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El hubiera

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Agosto, 2026

Aceptémoslo: lo único que tenemos es el hubiera. Como escribe Pablo Fernández Christlieb en esta nueva entrega: qué ganas de quedarse a vivir en el reino del hubiera, ahí, hundido en la almohada regodeándose en lo que hubiera, donde las fantasías se vuelven de verdad, sin responder el teléfono ni hacerle caso al mundo real que ése sí es una patraña... Al final, uno está constituido, en su carácter y personalidad, no de lo que hizo o ha hecho, sino de lo que hubiera hecho y no hizo.

Qué ganas de quedarse a vivir en el reino del hubiera, ahí, hundido en la almohada regodeándose en lo que hubiera, donde las fantasías se vuelven de verdad, sin responder el teléfono ni hacerle caso al mundo real que ése sí es una patraña: si hubiera metido el pénalty, si hubiera ido, si me hubiera casado con ésa, si hubiera comprado el rojo, si hubiera terminado la prepa. Parece que el hubiera es una realidad paralela más o menos completa bastante más bonita que ésta donde todo sale equivocado, y donde cada vez que decimos hubiera nos contestan que si mi tía tuviera ruedas. En el reino del hubiera las tías tienen ruedas.

El hubiera es un sustantivo (y no un verbo del modo subjuntivo), fundamental y muy conocido, como si fuera un lugar —por ejemplo el paraíso— ya que siempre se usa con el artículo determinado el, por ejemplo cuando se dice que el hubiera no existe, que es lo que les dicen a los niños y a los empleados y a los inconformes para que se aguanten y no anden deseando realidades diferentes, que en verdad son justo lo que necesitamos. Y por supuesto que sí existe, y es donde nos encanta estar. Y puede que sea pura fantasía, pero es así como se fabrica la realidad, que siempre sale mal para que los hubiera no se acaben.

El hubiera es el lugar donde las cosas salen bien: si hubiera ganado Bernie Sanders, o por lo menos salen mejor que como salieron (si hubiera ganado Kamala Harris). Es el tiempo donde todo se arregla, porque ahí no existe la ultraderecha, ya que la hubiéramos educado bien para que fueran decentes.

No obstante, es un sitio un poco doble: por un lado molesta un poco y por otro consuela un poco, por un lado amarga y por el otro anima. Por un lado hace recuerdos y por el otro planes. Ciertamente, lo que no sucedió es lo que más se recuerda, lo que no es real es lo que es más cierto, y lo más acuciante y lo más vívido, como una canción de Serrat sobre los recuerdos que habla de lo que se quiso y no pudo ser. En otra canción, Sabina dice que los besos que más se recuerdan son los que no se dieron; los demás puede que se borren, pero el que se hubiera dado y no se dio, ése se instala en la memoria. El hubiera es pues una zona de la memoria, tal vez la más intensa, la que recuerda claramente que no existió algo. Sin los hubiera, la memoria sería una función meramente recopilatoria, pero no emocionante ni querida ni fantástica.

De hecho, las verdaderas experiencias, las que nos marcan, las que no nos dejan como estábamos, son justo la de las cosas que hubieran sido de otra manera, ésas en las que se dice, chin, hubiera aceptado, hubiera respondido, me hubiera fijado, me hubiera quedado en mi casa, de modo que uno está constituido, en su carácter y personalidad, no de lo que hizo o ha hecho, sino de lo que hubiera hecho y no hizo. Le hubiera hablado. Me hubiera callado. Y ya lo aprende para la próxima. Theodor Adorno, el filósofo alemán, para justificar la utopía, la posibilidad de otra forma del mundo, otra sociedad, dice que “lo que es, no es todo; lo que no es, también es”, o sea, que el hubiera también existe, y ése es el que importa. George Steiner dice que “el lenguaje es el instrumento mediante el cual el ser humano se niega a aceptar el mundo tal cual es”, o sea que la palabra más necesaria del idioma es el hubiera, que no la saben usar ni los animales ni los realistas.

Y así, como besos no dados —esos vacíos que se llenan con los hubiera—, con eso se forman las decisiones y los planes para más adelante, porque uno se jura que la próxima vez ya no la va a regar tan gacho, que ahora sí se va a comprar el rojo y se casará con ésa y entonces será feliz, como si ya hubiera aprendido a hacer las cosas bien, gracias a la experiencia: uno va planeando su vida por venir con todos los hubieras que no fueron. Y si la otra vez hubiera salido con paraguas, esta vez sí lo trae, y no llueve, lo cual arroja la moraleja de que con el pasado que no existe se hace el futuro que tampoco existirá. Lo único que tenemos es el hubiera.

Parece que la vida consiste en ir corrigiendo los hubiera, que en realidad no los resuelve sino que nada más los cambia por otros: la historia de la historia consiste en arreglar los hubieras de la historia produciendo en cambio más hubieras: si hubieran ganado los obreros en el siglo XIX; si se hubiera detenido a la inteligencia artificial en el siglo XXI no estaríamos como estamos en el siglo XXII, y así sucesivamente. Pero como es un sitio doble, es decir, que lo contrario o la corrección del hubiera resulta en otro hubiera, no hay salida del reino de la fantasía; cuando se instala el hubiera, las posibilidades o imposibilidades —es lo mismo— se abren para todos lados, cualquier cosa podría pasar, y se vuelve entretenido imaginarse lo que hubiera sucedido si no hubiera sucedido lo otro, que es como poner en la licuadora todos los hubieras juntos: se recuperarían los besos no dados pero a la mejor se perderían los sí dados, ganaría el partido por penal pero perdería el que sí ganó, se casaría con ésa pero se estaría repitiendo que se hubiera casado con la otra, y en suma, se volvería a hacer la sopa de la vida; y saldría algo al revés pero igual de parecido, para que uno pueda seguir pensando en el hubiera, que es donde se está mejor.

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