«Pasajero»: o el deseo más allá de toda moral moralizadora
Mayo, 2026
Colin es un tímido muchacho gay que se siente estancado en su vida. En una noche de bar queda deslumbrado al conocer a Ray, un enigmático e increíblemente apuesto motociclista. A través de una dinámica poco convencional de sumisión sexual, Colin enfrentará un crecimiento personal tanto interior como exterior. En esta entrega de ‘La Mirada Invisible’, Alberto Lima se detiene en el provocativo debut del cineasta Harry Lighton: Pasajero, un filme emocionante, cautivador y sugestivo que, más allá de las prácticas sado-masoquista, examina los limites emocionales y la vulnerabilidad en las relaciones.
Pasajero (Pillion), película de Harry Lighton,
coproducción Irlanda-Reino Unido;
con Harry Melling, Alexander Skarsgård,
Douglas Hodge, Lesley Sharp. (2025, 106 min.)
El filósofo francés Michel Onfray escribe en su Teoría del cuerpo enamorado (2000) que “el deseo que ignora los códigos sociales encuentra las fórmulas de su expansión donde quiere, donde puede, lejos de toda moral moralizadora y en el puro gozo de un ejercicio imposible de diferir”. En este sentido, pareciera que el cineasta británico y debutante Harry Lighton (Portsmouth, 1992) siguiera al pie de la letra la reflexión de Onfray para articular su notable ópera prima Pasajero, al situarla conceptualmente en ese ámbito del deseo más allá de toda moral moralizadora.
En el municipio de Bromley, en las afueras del Londres actual, el joven tímido, insignificante, greñudo y nada agraciado Colin (Harry Melling) trabaja de día en un estacionamiento aplicando multas y por las noches forma parte de un cuarteto vocal que canta en un barecillo de poca monta, sostiene una cita-ligue homosexual arreglada previamente por su madre enferma de cáncer Peggy (Lesley Sharp), hasta que coincidirá esa noche en el bar con un grupo de motociclistas abiertamente homosexuales del cual se sentirá atraído y, más aún, cuando en la barra se tope con el grandote barbudo, viril y galanazo Ray (Alexander Skarsgård), quién de inmediato lo someterá / seducirá allí mismo mediante la compra de unas bolsitas de papas fritas y, tras aprobar el examen exprés, Ray le entregue una cursi tarjeta navideña en cuyo interior están escritas a mano la fecha y el lugar para una cita, además de su número telefónico. Así, con toda su pasividad e ingenuidad a cuestas, Colin se internará sin remedio en ese bosque misterioso y peludo que representará el imponente e irresistible motociclista gay Ray.

Con guión adaptado a partir de la novela Box Hill, de Adam Mars-Jones, y premiado en la sección “Una cierta mirada” en el festival de Cannes en 2025, el debut del cinerrealizador Harry Lighton es un filme emocionante, cautivador y sugestivo que, fiel a la idea expuesta al comienzo de esta nota por Onfray, hace lo que le da gana con lo dicho y lo mostrado porque su naturaleza fílmica es vertiginosa e inasible como el propio personaje Ray, debido a que por momentos es una cinta de acción y en otros un semidrama romántico, aunque a final de cuentas esto carece de importancia debido a que su verdadera finalidad sea representar, mediante un estilo sencillo y eficaz, la dinámica y estética de la práctica sexual del bondage desde una perspectiva homosexual masculina, pese a que, por extraño que parezca, el erotismo y su carga sexual no son los resortes dramáticos fundamentales de la película. De este modo, a partir del modelo amo–esclavo (Ray-Colin), en el filme priva un juego desigual y perverso del sometimiento aceptado, tolerado, lacónico, sufrido, en donde las fronteras del amor, el erotismo y la amistad se emborronan para dar surgimiento a estas nuevas especies relacionales caracterizadas por ser efímeras y volátiles a bordo de poderosas motocicletas, cuero y vida doméstica. Para ello, es necesario entonces componer una fotografía mimética e hipnotizante de Nick Morris, atenta a detallar las intimidantes indumentarias de cuero, los collares con candados en los esclavos y las llaves colgadas al cuello de los amos, en donde la protección y el fetiche coexisten al interior de las bandas de motociclistas abiertamente gays, con los reconfortantes paseos nocturnos a gran velocidad o los close-ups de los protagonistas para agravar o estrechar el vínculo de éstos según el momento.

