Veriloquium
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Detenido
Septiembre, 2026
Apúntelo en la agenda. El poeta Lauro Acevedo, amigo y colaborador de este proyecto periodístico, presenta su nuevo libro de poemas: Regiones del alba. Será durante el encuentro de escritores Horas de Otoño 2026, que se lleva a cabo este 23 y 24 de septiembre en el Aula Magna del CEART (en Ensenada, Baja California, México). Por lo pronto, en esta nueva entrega para Salida de Emergencia nos habla sobre la naturaleza humana, partiendo, sí, de la palabra y la escritura: principio y fin de todo. “Un día cercano o lejano, la palabra nos dirá en todo el esplendor la real razón de nuestra estancia vertiginosa, y en ocasiones discordante, en este gran planeta azul”, escribe aquí
La escritura,
es la primera
inteligencia artificial
creada por el ser humano.
Es el imperio del garabato
que cobra vida,
al parecer,
eterna.
Siempre que exista un ser
decodificador.
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VERILOQUIUM
LUX
EST
Ensayo sobre la naturaleza humana
҉
A todos los seres humanos
porque son los que me dictan
este ensayo.
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La escritura,
es la más grande
abstracción,
pero,
es nuestra bitácora
en el viaje
dimensional.
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Una palabra es:
El principio del principio, el encarnamiento del silencio, el trotar del aire sobre las llanuras vírgenes del pensamiento.
Una palabra es la cuna donde se mecen los sueños, donde la imaginación es la magia del sentimiento.
Es acercar los labios con la fe del amor.
Una palabra es la tersura de cada pétalo, en la rosa del mapa del universo, es un plano dimensional, alegoría de sonidos en la música perenne del bosque.
Es un llamado a la búsqueda, al encuentro.
Es, al filo de la noche, la invitación al remanso en ese caudal agitado de las aguas del día.
Es canto que acuna bajo la sombra amorosa del silencio, hasta llegar a la meta del alba.
Una palabra es un cielo abierto al vuelo del entendimiento.
Es un breve concierto, una razón de la voz, una notación del camino.
Una palabra es el símbolo de la unión del ser, esencia de la esencia.
Es la enunciación, los acordes del advenimiento de la luz.
Las grafías inscritas en las tablillas húmedas, en las rocas y en los pergaminos, con el fuego cincelador y el roce de la gentil pluma, donde quedan anclados los diferentes matices de la verdad, para poder ser descifradas, inscripciones que son el producto directo, mímesis de las voces ante la consciencia que sepa leer.
҉
Leer no significa sólo descifrar sino recolectar, juntar, cosechar, escoger, seleccionar y juntar los granos del campo para extraer su sentido. Cada lector es un creador.
Así podemos hablar de cosecha de los tiempos escritos, de los tiempos grabados pero mudos, hasta que no llega un buen recolector, un buen campesino, un buen agricultor, es decir, alguien capaz de decir en voz alta su versión de lo colectado, a través del paso de la imaginación, para alimentar la presencia de las presencias en todos los devenires de todos los tiempos. Alguien que sepa dirigir la construcción de los silos y el almacenaje actualizado de los granos.
Un agricultor, un cultivador, un labrador humano.
Hoy las tablillas son artificiales, electrónicas, cibernéticas, y las grafías se unen en algoritmos, las recetas del pan aspiran a ser ajenas al amase directo de las manos hortelanas del ser humano, pero ese pan no tiene alma, ese pan de receta algorítmica no tiene espíritu, es frío, calculado, ajeno al deguste del pan recién horneado, al aroma del buen trigo, ese aroma de la panadería que enunciara tan bien el poeta López Velarde.
La palabra es la casa, la primera techumbre, la primera puerta, las primeras ventanas, el hogar, la olla de la sopa predilecta, la primera hogaza desde el horno de amorosa leña.
La palabra es el pan dulce del desayuno.
Amanece en la palabra hacia el retorno, hacia lo que una vez se gestó en la música cordal de nuestra garganta humana.
Nos decimos, nos recolectamos, nos cosechamos, nos convertimos en pan de ricos granos, colectamos las visiones del mundo para que transcurra nuestro ciclo de encantamiento, de voces que nos claman desde dentro.
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Alma del alma es la palabra, dentro de cantos nuestra voz, jolgorio matinal de pajarillos inquietos, celebrando el alba, eso es nuestra comunidad humana.
