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Detenido
Agosto, 2026
Según algunas personas, hay libros que cambian la vida. (Quizá debemos entender esta frase en el sentido de que hay libros que la acompañan para siempre después de haberlos leído.) Sin embargo, también es cierto que no son sólo los libros los que cambian las vidas, sino las vidas las que cambian los libros. Haber vivido ciertas cosas entre una lectura y una relectura, muchas veces cambia completamente a un libro. En este intercambio escritural, Diego Tatián y Jorge Larrosa nos hablan de ello.
Diego Tatián / Jorge Larrosa
Te mando unas líneas a partir de un relato de Márai, del que copio aquí un pasaje:
Habían muerto todos y yo no era ya joven…, era tan solitario como ese árbol, en medio del prado, ese que se quedó solo cuando la tormenta acabó con la mitad del bosque, el día antes de estallar la guerra. Sólo quedó en pie ese árbol, en medio del prado, cerca de la casa del bosque. De esto hace ya un cuarto de siglo y desde entonces ha crecido otro bosque en los alrededores. Pero ese árbol es de los de antes, y una pasión que se llama tormenta en la naturaleza acabó con todo a su alrededor, con todo lo que le pertenecía. Ya ves, pese a todo, el árbol sigue vivo, hasta hoy, con una fuerza inmensa, irracional. ¿Por qué, para qué?… (Sándor Márai, El último encuentro).
Según algunas personas, hay libros que cambian la vida. Habría que ponerse de acuerdo en qué significa que una vida cambia. Quizá debemos entender esta frase en el sentido de que hay libros que la acompañan para siempre después de haberlos leído, incluso si los hemos olvidado por completo o casi por completo. La acompañan no tanto por recordar sus personajes o su trama, sino porque se integraron a una manera de mirar y de comprender lo que sucede; de descifrar el mundo como se nos presenta. Dejaron una marca en la manera de estar, de preferir, de emocionarse o de no hacerlo. Por supuesto que no en todos los lectores esos libros serán los mismos, puesto que le hablan en cada caso a una vida concreta —a lo que le sucedió hasta ese momento, a las maravillas y los destrozos deparados por una trama de tiempo siempre única, a los signos que cada soledad encuentra en la experiencia de las cosas—, y todas las vidas son distintas y son singulares y quizá también remotas unas para las otras. Por eso no se trata de libros cuya importancia sea objetiva o pueda compararse a la de otros; más bien la tienen para cada quien por motivos ajenos a la literatura misma (y por eso también, cuando los damos a leer con entusiasmo a alguien que queremos, con frecuencia nos es devuelto, para nuestra decepción, sin mayor comentario).
En mi caso, algunos de esos libros fueron Vida y destino, Stoner, El cero y el infinito, Memorias de Adriano, La bestia en la jungla…, a veces muy extensos como el primero; a veces apenas una nouvelle o un cuento como el último. Sin que sea posible preverlo, en ciertas ocasiones esos libros se revelan en su poder de “cambiar la vida” —o acompañarla, como prefiero decir— no con su lectura sino con su relectura.
Hace muchos años había leído El último encuentro (Las velas arden hasta el final es el título en el original húngaro, publicado en 1942, mientras parecía que el nazismo era el destino del mundo). Este verano volví a leerlo y pude comprobar que no son sólo los libros los que cambian las vidas, sino las vidas las que cambian los libros. Haber vivido ciertas cosas entre una lectura y otra cambió completamente este libro, que hace veinticinco años me había gustado, pero nada más. ¿Habla sobre la amistad? ¿Sobre la honra? ¿Sobre la venganza? ¿Sobre la vejez? ¿Sobre la irrevocable distancia que impone la diferencia de clases? ¿Sobre el engaño? ¿Sobre la envidia? ¿Sobre la fuerza del destino?
Creo que trata sobre todo eso, pero ante todo habla sobre la verdad —¿qué es una vida verdadera?, es la pregunta que pulsa en cada línea—, si por esta palabra entendemos el fondo siempre esquivo de las cosas. Luego de la última página cerramos el libro con el alma acongojada por la claridad de haber entendido algo fundamental, sin embargo irreproducible. Pero también nos sentimos menos solos al constatar una cierta universalidad en experiencias que a veces creemos nos conciernen solo a nosotros.
