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Detenido
Mayo, 2026
A los 85 años de edad, ha partido de este mundo Sonia Bazanta Vides, más conocida como Totó la Momposina. Nacida en Colombia en agosto de 1940, su fallecimiento acaeció el pasado 17 mayo en la ciudad mexicana de Celaya (Guanajuato). La legendaria cantante era una acérrima defensora del folclor colombiano o de lo que ella denomina música de identidad. A ello le dedicó más de cinco décadas de trayectoria: investigando, cantando, actuando y, sobre todo, explorando el frondoso cancionero colombiano. Su voz y su obra lograron tal notoriedad que incluso llegaron a las pistas de baile. Aquí la recordamos.
UNO. Desde el otro lado del teléfono, la voz de Totó la Momposina llega con claridad y nitidez; hasta casi parece que la tengo frente a mí.
—No-no, mihijo, Sonia Bazanta y Totó la Momposina son la misma mujer —me dice la cantante con alegría—. Definitivamente, somos la misma…
Es el año 2010, y la legendaria artista colombiana tiene prevista una minigira por nuestro país, la cual incluye la Ciudad de México y, sobre todo, una parada en el Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato.
—Entonces, ¿no hay rivalidad entre ambas? —le replico sólo para provocarla.
—En lo absoluto. Para mí el nombre de Sonia siempre fue el que utilizaba para el colegio, la tarjeta de identidad, para viajar, para abrir la cuenta de ahorro; sin embargo, debo reconocer que estoy más familiarizada con el nombre de Totó que con el de Sonia… A veces pienso que uno viene con sus nombres; y, bueno, mi papá me puso de cariño Totó, ya que a todo le decía así, “totó”. Entonces, no creo que exista una rivalidad entre las dos. Eso sí, cuando alguien me dice Sonia, yo me sorprendo —cuenta La Totó, y pega tremenda carcajada—; me sorprendo porque ese es el nombre anónimo de una mujer que está en el asunto, ¿me entiendes?
En sus charlas, Totó suele utilizar “en el asunto” sólo para dejar en claro que trabaja en lo que, a su juicio, es oportuno. De hecho, está “en el asunto” cuando se trata de hablar de su proyecto musical:
—Totó la Momposina y Sus Tambores es el proyecto que siempre he manejado, el cual trata de divulgar la música de identidad para que quede en el arraigo popular. Y con esto me refiero no sólo al de mi país, sino el arraigo popular de los otros países, donde yo canto. Porque la música no tiene fronteras. Pero, te aclaro: si yo trabajo la música que viene de los ancestros, esto no significa que la música ancestral no tenga el derecho de evolucionar, porque los seres humanos han evolucionado. Y en la música de la identidad es igual: ésta evoluciona porque es circundante.
DOS. Me entero que la cantante colombiana —sin duda una de las máximas exponentes de la música tradicional del Caribe y referente de la música colombiana: la de raíz, se entiende—, ha partido de este mundo. Tenía 85 años.
“Hoy despedimos a la eterna Totó. A la eterna maestra que recorrió el mundo entero a ritmo de cumbias, bullerengues, porros, mapalés, nacidos en el corazón de nuestra tierra”, expresó el Ministerio de las Culturas colombiano en un comunicado.
Sonia Bazanta Vides, nombre de pila de la artista nacida el 1 de agosto de 1940 en Talaigua, en la llamada región de la Depresión Momposina (departamento de Bolívar), de cuya cultura y tradición musical también tomó el nombre artístico, falleció el pasado 17 de mayo en la mexicana Celaya (Guanajuato).

“Totó fue una mujer que con su voz y entrega extraordinarias llevó la cultura y la memoria del pueblo colombiano a los rincones del mundo. Su alegría, luz, sabiduría, talento, generosidad y muchas otras virtudes marcaron la vida de innumerables personas”, han señalado sus hijos en un comunicado.
Y, sí, la Totó era eso: alegría, luz, sabiduría, talento, generosidad. Y mucho más.
Con su portentosa voz y sus candentes movimientos, lo de La Totó no requería coartadas teóricas: se trataba de una erupción volcánica que agitaba los cuerpos e invitaba a la sonrisa.
