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Juan Gabriel, una década después

El primer ídolo impulsado por la televisión mexicana

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Agosto, 2026

Nació el 7 de enero de 1950 y partió de este mundo en agosto justo un día como hoy: 28 de 2016. Se cumple una década de la muerte de Alberto Aguilera Valadéz, conocido artísticamente como Juan Gabriel. Cantante y compositor mexicano, es considerado como uno de los artistas con mayor éxito en América Latina. Y sí, mucho se ha hablado superficialmente (y se sigue hablando así) de su éxito. Sin embargo, muy poco se ha analizado éste a cabalidad y de manera más profunda. Como señala (y pregunta) el periodista y cronista musical Víctor Roura en este ensayo: ¿no es acaso Juan Gabriel el primer mito monumental proveniente de la industria mediática? ¿Cómo un mito de la canción popular compone alrededor de 1,800 canciones y sólo una veintena le resultan buenas? En efecto, como puntualiza el propio Roura aquí: “Pero de estas cosas nadie quiere hablar por temor a la fragilidad popular

Luego del escritor Amado Nervo, nacido en Tepic en 1870 (entonces perteneciente a Jalisco, hoy Nayarit) y fallecido en Montevideo en 1919 a los 48 años de edad, es Juan Gabriel, casi una centuria después, el cantor juarense, nacido en Michoacán el 7 de enero de 1950, el artista que ha recibido una multitudinaria despedida por parte de la población. El primero, poeta, bajo el fervor espontáneo de la gente que conocía sus escritos. El segundo, compositor, resulta ser el primer ídolo impulsado por la poderosa industria mediática que a principios de 1970 —cuando Juan Gabriel da a conocer su primera canción en la radio mediante la compañía RCA Víctor— apenas tiene dos décadas de surgida en México.

La fuente de la popularidad

Murió Alberto Aguilera Valadéz, conocido como Juan Gabriel, hace una década, el 28 de agosto de 2016, a sus 66 años de edad no en su Parácuaro natal sino, obviamente, en la ciudad de sus sueños: California, en Estados Unidos, donde compraba propiedades que finalmente fueron arrebatadas entre sí por la familia y amoríos del popular compositor, el primero avalado e impulsado por la industria televisiva, exaltado como un grande de la música radiofónica no obstante su propia contradictoria evidencia discográfica.

Pero la simpatía generalizada, en efecto, lo ha puesto en un primerísimo lugar en el rubro de la sintonía sonora cotidiana sin ningún ánimo de rebatirle el menor descuido en su vasto catálogo melódico, ese mismo que su discográfica pagara puntualmente a las empresas radiales para su continua programación mediática: recuérdese que sin la oportuna payola, ningún intérprete ni compositor era programado, por muy bueno que fuera.

Primero fue el impulso mediático, después, por eso mismo, la adoración del pueblo, porque el oligopolio mediático (pese a distanciarse el cantor de dicho medio al percatarse de la mezquindad que habita en el interior de esta fábrica de la farándula, mas sin dejarla ir del todo pues autorizó su biografía dramatizada —nada menos que producida por Disney, que vendió la telenovela al mundo hispano, comprándola, por ejemplo, TV Azteca, la réplica de Televisa, como todos los mexicanos sabemos— que se transmitió tanto en la tele abierta como en la de paga, serie que, cosas de la vida, al llegar a su término moría justo —el propio Juanga— en esos días, el domingo 28 de agosto, el Divo de Juárez —en una muerte sorpresiva, sin velorio, sorteando a la fastidiosa prensa, engañándola, con las cenizas prontas, sin pararse en ninguna agencia mortuoria, se dice que sin acta de defunción previa, sospechosa, dicen los que dudan, como se dudó en su momento de la muerte de Pedro Infante, de Elvis Presley, de Michael Jackson—, como si hubiera estado planeada tal estrategia comercial) jamás dejó, el oligopolio mediático, de subrayar su origen humilde y su acción filántropa al fundar, por ejemplo, una casa de música para niños pobres. (Y, a pesar de la homofobia según el cronista Carlos Monsiváis, que lo adoraba —Monsiváis a Juanga—, se habló demasiado de la homosexualidad del cantor como un factor que lo benefició grandemente: ya se sabe que, por coincidencias sexuales, Juan Gabriel cantó en 1990 en el Palacio de Bellas Artes gracias, sobre todo, a la intervención del cronista, entonces Monsiváis de 52 años y el compositor de 40 años, al grado, para engrandecer aún más al cantante, de no permitirle a nadie más ese monumental foro.)

