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Detenido
Agosto, 2026
Debido a su ADN, fue un grupo abiertamente ecléctico, con demasiadas influencias rítmicas. Líricamente, circulaba también en otra liga: en su breve discografía hay evidencia de la riqueza expresiva del rock en castellano, grabando un puñado de canciones sin fecha de caducidad. Sí, hace tres décadas se separaba y se despedía Los Rodríguez, una de las agrupaciones más solventes en la historia del rock en español. Además de hablarnos de ello, en este texto Víctor Roura retoma la efeméride para trazar y dibujar también un perfil sobre uno de sus integrantes, Andrés Calamaro, ahora que el músico ha anunciado su regreso a México para noviembre de este 2026. Cantautor, compositor y multinstrumentista hispanoargentino, Calamaro es hoy por hoy un pilar fundamental del rock en nuestro idioma. Su historia abarca desde sus años dorados como pieza clave de Los Abuelos de la Nada, su éxito al frente del conjunto ibérico Los Rodríguez, hasta lograr y consolidar una carrera como solista.
Después de que Los Rodríguez desaparecieran como agrupación en 1996 con el disco-despedida Hasta luego, una recopilación de seis años de labor roquera (con tres discos de estudio), el argentino Andrés Calamaro, pilar de dicho cuarteto español, por fin decidió caminar de manera solitaria, aprovechando su bagaje de conocimientos musicales adquirido durante la experiencia con el reconocido conjunto ibérico (en México, donde también viviera Calamaro, no hubiera podido realizar su consolidación roquera tal como aconteció en Europa). Porque, en este plano, Los Rodríguez dejaron asentada, quizá mejor que los grupos consentidos españoles como Nacha Pop, La Unión, Los Toreros Muertos o Los Héroes del Silencio, su exquisita veteranía —la de Los Rodríguez— en diversas sesiones discográficas que han documentado la riqueza expresiva del rock en castellano, mucha de la cual, hay que reconocerlo, es debido al ingenio del multinstrumentista Calamaro (Buenos Aires, 1961).
Hasta luego testimonia, con 20 canciones, el paso de un grupo ecléctico, con demasiadas influencias rítmicas (incluso se aparece por ahí José Alfredo Jiménez como detonante literario: la versión de Los Rodríguez de “En el último trago” es heterodoxamente hermosa) que no se detenía ante la imposibilidad de la rima o de las estructuras a veces simbólicas de su repertorio, que lo mismo nos remiten a los tangos que al flamenco, al rock más sutil que a la composición lineal donde lo que importa, por encima de la música, es el verbo. Los Rodríguez: Ariel Rot (Argentina, 1960), Germán Vilella (España, 1964), Julián Infante (España, 1957-2000) y Calamaro dejaron a su paso varias canciones célebres: “De un tiempo perdido a esta parte esta noche ha venido/ un recuerdo encontrado para quedarse conmigo./ De un tiempo lejano a esta parte ha venido esta noche/ otro recuerdo prohibido, olvidado en el olvido. / Sentimentalmente, para remediarlo,/ voy a quedarme contigo para siempre, / pero puede que te encuentre últimamente/ entre tanto me confundo con la gente. / Sentimentalmente nuestro por ahora/ en el nido que el olvido ha destruido./ Y si el viento me devuelve a tus orillas,/ serenamente será dormido, serenamente será dormido”.

Andrés Calamaro, siendo argentino, a Dios gracias no se parece a Fito Páez, que parece, no sé por qué ingratas razones, el hito del rock vocalizado en español, y a quien siguen muy de cerca no nada más todos los roqueros jóvenes argentinos sino una gran porción de nuevos cantores hispanoamericanos (bueno, hasta Miguel Bosé incluyó dos piezas de Páez en su compacto 11 maneras de ponerse un sombrero, de 1998, que incluye las canciones ajenas que supuestamente más le gustan a Bosé, y que de no ser por las de Páez hubiese probablemente sido un álbum perfecto), ni tampoco se parece Calamaro a Charly García, aunque, sí, dice profesarle un gran respeto.
No.
Calamaro se cuece aparte: es un roquero con identidad propia, si bien la sombra de Bob Dylan se proyectó sobre él en su inicio como solista causando en ocasiones una grave opacidad en su personalidad. Por supuesto, esta detectada influencia no es una calamidad sino, acaso, un reto que se ciñe en las espaldas de Calamaro, pues no es fácil igualar las alturas del indiscutible Nobel de Literatura que recibiera justo hace diez años, en 2016, originario —Dylan— de Minnesota con 85 años de edad en este 2026.
