Dígalo con su playera
Mayo, 2026
Aunque ya no logran atraer a las masas como lo hicieron en otros tiempos, las playeras con eslogan siguen moviéndose en la cultura popular. Esta moda transgresora —¡vaya oxímoron!—, escribe Juan Soto en esta nueva entrega de su ‘Modus Vivendi’, “digamos que fueron y siguen siendo una forma de posicionamiento discursivo muy básica y frívola. Como si esto los hiciera ver, por decirlo de algún modo, más radicales. Pero, ¿qué de radical tendría comprar una playera con eslogan subversivo, ¡en Amazon!, y lucirla en una fiesta, en una marcha o en un evento académico?”. Sí: el mundo de hoy.
Las playeras con eslogan no son nuevas. Como prendas de vestir tienen por lo menos medio siglo en los mercados de consumo y unos 80 años aproximadamente en la cultura. Y, como atinadamente lo señaló la escritora independiente, especialista en teoría visual y teoría cinematográfica, Stephanie Talbot —cuya maravilla de libro se llama Slogan T-Shirts: Cult and Culture—, las playeras con logo son más que una pieza de tela estampada. Y aunque parece una exageración decir que portan y transmiten valores, lo que sí es verdad es que portan mensajes. Decir que los transmiten es, por mucho, una exageración. La comprensión de un mensaje, esté en una playera, en un cartel o en un libro, requiere de algo que va más allá de saber leer.
Estas simpáticas curiosidades del mundo de la moda, aunque se siguen usando, ya no logran atraer a las masas como lo hicieron en otros tiempos. Digamos que fueron y siguen siendo una forma de posicionamiento discursivo muy básica y frívola que puede darle sentido a lo que Caroline Young —escritora independiente especializada en moda, cultura pop y cine clásico— denominó moda transgresora. Hoy, muy pocos podrían considerar que ponerse una playera con un eslogan puede ser transgresor. Pero a muchos jóvenes y a muchos adultos infantilizados les sigue cautivando esa idea.
Sí, en efecto, estos pedazos de tela con eslogan pueden ser considerados como una forma de expresión de los pensamientos y los afectos estampándolos en una playera que, en sus inicios, era utilizada en el trabajo industrial y tenía la función de absorber el sudor y facilitar la movilidad. Recordemos que las playeras sin eslogan, al pasar a la pantalla grande como parte del atuendo de personajes interpretados por Marlon Brando y James Dean, ya eran parte de la subversión cultural. Y cuando se les comenzaron a imprimir eslóganes, parecieron aprovechar parte de esa inercia subversiva para comenzar a hacer escándalo en las sociedades occidentales.
Es difícil saber cuándo apareció la primera playera con eslogan, pero hay registros que indican que ya en 1948, durante una campaña política en Nueva York, se miraron playeras con la consigna “Dew It for Dewey”. Y, después, las que llevaban el famoso “I Like Ike”, de Dwight D. Eisenhower. De manera posterior a la muerte de James Dean —en 1955 a la edad de 24 años—, las camisetas con el eslogan “Too Fast To Live, Too Young To Die” no sólo se hicieron visibles, sino que pasaron a formar parte de la cultura popular norteamericana.
Jon Savage, el escritor, locutor y periodista de música inglés, autor de England’s Dreaming —libro imprescindible sobre el punk—, señaló acertadamente que las camisetas ya estaban bien establecidas a finales de los años sesenta como vehículos de eslóganes e información. En aquel tiempo, la playera con eslogan tuvo el privilegio de hacer lo que Dick Hebdige —el investigador especializado en cultura popular, medios, arte contemporáneo y música— denominó «ruido». En su fabuloso libro titulado Subcultura / El significado del estilo, Hebdige afirmaba que las subculturas representaban el «ruido», es decir, la interferencia en la secuencia ordenada que lleva de los acontecimientos y fenómenos reales a su representación en los medios de comunicación. Nada más acertado.
Las playeras con eslogan, también lo apunta Hebdige, fueron parte del punk en ese caos de crestas, cazadoras de cuero, botas militares de goma, zapatos puntiagudos, gabardinas, rapados a lo mod y zancadas a lo skinhead, pantalones ajustados y calcetines multicolores o chaquetas militares cortas; pero, eso sí, todo ello aglutinado «en su sitio» y «fuera del tiempo» por las espectaculares sujeciones —pinzas de tender la ropa de plástico, correas bondage y trozos de cuerda— que tantas miradas entre el horror y la fascinación atrajeron sobre sí. Antes de que se popularizaran, fueron parte del punk —por cierto, no es un acrónimo ni significa “People United Not Kingdom”, como los desinformados pregonaron durante mucho tiempo.