Los que la vimos en el (entonces célebre) Cervantino, lo recordamos con calor en el corazón:
—Buenas noches, Guanajuato, hace tiempo estuve aquí y esta fiesta sigue igual de sabrosa, esta noche es para bailar. Si por nosotros fuera, tenemos repertorio hasta para las cuatro de la mañana… Así que, por lo pronto, vamos a la gozadera —diría la cantante en aquel arrebatador concierto.
(Ojo: Totó la Momposina en vivo era mucho más que Totó la Momposina. No es fácil describirlo. Había que estar allí y vivirlo: vivir la música, los ritmos, los cantos, los bailes.)
Y, sí, aquello fue una gozadera.
No sólo por la dotación instrumental —en el escenario, Totó estaba acompañada por tambores, gaitas, cobres, triple, bajo, percusión y coros—, también, por lo que ella representaba: cuando Totó tomaba impulso —planta de pie, talón, movimiento de brazos—, la cadencia y la sabrosura viajaban por todo su cuerpo. Y contagiaba nada más mirarla. “Aunque no te guste el género, te hará bailar, porque no es una imposición, sino producto del amor, del enamoramiento entre culturas”, diría entonces.
TRES. Totó la Momposina nació en una familia de músicos: su madre era cantante y bailarina, y su padre era percusionista, lo que la ayudó a descubrir su vocación temprana hacia la música.
Desde niña comenzó a actuar a lo largo de los pueblos ribereños del río Magdalena cantando con un estilo que forjaría su sello, que se nutría de la fusión de elementos indígenas y africanos, también de herencia española, resultado del proceso histórico de sincretismo cultural ocurrido durante la colonización española en América.
Con los años, empero, Totó terminaría siendo definida como una ‘cantadora’, una intérprete que cultivaba la cultura tradicional de su pueblo. Y es que, a través de ella, la gaita, la cumbia, el porro, la chalupa, el mapalé y los bullerengues se volvieron universales. De hecho, Totó siempre estuvo en las primeras líneas cuando se habla de Colombia como forma musical.
Ese compromiso con sus raíces (e identidad) hizo que el escritor Gabriel García Márquez la “fichara” para ambientar la pachanga de la entrega de su Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, en 1982.
Ese apoyo fue esencial, pues al siguiente año grabaría su primera producción en Francia. Era 1983. Posteriormente, mientra seguía haciendo música y recorría Europa para darse a conocer, continuó sus estudios en la universidad de La Sorbona de París, así como en otras instituciones de Santiago de Cuba y La Habana. Totó solía afirmar que nunca había dejado de ser una estudiante de la música, pues sabía que no había llegado aún a la cumbre, a la punta, de este arte infinito.
Sin embargo, es indudable que con el tiempo revalorizó y vigorizó la música folclórica de su país. Fue más de medio siglo investigando, preservando y difundiendo los ritmos afroindígenas y campesinos de la región Caribe colombiana, llevando esa tradición a escenarios internacionales y convirtiéndose, de paso, en una de las voces más reconocidas del ámbito musical latinoamericano; lo que además le acarrearía premios y reconocimientos. (Por ejemplo, fue conocida en su momento como reina de la World Music [Música del Mundo], y en 2006 se adjudicó uno de los galardones más importantes del circuito, el Womex.)
Su herencia incluye canciones ya consideradas himnos de la música popular colombiana, como “Yo me llamo cumbia” o ‘El pescador’. Pero, también, están ahí sabrosuras como “Dueña de los jardines”, “Fiesta vieja”, Los sabores del porro, “Tembandumba”, “La sombra negra”, “Malanga”, “El Porro Magangueleño”, “Así lo grita Totó”, “La ceiba” o “La verdolaga”.
También prestó su voz para la canción “Latinoamérica”, del ya extinto grupo Calle 13, lanzada en 2011. Su fama incluso llegaría a las pistas de baile, con remixes que podían escucharse desde las fiestas playeras de Ibiza hasta las discotecas más chic de Nueva York.
CUATRO. Totó la Momposina era conversadora nata, auténtica, amante de la identidad cultural y reivindicativa.
—Algunos dicen que la tradición es un bien intocable; parece que usted no está muy de acuerdo en ese sentido… —le pregunté en aquella charla de 2010.