Para colmo, Calamaro es físicamente parecido a Dylan (y lo hace a propósito usando lentes negros, con su cabello rizado como el de Dylan y su video más conocido, el de “Flaca”, tiene filamentos similares a los de Dylan) y las portadas de algunos de sus discos individuales (basta con ver sus dos primeros álbumes: Hotel Calamaro de 1984 y Vida cruel de 1985, para corroborar este hecho) así lo atestiguan. Al año de difuminados Los Rodríguez, Calamaro editó en 1997 su Alta suciedad (Warner), un excepcional trabajo sin parangón en el mercado del rock en castellano.
Dos años después, Calamaro edita Honestidad brutal (Warner, 1999) prosiguiendo la ruta ya trazada desde su disco anterior: hay sorprendentes canciones, mayor relajación autoral e igual, si no es que de manera superlativa, compañía dylaniana. Pero Andrés Calamaro asombra cada vez más. Confiesa en el cuadernillo, y no habría por qué no creerle, ¡que en el lapso de un año hizo cerca de 200 grabaciones en un repertorio posible de 100 canciones!: “La infelicidad se convierte en felicidad cuando es asumida —escribió Calamaro—, y después de un año de escribir y grabar, ni siquiera estoy seguro de tan ilustrísimas palabras. Honestidad brutal fue una cuestión más personal que pública, mi propio manantial que fluye, mi propio pulso que late. Durante la gira, provocado por fuentes de inspiración encontradas, seguí escribiendo letras, método poco habitual para mí, ya que con una letra sin canción pueden confundirse sencillez con vulgaridad”.
De esas innumerables sesiones en el estudio, Calamaro decidió elegir esa vez 12 canciones para conformar su nuevo trabajo: “La honestidad no es una virtud —dijo Calamaro—, es una obligación. La brutalidad, en cambio, es un derecho que tienen algunos sistemas nerviosos frágiles. ¡Volar es solamente para los pájaros!”

A diferencia de Alta suciedad, la Honestidad brutal, tal como el propio artista lo señalaba, posee vertientes más personales: “Ya siento que estoy radiante por volver —canta bajo el clásico esquema dylaniano, reproduciendo con gran fidelidad los acentos del estadounidense, remedando incluso su estilo arrítmico, que a Calamaro le sienta muy bien—/ tengo en cuenta que el diamante es carbón/ con el doble de canciones/ tratando de cambiar emoción por emoción/ también lo hago por mi bien/ y por mi afición suicida preferida/ rock de verdad, con amistad/ vuelvo a tomar aire para saludar a Buenos Aires”.
Ecléctico irrefrenable, el argentino canta un tango, acompañado únicamente al piano por Mariano Mores, y el resultado es digno de admirarse: “Yo tengo cuatro claveles:/ uno por cada motivo:/ el encuentro, tu mirada,/ mi secreto, nuestro olvido. / Estoy jugando con fuego/ y en la yema de los dedos/ tengo el tacto de los días,/ tengo el tacto de las noches,/ tengo el tacto de los dos. / Es inmoral sentirse mal/ por haber querido tanto./ Debería estar prohibido/ haber vivido y no haber amado”.
Con Honestidad brutal, Calamaro definió su ruta: el cantor tiene tantas cosas que decir que luego, en su desesperación artística, apresura tanto las musicalidades que no tiene tiempo para el reposo, de modo que parte de su catálogo carece de melodías con cimiento, tal como trabaja Dylan en su artesanía roquera, para otorgarle prioridad al nervio intuitivo, al azar inspiracional, a la espontaneidad imaginativa: Andrés Calamaro reivindica la labor gozosa de la improvisación creativa, si bien hay por detrás —de lo contrario sería imposible— todo un experto en estas cuestiones de dominio roquero. Y no sólo en el apartado exclusivo de la música, sino, y sobre todo, en el aspecto literario. Porque Calamaro, sin exagerar la nota, viene siendo uno de los letristas más interesantes en la escena del rock en castellano.
(Si bien, como muchos de los buenos cantautores de la escena en español, también Calamaro ha mostrado, tal vez no como Joaquín Sabina pero casi, ser un recalcitrante derechista: asuntos ideológicos políticos que se ignoraban en la música. Lo más probable es que Calamaro sea uno más de los argentinos ufanos por tener un presidente como Javier Milei. Tal vez aplaudan a Trump, no sé, quizá vean con enojo la admirable posición de, digamos, Bruce Springsteen de estar del lado del pueblo denunciando, con arrojo, la violencia de la administración estadounidense.) ![]()
Nota bene: Andrés Calamaro regresa a tierras mexicanas como parte de su gira ‘Calamaro como cantor’. Los conciertos serán el 9 de noviembre en el Escenario GNP Seguros de Monterrey; le sigue el Teatro Diana, de Guadalajara, el 11 del mismo mes. El último es el 13 de noviembre en el Pepsi Center de la Ciudad de México.