Matthew Worley, profesor de Historia en la Universidad de Reading, especializado en el punk británico del siglo XX, sostuvo que el reconocimiento deliberado del punk de la ropa como significante tenía como una de sus estrategias centrales la idea de que la producción de valores sartoriales pudiera ser reproducida por cualquiera mediante técnicas de autoestilismo y bricolaje. Agregó que los ideales arquetípicos de belleza y decencia se vieron subvertidos, mientras que la personalización se convirtió en un tema dominante. Y para ilustrar esto refirió a la clásica playera Anarchy Shirt. Ejemplo emblemático de los collages que emplearon Malcolm McLaren —el famoso mánager de los icónicos Sex Pistols— y la grandísima Vivienne Westwood —diseñadora de moda y pilar fundamental de la estética punk. El problema con todo esto es que devino moda, ya no digamos contracultural, ni transgresora. Moda a secas.

Ciertamente la boutique que fundaron McLaren y Westwood en el 430 de King’s Road, y que fue cambiando de nombre —Let It Rock (1971-73); Too Fast To Live, Too Young To Die (1973-74); SEX (1974-76); Seditionaries (1976-80); y, al final, Vivienne Westwood’s Worlds End (1980-presente)—, marcó un impulso definitivo en la popularización de las playeras con eslogan. Sin embargo, todo parece apuntar —y la mayoría de las principales plumas de los estudios culturales coinciden— a que, gracias al encuentro que tuvo la gran diseñadora de moda británica Katharine Hamnett con Margaret Thatcher en 1984 —año en que fue galardonada como diseñadora del año por el British Fashion Council—, las playeras con eslogan realmente se popularizaron. Al quitarse el abrigo, relata Stephanie Talbot, poco antes de encontrarse con esa perversa y sombría mujer de apellido Thatcher, dejó ver su icónica playera que decía “58% Don’t Want Pershing”, en clara alusión a la oposición de la compra de misiles estadounidenses.
La macabra baronesa, dice Talbot, nerviosa y presurosa, ignoró la afrenta de la subversiva Hamnett, pero de esta forma colocó las playeras con eslogan en un lugar que, en el mundo del punk, no tenían. En 1983 Hamnett ya había diseñado playeras con mensajes como “Worldwide Nuclear Ban”, “Save the Sea”, “Save the World” o “Stop Acid Rain”. De acuerdo con Caroline Young, las ideas de Hamnett fueron adoptadas por la cultura pop. Precisa que sus diseños se vendían en setecientas tiendas de cuarenta países. Y sí, después de esto, pasaron a ser parte del mundo de la moda y de los mercados de consumo. Grupos musicales de dudosa calidad como The Clash, Wham! y Frankie Goes to Hollywood, entre muchos otros, se aprovecharon de esta coyuntura para hacerlas parte de sus atuendos.
Convertidas en moda, en parte de los objetos de consumo, estas playeras para bobos parecen ya no tener nada de subversivo. Son parte del sistema de las apariencias que no diseñan quienes las portan. Sólo las seleccionan. El gran sociólogo de origen canadiense Erving Goffman decía que para dar una charla radical, que parezca genuinamente informal, espontánea y relajada, el locutor tenía que planear su guión afanoso, probando una frase tras otra a fin de mantener el contenido, el lenguaje y su elocución, así como el ritmo. Sin embargo, podríamos agregar que los locutores —para no decirles conferencistas o expositores— también seleccionan su atuendo.
De hecho, hoy hay algunos que todavía se atreven a salir con playeras con eslóganes que consideran subversivos. Como si eso los hiciera ver, por decirlo de algún modo, más radicales. Pero, ¿qué de radical tendría comprar una playera con eslogan subversivo, ¡en Amazon!, y lucirla en una fiesta, en una marcha o en un evento académico? Ponerse una playera con eslogan subversivo, hoy día, es más bien un símbolo básico de lo que ese brillante sociólogo de la Universidad de Pennsylvania, Randall Collins, ha dado por llamar consonancia emocional y solidaridad ritual. Es una forma de pavonearse más que oponerse real y activamente a algo. Es decir, es una práctica juvenil y propia —ya lo dijimos, pero lea con atención— de los adultos infantilizados.
Sin embargo, lo interesante de las playeras con eslogan no está en la debilitada fantasía juvenil y la anquilosada idea de los adultos infantilizados de que portando una pueden hacerse pasar por seres subversivos, irreverentes, contraculturales, insolentes, irrespetuosos, mordaces, impíos, vándalos, antisistema, etc. No. La virtud de estas bobas playeritas es que construyeron una actitud cultural que, obviamente, se volvió moda: dígalo con su playera.
¿Quién puede sentirse transgresor siendo parte de una moda? ¿Moda transgresora? Vaya oxímoron.
Post Scriptum: tratar de decir algo con una playera es una especie de balbuceo cultural de quienes sólo pueden encontrar significados limitados en frases sueltas en su ropa. Estampar un libro completo del grandioso Stuart Hall —quien sí estudió en serio los Rituales de resistencia— en una playera, no cabría en un pedazo de tela tan pequeño. ![]()



