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Detenido
Agosto, 2026
Ya no se puede decir con certeza que Vicente Huidobro integra, con Neruda y Vallejo, el tríptico mayor de la poesía hispanoamericana del siglo XX. En cambio, es indiscutible que fue el segundo poeta hispanoamericano en provocar una renovación poética en España y Latinoamérica. Aún subsiste una extraña discusión en torno a su cuadernillo titulado El espejo del agua (1916). Ya no más, escribe Mario Campaña en el siguiente texto. Una carta inédita del escritor chileno a su madre zanja definitivamente el enigma en torno a la fecha de publicación original de esta obra.
Mario Campaña
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Ya no se puede decir con certeza que Huidobro integra, con Neruda y Vallejo, el tríptico mayor de la poesía hispanoamericana del siglo XX. En cambio, es indiscutible que fue el segundo poeta hispanoamericano en provocar una renovación poética en España y Latinoamérica. Aún subsiste una extraña discusión en torno a su cuadernillo titulado El espejo de agua (1916). El primer poema de este, “Arte poética”, exponía una nueva doctrina que Huidobro, inspirado en Emerson, había perfilado ya con consistencia en 1914, en el manifiesto “Non Serviam” (‘No te serviré’). La poesía debía dejar de imitar, cantar o describir a la naturaleza: su deber era crear, crearlo todo, incluso la flora y la fauna. En ese poema estaba, entero, el programa del creacionismo: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!/ Hacedla florecer en el poema”, dice. Así, el ser del poeta tenía algo de divino. “El poeta es un pequeño Dios”, concluye el último verso. El espejo de agua fue el acta de nacimiento de la primera vanguardia de las letras hispánicas. ¿Nicanor Parra se burlaba de Huidobro cuando decía, a todas luces de modo extemporáneo, que “los poetas bajaron del Olimpo”?
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Cuando, en 1918, Huidobro afirmó que había publicado ese libro en 1916, fue acusado de acuñar una fecha anterior a la verdadera. ¿Por qué se da la primera noticia de ese libro recién en 1918? ¿Por qué no hay registro alguno previo? Aunque en la portadilla consta un pie de imprenta incompleto que dice “Buenos Aires, 1916”, Pierre Reverdy, primero, y luego Guillermo de Torre y otros testigos y críticos negaron que hubiera existido esa edición, de la que solo se conocen dos ejemplares. Ningún testimonio de defensa ha resistido las conjeturas sobre las posibilidades del fraude.
El poeta Braulio Arenas y los críticos René de Costa y Richard I. Admunsen, por ejemplo, aseguraron haber tenido en sus manos y examinado la edición impugnada, pero eso es insuficiente para desvirtuar la antedatación. Casi medio siglo después, el profesor Saúl Yurkievich apuntaba sin ambages que Huidobro trató “por todos los medios de demostrarnos su don de anticipación alterando a veces la cronología de sus obras, para adelantarlas a su verdadera fecha de publicación”.
En 2003, Cedomil Goic, responsable de la más completa edición de la obra poética del poeta chileno, ofreció pistas consistentes sobre la falsa edición. Goic anotaba que todos los ejemplares conocidos de ese libro son “de la misma edición impresa, en diferente papel y de dimensiones distintas, todo lo demás es idéntico”. Con respecto a los manuscritos, dijo que “hasta donde es posible determinarlo, datan todos de la primera mitad del año 1917”. Como la discusión también atañe al lugar de la edición, sacó a colación una carta del 5 de mayo de 1918 que Huidobro dirigió a su madre desde Beaulieu, Francia, en la que aludía a El espejo de agua como “una plaquette que publiqué en España en noviembre de 1916”, con lo que el mismo autor contradecía la publicación en Buenos Aires. El 9 de febrero de 1917, Huidobro escribía una nueva carta a su madre en la que incluía los primeros versos del “Arte poética” mencionada más arriba, pero en una versión preliminar, no en la que se conoció luego. Para Goic esos versos certificaban que “para comienzos de 1917 el poema no estaba concluido ni el libro publicado”, pese al pie de imprenta. Goic sólo citaba un fragmento de esa carta, que permanecía en manos de un coleccionista privado.
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El investigador español Carlos Fernández López, uno de los grandes expertos de hoy en las vanguardias latinoamericanas, encontró recientemente, en los archivos de la Fundación Huidobro, de Chile, la carta íntegra y, además, otra, de 27 de agosto de 1918, asimismo dirigida por el poeta a la madre, y que Goic no llegó a conocer. Esta nueva carta podría implicar el final del misterio de El espejo en el agua y su “Arte poética”. Es una carta que no se ha hecho pública hasta ahora, salvo el fragmento incluido en un artículo de Fernández publicado en la revista Plenamar y titulado “¿Fin de una polémica centenaria? Nuevas informaciones sobre el ‘Arte poética’ de Vicente Huidobro”, utilizado luego en la ponencia oral presentada por el mismo investigador en la Universidad de Alicante. Reproducimos la carta íntegra, agradeciendo a Fernández López por ofrecer esta exclusiva:
[Carta de Vicente Huidobro a María Luisa Fernández]
Madrid, 27 de agosto 1918
Chère mamá:
Acabo de recibir su carta fechada 18 julio.
