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“Los europeos debemos tener muy en cuenta la posibilidad de un nuevo totalitarismo”

Slobodan Šnajder, escritor

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Agosto, 2026

Slobodan Šnajder es uno de los principales autores de la literatura croata contemporánea. De él ya circula en librerías Los años de bronce, su primera novela traducida al español. En ella explora la tragedia de los alemanes de Yugoslavia, expulsados casi en su totalidad tras la Segunda Guerra Mundial. Apuntan los editores en la contra: al tiempo una saga familiar y una gran novela de guerra, en la que la historia de la antigua Yugoslavia se inserta en un trasfondo europeo más amplio, esta novela narra la vida Georg Kempf, el protagonista, quien vive el dramático destino de un «soldado alemán a su pesar» que, tras participar en los horrores de la batalla, acabará desertando. Tras su regreso a casa, encuentra “que todo ha cambiado allí y que el resto de su existencia quedará irreparablemente marcado por la guerra”. Marc Casals ha conversado con el dramaturgo, ensayista y novelista croata.


Marc Casals


Slobodan Šnajder (Zagreb, 1948) es uno de los principales autores de la literatura croata contemporánea. Desde su implicación en el mayo del 68 yugoslavo viene cultivando una obra combativa y exigente, primero como dramaturgo y luego como ensayista y, sobre todo, novelista. Los años de bronce (Armænia, 2024), su primera novela traducida al español, explora la tragedia de los alemanes de Yugoslavia, expulsados casi en su totalidad tras la Segunda Guerra Mundial, a través de un protagonista inspirado en su padre, además de mostrar el desvalimiento del individuo frente a las convulsiones de la Historia.

Con Slobodan Šnajder conversamos.

—Uno de los temas principales de Los años de bronce es la tragedia de los alemanes yugoslavos encarnada en la figura de Kempf, trasunto de su padre. ¿Cuándo descubrió que tenía esas raíces y qué significó para usted, teniendo en cuenta que no era una identidad bien vista en Yugoslavia?

—La verdad es que lo descubrí muy tarde, aunque mi apellido consiste en una palabra que significa ‘sastre’ en alemán. Eso solía ser motivo de burla a la hora de jugar cuando era pequeño. En croata, la mayoría de oficios como el de sastre tienen dos nombres, uno estrictamente alemán y otro croata o alemán “croatizado” fonéticamente hasta tal extremo que a los alemanes de hoy en día les cuesta reconocer la palabra. A veces es mejor así. Por ejemplo, los alemanes no saben que la palabra croata para ellos, nijemac, proviene de nijem, que significa ‘mudo’, en el sentido de que murmura algo pero a un croata le resulta imposible entenderlo. Parece que, en sus primeros encuentros con las tribus germánicas, los eslavos llegaron a la conclusión de que no eran capaces de hablar.

—En su formación moral e intelectual tuvieron gran importancia las manifestaciones de mayo del 68 en Yugoslavia. Como en el resto del mundo fueron lideradas por los universitarios, pero en este caso Tito las abortó dándoles la razón, al menos de palabra. ¿Hasta qué punto cree que el mayo del 68 ha marcado su vida y su obra?

—En 1968 el régimen de Tito nos parecía antiguo e incapaz de materializar las transformaciones que nosotros considerábamos necesarias. A diferencia de lo que ocurrió en los noventa, cuando a la arena política saltaron otros gladiadores, nosotros no estábamos en contra ni de Yugoslavia ni del socialismo, el cual tenía un rostro más amable que otros. En mayo del 68 aún creíamos en aquel proyecto. No nos interesaba la democracia parlamentaria y, de hecho, tampoco teníamos ninguna experiencia de ese sistema, una forma de no libertad un poco más refinada que se aplica en nombre de la libertad. Aunque salimos a la calle también contra Tito, se demostró que su instinto político era su cualidad principal, y la más peligrosa para sus enemigos.

