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Agosto, 2026
Nació en junio de 1898 en Granada (España) y fue asesinado por el fascismo en esa misma ciudad en agosto de 1936, a los 38 años de edad. Aun con ese breve paso por esta tierra, se convirtió en uno de los mayores poetas y dramaturgos del siglo XX. Gran figura de la literatura española, mártir de la guerra civil y un mito, Federico García Lorca continúa generando nuevas lecturas 90 años después de su muerte. Las académicas María Luisa Sotelo y María Isabel Calle Romero, respectivamente, nos hablan de ello en los siguiente textos.
Lorca a través de los ojos de sus amigos
María Luisa Sotelo
Federico García Lorca nació el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, Granada. Era el alba de una vida intensa y breve, truncada por el cruel asesinato fascista en esa misma ciudad el 19 de agosto de 1936. A ese corto espacio de tiempo se circunscribe la vida y la muerte trágica de uno de los mayores poetas del siglo XX, y al que la crítica literaria ha dedicado más atención.
Y, sin embargo, para cualquier lector, las obras de Lorca suponen todavía hoy enfrentarse a la magia y al misterio de un universo colmado de símbolos capaces de comunicar al unísono belleza y angustia, gozo y dolor, vida y muerte. Es, además, el poeta que más y mejor supo fundirse con el pueblo en su vertiente más auténtica y más noble, como lo demuestran el Poema del Cante Jondo o las Canciones.
Más allá de la extraordinaria calidad poética de su obra en verso, prosa, teatro, e incluso en el valor de sus dibujos tan bellos y sugestivos; de sus conocimientos y sensibilidad musical, en esta época tan difícil que nos ha tocado vivir, es más importante recordarle a él y la vigencia de sus ideas.
Iluminaba con luz propia
¿Cómo era Federico García Lorca? Todos los que le conocieron coinciden en señalar su fascinante personalidad. Así lo describió Luis Buñuel:
“De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece incluso difícil encontrar alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama.”
Otro compañero de generación, el también poeta Jorge Guillén, abona y coincide el mismo retrato, cuando escribe: “Federico fue una criatura extraordinaria”. Guillén otorga a la palabra criatura su valor primigenio y etimológico, de creación:
“Junto al poeta —y no sólo en su poesía— se respiraba un aura que él iluminaba con su propia luz. Entonces no hacía frío de invierno ni calor de verano: ‘hacía…Federico’. (…) Nadie más llano y desenfadado que Federico. Uno más entre sus compañeros. Pero ¿quién no se percataba enseguida de su eminencia? Eminencia no sólo debida a sus recursos en conversación, en poesía, música y pintura. Había algo interior y radical de donde todo irradiaba. Lo más importante en Federico era… ser Federico.”
Por su parte, Pedro Salinas destaca el magnetismo que trasmitía su presencia:
“Ese hervor, ese bullicio, esa animación que levantaba su persona entera por donde iba. Se le sentía venir mucho antes de que llegara; le animaban impalpables correos, avisos, como de las diligencias de su tierra, de cascabeles por el aire. Cuando ya se había marchado, aún tardaba mucho en irse, seguía allí, rodeándonos aún de sus ecos, hasta que de pronto decía uno: pero ¿se ha ido ya Federico?”

Las sombras de Lorca
Sin embargo, hay que subrayar que esa alegría arrolladora, el duende que poseía y su innata simpatía no ocultaban nunca del todo la otra cara de sombras en que vivió el poeta. Él mismo afirmaba en 1928 que “la luz del poeta es la contradicción”, no sólo a causa de su homosexualidad, sino fruto también de sus angustias o terrores ante los misterios del mundo y de la vida (en Imaginación, inspiración, evasión de sus Conferencias y Lecturas, en Obras Completas, de Aguilar). Federico era un ser hipersensible y frágil, por consiguiente muy vulnerable, como evidencian los versos premonitorios de la andalucísima y trágica “Canción del jinete”, del libro Canciones (1921-1924):
Córdoba.
Lejana y sola.
Jaca negra, luna grande,
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.
Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La muerte me está mirando
desde las torres de Córdoba.
¡Ay qué camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera,
antes de llegar a Córdoba!
Córdoba.
Lejana y sola.
Todas estas características se plasman en una obra extraordinariamente variada y en ella confluyen y con frecuencia se entremezclan, con rara perfección, las novedades más audaces propias de los movimientos de vanguardia (singularmente el surrealismo, del que es máximo exponente Poeta en Nueva York), y lo más valioso, auténtico y profundo de la tradición popular y el folclore andaluz (Cantares, El Romancero gitano).