—Mira —me respondió—, lo intocable es que tú, por ejemplo, no puedes alterar los cimientos de una casa. Puede hacer ciertas remodelaciones, pero tú tampoco puedes transgredir las columnas de esa casa; las columnas no se pueden remover, porque éstas son el corazón… Y eso mismo pasa con la música. Lo que digo es que hay que invitar a los instrumentos, a los otros instrumentos que han aparecido a lo largo de los años, y ponerlos al servicio de la música… Así que lo que yo pienso es que uno tiene que enriquecer el sonido musical, ponérselo a la música de la identidad, para enaltecerla y enriquecerla.

—¿Qué tan complicado le ha resultado sobresalir en un ambiente musical en la que la música tradicional no parece importarle no sólo a las disqueras sino a veces a la propia sociedad moderna?
—Sí, hoy nadie se arriesga con la música tradicional, ya que no está dentro del marketing o del show business ni dentro de la música de fantasía. Yo he hecho un análisis al respecto, y creo que la música de la identidad es algo que, por honor y por respeto, no puede ser efímera. Y como no puede ser efímera, hay que seguirla haciendo. Es como en México: el día que dejen de hacer tortillas, guacamole, pulque, o todo lo que ustedes producen, creo que ustedes dejarían de ser mexicanos, ¿estamos de acuerdo?
—Sí, en eso estamos de acuerdo.
—Entonces, la música también no se puede perder, no obstante que salgan esos boom del artista de moda o de los géneros de moda. Por ejemplo, en este momento está muy de moda que los artistas hagan play back; es decir, hacen sus grabaciones en estudios y luego hasta parece que estudian mímica para los conciertos… Nosotros con la música tradicional no podemos hacer eso, porque la música tradicional es del corazón, del momento, de las circunstancias en que la gente lo ve a una ahí arriba, en el escenario. La gente sabe que uno está haciendo música verdadera.
“Al final, la esencia de la música de la identidad siempre estará presente…. Por ejemplo, imaginemos un escenario catastrofista, en donde desapareciera todo lo que nos rodea: el agua, la luz, el gas, el celular, la televisión… ¿qué quedaría?”
—El hombre mismo…
—Exacto: haciendo música como en los tiempos de antes. Entonces, eso no se puede perder. Por eso siempre insisto que no sea el dinero ni la fama lo que nos sostenga para hacer la buena música, sino el verdadero amor y concepto de por qué uno está haciendo la música de la identidad. Yo siempre digo que la estrella es la música, y que yo sólo soy un conducto regular para transmitirla. Porque la música es una parte de honor para cada uno de nuestros países, para representar una parte de la identidad de un país…
CINCO. Totó la Momposina se había despedido de los escenarios en septiembre de 2022 con un concierto en el Festival Cordillera en su natal Colombia. Fue una presentación a manera de homenaje a su legado musical y cultural.
Amaba su oficio. Amaba con pasión la música.
Hacia el final de nuestra charla, Totó me diría:
—¿Sabes?, yo creo que la música nos ha sido dada para estar al servicio del ser humano. Si tú te pones a averiguar quién creó la música, llegarías a la conclusión de que ésta siempre ha estado ahí, en la naturaleza misma, desde el sonido de la tierra hasta el canto de las aves…
—Si por algo están marcados nuestros pueblos es por lo que han sido golpeados, llámese colonialismo, esclavitud, dictaduras… Sin embargo, su música es muy dulce, muy armónica y rítmica. ¿Hay algún motivo en especial de que sea así?
—Mira, lo que sucedió aquí en Colombia es que dos razas esclavas, la indígena y la negra, se aparearon no con violencia sino a través del amor, a través de la conquista de los elementos que tenía cada una, respectivamente. La música, la comida, el dolor… Y, entonces, el dolor es más llevadero entre varios que por una sola persona… Por eso todas las danzas tiene ese significado imitativo de los animales, que hay un enamoramiento y un apareamiento. Y eso lo representa la música y lo representa la danza. De ahí la alegría. Eso es lo que sucede con la música de nosotros. Todas están hablando de las actitudes de los seres humanos…
—¿Qué es la danza, entonces, para usted? ¿Qué siente cuando baila? —le pregunté, al final, a La Totó.
—Uy, con ella uno se transporta, mihijo. No sabes que eso pertenece a las musas…
Entonces, Totó —Sonia Bazanta— soltó tremenda carcajada… ![]()