El escritor Slobodan Šnajder durante una entrevista en la televisión pública croata. / YouTube.

—Usted hizo carrera como dramaturgo conocido por el rigor intelectual de sus obras. ¿Qué es lo que le llamó la atención del teatro y por qué dejó de dedicarse al género?

—El mismo año 1968 escribí una pieza que se representó en un teatro profesional y generó bastante polémica, pero no he permitido que se incluya en mi obra selecta y hoy ni siquiera recuerdo de qué trata. En aquella época se esperaban señales de cambio, había sed de nuevas experiencias, y seguro que esa obra manifestó la impaciencia de mi generación, que acababa de salir a la calle. Después escribí sobre todo lo que ocurría e iba a ocurrir, pero el teatro depende de los fondos públicos, al menos en Croacia, y mis obras, que muchos consideran neobarrocas, están pensadas para grandes escenarios. Además, para hacer teatro hace falta gente, y mis amigos de antaño, al verme hoy, cambian de acera sin ni siquiera un saludo.

—Su obra más controvertida es El Fausto croata, estrenada en 1982. En ella parte de una representación del Fausto de Goethe en los años de la Segunda Guerra Mundial para examinar el periodo en que Croacia fue un Estado colaboracionista nazi. Es una obra que sigue siendo “maldita” y continúa sin representarse incluso hoy.

El Fausto croata es uno de los últimos tabúes que Croacia arrastra desde la época socialista, y eso que han pasado ya casi cincuenta años desde su estreno. Es un texto duro y poderoso que tengo la impresión de que sobrevivirá a su autor. Sin embargo, antes del cambio de sistema político fue leído con el método de la “conciencia acechante” y, después de los años noventa, ya no hay otra lectura posible. En 1993 se representó en el Burgtheater de Viena, dicen que el teatro más importante que existe en lengua alemana, pero Croacia boicoteó ese estreno. Me sentí muy mal, como si hubiese ganado una medalla olímpica de salto con tirabuzón y en mi país no me la reconociesen. Se me hace imposible determinar el motivo principal de la persecución que hemos sufrido tanto la obra como su autor, pero ha llegado hasta tal punto que jamás se ha representado en el Teatro Nacional de Zagreb, donde tuvo lugar la función de Fausto que la inspira.

—Tras la independencia de Croacia, tuvo grandes dificultades para que tanto el El Fausto croata como el resto de sus obras se representasen en su país, y vivió durante un tiempo de colaboraciones periódicas y representaciones en el extranjero. ¿Cómo recuerda aquellos años?

—Con el supuesto florecimiento de la democracia croata tras la “época oscura” del comunismo, surgió la necesidad de cortar todas las flores que no pertenecían a ese ramo, hasta la raíz. Escribieron que yo era una herida y un cáncer en la cultura croata, así que cogí las maletas y me marché a una especie de asilo en Alemania y Austria. Yo me juntaba con las élites y tenía un asilo lujoso, a diferencia de la mayoría de gente que se desperdigó por el mundo acarreando apenas una bolsa de plástico. Luego las aguas se calmaron respecto a mi situación, porque el reconocimiento internacional de Croacia tenía sus condiciones y usos, pero quedó el odio. Había que arrancar las raíces para que creciesen las flores del nacionalismo, pese a que la mayoría de mis detractores no ha leído una sola línea firmada por mí. ¡Y eso que hace casi sesenta años que escribo en lengua croata!

—Como decíamos al principio, Los años de bronce tiene una inspiración autobiográfica. La situación en la que se encuentran los protagonistas Kempf y Vera es similar a la situación de sus padres durante la Segunda Guerra Mundial: su padre en el ejército nazi y su madre, en el partisano. Además, el narrador es su hijo, una especie de alter ego de usted. Ha explicado que sus padres sólo le contaron dos breves historias de guerra y que el resto del libro es ficción. ¿Cree que la imaginación puede rellenar los silencios familiares?

