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El aroma de los libros

Cada quien su cultura

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Detenido

Agosto, 2026

¡Vaya días los que corren!… Escritores que escriben libros sin haber leído un sólo libro en su vida. Influencers que señalan que debemos aceptar y superar que hay gente a la que no le gusta leer. Jóvenes que con una desarmante inocencia dicen en voz alta “nosotros no leemos libros”. Viejas editoriales que antes creíamos indestructibles, no lo son más… En efecto: vaya días los que corren para la lectura y, en especial, para el libro. Como apunta el periodista y escritor Víctor Roura en el siguiente ensayo: “Yo no sé si la gente vuelva a leer o si esta actividad tenga ya sus días contados. No lo sé. Yo lo único que sé es que todavía soy un hombre de lecturas. Y si esto significa ser una persona extemporánea, puedo afirmar con orgullo que este tipo de extemporaneidades me fascina”.

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El hombre es porque vive, ciertamente.

Pero hay dos clases de hombres en esta vida (y cuando digo hombre estoy hablando de humanidad; es decir, envuelvo en el término lo mismo a hombres y a mujeres, lo que ahora los pruritos del lenguaje inclusivo dirían lectoros, lectoras y lectores): los que leen y los que no leen. Porque en esta diminuta distinción existe un férreo puente que, tras cruzarlo o no, define las características de las personas: la inleída salta a la vista, así como es notoria, en su esencia, la gente que lee.

No es lo mismo el que sólo pasa las hojas de un libro que el que las lee. El poeta español Pedro Salinas (1891-1951) decía que el primero es un leedor y el segundo un lector. Y entre ambos vaya si no hay un abismo, aunque en estas diferencias nada tenga que ver la cualidad humana de la nobleza, porque en los lectores, a pesar de sus lecturas, también puede caber lo innoble, pues la cultura, o tener cultura, no necesariamente hace a los hombres más buenos. Sí probablemente más sabios, pero no más buenos.

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El hombre se hace de lecturas, o por las lecturas. Eso creía, por lo menos, hasta antes de encontrarme con las generaciones completamente imbuidas en la electrónica digitalizada, de manera que el hombre ahora es de acuerdo a lo que mira, no ya a lo que lee. Y entre estas dos humanidades, sí, hay un portentoso trecho que las distancia y las precipita unas contra las otras.

Yo estoy hecho de lecturas, para mi fortuna.

No me imagino qué siente el pobre fan (“pobre” por desorientado, no por otra cosa) de la “estrella” del momento cuya opinión —la del fan— jamás va a ser escuchada no sólo por la “estrella” del momento sino por el propio círculo de admiradores —llamado ahora fandom— de dicha “estrella”, del que él forma parte. ¿Cómo diablos puede alguien vivir en la cuerda floja del esnobismo?

No lo sé.

Porque una maravillosa cosa que trae aparejada la lectura es la independencia de las cosas: uno, el lector, se adentra, solo, a un mundo del que no sabe cómo va a salir, al contrario de los predecibles fanáticos, todos pintados con la misma brocha, uno igual que el otro, replicados mil veces en los espejos que los acompañan. No en balde la sorprendente tecnología se ha ceñido a estas cortedades del lenguaje, miniaturizando las palabras en sus portentosos contenidos: poco más de doscientos caracteres en los mensajes, si se rebasa esta cantidad nadie lo va a leer. Aquellas bellas cartas —largas o no— escritas a mano ya no existen más. Todo ahora conlleva premura. Hasta en el habla. Si no te expresas con rapidez perdiste el turno.

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Tal vez tenga mucha razón el editor mexicano Porfirio Romo Lizárraga cuando dice, en su libro A vuelo de página (Cuadernos de El Financiero, 2013), que la lectura en México comenzó a ser amagada en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos (que administrara el país de 1958 a 1964) al imponer la distribución de los libros de texto gratuitos a las entonces pequeñas generaciones, que fueron acostumbrándose a ya no visitar las librerías porque las lecturas se las obsequiaban en sus aulas.

Nadie, que yo sepa, había dicho las cosas de este otro modo. Sino todo, hasta antes de Romo Lizárraga, había sido exaltación por la hechura de estos volúmenes a los niños de primaria y secundaria, que, de paso hay que decirlo, no leen sus libros sino de modo obligado. Además el profesorado, que tampoco lee, en estos nuevos tiempos ya se ha habituado a pedir las tareas mediante los (sobre todo después de la pandemia) instrumentos de la electrónica, que ha suprimido, aún más, el ejercicio de la lectura. Ahora la “novedad” escolar, que lleva aparejada un sustancioso ahorro en los bolsillos de los padres, consiste en introducir todos los materiales bibliográficos en la red para facilitar al educando las consultas requeridas, de manera que no tengan los niños y los adolescentes ninguna necesidad de recurrir a los trastos viejos —desusados, inútiles— de la cultura lectora.