Huerto somos en el universo, crece en el centro del jardín el fruto de la voz. Los senderos del sentimiento se bifurcan para acercarnos al misterioso acento musical de nuestro origen. Un día cercano o lejano, la palabra nos dirá en todo el esplendor la real razón de nuestra estancia vertiginosa, y en ocasiones discordante, en este gran planeta azul.
Mientras, la palabra acuna los misterios, con esa canción venturosa de la esperanza, a que las semillas maduren y haya sobre la mesa el delicioso pan del entendimiento, el delicioso manjar de la hermandad.
La casa es la palabra, es lo propio, lo amable, lo amorable, es decir lo que se ama y lo que ama.
Hago una muy pertinente aclaración, todo lo expuesto lo he deducido después de leer, con mucha y atenta devoción, el famoso libro titulado: Nochi Cemanahuac Cuica, que es una obra impresionante porque mezcla la literatura y la filosofía.
El sentir y el razonar en una pócima alquímica, en un elixir de efectos alucinantes.
Existe el palabracear, que es un verbo muy extraño porque va de nadar en el mar de las músicas internas, en ese mar que somos, con todas sus bendiciones y maldiciones, olas y tormentas.
La palabra es un mapa que vaticina, es decir, la profecía de nuestros viajes. Es un mapa vivo, respira, es algo que nos guía, que nos sitúa en alguna tierra que nos atrapa, que nos provoca para conocerla. El mapa vivo, aspira nuestras ilusiones y expira nuestra frustración al no poder viajar tanto como intensamente deseamos.
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“Cuando soñamos un sueño”, dice el libro mencionado, aparecen las palabras, respiran las palabras, brincan, danzan las palabras, salen a borbotones por los cauces del sueño, nos cercan, nos meten en el laberinto de los significados y nos someten en una casa-prisión, nos hacen anhelar la libertad del silencio. A la espera del hilo salvador.
Yol Tlapiani, el nombre del autor del gran libro que mencioné, nos dice en su prólogo que no creamos en todo lo que en el nos cuenta, pues es creado por inspiración de los dioses del desconcierto y nos podemos confundir con las irrealidades del palabraceo.
Hay una palabra que no existe, inicia con M y nos es mar ¿o sí?
Inicia con M y no es muerte ¿o sí? Inicia con una M solitaria y no es la de el ¡MMMMMMM! Que nos arranca el aroma de algún platillo o la simple imagen que lo evoca.
Esa palabra es:
Mañana.
Mañana. Proviene de mane. El momento oportuno, vamos hacia lo maduro, la manzana está lista para comerse, está en su mejor momento, sin el sabor amargo de la discordia, y sí, también es esa maldición de la caída de Troya.
La mañana no es igual que el mañana. Cómo un artículo cambia los visos de la realidad, podemos hablar de la mañana, aquel momento en que recibimos-otorgamos el primer beso, pero el mañana como futuro no existe, nos coloca frente al abismo de la nada, al borde del vacío, que va más allá del abismo pues nos puede circundar.
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El mañana es una esperanza de algo anhelado que no existe, pero que se advoca como un renacer luminoso.
Remamos en el hoy y queda atrás irremediablemente y de inmediato el ayer, podríamos decir que el futuro aparece como una ilusión en el siguiente embate de los remos de nuestra consciencia, pero no el mañana que es un momento más lejano; no es el futuro inmediato, es lo que sigue después de un periodo de oscuridad, después de cruzar ese paraje largo de la noche, paraje de espejos y laberintos, de improntas con el deseo no conseguido, de enfrentamientos con los monstruos de la razón.
Mañana entonces, no es, es una palabra cuyo significado no existe, sólo puede estar en nosotros como un bello recuerdo: “Esa mañana en que fuimos plenos”. Por ejemplo.
O ese amanecer en que nos ocurrió algo maravilloso. Aunque podemos reflexionar en que amanecer y estar vivos es, de por sí, una verdadera maravilla.
Somos constructores de sentido y los hilos con los que tejemos son de seda pura, tiene el recuerdo delicado y colorido de las alas y la sabiduría experiencial de la metamorfosis en su trágica ruptura.
Tejedores al fin de telas finas, en el telar de la creación artística, bordeamos los caminos con la aguja de una brújula que teje, que hace tramas de sonidos y silencios, sobre todo de silencios, tiempos esos en que entra la aguja en los vacíos para lograr los enlaces del bordado, el ajuste de los continentes en ese mar de tierras vírgenes que emerge y es un texto literario.