Acaudalado, Juan Gabriel, como los magnates que dicen amar a su país, decidió radicar, en una decisión muy suya, en Estados Unidos y hacerse, allí, de mansiones para mantenerse alejado del fisco mexicano, institución con la que tuvo serios problemas de evasión de impuestos, que la población subsanaba de inmediato acudiendo masivamente a sus conciertos…

Pero lo que apunto son minucias.

A Juan Gabriel se le perdonaba todo. Porque, se insistía en los medios, era del pueblo y servía a su pueblo (aunque fuera inalcanzable e inaccesible, como Luismi, ya sin ninguna necesidad del respaldo de los medios porque sus figuras mitológicas ya estaban adecuadamente configuradas, de modo que ellos podían, con entera libertad, ahora vetar a los medios que los había creado: la magnificencia y ventaja del ídolo que supera sus propios orígenes, como el munificente caso, digamos, de Michael Jackson en Estados Unidos, que ni sus acercamientos perversos con menores de edad logró derruir la atónita admiración popular, también él harto de las veleidades del mercado electrónico), de ahí que, después de la soberbia sepultura del poeta Amado Nervo en 1919 —la más grande manifestación de duelo provocada por un artista en México (ni los fallecimientos de Pedro Infante ni, mucho menos, el de Cantinflas pudieron acercarse a esta ingente conglomeración espontánea, dolorosa, sin los procesos inducidos inherentes a los imanes mediáticos de ahora)—, casi un siglo después —exactamente 97 años después, de 1919 a 2016—, sea justamente la de Juan Gabriel, y superándola con desmesura (la influencia poderosa del ámbito de la tecnología reflejó con ampulosidad y claridad su impacto educativo en una sociedad entonces voluntariamente televisiva, receptora de los códigos creados por la industria electrónica), la que mayor afluencia de personas acudiera a despedirlo, acaso unas 700,000 (cifra subrayada con énfasis, como para exhibir la fuerza demoledora de las nuevas plataformas digitales junto con la dominancia propulsora del sistema mediático, orgulloso de haber implantado, según se dijo, “todo un récord” en el adiós a un ídolo popular), en torno de Bellas Artes, número parsimoniosamente acorde al estatus de venta que en vida obtuvo el Divo de Juárez por haber tenido, desde su inicio artístico, los reflectores tras de sí.

Un joven Juan Gabriel ilustra la portada de su disco Siempre en mi mente de 1978. (RCA/Ariola/Sony)

Pero de estas cosas nadie quiere hablar por temor a la fragilidad popular: con Juan Gabriel, Televisa expuso, si bien durante muchos años lo vetó (pero el cantautor, con el vuelo ya alzado, enfatizaba que él, no el emporio, era el que lo había vetado, no al revés; quizás por ello la cortedad sobre su muerte en los canales de la familia Azcárraga en comparación, nutrida y excesiva, con las otras televisoras, incluyendo las de paga), su maravilloso don de la suprema ubicuidad: el pueblo adoraba a Juan Gabriel porque prácticamente lo vio nacer artísticamente, en pañales, cosa que no había ocurrido jamás en un cantor popular. Ni José Alfredo, ni Agustín Lara, ni Álvaro Carrillo corrieron con esa dicha.

