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La escribidora y el choricero

A propósito de Isabel Allende y el premio Planeta

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Noviembre, 2026

Escribe Carlo Frabetti, a propósito de Isabel Allende y el premio Planeta: hubo un tiempo en que el éxito convencional, el que se mide en términos de fama y dinero, no abría todas las puertas e incluso podía resultar sospechoso. Pero en la actualidad se diría que el éxito es, en sí mismo, un valor indiscutible, inapelable. El caso de la escritora chilena —y este premio— es un buen ejemplo.


Carlo Frabetti


Me parece una mala escritora, simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea una escritora, es una escribidora.
Roberto Bolaño

La gran pregunta

En 1925, mientras Freud psicoanalizaba a la princesa Marie Bonaparte, se produjo una súbita inversión de roles y fue el analista el que mostró un retazo de su lado oscuro (lo que él llamaba “el inconsciente”) al proclamar: “La gran pregunta sin respuesta a la que yo mismo no he podido contestar, a pesar de mis treinta años de estudio del alma femenina, es la siguiente: ¿qué quieren las mujeres?”.

Lo que Freud debería haberse preguntado, y con él millones de hombres, es: “¿Por qué no puedo hallar la respuesta a esa pregunta?”, o incluso: “¿Por qué me hago esa pregunta?”; pero seguramente tales metapreguntas no tenían cabida, hace cien años, en la mente de un hombre inmerso en la lógica patriarcal, aunque la mente fuera tan abierta como la de Freud.

Y sin embargo la gran pregunta sin respuesta ya había sido respondida repetidas veces, y desde hacía mucho tiempo; por ejemplo, en una leyenda del ciclo artúrico que le oí contar en mi juventud al famoso narrador oral británico Tim Bowley. Una leyenda que contiene una gran verdad; una de esas verdades tan grandes que a duras penas caben en las historias reales y buscan acomodo en el más vasto territorio de la imaginación:

Cuando el rey Arturo era joven, se adentró sin darse cuenta en los dominios del Caballero Oscuro, que lo capturó y lo amenazó con matarlo si en el plazo de un año no encontraba la respuesta a una pregunta, y ésta era: ¿qué es lo que realmente desean las mujeres? Arturo buscó la respuesta por todas partes y encontró muchas, es decir, ninguna: amor, belleza, seguridad, prestigio, fortuna, hijos… Al final, cuando estaba a punto de expirar el plazo, le dijeron que había una bruja que conocía la verdadera respuesta, y Arturo fue a consultarla. Y la bruja, que era horriblemente fea, le dijo que sólo le revelaría la respuesta si Galván, el más noble caballero de la Mesa Redonda, se casaba con ella. Galván aceptó para salvar a su rey y amigo, y la bruja dijo que lo que las mujeres deseaban realmente era decidir sobre su propia vida.

Las mujeres, al igual que los hombres, quieren elegir. Así de sencillo, así de difícil. No en vano las primeras feministas organizadas como tales fueron las sufragistas, que reclamaban el derecho a votar, es decir, a participar en las “elecciones” por antonomasia. Reclamaban su derecho a decidir, a elegir entre las distintas opciones.

La falsa respuesta

No hay que sorprenderse de que, en cuanto a la difusión de su obra, Corín Tellado sólo sea superada por Cervantes en el mundo de habla hispana. La clave del extraordinario éxito de sus novelas románticas (mejor dicho, rosa: nada que ver con Werther ni con Orgullo y prejuicio) es que en casi todas ellas la protagonista se debate entre dos pretendientes. En un mundo y en un terreno en el que las mujeres son —o no son— los objetos de deseo de los hombres, sujetos principales y a menudo únicos, las “chicas Corín” pueden elegir y han de afrontar la responsabilidad y el riesgo de hacerlo, lo que las convierte en verdaderas protagonistas y las conecta con el deseo profundo de las lectoras. La respuesta que Freud aún no había encontrado a los setenta años, ya la conocía Corín Tellado a los diecinueve, cuando publicó su primera novela. Y la fórmula sigue funcionando, a pesar de los avances conseguidos por el feminismo en las últimas décadas. No importa que los galanes en liza sean un vampiro y un licántropo, como en la saga Crepúsculo: la chica es la que elige, la autora es una mujer y el público es eminentemente femenino.

Pero tanto Corín Tellado como sus numerosas epígonas seducen a sus congéneres más ingenuas con el señuelo de una elección sucedánea, pues elegir entre dos hombres no es mucho mejor que ser elegida por uno, y la aparente liberación no es más que una puesta al día de la antigua sumisión. “El destino de la mujer es el hombre” sigue siendo el mensaje, por más que se le añada al proceso subordinatorio un grado de libertad. Y de ahí una de las consignas históricas del feminismo más combativo: “El hombre es el pasado de la mujer”.

El éxito del éxito

¿Podría haber ganado Corín Tellado el Premio Planeta? Por supuesto. José Manuel Lara, fundador de la editorial, dijo que vendía libros como quien vende chorizos, por lo que la reina de las novelitas de quiosco, que las producía en series tan repetitivas, vulgares e indigestas como ristras de salchichas, era una firme candidata al premio choricero.

Hubo un tiempo en que el éxito convencional, el que se mide en términos de fama y dinero, no abría todas las puertas e incluso podía resultar sospechoso. Pero en la actualidad se diría que el éxito es, en sí mismo, un valor indiscutible, inapelable, solo cuestionado, de serlo, por envidiosos, marginales o extremistas. Y este éxito rotundo del concepto mismo de éxito —entendido básicamente como éxito comercial y mediático— es uno de los más claros síntomas de la degradación ética e intelectual de nuestra sociedad. Se habla mucho del precio del éxito; habría que hablar también del éxito del precio como sucedáneo y sustituto del valor. “Solo el necio confunde valor y precio”, dijo Quevedo (y recordó Machado), y puede que fuera así en el siglo XVII; pero actualmente la confusión y fusión de ambos conceptos se ha convertido en la norma. Una norma con muy pocas excepciones.

Una de esas excepciones fue Roberto Bolaño, que se atrevió a decir sin ambages que a la supuesta primera dama de la literatura en español le venía grande el nombre de escritora. Como le viene grande el nombre de concurso literario al certamen que supuestamente acaba de ganar. ¿O es que alguien se cree que la novela de la Corín Tellado chilena fue elegida con imparcialidad y con desconocimiento de la identidad de la autora entre los 1.424 manuscritos presentados? ¿Se lo creen los periodistas y críticos que se deshacen en elogios? ¿Se lo creen Felipe y Letizia, que refrendaron con su real presencia la pamema del concurso imaginario? Parecen preguntas retóricas, y en buena medida lo son; pero hay una triste e indignante respuesta: se lo creyeron las 1.422 personas (1.424 menos la ganadora y el finalista) que presentaron sus novelas —con todo el esfuerzo y el gasto económico que ello supone— pensando que tras una preselección imparcial podían llegar a manos de un jurado competente y honrado.

[Artículo publicado originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducido bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0]

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