Texto es una palabra universal, uni-versal, un verso en el poema universal del lenguaje creacional del arte. Tejedura de guardianes del centro de la hoguera.
Trágica manera la de soñar desde el gusano, desvestido, despojado, del abrigo de la existencia para convertirse en hilos de texturas, en letras, hilos retorcidos, para representar el arte de las palabras. Válgase la figura, el mensaje de seda de las obras literarias, con el ajuste del mito y sus encantamientos divinos.

El gusano sujeto a las fatalidades del destino en ese juego de las conjuras de los dioses.
La palabra es el todo y la nada, que se anulan uno a otro, tejedura de músicas ciertas en su vibranza, en su concertamiento, en su instrumentante literario.
La palabra es la fronda de ese árbol con raíces verdaderas que con su verdad le ata a la tierra, pero la palabra sabe escaparse en los picos de los pájaros que toman desde la fronda los cauces del viento.
Se escapa para polinizar de cantos todas las frondas, así la palabra fronda es un cáliz en flor, anhelante de picos que llegan con el polen de su canto y con las historias que este germen cuenta y que estremecen al árbol hasta su raíz misma. Hasta la esencia misma de su esencia de bosque.
La palabra aprende a cantar, a contar y a polinizar, así es hada de los bosques del espíritu humano, magia pues, encantamiento y goce.
La palabra es el crisol del argumento, es una llave forjada por Hefestos, sobre el yunque del tiempo.
Deshilar la palabra es escudriñar el bronce con el que fue forjada para emitir la música al toque del habla, al toque del alba, ya que al deshilvanar una palabra amanece en el entendimiento con esa luz que nos redime y bendice para continuar con la conversación y los trabajos ardorosos y amantísimos de los días.
En ser la palabra argumento, es ese étimo que la ennoblece para lograr el convencimiento, la palabra brilla con el argumento, quita los velos, la penumbra, la confusión, las dudas, en los hechos y en las ideas con la sintaxis de sus encantamientos en la isla del humanamiento.
La palabra es el inicio y el fin, la imaginación es el carruaje cuyo auriga es el amor y todos los seres en su anhelancia de viaje, somos los pasajeros.
El amor como principio de hermandad no en su acepción de dominación, de poder, de esclavitud.
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Amar no es poseer, no es conducir, es acompañar con la fuerza del cariño, de la comprensión, de la misericordia de la compañía, del aprendizaje mutuo. Aunque para la condición humana esto sea un mito, aprendamos del auriga y algún día nos llevará en su carruaje.
La palabra condición, dejó hace mucho tiempo de ser un pacto, para convertirse en un dogma, nos creemos lo que fuimos y actuamos en consecuencia, como si esa esencia fuera nuestra única y verdadera realidad, pero hemos de descubrir que no es así, que requerimos un nuevo convenio, una nueva estructura de cauces, un alejarnos del área de confort de la historia que nos sujeta a sujetos-libres, válgase el oxímoron, a personas que suelten el peso de sus máscaras antiguas y putrefactas para amanecer con el nuevo rostro de una humanidad diferente.
Me niego a creer que no haya remedio y que somos así como surgimos después de la bestia, hace sí, 70,000 años aparecimos como homo sapiens, que no hay posibilidad de cambio, que seguiremos así pues lo humano nos condiciona a ser así.
Ingratos, soberbios, arrogantes, fratricidas, genocidas, parricidas, homicidas, envidiosos, lujuriosos, codiciosos, avaros, mentirosos, traidores, y un largo etcétera, con todos sus femeninos, infinitivos y plurales.
Todas estas palabras se hacen realidad en el momento en que sentimos un poco de poder sobre la otredad, o en el momento de conjuntando todas esas características nos abrogamos el poder por medio de la fuerza y gozamos con el sometimiento de la otredad.
La historia de la humanidad, desde la bestia hasta la supuesta ascensión al trono de la sapiencia, ha sido la despiadada acechanza a la otredad para no permitir que tenga más poder, que tenga más riquezas, que tenga más prerrogativas y así los caudillajes y así las dictaduras y así los pillajes y las colonizaciones y las conquistas y así los crímenes de lesa humanidad.
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Sin embargo, así también a la par la evolución de las lenguas, no estoy seguro si lo babelaico también es una condición del humano, pero al parecer sí.