Gracias a Dios los discos se siguen vendiendo

Luego de una considerable ausencia en el mundillo de la farándula que durara prácticamente una década, desde su retorno —en 1994 con el disco Gracias por esperar— fue notorio el deslizamiento lírico en Juan Gabriel al llegar a los innecesarios niveles de quebranto musical que se desprenden, notoriamente, a partir de su disco Todo está bien (1999), que exhibe a un artista en el declive de su carrera, en el descenso más dramático que pudiera concebirse en un cantor que alcanzara la gloria cimera en el mercado artístico de México… aunque el propio autor no se hubo percatado de esta evidente inmersión (“mis discos, gracias a Dios, se siguen vendiendo como pan caliente”) por carecer de una autocrítica artística y por el siempre respetable respaldo de una casa discográfica que no reparaba en medianías si éstas continuaban acrecentando la redituable inversión (en Juan Gabriel la demasiada cantidad compositiva no significaba forzosamente una asegurada calidad).

Pero, si hacemos una meticulosa revisión de su catálogo discográfico desde su aparición en la escena musical en 1971 —a sus 21 años de edad—, tampoco debiera extrañarnos esta aparatosa caída, palpable, más aún, en sus últimos discos, apresurados, sin argumentos líricos (“en la frontera la gente es cada vez más feliz… porque se supera”), con dúos estratégicamente mediáticos, grabaciones en vivo de euforia rentable, acaso sometidos a padecimientos innombrados personales. Porque, si guardamos proporcionalmente la distancia creativa con el personaje que citaré en seguida, ciertamente Juan Gabriel tenía una capacidad endemoniada para crear melodías a la par, digamos, de un Paul McCartney, incansable ritmista vocal, como Juanga, con la excepcional diferencia de que el británico, debido a su ingenio melódico, es capaz de inventariar canciones a partir de su propia capacidad vocal sin que parezcan caricaturas de sí mismo, como ocurrió en el último periodo musical de Juan Gabriel, por desgracia, una réplica de sí mismo ad infinitum.

Los discos de Juan Gabriel (¡casi un centenar en su amplia discografía, repeticiones unos de otros, versiones a dúo, reiteraciones instrumentales, versos primarios extendidos hasta el colmo de la incomprensión) son tan desiguales, olvidables y esporádicamente acertados que dicha desfiguración no concuerda con el perfil exitoso que de Juan Gabriel se tiene en el termómetro de la popularidad. Si bien su calificación de artista popular proviene, sobre todo, del manejo exhaustivo que de su figura hizo la televisión comercial (de la extrema pobreza a las mansiones al otro lado de la frontera mexicana, del hijo probo a la terrible orfandad, de la miseria a la fundación de casas para niños desamparados, del ocultamiento de los impuestos millonarios a la amistad con políticos encumbrados, del altruismo inesperado al oportunismo igualmente inesperado), su aprobación en el orbe intelectual, que nada tuvo que ver con la respuesta televisiva, se basa en un orden menos ortodoxo: su condición homosexual en una industria dominada por heterosexuales.

Juan Gabriel en la portada de su disco Recuerdos II de 1984. (BMG/Ariola/Sony)

La valentía de un homosexual

De inmediato, más por simpatía que por reconocimiento inequívoco, Carlos Monsiváis abordó el fenómeno en su libro Escenas de pudor y liviandad (1988, donde arguye, no sin cierto cariño, que el cantor michoacano pero hijo adoptivo de Chihuahua es odiado en un medio masculinizado, pero la realidad nos indica otra cosa, pues Juan Gabriel con premura es promovido por la televisora de Emilio Azcárraga Milmo (1930-1997), mediante el locutor Raúl Velasco (1933-2006), en un momento en que el país se desprendía de la radiofonía, más pluralizada acaso porque los artistas carecían de un rostro al superarlo los efectos y dotes, prioritarios, sonoros: las Tres Conchitas no cantaban exhibiendo sus cuerpos ni sus gestos, a diferencia de la novedosa televisión, en la cual el propio Raúl Velasco, por ejemplo, no permitía que el cantante guerrerense Juanello apareciera en close ups por su “fealdad” que distanciaba a los espectadores de su música, según el irrefutado discurso de las autoridades del deslumbrante nuevo medio de comunicación, con apenas dos décadas de vida en el momento en que Juan Gabriel aparece por primera vez en las pantallas.

