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Julio, 2026

Pues sí, las cosas han cambiado y cómo han cambiado, nos dice Pablo Fernández Christlieb en esta nueva entrega. De asistir y ver un espectáculo o asistir y participar en alguna actividad, en una época como la actual —con teléfonos con cámaras y selfies— nosotros mismos hemos pasado a ser el espectáculo. En la nueva realidad actual el verdadero show son los espectadores: prendidísimo, desgañitándose, agradeciendo al cielo, para que se sepa que era imprescindible estar ahí. Sí: uno paga para entrar a un espectáculo, pero resulta que el espectáculo es él mismo.

Qué padrísima está la actualidad. Los papás, ésos que nacieron en el siglo pasado, parecen abuelos; los abuelos, que todavía andan por aquí, parecen momias. Guy Debord se quedó chiquito. Nosotros somos novedosos, amistosos y divertidísimos: nos aplaudimos a nosotros mismos, porque la vida es un show. Somos espectaculares.

Siempre hay un concierto al que hay que ir, o hay que ver un juego de la Champions que pasan por la tele en el bar; o ir al estadio, o a un parque a que Tunick nos tome una foto en la pose que él diga, vestidos o no; o correr el maratón, o juntarnos para ganar el récord Guinness de la rosca de reyes o de la pizza de pepperoni más grande del mundo, o volvernos virales en Instagram con ademanes de celebridad, o pasearnos para figurar en colonias gentrificadas. Porque hay que vivirlo; tener la experiencia; haber estado ahí; ser parte de la historia.

La primera emoción es lograr entrar para estar en el espectáculo, lo cual ya contabiliza dentro del evento porque se puede relatar la aventura de cómo iba subiendo el precio dinámico de la reventa en línea, y sentirse heroico por ¿ganar? un boleto para el acontecimiento que será dentro de siete meses, tiempo suficiente para prepararse y aprenderse las alineaciones y las estadísticas, ponerse la camiseta y las calcomanías en los cachetes, saberse las canciones, ensayar las coreografías para que se vea que uno sí se lo merece. Viajar si es necesario.

El show ya comenzó, porque empieza con anticipación en las avenidas atestadas, en las esperas desde la madrugada como las que se forman para comprar el nuevo Iphone, donde a veces los entrevista alguien con una cámara al que le narran todos los sacrificios sufridos para estar ahí, justo ahí donde los forman, los alinean, los revisan, los checan, los cachean, les quitan cinturones, paraguas y encendedores, aunque el celular, que como arma arrojadiza sería letal, ése no se los confiscan ya que son necesarios para el espectáculo de las selfies; y les asignen lugar y les vendan las cervezas literalmente a cualquier precio: gozan que los maltraten, porque eso es parte de la hazaña, casi como si uno fuera el jugador o el cantante. El que canta, el que juega, el que protagoniza, puede ser cualquiera, total, todos son cracks, todos son estrellas, todos son leyendas, todos son marcas; todos son intercambiables.

Ilustración: cortesía magnific.com

Ya estuvo, la truculencia logística está en el hecho de que el espectáculo no es el concierto o el partido o el numerito, sino que el verdadero show son los espectadores, porque lo que se presencia y se mira, lo que se asombra y se celebra, lo que se siente y se vive, es el público prendidísimo desgañitándose, coreando canciones, haciendo olas, gritando porras, estrujándose la camiseta a la altura del escudo, agradeciendo al cielo, saliendo en televisión, para que se sepa que era imprescindible estar ahí. Por lo tanto, el verdadero protagonista del espectáculo son los espectadores, y así es la nueva realidad actual: la gente que paga por entrar a un espectáculo es ella misma el espectáculo al que pagó por entrar. El propio consumidor es la mercancía que consume.

Los espectadores son la mercancía, y la mercancía se anuncia con los mismos espectadores: en todos sus anuncios, como los de Coca Cola, lo que aparece es el público apasionado, y al verlo dan ganas de estar ahí, porque se ven como en éxtasis. Y recursivamente, o retorcidamente, compran la mercancía que anuncian, que son ellos mismos. Los espectadores son su propia publicidad.

Son la carnada, el anzuelo y el pescado. No es carne de cañón, sino carne de marca. El espectador es el que se vende, se compra y se paga, pero la marca es la que cobra, que, como Uber o Airbnb, sólo administra la plataforma: la marca FIFA, la marca COI, la marca Harvard, la marca Berlín, la marca Patito y todas las marcas que salen en el nombre de los estadios y las salas de conciertos y las vallas y las pantallas y las camisetas que los fans portan con pundonor. De esta manera, todos los espectadores del espectáculo funcionan como empleados de la marca, asunto muy chueco, porque la marca no les paga, pero sí se queda con las ganancias.

Parece atole con el dedo: uno paga para entrar a un espectáculo, pero resulta que el espectáculo es él mismo, y él es la mercancía que se vende, y él es el que la anuncia, y él mismo es el que la compra. Y sale muy contento, ahíto de tanto atole. Lo único que escapa a este truco circular son las ganancias: ésas sí se van a otra parte que ya no regresa. Por eso se entiende que los que se quedan con las ganancias cada vez sean más superricos y cada vez sean más superpocos.

A este negocio redondo en el que se juega con la población Hannah Arendt lo denominó totalitarismo, y decía que los estados totalitarios son los que abarcan y controlan la vida completa de sus súbditos, no pudiendo ser o hacer otra cosa que a la que estaban compelidos, como, efectivamente, en el 1984 de George Orwell, pero parece que el espectáculo es el totalitarismo perfeccionado, porque ya no es un estado sino que son las marcas, y es más al estilo de Un mundo feliz de Aldous Huxley, donde los súbditos les dan las gracias a sus manejadores por tanto privilegio. Da un poco de rubor ver a tanto sobajado sonriente y agradecido.

Solamente falla una cuestión, que es la de que este show global también es solamente parte de su misma publicidad, porque en realidad sólo son unos cuantos los que creen que son todo el mundo, toda vez que a la mayor parte de la gente le vale gorro, sorbete y sombrilla toda esta parafernalia espectacular que sólo es una burbujita totalitaria.

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