La “felicidad” y el goce, de los poderosos, sean de cualquier extremo o matiz ideológico, sobre la infelicidad de los oprimidos.
En este momento por ejemplo estoy escribiendo en una lengua que procede de una despiadada colonización, gran paradoja, es ni lengua materna, es desde hace siglos la lengua que vive en la nación a la que pertenezco, por el dominio de la comunicación de millones de seres, una lengua que convive todavía y no sé hasta cuándo con pequeñas zonas donde se hablan otras muchas y tantas lenguas que alguna vez y ahora mismo en este momento todavía pueden presumir el nombre de lenguas maternas.
Hay un momento que tardo en encontrar las palabras.
Se evaporan los argumentos.
La palabra se transforma en un animal capaz de camuflajearse con las ideas del dogma, ese que se llama pasado, historia, linaje, abolengo, genealogía, antropología, arqueología.
Será acaso que así fuimos forjados, y que nos remontaremos así, para siempre.
Un día leí y releí un libro que afirma que sí, que no tenemos ninguna opción, que seremos eternamente aves fénix, que surgiremos de nuestras propias cenizas, será que somos una argamasa de ácidos originales con una forma evolutiva lenta y sin destino manifiesto, será que el mundo creado es un mero desarrollo evolutivo inesperado, un accidente en el cosmos del cosmos. Sin teleología.
Al parecer los bienes materiales y el desarrollo de la tecnología no nos dan ningún indicio de mejorar la llamada condición humana. Gracias a la tecnología nos toca escuchar de cerca a humanos que intentan viajar a otros planetas contrayendo carruajes inimaginables en otras épocas, pero que al verlos actuar y al oírlos hablar se manifiestan con todos los defectos atribuidos a esa supuesta condición humana. Donde se aplica la frase ancestral “como es arriba es abajo”.
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Vemos rostros sonrientes en las cámaras del “gran hermano”, mientras mandan asesinar a niños, ancianos y personas que son despedazadas en sus hogares y en sus cotidianidades. Los vemos con esa tranquilidad y seguridad que les da su fuerza conseguida por las armas y la destrucción de la otredad. Y “como es arriba es abajo”.
Gran paradoja la palabra cuando se conjunta en esa dualidad apabullante y siniestra llamada condición humana.
Un día escuché a una señora decir que se declaraba fuera de ser humano, que no quería más permanecer en esa raza, que abominaba sus actos, será esto posible o es otro arrebato causado por la imposibilidad de hacer algo por el supuesto mejoramiento del ser humano.
Me pareció semejante a las corrientes contemporáneas de convertirse en animales o en objetos, en asumir identidades multiformes.
No es esto el mayor de los engaños, pregunto.
Cuando le comenté esto a un amigo artista, se indignó y me dijo que la señora estaba totalmente equivocada, que debemos luchar por la fraternidad y el amor (el que no somete, claro, el que no aniquila,) y todo lo contrario a lo que ya enuncié como características del ser humano desde el origen mismo de la dizque, separación de la bestia, desde hace 70,000 años, hasta este momento donde estoy tecleando la palabra tecleando.
Es así, aves fénix volviendo a las andadas siempre, eternamente, incluso fuera de ese vislumbramiento a través de las rendijas del laberinto que tuvieron seres atribulados como Nietzsche, con su idea del eterno retorno.
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Por eso yo lucho por el arribo a mi ethos, por el regreso entre todas las atribulaciones del viaje, pues entre ellas está el que a decir de algunos filósofos actuales no somos dueños de las palabras, usamos palabras que no son nuestras, porque no sabemos otras.
Me siento ante mi computadora y continuo un poema que he dejado inconcluso, es cierto que como dijo Publio Terencio Africano, “Soy humano, nada humano me es ajeno”, así con esa carga Sìfica, sin merecerla, aclaro, me voy a inventar palabras, o más bien derivaciones personales de las palabras que me atan a esa condición humana, que parece ser la mayor maldición y el mayor hechizo jamás soñado por las grandes hechiceras y hechiceros de la historia, hechizo o encantamiento, llamado: la condición humana.
El poema se titula “El silencio es una puerta”. Aunque si lo actualizo al lenguaje de la esperanza milenaria, en un mañana que no existe, le pondría “El silencio es un portal”, un salto entre dimensión y dimensión, entre raza y raza, entre humano y…
Tal vez, descendiente de humano.
Ciudad y puerto de Bahía Esplendor, en el verano del año bienamado del 7999. ![]()