Sin embargo, el punto por el que el transcurso de la vida cambia a un libro —a este libro— es otro. Lo que estaba en primer plano se retrae y lo que estaba como fondo impreciso o descuidado por quien estaba atento a otras cosas, se impone y avanza como lo más importante. En mi caso esto: la desaparición del mundo al que alguien perteneció, y la decisión de permanecer fiel a ese mundo, arrumbado por la historia apenas pasada la juventud y sustituido por otro que se escapa de las manos para siempre y para siempre condena a una extranjería. Lo que sentí es que la condición de extranjero no se refiere tanto al espacio como al tiempo. Es posible sentirse extranjero entre las cosas familiares, sin haberse siquiera movido de la casa de infancia (que acaso fue también la de los antepasados), por la sola mudanza del tiempo. Es el tiempo el que nos vuelve a todos migrantes (nos pone fuera de lugar), aunque no nos hayamos movido. Hace sentir, además, que moverse es inútil. Y que, así como las velas, también las vidas arden hasta el final.

Sándor Márai había nacido en Kósice (hoy Eslovaquia) en 1900. Además de dedicarse a la literatura, no son muchas las cosas destacables de su vida: vivió un tiempo en Budapest; se opuso al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial; fue perseguido por el gobierno prosoviético de Mátyás Rákosi y su obra se prohibió en Hungría; se exilió a Estados Unidos; en 1989, pocos días antes de que en Berlín cayera el Muro que dividía al mundo, murió por mano propia en California. Por lo que sus fotografías permiten ver, había sido un hombre triste. Pero eso no podremos nunca saberlo con certeza.
***
Leerte me llevó a poner encima de la mesa dos libros de Jean Améry que había leído con especial interés cuando meditaba la retirada: Revuelta y resignación. Acerca del envejecer, de 1968, y el que sería su continuación directa, Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria, de 1976 (también Améry murió por su propia mano o, como él hubiera dicho, perteneciéndose a sí mismo, el 17 de octubre de 1978, en un hotel de la ciudad de Salzburgo, interrumpiendo así un viaje de conferencias que tenía que haber culminado con su discurso de investidura en la Academia Alemana de la Lengua y la Literatura; y no deja de ser curioso que justo cuando más reconocimientos tenía —cuando era más lisonjeado, admirado, leído y traducido, cuando más holgada era su situación financiera—, menos se sentía él en casa, tanto en el espacio como en el tiempo).
En el primero de esos dos libros dijo (como el personaje de Marai) que ya no comprendía el mundo, que el mundo que entendía ya no existe, pero que, al mismo tiempo, la exigencia de comprender eso que se le hacía incomprensible no le abandonaba. Al principio de ese mismo libro había escrito:
He vivido espiritualmente consciente alrededor de treinta años y hoy debo confesarme a mí mismo que a lo largo de treinta años no he hecho más que cambiar un error por otro.
Un motivo que desarrolló con extraordinaria lucidez en un libro complementario de los dos anteriores, el tercero que he aprovechado para repasar en estos días, Años de andanzas nada magistrales, de 1971, que comienza diciendo “uno estuvo allí, en un estado de relativa lucidez intelectual, como testigo y como actor, durante aproximadamente cuatro décadas”.
Améry estuvo en el campo de prisioneros de Gurs, luchó en la resistencia belga contra el nazismo, estuvo internado en Auschwitz (en la lápida que hay en su tumba del cementerio de Viena, además de los años de su nacimiento y su muerte, además de su nombre, está el número que le tatuaron en el brazo —y en el alma— en el campo de exterminio, el 172364). Fue golpeado brutalmente por la historia (tal vez por eso no se sintió hijo de su tiempo, que le fue hostil). Nunca tuvo patria (cambió de nombre cuando la anexión de Austria por Alemania, que también le fue hostil, y emigró a Bélgica, donde residió toda su vida como extranjero). Pero trató de vivir (y envejecer) “espiritualmente consciente”, o “en un estado de relativa lucidez intelectual”, o “como discípulo de la vida, del espíritu y de la historia”, tratando de entender, leyendo y escribiendo, con los ojos bien abiertos y los oídos bien aguzados, prestando atención al mundo, en lo que él mismo llamó, en un ensayo publicado el mismo año de su muerte: “Una vida con libros”.