—No, pero si uno los detecta como silencios tiene que intentar hacer algo con ellos. ¿Qué otra opción hay? Como decía antes, me enteré muy tarde de que era medio alemán, y solo tras la muerte de mis dos progenitores descubrí el hecho terrible, pero muy europeo, de que se habían encontrado en bandos contrarios. En muchas partes de Europa, nuestras historias no han sido precisamente de opereta, y los enfrentamientos civiles suelen ser los peores. Las guerras, el totalitarismo… no hay función más importante para un artista que elegir un papel en la obra de un viejo Dios que parece claro que se aburre y quizá quiere entretenerse con fuegos artificiales. Así las cosas, ¿qué nos queda, sino ser impíos?

Primera novela traducida al castellano del escritor croata Slobodan Šnajde.

—Una de las particularidades de Los años de bronce son las apostillas a la narración de un niño no nacido, el posible hijo de Kempf y Vera si es que ambos sobreviven a la Segunda Guerra Mundial. Este nonato comenta la acción en recuadros aparte, embargado por el miedo a no llegar a nacer. ¿Cómo se le ocurrió esa estrategia narrativa?

—Considero deseable cualquier estrategia narrativa que se aparte del realismo más estrecho, porque este simplemente es demasiado lento para seguir el ritmo de los acontecimientos que conforman la Historia. Hay algo superhumano en ello, como dijo Nietzsche, pensando que era negativo. Ese niño no nacido es algo que aún no existe, pero al mismo tiempo está por encima y por debajo del hombre. Le otorgué la facultad de comprender todo el espectro de acontecimientos que no tienen ante sí ni su padre ni su madre. Todo lo que contempla y glosa es en esencia supraideológico: simplemente tiene un vigoroso deseo de nacer.

—Visto que uno de los temas principales de su obra es la pequeñez del individuo frente a la Historia y, en particular, frente a los totalitarismos, ¿cómo ve la Europa actual?

—Hoy en día tenemos una democracia parlamentaria en la que sólo vence el partido donde actúan los raros individuos que piensan que vivimos en el mejor de los mundos. Y, por supuesto, estos no ven a quienes no están tan entusiasmados con dicha convicción. Creo que, en la situación actual, los europeos debemos tener muy en cuenta la posibilidad de un nuevo totalitarismo. ¿Dónde está ahora un Unamuno que diga a la derecha europea “Venceréis, pero no convenceréis”? Yo creo que, con eso, quería dejarles claro a los falangistas que su victoria era sólo temporal, que al final sería el anhelo de un mundo mejor el que triunfaría. ¿Pero cuál es el final hoy? ¿Dónde está ese anhelo? ¿Dónde está el Unamuno de ahora?

—Ha anunciado que se está preparando la edición en castellano de su nueva novela El ángel de la desaparición, como Los años de bronce traducida por Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek. ¿Puede hablarnos un poco sobre ella?

El ángel de la desaparición conformará una trilogía con Los años de bronce y la novela en la que trabajo actualmente, no sólo desde el punto de vista temático sino también por los personajes que aparecen en ellas. Será el eslabón central, porque esa es la labor de los ángeles, hacer de mediadores entre dos mundos. El ángel de la desaparición es una novela sobre Zagreb, una ciudad que en un periodo diabólicamente corto ha sufrido tres revoluciones: la ustacha, la comunista y la liberal. Creé una protagonista femenina, y también un edificio de dos plantas que habla y ve los sueños de la gente para mostrar el inconsciente de mi ciudad natal, sus caras luminosa y oscura. Porque, aunque existan otros mundos, la Historia es una y no tiene sentido huir de ella. Debemos mantenernos en guardia, como entre las cuerdas de un gran ring. Y tenemos que enfrentarnos a ella de alguna manera, porque no hay alternativa posible.

[Entrevista publicada originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducida bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0]

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