Podríamos decir, por tanto, que su obra aúna y ensambla con extraordinaria perfección lo viejo y lo nuevo; lo genuinamente andaluz y lo universal; la tradición y la vanguardia; lo culto (la poesía arábiga, la poesía de los Cancioneros de los siglos XV y XVI, Góngora, Bécquer, Rubén Darío y Juan Ramón), y lo popular (el romancero, la lírica tradicional y el cante jondo). Es el poeta más andaluz y a la vez más universal.
En toda su obra: poesía, teatro, prosa y dibujos, están siempre presentes unos mismos temas: el amor (el poeta tiende a un pansexualismo, que borra las fronteras entre el amor homosexual y el heterosexual), la frustración personal y el destino trágico.
Labor cultural
El pensamiento de Federico sigue hoy más vivo que nunca. Su amor por el teatro le que llevó a liderar “La Barraca” —vehículo de educación artística y social—, y la importancia que concedía a la lectura tienen hoy para nosotros una punzante actualidad inmersos en una fuerte crisis económica y social en la que no debe olvidarse la tan necesaria vertiente cultural.
Por ello conviene recordar la vigencia de las palabras de Federico en el discurso pronunciado en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, en septiembre de 1931:
“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económica sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos”.
Este es el mensaje más valioso de Federico, poeta extraordinario y ser humano excepcional. ![]()
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Las resurrecciones de Federico García Lorca
María Isabel Calle Romero
Federico García Lorca continúa generando nuevas lecturas noventa años después de su asesinato. Así lo demuestra la diversidad de actividades en torno a su obra y su figura en los últimos años. Por ejemplo, la exposición organizada a partir de nuevos documentos del archivo de la Fundación Federico García Lorca; las imágenes inéditas difundidas por RTVE; la publicación del epistolario No te olvides de escribir / La familia García Lorca en sus cartas, editado por Víctor Fernández, o la recién película premiada en Cannes La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi.
La explicación no reside únicamente en la extraordinaria calidad de su obra. Lorca pertenece al canon, sí, pero también al imaginario colectivo. Su figura ha experimentado un proceso constante de resemantización: cada época ha seleccionado un Lorca diferente y lo ha incorporado a su propia idiosincrasia.
El primer Lorca: construcción de una leyenda
El mito no nació en 1936. Cuando fue asesinado, Lorca ya era una celebridad. El éxito del Romancero gitano, sus obras teatrales, La Barraca y su extraordinaria capacidad como comunicador habían creado alrededor del escritor una poderosa imagen pública. El propio poeta contribuyó a su “mitologización biográfica”. Su carácter, sus recitales, sus interpretaciones al piano y los testimonios de amigos como Cernuda, Buñuel, Dalí o Alberti contribuyeron a proyectar la imagen de un artista magnético.
Pero García Lorca participó también, conscientemente, en esa autofiguración, creando su propia “aura o máscara legendaria”. A ella se superpusieron pronto otras imágenes: el Lorca del folclore y el duende, el “icono andaluz”, el poeta identificado con una determinada idea de España y, gracias a sus viajes y vínculos americanos, una figura de dimensión panhispánica. Su faceta musical resulta especialmente reveladora: había estudiado piano y recopiló y armonizó canciones tradicionales que en 1931 grabó en 1931 con La Argentinita. Esa dimensión musical tendría después una importancia inesperada en la pervivencia de su figura.
El segundo Lorca: del asesinato al símbolo
Su fusilamiento en agosto de 1936 convirtió la fama en leyenda. Lorca pasó a encarnar al intelectual víctima de la Guerra Civil y, fuera de España, exiliados, hispanistas y compañías teatrales mantuvieron viva su obra. Su teatro recorrió escenarios hispanoamericanos, franceses y británicos mientras dentro del país permanecía mudo.
En la década de 1960 este silencio comenzó a resquebrajarse: volvieron a los escenarios españoles Yerma y La zapatera prodigiosa; en 1962, Bodas de sangre, y, en 1964, La casa de Bernarda Alba. Era el comienzo de una recuperación que también parecía un intento de convertir a Lorca en elemento cohesionador de las “dos Españas”. La música participó de ese proceso. En 1964, Los Pekenikes llevaron al lenguaje del pop “Los cuatro muleros”, una canción tradicional que Lorca había recogido y armonizado décadas antes.