Eran los primeros fervores de la inducción musical televisiva, donde gente como José José, Daniela Romo, Emmanuel, Manoella Torres, Napoleón, Verónica Castro o Juan Gabriel, y aquí se equivocaba Monsiváis, no construían ellos ni ellas, sino la gran industria mediática en ciernes, su destino musical.

A falta de nuevos compositores, el sistema televisivo se decidió a seleccionar esta segunda camada artística (la primera resultó ser la generación rocanrolera) dispuesta, por supuesto, a aceptar todas las condiciones que les imponía la industria con tal de adquirir la bendita fama que trae como secuela milagrosa la acumulación desmesurada, poco a poco, de dinero proveniente de las masas espectadoras (esos “jodidos” a los que se refería con inconsútil deferencia Azcárraga Milmo).

“El triunfador perseguido por la homofobia”, escribió Carlos Monsiváis… pero nunca sucedió tal cosa en la realidad, pues Juan Gabriel tuvo las puertas abiertas en las compañías disqueras para que hiciera lo que le viniera en gana (que tampoco fue así, ciertamente, ya que, inhabilitado músico pero precoz inventor de ingeniosas melodías, fue respaldado en los arreglos musicales nada menos que por gente de prosapia sin cuya presencia vaya uno a saber qué hubiera sucedido con las propuestas melódicas de ese joven que, según llegó a decir el mismo Juanga alguna vez, había adquirido la fama “sin haber leído un solo libro” en su vida), ya que lo que grabara, aun la canción más inaudita, la maquinaria discográfica la convertiría de inmediato en un gran éxito al reproducirla miles de veces durante el día en las ondas hertzianas.

Agujitas en el pajar

Para la industria, el homosexualismo de Juan Gabriel no fue nunca, como dijera erróneamente Carlos Monsiváis, un obstáculo y si producía escándalo (el chisme, la altanería, el rumor, la banalidad y la gangrena verbal son incisos perdurables en las eventualidades noticiosas de todos los medios electrónicos a los que, en un principio, accedía, o tenía que acceder, Juan Gabriel para ganarse un estatus en la aceptación popular, cosa de la cual, ya mucho después, comprendiendo la vulgaridad de la prensa rosa, se distanciaría con suma inteligencia: su fama rebasaba, con mucho, la algarabía insustancial de la dichosa industria que, paradójicamente, le dio vida) era, el escándalo, para bien de la propia promoción.

A los vendedores les tenía sin cuidado el amaneramiento excesivo del cantor si con ello triplicaban su inversión. Incluso cuando un perfecto canalla que era secretario del ídolo, de nombre Joaquín Muñoz, publicó un libro, al mediar la década de 1980, con fotos “comprometedoras” del artista, en realidad no causó ningún deterioro en la imagen de Juan Gabriel, ni sus discos dejaron de venderse. Que el acostumbrado morbo de la televisión ahondara en esas páginas no significaba un generalizado linchamiento al compositor —tal como tampoco, pese a las exacerbadas informaciones amarillas de los noticieros, aconteció con Gloria Trevi, cuya aura erotizadora no ha decaído en el mercado de la exposición sexual pese a los delitos que cometiera en perjuicio de bellas jovencitas menores de edad. En todo caso, el problema de Juan Gabriel era, fue, Juan Gabriel mismo, pues su oficio no lo mantenía en un nivel continuadamente lineal. Si cantó en Bellas Artes, en 1990, lo hizo con la aprobación de la clase intelectual (Monsiváis a la cabeza) y no por una estricta valoración de su fórmula musical. (¡Porque con Juan Gabriel había dinero, mucho dinero, los atrilistas de la Orquesta Sinfónica Nacional prefirieron presentarse con el Divo de Juárez que con Frank Zappa, donde no había sustancia económica!)

