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Comer palomitas… en el cine

Abril, 2026

El hábito de comer palomitas viendo películas tiene alrededor de un siglo de historia y eso no es poca cosa. El problema, escribe Juan Soto en esta entrega, es que hoy se ha convertido en una especie de ritual ineludible para la mayoría de los asistentes a las salas de cine. Y la mayor parte de las personas no sabe por qué lo hace. Ver películas en una sala de cine y no comer palomitas es casi un sacrilegio en nuestros días. Pero, ¿qué de agradable puede ser que, mientras se mire una película, haya personas detrás masticando palomitas y que la sala hieda a cualquier mixtura de olores?

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En 1895, nos recuerda Nicholas Mirzoeff —profesor de Medios, Cultura y Comunicación de la Universidad de Nueva York—, un par de hermanos aventureros, Auguste y Louis Lumière, alquilaron una sala de billar en la planta baja del Grand Café de París con el objetivo de mostrar su versión de las nuevas imágenes en movimiento. La Sortie de l’usine Lumière à Lyon, La Voltige, La Pêche aux poissons rouges, Le Débarquement du congrès de photographie à Lyon, Les Forgerons, L’Arroseur arrosé, Le Repas de bébé, Le Saut à la couverture, La Place des Cordeliers à Lyon y La Mer, fueron los filmes por los que la gente pagó por ver. Y no, no se proyectó L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat. De tal modo que los asistentes a dicha proyección no pudieron haberse asustado al ver un tren avanzando en la pantalla, leyenda urbana que revolotea entre los despistados. De acuerdo con Mirzoeff, los Lumière no filmaron un tren sino hasta 1896 y la película que conocemos se rodó hasta 1897.

Independientemente de todas las controversias que hay sobre si lo que hicieron los Lumière fue la primera proyección cinematográfica, o sobre si la filmación del tren tiene uno o dos títulos, o sobre si el programa de aquella ocasión fue el que se refiere arriba, o sobre el hecho de que sólo asistieron 33 personas; independientemente de todo ello, sí podemos estar seguros de una cosa: los asistentes a esa proyección no comieron palomitas de maíz mientras veían esas filmaciones cortas realizadas en una toma fija. De hecho, tanto ha cambiado el mundo que hoy en día difícilmente alguien pagaría por ver dichas filmaciones tan cortas. Y la mayoría de los asistentes a las funciones de cine de nuestro tiempo come, entre otras cosas, palomitas mientras mira una película.

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En su libro titulado Mainstream, Frédéric Martel —sociólogo y periodista francés—, en unos cuantos párrafos recapituló la forma en que el pop corn se convirtió en un modelo económico. La llegada de las palomitas —como se les conoce generalmente en México— a las salas de cine de los Estados Unidos se remonta a la Gran Depresión de 1929. Martel dice que los dueños de dichas salas veían llegar a los asistentes con chucherías que compraban antes de entrar, entre ellas botellas de Coca-Cola y caramelos. El éxito de su venta les sorprendió. Y para la década de 1930 ya se habían popularizado.

Los extintos autocines y los vigentes multicines hicieron grandes negocios en torno a las palomitas de maíz. Las salas empezaron a comprar maíz refinado a las industrias agroalimentarias directamente y la comercialización de máquinas de palomitas comenzó a crecer. Estados Unidos, por cierto, sigue siendo el principal productor de maíz en el mundo.

Ya para 1950, los excedentes del maíz se destinaban a las salas de cine, fortaleciendo el denominado agrobusiness, y la ofensiva comercial para robustecer la venta de palomitas fue cada vez más agresiva. Eso hizo que se ofertara más producto en los mostradores, porciones más grandes en los contenedores y las bolsas, precios al alza y más ganancias también.

De acuerdo con la información que proporciona Martel, la rentabilidad del cine no reside tanto en las entradas como en las concesiones. El hábito de comer palomitas viendo películas tiene alrededor de un siglo de historia y eso no es poca cosa. Se ha convertido en una especie de ritual ineludible para la mayoría de los asistentes a las salas de cine. Y la mayor parte de las personas no sabe por qué lo hace. Ver películas en una sala de cine y no comer palomitas es casi un sacrilegio en nuestros días.

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Las masas —lo podemos decir sin temor a equivocación— asisten al cine por razones que podemos denominar extracinematográficas. Y eso no está mal. Ir al cine es un buen pretexto para convivir con la familia, los amigos o la pareja. Es una buena actividad para luchar contra la monotonía y lidiar con el ocio y el tiempo libre. Siendo muy optimistas, podemos decir que hasta podría ayudar a reforzar las relaciones sociales. Incluso es una actividad que ha pasado a formar parte de los rituales de coqueteo y seducción entre las personas.

Pero.

Pero si lo que mueve a las personas a ir a las salas de cine son razones extracinematográficas, lo que hoy en día podemos llamar apreciación cinematográfica queda relegada a un segundo plano. Es cierto: el gusto por ir al cine nunca tuvo como objetivo principal, al menos de forma generalizada, la apreciación cinematográfica. No es —y quizá nunca lo fue— una experiencia estética, sino una experiencia social, cultural, de entretenimiento y —actualmente— hasta culinaria o más bien glotona. Digamos que hasta en los llamados, pedantemente, espacios culturales, donde se proyecta el denominado cine de autor, también se comen palomitas.

