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Detenido
Noviembre, 2026
¿Fue un adelantado a su época? Posiblemente. Empero, también se podría decir que, más que un adelantado, José Joaquín Fernández de Lizardi —de nombre completo José Joaquín Eugenio Fernández de Lizardi Gutiérrez— no sólo marcó su era, además abrió y allanó el camino a seguir tanto literaria como periodísticamente. Y es que Fernández de Lizardi desarrolló en El Pensador Mexicano —el periódico que él fundó— lo que se considera la primera muestra de expresión del periodismo moderno en nuestro país. Asimismo, se le valora como uno de los primeros novelistas —sino es que el primero— de América Latina al escribir en 1816 El periquillo sarniento. Periodista, poeta, autor dramático y novelista, Fernández de Lizardi vio la luz primera en noviembre de 1776 y partiría de este mundo en junio de 1827. Ahora que se cumple el 250 aniversario de su nacimiento, Víctor Roura lo recuerda.
Hay quienes dicen que todos los males que padecemos son producto de la sobrepoblación y el abaratamiento de la moral.
Pero la historia desmiente esta ligera hipótesis.
La literatura misma, desde los tiempos de Homero, nos habla de la fragilidad humana. En 1815, por ejemplo, José Joaquín Fernández de Lizardi (nacido hace 250 años, el 15 de noviembre de 1776, fallecido medio siglo después el 21 de junio de 1827) hizo un recorrido por su ciudad natal, la de México, acompañado por la Verdad, que le mostró el descaro de la ponzoña y la mezquindad naturales de los hombres.
—Vamos —le decía la Verdad al Pensador Mexicano (también conocido Fernández de Lizardi por dicho apelativo debido al periódico que con ese nombre publicara en 1812, cuatro días después de entrar en vigor la Constitución de Cádiz que establecía, por fin, la libertad de prensa)—, vamos a sorprender a los hombres, a cogerlos, como dicen, con la masa en las manos; esto es, a verlos cometiendo sus delitos, a reprenderlos yo misma, y a darte a ti estas saludables lecciones, tanto para que te aprovechen cuanto para que las comuniques a tus hermanos por medio de tu pluma para que se enmienden.
Sin embargo, Fernández de Lizardi se negaba a acompañarla:
—Señora —decía a la Verdad—, mucho os agradezco vuestras buenas intenciones; pero temo que serán infructuosas porque yo y los demás hombres, mis compañeros, somos muy necios y muy mal inclinados, pues por más que hagáis y digáis no os creemos, y si os creemos no os hacemos caso; y así, que vos me doctrinéis a mí, y que yo comunique a los demás vuestras doctrinas, me parece en vano, y lo mismo que escribir en el agua y predicar en el desierto.
No obstante, la Verdad es una señora insistente.
—Es necesario ridiculizar los mismos vicios en común —decía al Pensador Mexicano—. Eso es lo que quiero.
—Pero eso sería caer en la sátira —dijo Fernández de Lizardi—, y la sátira creo que desacredita a quien la escribe, porque lo hace pasar por un truhán, entrometido, mordaz y murmurador —a lo que la Verdad, verdaderamente contumaz, contestó:
—La sátira, no señalando personas ni con sus nombres ni con unas señas individuales, lejos de probar un alma baja ni un corazón corrompido, manifiesta todo lo contrario; esto es, un entendimiento no vulgar y un alma noble. Lo primero, porque prueba que el que la escribe sabe distinguir la virtud del vicio, y esto no lo hacen los talentos someros. Lo segundo, porque escribiéndolas únicamente con el fin de poner en ridículo los vicios para que se detesten y abandonen y logren los mortales por este medio su felicidad verdadera, prueba, en el que así lo haga, un deseo del bien de sus semejantes y una intención de serles útiles de la manera que pueda.
—Todo eso está muy bien —replicó Fernández de Lizardi—, pero cuando uno hace tales relaciones de inmediato se dice que uno es de mal genio, que es hipócrita, que escribe con mala intención con el único fin de señalar a determinadas personas.