Juan Gabriel ilustra la portada de su disco Los Dúo de 2015. (Fonovisa/Virgin)

Porque en definitiva una cosa es ser una buena persona, como lo fue indudablemente Juan Gabriel, y otra ser un buen artista, como no lo fue en la totalidad de su creación grabada. Si en sus comienzos se distinguía de los otros autores era por su dominio versátil de la melodía, que rebasaba con mucho al propio contenido escritural de la composición. Y ante esa acometida insaciable por el triunfo radiofónico que caracterizaba al primer Juan Gabriel, y que lo hacía producir discos como si se trataran de tortillas recién horneadas, salían, esporádicamente, algunas letras afortunadas, como la de “Se me olvidó otra vez”, que es una punzante aguja en el ruidoso pajar.

Sin embargo, el público olvida el verdadero factor del éxito juangabrielano: sus arreglistas, como Eduardo Magallanes, Chucho Ferrer, Jesús Rodríguez de Híjar, Pocho Pérez, Lázaro Muñiz, Rigo Gómez Cova, Chuck Anderson o Jean Poll, que supieron cubrir, con admirable empeño, las evidentes fisuras que desde el inicio hacían mella en las manidas composiciones que, por su primitiva estructura “poética”, por el desaseado uso de la sintaxis, por la vacuidad verbal intrínseca (en una pieza suya, grabada en vivo, se burla, lero lero, de la pobre mujer que ya no lo amó, y otras donde el perdón es factor conciliador para que la amistad no se pierda aun sin amarse…), se reforzaban únicamente en el acompasado acento de su rica melodía.

En este sentido, habría que aceptar sin duda que Juan Gabriel era un asombroso exponente de la melodiosidad mexicana; pero de ahí a calificarlo como un excelso compositor en su acepción rigurosa hay todo un exceso de concepción artística. Para entendernos a cabalidad, si nos atenemos estrictamente a su vasto trabajo discográfico, podemos afirmar que estamos delante de un incansable tarareador de la música pero de un deficiente inventor de letras musicalizadas; estamos delante de un imaginativo inventor de notas sucesivas pero incapaz de completarlas creativamente con letras, sino con meras acrobacias del lenguaje (“No estés triste José María Napoleón…”, canta ajustando las palabras con ingenio delante del piano que toca precisamente Napoleón, porque no puede decir otra cosa, pero su ingenio melódico es arrebatador, sostenido, imparable). El mismo defecto que caracteriza a Paul McCartney: imaginativo creador de melodías pero cansino creador de letras acordes con su portentosa melodiosidad. De vez en cuando, ante esta avalancha perenne de rubros melódicos, por supuesto que saldrá, ocasionalmente, alguna monumentalidad. Así ocurre con Juan Gabriel. Pues hasta en sus más memorables canciones, que no suman ni la veintena (pues una cosa es que el público se las sepa de memoria por un acto reflejo del condicionamiento comercial de la música y muy otra que lo cantado, lo repetido memoriosamente, posea alguna calidad literaria, como sí ocurría con el noble poeta José Alfredo), hallamos esa indefectible medianía artesanal: ¿por qué diablos, en la canción “Amor eterno”, existe un párrafo como el siguiente: “Oscura soledad estoy viviendo/ la misma soledad de tu sepulcro/ tú eres el amor del cual yo tengo/ el más triste recuerdo de Acapulco”, que resulta finalmente una parrafada por esa búsqueda, infantil e ingenua, de la estrepitosa rima —sepulcro / Acapulco— que derrumba fatídicamente una probable buena composición? ¿Sabía usted, lector, lectora, que esta canción, “Amor eterno”, no fue originalmente dedicada a la madre del cantor sino, con el tiempo, el público fue el que se hizo a la idea de que dicha pieza es para las madres del país con la ulterior aceptación del propio compositor acerca de que la canción sí había sido elaborada a propósito para su madre? Sólo un autor como Juan Gabriel pudo haber compuesto, por otra parte, una canción como “Querida”, pues de esa forma cariñosa se nombran, por lo común, los amantes homosexuales, ya que en el lenguaje, digamos, varonil una “querida” es la otra, la segunda mujer. Aciertos involuntarios del cantor popular que cantaba sin percatarse, muchas veces, de las secuelas de su canto.