Ilustración: J.D.R. | SdE

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Aunque el dispositivo mecánico pionero para la captación y reproducción de imágenes conocido como el disco de Nipkow fue patentado en 1884, tuvimos que esperar hasta las décadas de 1920 y 1930, como bien lo señala Israel Márquez en Una genealogía de la pantalla / Del cine al teléfono móvil, para presenciar los primeros servicios regulares y demostraciones públicas de la televisión. Recordemos que la primera transmisión entre Londres y Glasgow ocurrió en 1927 y la que se hizo entre Londres y Nueva York tuvo lugar hasta 1928. Las primeras emisiones con programación en Inglaterra ocurrieron en 1936 y en Estados Unidos hasta 1939. Sin embargo, las transmisiones se interrumpieron por la Segunda Guerra Mundial. Aunque en un inicio no se lograba identificar dónde estaba el mercado de la televisión y los aparatos eran muy caros y no había mucho qué ver, después de la Segunda Guerra Mundial, en los años cincuenta, la televisión se impuso como un aparato doméstico y su uso privado se estandarizó, apunta Márquez, especialista en ciencias de la información y cultura digital.

El especialista en estudios sobre cultura de la imagen y comunicación social, Román Gubern, lo dijo mejor que muchos: que la distribución de los sillones en el salón se había de efectuar de modo que las personas pudiesen ver cómodamente el televisor, y que los muebles se habían de distribuir evitando que se interpusieran entre la mirada de los moradores y la pantalla. Piénselo bien. Muchas personas al llegar a una casa o departamento que recién vayan a habitar eligen primero dónde colocar el televisor y luego los demás muebles. Muchas personas, también lo dijo Gubern, utilizan el televisor como ruido de fondo mientras realizan otras actividades. El televisor es, en cierto sentido, un extraño animal de compañía. Se charla, se come, se lavan los platos y hasta se tiene sexo con el ruido de fondo del televisor. Muchas personas encienden la televisión para no verla. Para simplemente llenar el vacío de sus espacios domésticos o, incluso laborales, con ruido televisivo. Con el paso del tiempo, la televisión construyó un ideal de claustrofilia doméstico.

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La televisión promovió, de acuerdo con el profesor de Medios y Comunicación del Goldsmiths College de Londres, David Morley, la privatización móvil. Es decir, la doble satisfacción de permitir a las personas ‘quedarse en casa’ y ‘viajar’, de manera imaginaria o “virtualmente”. Pero también hizo que el cine se desritualizara y, como lo apunta Márquez, que en algún sentido se desnaturalizara, perdiendo su carácter colectivo. Sin embargo, también contribuyó a llevar ese extraño ritual de comer palomitas a las casas mientras se veían películas.

De hecho, los tiempos en los que las personas preparaban sus propias palomitas con aceite o mantequilla y sal y se introducían a las salas de cine en una bolsa de papel de estraza, no existe más. Hoy en día existe una variedad asombrosa y exótica de tipos de palomitas que se venden en los cines, que van desde las naturales, las de mantequilla, las acarameladas, hasta las aberraciones de sabores especiales como queso, jalapeño, chile y limón, así como las de ediciones limitadas o colaboraciones con marcas —como Takis, Ruffles, Doritos o Chetos—, o incluso con series de televisión y películas.

Pero si sumamos la cantidad insospechada de comida basura que se vende en los cines, podemos tener la certeza de que ese ritual de ingerir porquerías mientras se mira cine —y televisión— no le sentó nada bien a la experiencia estética de ir al cine para ver películas. Queda claro que la apreciación cinematográfica y el gusto por ir a las salas de cine no van siempre de la mano. Es más —y como señalábamos líneas arriba—, todo parece indicar que lo que mueve a las masas a abarrotar las salas de cine a ver películas de ínfima calidad no es el gusto por la experiencia estética, sino cuestiones extracinematográficas.

¿Qué de agradable puede ser que, mientras se mire una película, haya personas detrás masticando palomitas y que la sala hieda a cualquier mixtura de olores? ¿Le apetece la combinación de olor a nachos con hot dogs? Y si le suma que mientras se proyecta una película haya personas susurrando detrás, revisando sus celulares delante, que alguien constantemente patee el respaldo de su asiento y que usted tenga que pelear silenciosamente por las coderas de la butaca, se puede preguntar: ¿qué de confortable puede tener mirar una película en una sala abarrotada de 200 personas?

Godard decía que la película es realidad a veinticuatro fotogramas por segundo. Tarkovski definía el cine como un cruce de miradas a partir del cual uno podía descubrir algo inquietante en la mirada del otro. Dziga Vértov afirmaba maravillosamente que el cine no artístico equivalía a dejar la puerta abierta a los lamebotas. Eisenstein sostenía que la suma de las escenas imaginadas podía despertar en nosotros la emoción requerida, el sentimiento, la comprensión y la verdadera experiencia que buscamos. Chaplin dijo que el cine sonoro iba a destruir el arte más antiguo del mundo que era la pantomima porque iba a acabar con la gran belleza del silencio. René Clair decía que el cine era algo que no podía ser contado. Herzog sostuvo que el cine no tenía mucho que ver con la realidad como tiene que ver con nuestros sueños colectivos y que, de alguna manera, registraba nuestro estado mental. Y Wells decía que el arte cinematográfico solamente podía existir por la traición organizada de la realidad… Una disculpa, pero ¿qué le van a interesar estas y otras ideas sobre el cine a alguien que traga palomitas mientras mira películas?

El gran Debord dijo alguna vez: no hay filme. El cine ha muerto. Ya no puede haber filmes. Si ustedes quieren, pasemos al debate…

Ver el cine en pantuflas, ¿no es la mejor manera de verlo hoy día?

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