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Cuando la patria es un árbol

Un lustro sin Ángel Norzagaray

Mayo, 2026

Nació en Sinaloa en 1961 y se fue de este mundo 60 años después, en diciembre de 2021. Hombre de teatro como pocos, escribió, dirigió y actuó sin parar. Y no sólo eso: también fue guía y profesor, además de destacado funcionario público. Ahora que se cumple un lustro de su partida, el crítico teatral Fernando de Ita recuerda a Ángel Norzagaray, uno de los creadores mexicanos de teatro más relevantes del siglo XX. Un agitador del arte. Un activista cultural. Un artista de cuerpo entero.

El 23 de octubre de 2014 se presentó en el Centro Teatral de los Ángeles, California, Cartas al pie de un árbol, la obra escrita y dirigida por Ángel Norzagaray, y aquel coliseo que era el foro del Festival de Teatro Latino se convirtió en una apoteosis de la memoria para la multitud de mexicanos que lloraban y rabiaban al mismo tiempo, porque la obra cuenta cómo un grupo de madres, hijas, hermanas, esposas, buscan a sus parientes desaparecidos por el crimen organizado, y ante la indiferencia de las autoridades deciden escribirle a sus seres amados una carta que entierran al pie de un árbol.

¡Hace 12 años, por lo menos, que las madres buscan a sus hijos por su cuenta porque el mal gobierno de todos los partidos, que ha pervertido eso que llamamos Patria, no hace nada para cumplir con el deber más elemental de cualquier gobernanza: atender a las víctimas!

Que un señor que robó, mintió y traicionó a su amado pueblo no haya recibido jamás a las madres con el dolor más hondo de un ser humano, como es el perder al fruto de sus entrañas, concuerda con su forma de ser. Pero que una mujer que es madre prefiera salir al balcón más vistoso del país con un grupo coreano de música electrónica, y no atienda a las miles de madres que están padeciendo cada hora, cada día, la ausencia de sus hijos, es un crimen de Estado, pues además dice la Constitución que el presidente de la República está para impedir ese desprecio por los más necesitados, y no hay seres más dolientes en el mundo que las madres que han perdido a sus hijos.

Lo crean o no, estas palabras me las dictó mi difunto amigo Ángel Norzagaray, el autor de la obra que conmocionó a los paisanos que fueron al teatro esa temporada inolvidable para tantos. No escurro el bulto. Asumo las consecuencias. Pero así sucedió. Ángel me dijo: me debes unas palabras.

La gente de Baja California, sobre todo la gente de teatro, sabe qué sucedió. Luego de una amistad espectacular de 30 años, Norzagaray presentó una obra malísima en todos sus estamentos (salvo en la escenografía, que era muy vistosa y bien realizada), yo la critiqué con dureza y en lugar de recibir de su parte la mentada de madre que esperaba, guardó silencio y no volví a verlo. Luego, murió de cáncer.

En los años noventa, “El Norza” era un anarquista-guadalupano con el que me identifiqué de inmediato. Ese hijo fugado de La Trinidad, un pueblo de Guasave, Sinaloa, desmintió la fama de esa demarcación que los de al lado asemejan a los gallegos por su inocencia —sí, digámoslo suave—, porque si algo tuvo Ángel fue ingenio, labia, imaginación, espontaneidad, actitud y desafío. Mexicali a Secas, el grupo que fundó en la capital de Baja California, fue una acción política, para decirlo breve. Con las armas del teatro asaltó la inercia burocrática del oficialismo, fustigó a los partidos políticos y logró una de las metas imposibles de la cultura: tener un público. Uno cautivo, y el otro aleatorio pero dispuesto a cerrar calles cuando era preciso.

Como Óscar Liera era el paradigma del teatro regional, Ángel tomó de ahí “la vuelta a casa”. Norzagaray se licenció en Teatro en la Universidad Veracruzana, pero en lugar de quedarse en la “Atenas Mexicana”, o mudarse a la Ciudad de México, regresó a Mexicali para seguir el consejo del ruso que escribió La guerra y la paz. Dice León Tolstoi, coloquialmente: para ser universal hay que ser pueblerino. Norza lo fue de la mejor manera: siendo cosmopolita. Esto es, desafiando los usos y costumbres de su comunidad para mostrar que la creación artística tiene consecuencias sociales y políticas.

Como actor, autor y director de escena, Ángel tuvo 15 años de furor creativo y activismo ciudadano. En ese trance se presentó la posibilidad de que “cambiara de bando” para beneficiar, desde dentro, a la comunidad artística de la ciudad. Dicho de frente: se convirtió en el jefe de la cultura oficial del Estado, con resultados impresionantes en beneficio de los gremios artísticos, y, dicen sus detractores, que del suyo propio. Lo que me consta es que en su jefatura la ciudad se llenó de teatro, música, danza y cultura, y sucedió algo insólito: te pagaban a tiempo por tus funciones.

Ángel Norzagaray. / Foto: Secretaría de Cultura de Baja California (Facebook).

Mexicali a Secas tuvo desde sus inicios el respaldo de la Universidad Autónoma de Baja California, aunque en diversas ocasiones la batalla fue interna para que le bajara al activismo o no atacara a determinada causa o persona. Fue tan efectiva su labor cultural que estuvo a punto de competir por la rectoría de la UABC. Pero el arte es avaro. Cuando le dedicó su vida al teatro, Ángel Norzagaray fue el mejor autor y director de escena de la Baja, y acaso del Norte del país. Cuando se sumergió en la política universitaria su teatro decayó, aunque su lema fue: soy una gente de teatro que ocasionalmente es funcionario. Cuando ya era al revés.

La clave para mí fue verlo de corbata en un post en el que atacaba al gobernador en turno, no por la corbata, que ya era una señal de alarma, sino porque el versador más ingenioso de la Baja equivocó la rima. Imposible. Algo estaba mal. Fue el cáncer. Le hallaron un quiste que le quitó la vida. Sólo así puede explicarse su desbalance en la vida y el teatro. Porque sin ese mal habría sido el rector de la UABC. O el director de teatro regional más importante de entre siglos.

Por eso Jesús Castaños Chima, actor de teatro, reclama al oficialismo que hayan olvidado al artista escénico más importante de la Baja California —sin demérito por sus destacados colegas del estado. Dice Chima que Ángel merece, por lo menos, que el teatro de la UABC lleve su nombre, o que se haga un festival, o que se haga una colección de obras de teatro que lo rememore. Tiene razón, no sólo porque esté muerto sino porque estuvo vivo. Ahora sí que por su obra se puede reconocer.

Ángel Norzagaray fue un artista de cuerpo entero, fue un agitador del arte, fue un activista cultural que levantó en vilo a los mexicanos de la frontera, fue el inventor de un árbol en el que las madres dolientes de este país hallaron consuelo enterrando en sus raíz la carta que hoy, mañana y siempre, avergonzará a los políticos de todos los partidos que nunca la han leído.

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