El 6 de noviembre de 1966, por otro lado, el periódico ABC publicó un número homenaje en el que participaron, entre otros, José María Pemán, Edgar Neville, José Luis Cano, Gregorio Prieto, Guillermo Díaz-Plaja y un joven Ian Gibson.
Dentro del país comenzaba una particular recuperación. Edgar Neville definió la obra lorquiana —no la figura— como un “bien nacional”, situándolo por encima de partidos y disensiones. Un intento de incorporar a Lorca al patrimonio literario español mediante un discurso conciliador, algo que estudios posteriores han interpretado como una despolitización de su muerte. Los años sesenta muestran el comienzo de su recuperación pública y de su integración en el canon literario dentro de la propia España franquista.
El tercer Lorca: la consagración de un mito
La democracia permitió completar esa recuperación. Tras la muerte de Franco, el mito adquirió una dimensión abiertamente reivindicativa. El 5 de junio de 1976, entre 6 000 y 10 000 personas se reunieron en Fuente Vaqueros en el primer gran homenaje popular a Lorca, conocido como “El cinco a las cinco”. Organizado por la Comisión de los 33 —con la presencia de una sola mujer, la escritora e investigadora Antonina Rodrigo—, el acto fue autorizado con fuertes restricciones y limitado inicialmente a treinta minutos. Reivindicar a Lorca significaba entonces algo más que recuperar a un escritor: su figura se convirtió en emblema de las libertades democráticas y de la memoria de quienes habían sido silenciados por la dictadura.
El gran momento llegó en 1986, cincuenta años después de su asesinato. El cincuentenario produjo exposiciones, congresos, publicaciones, recitales y espectáculos dentro y fuera de España y, el 29 de julio, abre al público, por primera vez, la Casa Natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros.
El teatro volvió a resultar decisivo. Núria Espert recuperó en Madrid la Yerma que Víctor García había dirigido quince años antes; Lluís Pasqual estrenó Los caminos de Federico en el María Guerrero; y 5 Lorcas 5 reunió montajes de cinco directores. En Londres, Glenda Jackson interpretó a Bernarda Alba bajo la dirección de Espert. Y El público, la obra más rupturista de Lorca, se estrenó con lleno absoluto en el Piccolo Teatro de Milán antes de llegar triunfalmente a Madrid. 1986 supone el pleno reconocimiento de Lorca como clásico y la consolidación definitiva del mito.

De poeta español a icono universal
La internacionalización añadió nuevas capas. Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba forman parte del repertorio teatral mundial, mientras Poeta en Nueva York continúa traduciéndose y reinterpretándose.
También la música amplificó esa universalidad. Lorca está presente en artistas tan distintos como Camarón o el punk británico: The Clash evocó al poeta asesinado en “Spanish Bombs”, y Leonard Cohen convirtió “Pequeño vals vienés” en “Take This Waltz” (1988). Más adelante, proyectos como De Granada a la Luna reunieron a músicos como Enrique Morente, Santiago Auserón, María del Mar Bonet o Amancio Prada en nuevas recreaciones del universo lorquiano.
A ello se han añadido las lecturas queer, especialmente relevantes en el ámbito anglosajón, que han recuperado el deseo y la homosexualidad como dimensiones sustanciales para comprender tanto determinados textos como la propia construcción cultural de la figura de Lorca.
Pero toda mitificación genera también su reverso. Junto a la reivindicación aparecieron voces disidentes que separan al hombre del símbolo. Investigaciones sobre su asesinato y libros como El caso Lorca, de Manuel Ayllón, muestran las tensiones que produce una biografía convertida en relato colectivo.
Ayllón cuestiona algunos relatos establecidos y sostiene que los restos del poeta pudieron ser exhumados y trasladados hasta Láchar. Su propuesta, basada en archivos y testimonios, pero formulada en un libro que combina novela, reportaje y ensayo, ha resultado controvertida: el propio autor advierte que “no es un ensayo histórico”, sino “el desarrollo de una conjetura”.
Siglo XXI: la voz que no se apaga
Aunque no conservamos ninguna grabación de la voz de Federico García Lorca, pocas voces siguen gritando más que la suya.
Los nuevos documentos del archivo, el epistolario familiar, las imágenes recuperadas por Manuel Menchón o una película como La bola negra no sustituyen al Lorca anterior: añaden nuevas capas. Nos permiten pasar del mártir al hombre, del icono al escritor y del personaje público a su intimidad y su deseo.
Los clásicos ingresan en el canon, sólo algunos se convierten además en símbolos cuya interpretación permanece abierta. Lorca pertenece a esa categoría excepcional. ![]()



