileña se encontraba en una situación razonable, pero sus avances eran modestos y se percibían de forma desigual. Todo apuntaba a una derrota, y Lula, aun así, superó las expectativas.

Su victoria supone también un freno a lo que los críticos han denominado la “Doctrina Donroe”, en referencia al impulso de la Administración de Donald Trump para integrar más firmemente al hemisferio occidental en la esfera de influencia de EE. UU. mediante aranceles, amenazas y clientelismo político.

Bolsonaro había hecho campaña presentándose como el socio preferido de Washington en Sudamérica. Los votantes brasileños rechazaron esa oferta.

A nivel nacional, el resultado también pone de manifiesto el poder de la movilización popular de la izquierda. Tras los malos resultados de Lula en la primera vuelta, su campaña reavivó el ánimo de sus seguidores desmoralizados y construyó una amplia coalición de votantes, algunos de los cuales votaban menos por Lula que en contra de lo que representa Bolsonaro. También movilizó a personas que se habían quedado en casa en la primera vuelta para que salieran a votar.

Un simpatizante del presidente brasileño Luiz Inácio da Silva sostiene una bandera con la inscripción ‘Lula’ mientras celebra en Brasilia, Brasil. / Vinicius Santa Rosa/EFE/EPA (The Conversation)

La batalla no ha terminado

Lula no debe confundir la supervivencia con la reivindicación. Sí, corrigió el rumbo. En tres semanas, reconoció los errores que cometió durante sus cuatro años en el cargo, especialmente durante una campaña de primera vuelta poco brillante. Afinó su mensaje, amplió sus alianzas y se dirigió directamente a los votantes que había perdido. Eso no es un logro menor para un político, por muy experimentado que sea.

Pero ahora tiene que gobernar un país más polarizado que nunca. La violencia política en las calles ha aumentado y el discurso de odio circula libremente por internet. Figuras destacadas de la extrema derecha, entre ellas Nikolas Ferreira y Lucas Pavanato, ya han afirmado que no aceptarán este resultado electoral. Bolsonaro ha declarado también que no reconocerá la derrota y que solicitará la anulación de los comicios.

Y luego está Washington. Dados los estrechos vínculos de la Casa Blanca con la familia Bolsonaro, existe un riesgo real de que la Administración Trump cuestione, o incluso se niegue a reconocer, el resultado de las elecciones. Eso sería extraordinario y, hace unos años, habría sido impensable.

La situación se complica aún más por una batalla legal el mismo día de las elecciones. Tras las denuncias de supresión del voto de los partidarios de Lula en varias ciudades, los magistrados del Tribunal Supremo y del Tribunal Superior Electoral de Brasil se enfrascaron en una disputa sobre si ampliar el horario de votación. Independientemente de los fundamentos jurídicos, la discusión proporciona a la parte perdedora un argumento ya preparado sobre “irregularidades electorales”. Esto podría ser motivo de grave preocupación y prolongarse durante semanas.

Tres cuestiones para el próximo mandato de Lula

Cuando Lula tome posesión el 5 de enero, tres cuestiones definirán su cuarto mandato.

La primera es cómo gobernará un país profundamente dividido, con una mayoría conservadora en el Congreso y más de una docena de gobernadores estatales de derechas.

El poder legislativo que lo ha tenido como rehén durante los últimos cuatro años se ha vuelto más hostil, no menos. Cada presupuesto, cada reforma y cada nombramiento supondrán una dura negociación, con la posibilidad de un proceso de destitución cerniéndose sobre la cabeza de Lula.

La segunda es la recuperación. ¿Cómo abordará los problemas que van mucho más allá de las disputas partidistas? Entre ellos se incluyen las presiones fiscales derivadas del aumento del gasto público, una pérdida constante de confianza en las instituciones democráticas y un sistema institucional que ya no funciona según lo previsto.

El Tribunal Supremo, que en su día fue garante del orden democrático, ha visto mermada su legitimidad por un grave escándalo financiero en torno al Banco Master. Aunque el presidente no puede “reparar” un tribunal, sí puede negarse a tratar la crisis como si fuera un problema ajeno.

La tercera pregunta es la más importante. ¿Aprovecharán Lula, su Partido de los Trabajadores (PT) y las fuerzas democráticas brasileñas en general este respiro para renovar la política brasileña? Eso significaría:

⠀⠀• Nuevas alternativas de liderazgo político más allá de los líderes envejecidos que han dominado la izquierda durante 40 años.

⠀⠀• Nuevas formas de participación política popular que no dependan de una única figura carismática.

⠀⠀• Una nueva narrativa que llegue a los trabajadores precarios, a las familias religiosas y a los votantes descontentos que se han ido desviando hacia la extrema derecha.

Este es el único antídoto real contra la polarización, y no vendrá de una sola elección ni de un solo líder.

El regreso de Lula le ha dado tiempo a Brasil. Que eso sirva para algo más dependerá de lo que él y sus aliados hagan durante los próximos cuatro años, paso a paso.

Lula ha obrado otro milagro. Su última tarea es asegurarse de que Brasil no necesite otro.

