Los correctos
Mayo, 2026
Los correctos, escribe Pablo Fernández Christlieb, son los que sonríen a su perrito cuando notan que alguien los mira. O sea, es correcto ser hipócrita. Y así, acatan con docilidad todas las propuestas oficiales. Y obedecen todo: no fumar, no tirar basura, darle el paso a los peatones. Los correctos veneran las leyes, las reglas, las normas. Y entonces, sin darse cuenta de cómo y de cuándo, los correctos empiezan a pensar como la derecha. Y de tanto hacerse los correctos, se van cargando de mucho odio. Y entonces…
Son los que sonríen a su perrito cuando notan que alguien los mira.
O sea, es correcto ser hipócrita. Mientras tanto, la izquierda es la que trata de quitar las prohibiciones y solucionar los problemas de otro modo —es el típico prohibido prohibir—; la derecha es la que cada vez que quiere solucionar un problema, se le ocurre prohibir algo, como pedir identificación para entrar; la ultraderecha ni pretende solucionar ni le importa prohibir nada, sino lo que quiere es espetar escarmientos, zurrajar castigos, nada más porque sí, por el puro gusto o el puro disgusto. Y mientras tanto, los correctos siempre dicen los correctos y las correctas, no, perdón, más correctamente, las correctas y los correctos.
Y son los que acatan con docilidad todas las propuestas oficiales implementadas para la sana convivencia y el bienestar común, que se sabe que son buenas para todos, aunque siempre se les olvida algún inmigrante o algún pobre que no estaba contemplado en su horizonte. Y obedecen todo, no fumar, no tirar basura, hacer simulacros, darle el paso a los peatones, hacer críticas constructivas, y así sucesivamente. Es obvio que aman a la naturaleza y compran jabones que salvan al planeta.
Y tienen la voz dulce y lastimera, como si siempre estuvieran dando un consejo, aunque a la hora de dar el ejemplo, de ahorrar agua, de ceder el asiento, de echarle ganas, lo hacen con alegría; de esa alegría que es hipócrita. Y se la pasan aprendiendo neologismos, tales como aperturismo, sororidad, cancelación, que hagan saber que no son correctos por pasados de moda sino al contrario por actuales, por estar enterados de todas las tendencias de la realidad, como si la corrección fuera un avance científico. Y siempre le presumen al de enfrente sus propios valores, le restriegan que lo correcto es ser tolerantes, inclusivos, plurales, respetuosos de las diferencias; y aunque les encanta nada más pontificar, no obstante hacen como que escuchan porque también defienden la libertad de expresión de lo que les entra por una oreja y les sale por la otra.
Mientras tanto, las instituciones —gobiernos, iglesias, escuelas, empresas, etc.—, que son unas organizaciones complicadas de maniobrar, para preservarse tienen que burocratizarse, es decir, pertrecharse de restricciones, impedimentos, trámites, lentitudes, requisitos, que es lo que las hace difíciles de deshacer pero también de moverse; y ni modo, tienen que poner prohibiciones, y por eso mismo tienen preferencia de incorporar a su filas, a sus empleos, a los que son correctos, ya que con su hipocresía tan auténtica son muy institucionales, y aunque siempre opinan, también obedecen, hasta para usar el equipo adecuado en sus deportes y aventuras.

Ciertamente, por eso, los correctos veneran las leyes, las reglas, las normas, las directrices, las indicaciones, las instrucciones, porque si no las hubiera no sabrían qué obedecer y qué acatar (seguro también les da miedo desobedecer), y siguiéndolas se les nota abiertamente que son muy correctos. Si les pusieran otras igual las seguirían. Esto ha de ser la Microfísica del poder que dice Foucault. Y como son tan correctos, buscan e inventan más indicaciones que seguir y más instrucciones que obedecer, como pintar con verde los puntos de reunión para prevenir los cataclismos, no porque les importa, sino porque así se ven creativos e innovadores, que es lo más excelso de la correctitud. Y aspiran a ser los jefes de la oficina.
Puede deducirse que los correctos son neutrales: son los que dicen que no son de izquierda ni de derecha, ni de un grupo ni del otro (tal vez digan que están del lado de la humanidad), que no se meten en política porque todos los políticos son corruptos, pero ellos, como son neutrales, siempre ven las cosas, los problemas y las soluciones con total objetividad y conocimiento de causa, serenamente, con las evidencias en la mano, y por eso, cada vez que surge un desacuerdo, proponen llamar a un experto, que ya sabemos de qué lado está, porque los expertos son los hipócritas de la neutralidad, que, con sus credenciales de autoridad en la materia, invariablemente le dan la razón a los jefes de la institución y a los que pusieron las leyes.
Y todo parece tan normal, el que haya prohibiciones y el que haya que obedecerlas. Y entonces, los correctos, sin darse ni cuenta a qué horas, empiezan a pensar como la derecha: al principio podían tener buenas intenciones, después ya nada más aceptarlo, pero al último, por tanta corrección se volvieron de derecha. Eso les pasa a los hipócritas.
Y de tanto hacerse los correctos frente a los demás, se van cargando de un odio que no saben dónde poner: y para eso están los incorrectos, los que ni siquiera tienen perro, para echarles la culpa de todo, que es cuando les llega la tentación de volverse de ultraderecha, que es un paso que no es necesario dar. ![]()