En el génesis de la cinta ocurre una travesía nocturna durante los créditos iniciales, como preámbulo de ese viaje a través de la noche que el joven Colin vivirá con Ray, mientras suena la melodía “Sul mio carro”, la cual por cierto fue utilizada como leitmotiv en la cinta Nosotras (Meneghetti, 2019), y que casualmente aborda una temática sobre el amor lésbico. En dicho viaje relacional, el retraído y ansioso por amar Colin ocupará entonces el pillion, es decir, el asiento trasero de la motocicleta, que en tiempos modernos es el significado del término usado en el lenguaje del motociclismo. Y aunque en esencia es un filme sobre motociclistas, nada tiene que ver por ejemplo con la reciente El club de los vándalos (Nichols, 2023), cuyo interés era recuperar el antiguo modo de vida aventurero de los clubes de motociclistas que florecieron en Estados Unidos durante los años sesenta del siglo pasado. Aquí, la máquina motorizada de dos ruedas es el cebo para introducir al espectador a la subcultura de la práctica sexual del bondage a través de la carne dispuesta y frágil de un Colin que acata su rol de esclavo ante ese amo homoerótico Ray, que a lo largo de la película nunca se logrará revelar quién es en verdad más allá de los leotardos debajo de la chamarra de cuero: sea aquél que toca al piano la “Gymnopédie 1” de Satie y lector del novelista total noruego Karl Ove Knausgård, que no come chocolate, que duerme a sus horas cuando no parrandea con su banda, que metódicamente lava su motocicleta a primera hora de la mañana, que ordena un traje de motociclista ad hoc para su esclavo y a quien rapará a posteriori, que a regañadientes acepta comer con los padres de Colin en casa de éstos para terminar en pleito con la madre, pero a la muerte de ella atenderá como cualquier pareja a Colin cuando el joven se queme a propósito las manos con las asas calientes de la cacerola ante el dolor del duelo, y hasta lo invite a dormir en su cama por esa noche y no sobre la alfombra, como usualmente lo hace. Sin embargo, es también arrogante cuando con sorna le responde a Colin que él jamás será capaz de molestarlo, luego de una disculpa previa tras una interrupción durante una sesión al piano, o en esa secuencia desopilante donde practican lucha con el fondo de la pegajosa versión pop ochentera de “I think we’re alone now”, y termina aplicándole a Colin la mismísima y temida llave luchística conocida como la “Tapatía”, de Rito Romero, o cuando le ordena a Colin comprarse un dilatador anal porque está muy estrecho.

Más allá de las cópulas, que solamente suceden como un añadido más, en esa relación donde los códigos y los límites están estrictamente definidos como en La secretaria (Shainberg, 2003), será un beso el causante del desmoronamiento de la relación durante un día en que los amantes lo dediquen a salirse de sus roles —porque así lo decidió el indulgente amo Ray—, para disfrutar de un convencional paseo en el centro comercial, con elípticas venidas mutuas en el cine, y devolver de manera brusca a su realidad a Colin, quien deberá iniciar desde cero la búsqueda de una nueva relación, luego de que Ray ponga los pies en polvorosa y se vuelva ojo de hormiga, ahora acordada mediante una aplicación para citas como sustituta de mamá alcahueta en esta —retomando el título de la novela breve de José Ramón Ruisánchez, Novelita de amor y poco piano (1996)— excelente primera películita de amor y poco piano de Harry Lighton. ![]()