[Fuente: The Conversation]

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Lula gana con un giro histórico

Esquerda em movimento


La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva (PT), confirmada este domingo (25 de octubre), marca un punto de inflexión sin precedentes en las elecciones presidenciales brasileñas. Después de terminar la primera vuelta detrás de Flávio Bolsonaro (PL), el presidente obtuvo el 51,78 % de los votos válidos, frente al 48,22 % del oponente, según los resultados divulgados. La victoria garantiza a Lula un cuarto mandato presidencial, el cual se construyó a partir de una disputa marcada por la polarización política, la movilización popular y la intensificación de la batalla en las redes sociales.

El resultado no se explica por un solo factor. La reacción del campo progresista en la recta final, la ampliación de la participación electoral, la reorganización de las estrategias de campaña y la capacidad de los votantes que se movilizaron preocupados por la posibilidad de una nueva presidencia de la familia Bolsonaro contribuyeron a revertir la ventaja alcanzada por la extrema derecha en la primera vuelta.

La victoria, sin embargo, no elimina las contradicciones políticas del país. Aunque Lula logró reunir suficientes votos para ganar la disputa nacional, el Congreso electo mantiene una composición mayoritariamente conservadora, lo que debería imponer obstáculos a la aprobación de medidas sociales, económicas y ambientales y a la implementación de parte del programa defendido por el presidente.

La reacción de las calles y las redes cambió el juego

La movilización social fue uno de los principales elementos del cambio. La reacción de los partidarios de Lula ganó fuerza después de la primera vuelta, cuando parte de la izquierda comenzó a actuar de manera más intensa para disputar votos, enfrentar la desinformación e impedir la victoria de Flávio Bolsonaro. Grandes actos en ciudades como São Paulo y Río de Janeiro sorprendieron incluso a los miembros de la campaña del PT.

En las redes sociales, el canal de WhatsApp “Ejército de Lula”, coordinado por el diputado federal André Janones (Rede-MG), se convirtió en uno de los símbolos de esta movilización. La iniciativa llegó a casi 11 millones de participantes, según la Agencia Pública, y apostó por la circulación de mensajes y contenidos compartidos directamente entre los usuarios, ampliando el alcance de la campaña más allá de los canales oficiales.

La investigadora Raquel Recuero, coordinadora del Laboratorio de Investigación MIDIARS, de la Universidad Federal de Pelotas (UFPel), destacó la importancia de esta dinámica.

“El trabajo de hormiguita de las personas para sus grupos, de la gente para sus redes, es muy importante”, dijo a la Agencia Pública.

La investigadora también evaluó que el temor a una victoria del candidato del PL tuvo un papel relevante en el compromiso. “Lo que movilizó fue la emoción, el miedo a una victoria de Flávio Bolsonaro [PL]. No hay comparación con la campaña de la primera vuelta. Fue una campaña mucho más completa, digital, que llegó mucho más a la gente”, añadió.

El movimiento digital se combinó con la presencia en las calles, la participación de líderes políticos y el compromiso de militantes, jóvenes y sectores de la sociedad civil. La campaña también modificó su estrategia, ampliando el espacio de interlocutores como Camilo Santana y Rafael Fonteles y dando mayor centralidad a la disputa directa con Flávio Bolsonaro.

En la segunda vuelta, Lula pasó a enfatizar los riesgos que atribuía a las propuestas económicas del oponente, especialmente los posibles efectos de los recortes de gasto en los derechos sociales, además de explorar el rechazo a la familia Bolsonaro. La estrategia contribuyó a transformar la disputa en una movilización que superó la estructura formal de la campaña.

Menos abstenciones y más participación electoral

Otro dato importante fue la reducción significativa de la abstención. El índice cayó del 21,08 % en la primera vuelta al 19,22 % en la segunda, el porcentaje más bajo registrado en una segunda vuelta presidencial desde 2006. Cerca de tres millones de personas que no habían votado en la primera etapa acudieron a las urnas el domingo 25 de octubre.

Más de 128,1 millones de brasileños votaron en la segunda vuelta. Los votos blancos y nulos también retrocedieron: sumaron 3,24 %, frente al 4,77 % en la primera vuelta. La reducción simultánea de la abstención y los votos inválidos amplió el contingente de votantes que participaron efectivamente en la decisión presidencial.

La movilización fue especialmente expresiva en los estados del Nordeste. En Bahía, la abstención cayó del 19,97 % al 16,71 %; en Pernambuco, pasó del 18,17 % al 15,18 %. Lula ganó en ambos estados con el 71,31 % y el 69,2 % de los votos válidos, respectivamente. La caída de la abstención, sin embargo, no se produjo de manera uniforme: el índice aumentó en nueve estados y disminuyó en 18.

Las cifras no permiten asignar todos los nuevos votantes a un solo campo político. Aun así, la coincidencia entre el aumento de la participación, la movilización de la recta final y la victoria de Lula refuerza la importancia de la disputa por la presencia de los votantes en las urnas.