Si me interesa aquí Améry es porque puso a prueba los libros con su vida; porque constituye un ejemplo extraordinario de cómo la vida cambia los libros; y porque leyó como si le fuera la vida en ello. Hizo de su vida la piedra de toque de sus lecturas, como probando lo que podían contener de verdad al frotarlas con sus experiencias, como si analizara su época, y los libros de su época, utilizando su vida como reactivo. Se juzgó a sí mismo, y a la atmósfera espiritual en la que vivió, con enorme severidad, hasta el punto de que, al final, “no había nada que pudiera afirmarse como verdadero; en ninguna parte podía hallar refugio, ni en lo bueno ni, al menos, en lo correcto”.
Podría contarte cómo y por qué leí yo, también hace más de veinte años, esos libros (cuando andaba dándole vueltas a la imposibilidad de la novela de formación, y a la disolución de la idea misma de formación en el mundo contemporáneo). O cómo los releí hace cinco o seis años (cuando meditaba la retirada). Pero prefiero terminar enviándote unas líneas que, al igual que las que encabezaban tu texto, contienen una pregunta que no me parece del todo impertinente y que se refiere, me parece, no tanto a los libros de una vida (que también), sino a los libros de una época o, mejor, a los libros que nos ayudan (o no) a entender no tanto nuestra biografía sino nuestra época, nuestras experiencias personales, si se quiere, pero en tanto que son también las de nuestros contemporáneos (y al revés).
La cita está en una carta a Ernst Mayer de diciembre de 1969 y viene justo después de unos párrafos en que Améry se lamenta de cómo han envejecido las lecturas con las que entretejió su vida, y que ahora le parecen estúpidas, equivocadas y perdidas, parte ya inevitable de un confuso pasado, como si unas ideas que le parecieron sólidas e iluminadoras en otros tiempos se le hubieran hecho cada vez más dudosas:
¿A quién pertenece esta época? ¿A los asesinos del Vietnam? ¿A los que gustaría que Stalin estuviera en el Kremlin? ¿Al presidente Mao? A veces estoy tan agotado de esta cacería estéril en pos de puntos de vista consistentes y de ideas fructíferas…
***
Hay libros que tuvieron importancia en algún momento de la vida y muchos años después dejan la misma triste impresión del títere o la marioneta arrumbados en el costado una vez acabada la función. Parecieran haber perdido el alma y todo lo que los sostenía. Enteras bibliotecas personales de los militantes en la Argentina de los años setenta fueron enterradas o quemadas; su descubrimiento en allanamientos podía costar la vida. La de mis padres fue una de ellas y debió ser parcialmente destruida por ese motivo; lo que sobrevivió de esa biblioteca política también se volvió cenizas por el tranquilo paso del tiempo, aunque los volúmenes todavía estén ahí ahora heredados por mí, como si fueran frutos exóticos de un mundo extinto.

La pregunta de Améry a Ernst Mayer (¿a quién pertenece la época?) y el agotamiento que produce la “cacería estéril” de ideas y puntos de vista consistentes me hizo pensar en dos figuras que —ya que estamos hablando de ellos— tomo de libros, pero podrían encontrarse en cualquier parte, o mejor: se encuentran en todas partes. Una de ellas es John Sassall, el médico cuyas rutinas de trabajo rural John Berger describe en Un hombre afortunado. En 1966, junto al fotógrafo Jean Mohr, vivió durante seis semanas junto al médico en sus días de labor y de ayuda a los seres humanos del lugar, gente de pueblo que vivía sumida en una penuria cultural extrema: un leñador atrapado bajo un árbol, una mujer con asma, un granjero con leucemia, una anciana moribunda, una jubilada que vivía con su marido hacía treinta años y que, al desnudarse para ser revisada por una hemorragia, reveló ser un hombre (“Ni el médico, ni el marido, ni ella hicieron referencia alguna a unos órganos sexuales que no deberían estar allí”)… Además de visitar a sus pacientes “del bosque”, de ser testigo no sólo de su sufrimiento sino de sus vidas y los escasos avatares que el tiempo les depara, Sassall lleva adelante tareas quirúrgicas sencillas en el hospital de la comarca.