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Ahora todo se hace por la Internet: cartas, tareas, pagos, reclamos, investigaciones, invectivas, chantajes, intercambios, ligues, aproximaciones… y mínimas lecturas, porque el empresariado de las nuevas tecnologías, con sus numerosos consumidores (¡antes los jóvenes se quejaban de que los periódicos costaban cinco pesos, pero hoy traen celulares de más de 20 mil pesos!), se ha empeñado en augurar la desaparición del papel, y ha invertido, entonces, en una divertida variedad de soportes para sustituirlo. Y ese empeño lo viene ejerciendo el empresariado desde la pasada década. O mucho antes. En la Feria de la Electrónica efectuada en 2013 en Las Vegas el objetivo de todas las compañías participantes en ella parecía una feliz coincidencia: nadie quería saber del papel; es más, se propusieron eliminarlo durante el transcurso de ese año: “Ni la firma va a valer si no es digital”, afirmaron.

Y aquella meta de algunos ecologistas angustiados que clamaban, en los ochenta del siglo XX, por la protección de los árboles parecía por fin conciliarlos con su aparente sueño guajiro: ni un árbol más se iba a convertir en un libro. Y no dudo en que, si se persiste en la impresión de los libros en los años venideros, aparezca de pronto en las redes sociales el hashtag #YoSoyArbol101 para obligar a los impresores a suprimirlos definitivamente: ya existen anuncios digitales promoviendo en Amazon la venta de audiolibros como una reafirmación empresarial del acabose de los libros de papel.

En fin.

Foto: cortesía magnific.com

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Yo no sé si la gente vuelva a leer o si esta actividad tenga ya sus días contados.

No lo sé.

Yo lo único que sé es que todavía soy un hombre de lecturas. Y si esto significa ser una persona extemporánea, puedo afirmar con orgullo que este tipo de extemporaneidades me fascina. Como escuchar a Mozart, o a Bach, o a Beethoven, o a Louis Armstrong.

Hay pasados que no dejan de encantarme. Y una de las cosas que más me conmueve es entrar a una biblioteca y mirar todos esos hermosos libros que alguna vez escribieron hombres importantes. Me gustan los aromas de los libros, que jamás va a tener una computadora, ni una laptop, ni una iPad, ni una tablet.

Cuestiones de épocas, otra vez.

Quizás un día también las bibliotecas, por este mismo asunto de los desplazamientos electrónicos, desaparezcan. Tal vez sean instaladas otros recintos con nombres diferentes; consorcios digitales, tal vez; hogares blogueros, tal vez; refugios cibernéticos, tal vez.

Lo cierto es que cada vez menos gente se aproxima ahora a una biblioteca: si todo lo tiene en su casa mediante la Internet, ¿para qué va a perder su tiempo acudiendo a estos inmuebles dinosáuricos?

Por eso las multitudes se van uniformando cada vez más. Se habla mucho de que las redes sociales van a transformar al mundo porque, por primera vez, las individualidades pueden opinar de todo utilizando su teclado desde la comodidad de su casa. Se puede incluso ser un rebelde bostezando en la recámara en un día de asueto, o durante una insoportable cruda, o después de hacer el amor. O tener miles de seguidores, o de amigos, sin saber de ellos, ni nunca visitarlos. Hoy, dicen, se puede hacer todo sin recurrir a un libro. Incluso se puede ser ídolo, o presidente de un país, o escritor, o actor, o locutor, o ser millonario sin haber pasado los ojos, nunca, por encima de las letras de un libro.

La cultura de la humanidad, ahora, radica en no poseer cultura.

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En esta vida hay personas que leen y las que no leen un solo libro.

En efecto, allá ellas.

Artistas millonarios como el extinto Juan Gabriel se ufanaba de poseer fama y fortuna sin haber leído un solo libro en su vida. Y lo adoraron intelectuales comelibros y al artista no le faltaron, nunca, amantes leídos que lo entretuvieran, como jamás, tampoco, les han faltado amores a artistas nalgonas que no pierden su tiempo leyendo libros, como ahora hay influencers con miles de seguidores, ricos (no los seguidores, sino los influencers), que comentan que, ciertamente, hay personas que no leen un libro y otras que sí y que por esta razón no las hacen menos en esta vida.

Allá ellas y ellos.

Cada quien su cultura, efectivamente.

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No sólo en la teoría los libros han sido abandonados: a mediados de agosto de 2026 la editorial Era cerró sus puertas declarándose en quiebra precisamente por la ausencia de lectores y por los nuevos armatostes electrónicos, bajando sus ventas hasta el punto de hacer insostenible el seguir produciendo libros.

No sólo eso: a principios del mismo agosto la Editorial Molino envió apresuradamente a una booktuber una nueva edición de La Odisea de Homero, mas la influencer, al ver la novedad en su mesa de trabajo, exclamó de manera ignorante: “¿La Odisea? Pero, ¿esta no es la película que ha salido ahora en cines?”, refiriéndose, desde luego, al filme de Christopher Nolan.

La influyente hacedora de contenidos con miles de seguidores en su canal digital, volvió a exclamar al mirar unas cuantas páginas de ese bello volumen: “Qué complicado de leer esto, ¿no?”, acierto obvio de una leedora distanciada de los libros, dichos que causaran revuelo en las redes sociales cuando en realidad hubiera merecido, mejor, un silencio total debido a su ignaro desconocimiento literario.

Pero justo así están las cosas, pues dicha influencer seguirá recibiendo grandes regalos (seguramente hasta invitaciones a ferias de libros con todo pagado) y su numerosa audiencia continuará escuchando las soflamas de su yutubera favorita.

Aquí no ha sucedido absolutamente nada.

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