Abril, 2026
Llegó una especie nueva a la jungla de asfalto. Los etólogos urbanos están perplejos porque no saben cómo clasificarla, si en la familia de las bicis, de las motos, los mosquitos o los estorbos; ni siquiera saben si son femeninas o masculinos. Sólo los conocemos como las o los scooters. Se trata, escribe Pablo Fernández Christlieb en esta nueva entrega, de una especie intrusiva que llegó a dislocar el caos tan confortable que ya teníamos en esta ciudad…
Llegó especie nueva a la jungla de asfalto. Los etólogos urbanos están perplejos porque no saben cómo clasificarla, si en la familia de las bicis, de las motos, los mosquitos o los estorbos; ni siquiera saben si son femeninas o masculinos, las o los scooters, ni tampoco cómo se llaman, si así o patines, patinetes, patinetas, monopatines —todos eléctricos— o por el nombre clásico e infantil de patines del diablo que se portan como demonios llevando a una o uno que no sabe manejar ni tampoco le interesa.
En fin, que las-los llaman scooters para que suene más consumista y por lo tanto más actual (así es como se les decía a las Vespas). Se trata de una especie intrusiva que llegó de China —como el covid— a dislocar el caos tan confortable que teníamos en esta ciudad, y en todas las demás. Para andar en bicicleta hay que aprender, para subirse a uno de éstos lo que se requiere es no saber nada: “primero suba un pie y luego la otra patita, y listo”.
Y por ende dan la impresión de que son muy peligrosos, no sólo porque las estadísticas lo confirman, sino porque tienen unas rueditas minúsculas que se enquistan en el menor bache, y como su centro de gravedad está bien a bien en la cabeza del neófito, salen disparados como boomerang que no regresa y se van a incrustar en un poste, en un puesto o un camión repartidor, sin contar con la más leve protección: se trata de un conductor paradito como pino de boliche a 25 km/h, que es el límite oficial pero que seguro van a más, totalmente indefenso, con las luces a la altura del zapato, y al que ponerle casco es nada más aumentar el peso del centro de gravedad.
Mientras otras especies equivalentes, como por ejemplo unos manubrios con dos ruedas paralelas, o sin manubrio, o de una sola rueda, que no alcanzaron a tener nombre salvo el de su marca de fábrica (Segway), no pudieron prosperar, la de los scooters parece que se reproduce geométricamente, lo cual quiere decir en términos prácticos que le sale a uno por todas partes de improviso, como emboscada de mosquitos.
Y es que el hábitat era completamente propicio para su eclosión: una ciudad trabada de tránsito que no transita porque se bloquea a sí misma mientras las agencias de automóviles siguen vomitando unidades para colmar las aspiraciones enardecidas de los que saben que un coche será una solución para el status pero no para el transporte. Y las motos —grandotas o chiquitas— dan miedo, tienen requisitos como licencia, hay que saber manejarlas y se necesita temeridad y nihilismo. Y entonces una scooter se cuela en medio de todos como mosquito entre la multitud.

Tienen un toque de estética gay, es decir, del estilo que este colectivo ha ido cuidadosamente construyendo como modo de reconocimiento e identidad, en la vestimenta y el ademán: van con ropa entallada, espalda recta, pelo corto, musculatura de gimnasio, de punta en blanco, derechitos, con gallardía de diseño. Y los scooters son igual: compactos, firmes, verticales, impecables, macizos, siempre de pie, peripuestos, como de una sola pieza. Es como si la potencia o efectividad no tuviera que ver con el esfuerzo o el desarreglo, lo cual es una postura muy contraria y opuesta a la actitud flagrante de la velocidad, culturalmente masculina y ciertamente machista, que es en pose aerodinámica, como de Ferraris o motocicletas creyéndose misiles, igual que las bicicletas de carreras o los patinadores callejeros.
El problema de las scooters es que, si bien encontraron su hábitat, aún carecen de nicho ecológico, porque todos los carriles ya están ocupados, por el metrobús, los autos y las motos, las bicicletas, y los peatones; y no embonan en ninguno, y en todas partes descomponen el caos. Las bicicletas no los quieren para nada, porque les llegan por la espalda de súbito sin siquiera zumbar y rebasan por la derecha con un aire antipático de indiferencia superior, mientras que los coches los hacen a un lado de un soplido porque ahí sí parecen muñequitos descarrilados en un mar de automotores. En las banquetas mucho menos, y a los que caminan les da muy bien tiempo de escupirles alguna palabrota. Por todas partes se ganan el desprecio, pero aunque les caigan mal a todos, resultan tan lógicos e inevitables que hasta parecen una solución, y habrá que darles un espacio —un carril— quitándoselo a otros.
Y parece ser que ya hay alguien sobrando en la evolución, aunque tenga nombres tan insignes como Ford o Volkswagen, dado que los automóviles (o carros, que con ese nombre se les nota que son medio anacrónicos, que todavía vienen de las carretas) simplemente se reprodujeron de tal manera que ya no caben, porque ocho o diez metros cuadrados para un solo conductor en hora pico ya parece de terrateniente. En efecto, los que dominaron durante un siglo y que construyeron la ciudad nada más para ellos solitos, ahora resulta que son los que estorban porque su hacinamiento es tal que ya no se pueden mover ni estacionar. El problema del problema es que el poderío adquirido de estos mueblesotes antediluvianos es verdaderamente inmenso, casi como el capitalismo, y aunque ya no sirvan, no paran de reproducirse.
De todos modos, si la ciudad evoluciona, tendrá que empezar a extinguirlos —o expulsarlos— dejando algunos para el Museo de Historia Natural Urbana y algunas camionetitas para llevar bultos o niños. La competencia por la sobrevivencia es entre los dinosaurios y los mosquitos. ![]()