La operación para estimular la asistencia también enfrentó dificultades concretas. Problemas en el transporte público en municipios de diferentes estados, además de fuertes lluvias en algunas regiones, perjudicaron el desplazamiento de los votantes. La votación llegó a tener el horario extendido hasta las 19h por decisión de la Justicia, después de solicitudes relacionadas con las dificultades logísticas.

Lula promete ampliar la participación popular

En la conmemoración de la victoria, en la Avenida Paulista, en São Paulo, Lula reconoció la importancia de la movilización social y agradeció especialmente a los jóvenes, a las mujeres, a los educadores y a los defensores de los derechos laborales.

“Debo esta victoria a la juventud rebelde que se levantó en defensa de la democracia. Le debo esta victoria a las mujeres que se rebelaron contra el feminicidio. Se lo debo a las personas que creen que el fin de la escala 6 por 1 es un beneficio para la sociedad brasileña”, declaró el presidente reelegido.

El discurso dialogó con agendas que movilizan al campo progresista, entre ellas la reducción de la jornada laboral, la defensa de la educación pública y la lucha de la violencia contra las mujeres. Al mencionar el fin de la escala 6×1, Lula también reconoció la relevancia de una reivindicación que ganó espacio en la agenda nacional a través de la actuación de movimientos sociales y parlamentarios, entre ellos los del PSOL.

El presidente prometió cambios en la conducción del gobierno y una mayor participación de la población en las decisiones. “Puedo asegurarles que vamos a cambiar la forma de gobernar este país. Haremos que la gente participe más en nuestras decisiones”, dijo. También anunció que la comunicación digital tendrá un mayor espacio en la relación entre el gobierno y la sociedad.

Lula también defendió la regulación de las plataformas digitales, alegando que la actuación de estas empresas debe estar sujeta a reglas democráticas. “Son unas elecciones en las que tuvimos que vencer la intromisión viniendo de fuera hacia adentro a través de plataformas digitales, que tendremos que regular”, declaró a la Agencia Brasil.

La declaración apunta a uno de los desafíos del próximo mandato: hacer frente a la circulación de la desinformación y discutir la responsabilidad de las grandes empresas tecnológicas sin comprometer la libertad de expresión y el debate público.

Un cuarto mandato bajo la presión de un Congreso más a la derecha

La victoria en las urnas no se traduce automáticamente en fuerza parlamentaria. Lula asumirá el nuevo mandato ante un Congreso aún más alineado a la derecha, con el PL ampliando su presencia en la Cámara de Diputados y en el Senado.

El PL ganó 23 escaños más en la Cámara y 13 en el Senado en comparación con la composición anterior. PT, PSOL y PCdoB mantuvieron sus escaños o registraron un crecimiento moderado.

La nueva configuración tiende a dificultar la aprobación de propuestas relacionadas con la ampliación de los derechos sociales, la tributación de los más ricos, la protección del medio ambiente y el fortalecimiento de los servicios públicos. El gobierno también tendrá que lidiar con disputas sobre presupuestos, enmiendas parlamentarias y cargos, así como la resistencia de los sectores conservadores a los cambios en la legislación laboral y en los derechos de las minorías.

El politólogo Juliano Corbellini, en declaraciones al Correio do Povo, resumió el problema: “Lula tendrá dificultades para lidiar con este Congreso y este Senado, que parecen tener una cohesión ideológica de la derecha más marcada”. El experto también destacó el papel de Centrão, cuya posición podría ser decisiva para la gobernabilidad.

La victoria electoral, por lo tanto, no cierra la disputa política. Para aprobar sus propuestas, el gobierno deberá negociar con fuerzas que no comparten plenamente su programa y, al mismo tiempo, mantener una base social capaz de defender las medidas de interés popular.

En este contexto, la movilización demostrada en la segunda vuelta podría tener importancia más allá de las elecciones. El desafío será transformar el compromiso concentrado en la campaña en participación política continua, capaz de presionar al Congreso y sostener las reivindicaciones sociales.

El experto en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales Gabriel Adam, también en Correio do Povo, destacó que la movilización popular puede influir en las decisiones parlamentarias: “Cuando la población comprende el escenario de disputa, lo que se está poniendo en juego, puede ejercer una presión muy grande”, dijo.

La victoria abre una nueva etapa de la disputa política

La reelección de Lula demuestra que la ventaja conquistada en la primera vuelta no era irreversible. La combinación de movilización presencial, organización digital, cambio de estrategia y mayor participación electoral permitió al presidente superar la desventaja inicial y ganar otro mandato.

El resultado también evidencia los límites de la disputa presidencial aislada de la composición del Legislativo. La izquierda ganó las elecciones nacionales, pero tendrá que enfrentarse a una oposición parlamentaria fortalecida y a una sociedad que permanece políticamente dividida.

El próximo mandato estará marcado, por lo tanto, por una doble exigencia: transformar los compromisos asumidos durante la campaña en políticas concretas y preservar la capacidad de movilización que ayudó a producir el cambio electoral. La fuerza demostrada en las calles y en las redes será un activo político importante, pero su influencia dependerá de la continuidad de la organización popular y de la capacidad de convertir el apoyo social en logros efectivos.

[Fuente: Esquerda em movimento / Sin Permiso]

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