El trato con el dolor humano daría a pensar que el adjetivo “afortunado” es al menos paradójico. Berger no sólo escribe sobre el arte de curar —o de hablarle a quien no tiene cura—, de la “fraternidad en la enfermedad” y de una labor en contigüidad con la muerte de los otros —que hace pensar en la propia—; escribe también acerca de la vida de un hombre solitario, animado por la honra, lector apasionado de Conrad y casi sin vida social: un hombre que hace exactamente lo que debe hacer o siente que debe hacer, si no malentiendo debido a ello justamente “afortunado”. Un médico taciturno y sin palabras de más, que recupera en su práctica cierto espíritu renacentista, atento no únicamente a los cuerpos y sus dolencias sino también al sentido de la vida y su misterio. El interés por las vidas ajenas nunca está aquí escindido de un anhelo de “universalismo”, cuyo mayor enemigo, dice Berger, es la división del trabajo. Incluso en los pasajes más reflexivos, el retrato de Sassall en A Fortunate Man tiene una sequedad descriptiva, concreta y hasta parca, sin nunca incurrir en idealizaciones de ninguna clase.
La última página del libro en sus reediciones más recientes (la publicación original data de 1967), es una nota de 1999 donde Berger cuenta que en 1982 John Sassall tomó la decisión de morir (como Jean Améry la había tomado cuatro años antes). Pero, concluye, “el suicidio no constituye necesariamente una crítica de la vida a la que pone fin: puede pertenecer al destino de esa vida”, como en la tragedia griega, sin que por ello su carácter “afortunado” del que estuvo dotada hasta ese momento sufra ningún daño.
Me interesa en los libros de Berger, y en este en particular, algo que nunca se aparta de las cosas, que hace un hueco en la literatura, como si apenas se tratara de ella ni tampoco —mucho menos— de ideología, sino de atenerse a una vida y a sus prácticas, sin preocuparse de a quién pertenece la época.
La segunda figura en la que me hizo pensar tu evocación de Améry es la que Vasili Grossman cifra en Ikonnikov, personaje entrañable de Vida y destino, y en la transcripción de su “manuscrito”. El texto de ese manuscrito se inserta en el capítulo exactamente posterior al del diálogo “filosófico”, en un campo de concentración alemán, que el oficial de la Gestapo Liss propone al viejo bolchevique Mostovskói (prisionero en el Lager), quien permanece en silencio mientras el otro habla. “Cuando nos miramos uno al otro —dice Liss— no sólo vemos un rostro que odiamos. Contemplamos un espejo”. No obstante el mutismo en el que se mantiene, el discurso de Liss perturba profundamente a su interlocutor y lo sume en una vacilación insoportable. Grossman sugiere la relación especular de Hitler y Stalin, y —a la manera del Deutsches Requiem de Borges— que el derrotado, cualquiera sea, triunfará paradójicamente en la victoria del vencedor odiado, pues contienden por un mundo semejante.
En el centro del diálogo, en el que el SS no se priva de citas de Hegel y Spengler, hay un manuscrito requisado escrito por un prisionero (Ikonnikov), un yuródivi tolstoiano que había presenciado la masacre de doscientos mil judíos. Intraducible, en la tradición religiosa rusa la palabra yuródivi designaba a un místico, a un insensato que hace el bien sin cálculo y sin importarle el perjuicio que pudiera ocasionarle a sí mismo, a un santo impregnado de mansedumbre, a un vagabundo loco que seguía de manera estricta la enseñanza de Cristo. Alguien a quien se temía y cuyo contacto se evitaba.
Tras el triunfo de la Revolución de Octubre, las comunidades tolstoianas de “cristianos libres” que abjuraban de la Iglesia ortodoxa fueron aniquiladas en pocos años, y sus adeptos considerados “enemigos del pueblo”. Ikonnikov era uno de ellos y el texto de su manuscrito —despreciado en igual medida por el oficial de la Gestapo y por el firme comunista Mostovskói— es quizá el centro del libro y, presumo, expresa las ideas de Grossman. Se trata de una reflexión sobre el bien, en realidad sobre el mal que nace de los discursos universales acerca del bien, y sobre lo que, contra el bien abstracto de las religiones y las ideologías, Grossman llama “pequeña bondad”, indestructible en su impotencia, en su insensatez y en su trivialidad. Creo que en esta idea hay también una proveniencia chejoviana, y tal vez sea un texto que rinde de manera oculta un tributo a Chéjov.
Te dejo una cita del manuscrito de Ikonnikov que me parece resume esa noción de una pequeña bondad en los seres humanos corrientes y sin atributos; una bondad sin testigos, sin ideología, sin sentido, que no nace de las doctrinas filosóficas ni de los reformadores ni de los predicadores, que simplemente está ahí.
La bondad es fuerte mientras es impotente. Si el hombre trata de transformarla en fuerza, languidece, se desvanece, se pierde, desaparece. ![]()