Sin embargo, nadie le decía nada (acerca de estos retruécanos de sus composiciones) al invicto triunfador porque, ¡oh leyes de la mitología cultural!, a pesar de las defectuosas evidencias, la crítica se ensombrece ante el apabullante éxito del criticado (¿no en la madrugada del primer día del año 2000 el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes le pagó a Juan Gabriel una ingente suma, cercana a los 30,000,000 de pesos para que entretuviera a los jubilosos ciudadanos en el Zócalo capitalino, actividad que definió, una vez más, la inoportuna acepción sobre “cultura popular” que tiene la institución rectora de la cultura en el país?).

No sólo eso: nadie le dijo nada sobre la cancelación, porque sí, de la casa para los desamparados infantes en Chihuahua, pese al tumultuoso dinero del artista en los bancos gringos, ni nadie decía nada cuando cantaba al PRI, en plenos conciertos para el pueblo, para él —Juanga— poder conseguir algún consentimiento económico (o de plano la exención total de los impuestos) en la hacienda pública nacional.

Pero Juan Gabriel ya no está con nosotros.

Y su mito, esculpido con sumo cuidado, a veces con cizaña (como suele hacerse en los medios electrónicos y escritos para que surtan a la larga positivamente en el señalado), en la industria mediática dio sus frutos bienhechores a la hora de su infausta partida, que lo llevó, sin él saberlo, al mismísimo Palacio de Bellas Artes para rendirle homenaje (y tardíamente, pues a pesar de la insistencia de las autoridades supremas de la cultura mexicana, la familia del Divo de Juárez tardó en aceptar, como a regañadientes, el ofrecimiento del tributo, acostumbrados también los parientes a la reticencia de las moradas intelectuales, no por algo tanto Juanga como su descendencia eligieron radicar en Estados Unidos), a él, un hombre que, como Roberto Cantoral (también velado en ese suntuoso recinto de la cultura), jamás pisaron por su propio pie, de manera voluntaria, monumentos de este tipo sencillamente porque nunca se interesaron por el arte de los demás.

Juan Gabriel. / Fotocollage: J.D.R. | SdE

¡No apaguen la luz!

En su disco Todo está bien, Juan Gabriel logra abochornar —aún más— al receptor que de pronto se encuentra con un músico demasiado pagado de sí mismo (agradece al productor Vavy Lozano por esta producción discográfica “que dice lo orgulloso que te sientes de tener como amigo a un artista como yo”, apunta inmodestamente el cantor en la página de gratitudes que cierra el cuadernillo del compacto), pero cada vez más debilitado en sus atmósferas literarias. No hay una sola canción, de las diez incluidas, que hable de un mínimo avance compositivo de su autor. Por el contrario. En “Todo está bien”, la pieza que a diario se escuchó en las estaciones radiofónicas (con la acostumbrada rutina de la payola, el slang que se usa en el medio para indicar la corrupción programada: pay, pago; ola, término final de la rockola: depositar dinero en la rockola para que empiece a girar el disco con la canción que uno quiere oír), Juan Gabriel exhibe su indiferencia vivencial: “Si la gente canta, todo está bien/ si la gente baila, todo está bien/ si la gente toca, todo está bien/ si la gente ríe, todo está bien”.