—Mira —contestó la Verdad—, no hay mejor fiscal en lo moral que la conciencia propia, porque ésta nunca adula y rara vez se equivoca en su opinión. Así, cuando tu conciencia no te acuse de crimen cuando escribas, ríete de las críticas de tus lectores, y hazles tanto aprecio como el que hace la luna a los perros que le ladran.
Después de todo, dice la Verdad, “el hombre por naturaleza es más fácilmente llevado por mal que por bien. De aquí es que mejor se docilita por medio de la sátira dura que por el suave consejo con tal que no entienda que aquélla se le dirige a él mismo, porque entonces se obstina. Lee la sátira con gusto y le sabe lo picante, cuando se persuade que es contra los demás y no contra él; pero si examina con cuidado advierte que también él es tan ridículo como los que ha visto pintados y entonces, más por no parecer ridículo a los hombres que por adoptar una virtud, enmienda un vicio y se refrena, ¡efecto admirable de la sátira!, que mil veces no lo logran los mejores libros ni los sermones morales”.
He aquí, pues, convencido el Pensador Mexicano del verbo de la señora Verdad, que sale a la calle dispuesto a observar —arropado de invisibilidad para que nadie notara su presencia— el comportamiento natural de los hombres y no encuentra sino bandidaje, corrupción, felonía, maldad, mentiras, hipocresía, codicia, villanía.

En Los paseos de la Verdad (Planeta / Conaculta, 2002), Fernández de Lizardi describe, por ejemplo, a un rico comerciante cuyo escribiente en esos momentos le lee la noticia de que Napoleón se había escapado de la Isla de Elba pero los aliados estaban seguros de que pronto lo cazarían.
—Hombre, para qué habla usted tanto —dijo el rico—. ¿Qué cuidado se me da a mí que Napoleón se salga o se quede en Elba? ¿Qué tengo con que domine o no domine a la Europa? ¿Qué beneficio me resulta de que lo maten o lo dejen vivo? Ni qué me interesa, por fin, el equilibrio soñado que pretenden las potencias beligerantes, cuando haya que no haya Napoleón jamás faltarán entre ellas la guerra ni la división, como no han faltado desde el principio del mundo, pues siempre que los potentados sean hombres han de tener pasiones y, teniendo pasiones, han de observar envidias y desuniones entre los gabinetes, los que no pueden producir sino guerras y más guerras eternamente; y así, todas estas noticias me importan tres caracoles.
Una noticia sí era de su interés, sin embargo.
—Una orden superior para que los pudientes se franqueen a un préstamo por las urgencias del Estado —lee el escribiente—, asegurando el rédito de los capitales.
Ahí lo detuvo el comerciante, apresurado.
—Pare usted, hombre —dijo a su subalterno—, eso sí me importa. ¿Conque después que trabajamos hemos de prestar nuestro dinero atenidos a un rédito miserable? ¿Pues con diez mil pesos que yo dé en empréstitos no podré lucrar al cabo del año dos o tres mil? ¿Pues qué necesidad tengo de invertirlos en favorecer al gobierno por el débil interés de 500? Que busque el gobierno otros arbitrios y no nos incomode.
—Es que estos arbitrios los exige la corona, la tranquilidad del reino y los mismos intereses de los ricos —dijo tímidamente el escribiente.
—Bah, todos esos son chismes —enfatizó el comerciante—. La corona que conquiste otro reino, si pierde éste. El reino que se tranquilice cuando quiera, o se lo lleve el diablo, y los ricos que entierren su dinero y cuide cada cual sus intereses como pudiere, que yo veré lo que hago en cualquier caso. Si hay por ahí alguna rebelión de algunos infames que quieren despojar a los ricos de sus pertenencias —concluyó el comerciante—, ¿para qué posee el gobierno su ejército sino para aniquilar a los demonios insurgentes?
En todos los tiempos, ¡caray!, es una y la misma calamidad, de acuerdo a dónde apunten las miradas.