Amándonos mucho, queriéndonos tanto, no hay por qué llorar, todo está bien (“pero qué necesidad…”). Y con ese su afán infantil por rimar cada una de sus canciones, logra verdaderos bochornos (como en demasiados raperos) de la música popular: durante la Luna llena, Juan Gabriel se vuelve, ¡ay!, un lobo feroz, “así es que esta noche/ no te puedo ver/ que adentro del coche/ te puedo comer”. En la canción “No apaguen la luz” convierte en galimatías una propaganda oficial quintanarroense: “Entre Mercurio, Urano y Plutón/ yo tenía un planeta y él era mi hogar/ pero una guerra que se desató apagó la luz/ alrededor de Saturno quedó/ mi planeta Erra en pedazos está/ gire y gire en torno de su alrededor/ ése fue su fin/ pido que ya no apaguen la luz/ vengan a Xel-há, vengan a Tulum/ ya no apaguen la luz/ vengan a Xcaret, vengan a Cancún”.

La música, arreglada como ya se ha dicho por Vavy Lozano, está a una altura insospechada, muy distante de su correspondencia literaria. El disco, como todos los de Juan Gabriel, se tararea con mucha facilidad. El problema viene cuando se traduce el tarareo en letra tangible, en letra concreta, en letra memorizable (¡y qué congoja cuando esta detestada canción se nos imbrica en el cerebro haciéndonos repetirla, involuntariamente, de modo exacerbado durante horas interminables en el fastidioso día!). Y no dudo que los políticos (¡uno de ellos, sagaz, propuso en el Congreso de la Unión el cambio inmediato de nombre del Palacio de Bellas Artes por el de Palacio Alberto Aguilera Valadez!) y empresarios y demás habitantes del dinero y el poder, como decía ufano Carlos Monsiváis (como si con ello pudiera medirse la popularidad de un cantor), muevan nuevamente sus caderas y sus palmas ante el júbilo y el coqueto bailable de Juan Gabriel, así como tampoco que los ciudadanos apresados entonces en las redes del poder mediático (y también apresados en las redes sociales donde prácticamente consideraron a Juan Gabriel un héroe divino de la música popular) aplaudan fervorosos y enloquecedoramente a su ídolo, pero eso no me va a impedir asegurar que estamos ante un caso severo de contagio irrazonado musical, y que con ello documentamos paradójicamente el optimismo nacional, el mismo que a diario apreciamos, con estupor y valentía, con fiereza y nostalgia, con decepción y rencorosa alegría, en los canales públicos televisivos de este melodioso país.

El mito (la construcción meticulosa del mito) ha aplastado silenciosamente, pero con caudalosa firmeza, la timidez de la contrastante realidad de su a veces vigorosa, a veces fatigosa, a veces mediana música.

Siempre me preguntaba: ¿cómo una buena voz, en ocasiones portentosa voz, equilibradamente aguda de Juan Gabriel, podía cantar canciones con letras visiblemente agotadas, simuladamente barriales, evidentemente producidas por alguien que desdibujaba los decires convirtiéndolos en piezas apaciblemente ingenuas, primariamente románticas, potencialmente inconclusas?

Y me pregunto: ¿cómo una voz así podía navegar en un mar de inconstancias vivenciales?, ¿cómo un mito de la canción popular compone alrededor de 1,800 canciones (el grande José Alfredo compuso el 10 por ciento, pero todas ellas correctas, sin par) y sólo una veintena le resultan admirablemente buenas?, ¿dos docenas de buenas canciones que coadyuvaron a levantar el descomunal mito?, ¿no es acaso Juan Gabriel el primer mito monumental proveniente de la industria mediática al grado de que ya algunos locutores empezaron a sugerir la colocación de sus restos en la Rotonda de los Hombres Ilustres?, ¿no un mito se construye a partir de algunas mentiras que pasan por verdaderas?, ¿entonces la ciudadanía debe de creer a pie juntillas todo lo que se dice de un mito en las plataformas electrónicas?, ¿un cantor es un hombre ilustre por haber hecho cantar a las personas y enriquecido en consecuencia por ello?, ¿cómo se elige a quien va a ser en un futuro un mito?

¿Cómo?

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