Como le dije en mis anteriores, estuve bastante enfermo de los nervios, pero gracias a los cuidados del doctor Encina, ya estoy mucho mejor.
Esta ciudad es muy aburrida; sería la más latosa del planeta si no existiera aquella otra en que viven ustedes.
No se haga muchas ilusiones respecto a mi viaje. Yo iré solamente a comer humitas y me vuelvo.
América es por el momento una cosa tan ridícula y tan sin gusto a nada, que no puedo comprender como tiene algunos habitantes.
Nos ha parecido muy raro y absurdo eso de que Manuelita no quiere volver por no vivir con usted.
Eso no puede haberlo dicho nadie que vaya de aquí. Eso está inventado y estudiado allá.
Sabe usted muy bien que Manuelita la quiere mucho y constantemente piensa en usted.
Además, usted sabe que si no fuera por usted no nos moveríamos de aquí y no nos hubiéramos movido de Francia, ya que aquello de que vamos a comer humitas y volvernos es solo un decir para demostrarle la rapidez con que pienso tomar el vapor de regreso.
Y pasemos a la terrible cosa del rendimiento de cuentas.
No se olvide que el Banco Anglo no debe cobrarles las 2.000 pesetas de Julio ya que no las ha pagado.
Dice usted en su carta: “Acabo de arreglar con el Banco Anglo de modo que te entreguen 2.000 pesetas; te mandé 500 extra”, etc.
El banco no nos ha dado sino las 500 el mes de julio y 2.000 que creo eran las de mi papá a Marie Louise; por lo tanto debe las otras dos mil. Si esas dos mil eran las suyas, deben entonces las dos mil de papá.
Además, el banco no ha querido pagarnos tampoco, hasta ahora por lo menos, el mes de agosto diciendo que no ha recibido ninguna orden de pago. En los primeros días de agosto les hice poner un telegrama a Chile preguntando, pues ya no teníamos casi nada. 15 días después como aún no había contestación les hice poner otro telegrama y… esperamos contestación.
Por ahí el 15 de agosto, no teniendo ya ni medio centavo me vi obligado a pedir prestado a un señor mil pesetas, las que me prestó con un interés algo subidito, pero, en fin, espero pagarle pronto apenas reciba el mes.
Así, por no dar una orden a tiempo, se va dejando el dinero tontamente en manos de un desconocido.
Y esto que me pude aguantar un poco, porque recibí 400 francos de Francia de mi editor.
Como ya Diego Castro ha llegado iremos hoy o mañana al Banco a ver cómo se arregla esto. Llevaré sus cartas para que las vea el director.
Otra cosa, que además de lo que perderé del interés que debo pagar al señor prestamista, además de lo que perderé por los dos cables puestos y las 2.000 de julio, perderé aun mil pesetas más, pues seguramente el banco en vez de pagarme los 15 de cada mes, como antes, me pagarán los primeros perdiendo así la mitad de un mes.
Esto no me importaría nada si usted con esa serie de cartas ridículas a aristócratas, soi dissant, no me hubiera obligado a llevar un tren de vida profundamente antipático y caro.
Después de las visitas y las invitaciones (correspondidas) de Trinidad, he tenido en casa tres veces a Don Miguel. Me he visto obligado por sus atenciones a convidarlo a comer y cuando él arrienda un auto para pasear conmigo tengo yo después que arrendar otro —¡¡¡¿y lo que aquí cuestan!!!— para no ser menos.
Qué asco. ¡En qué berenjenal absurdo y lamentable me ha metido usted y cuánto tiempo me hace perder!
Pero no vaya a creer que estas cosas que le cuento son indirectas para que me envíen más dinero. Felizmente he cortado rotundamente con toda esa gente y no pienso pagar más visitas a nadie. Mi paciencia se agotó.
Figúrese usted que me vi obligado a comprar una vajilla completa porque aunque alquilé la casa puesta, la vajilla era imposible. Se conoce que la señora que me alquiló el piso era antes propietaria de algún hotel pues en todos los platos, tazas, etc. decía con grandes letras rojas “Hotel Bilbaíno” y así no se puede invitar a gente bien, según dicen por ahí.
Me habla usted de que nos volvamos en primera de lujo, pero como siempre no fue a la agencia de la Trasatlántica a preguntar precios. Así será imposible entendernos y veo que va a armarse otro galimatías y que será muy difícil poder partir el cuatro de noviembre, porque yo no me muevo de aquí mientras no vengan las cosas claras y precisas sobre cómo debemos partir. No quiero más enredos y que allá puedan creerse cosas que no existen.
Vaya a la Trasatlántica, calle de Bandera, frente a nuestra antigua casa, y pregunte los precios por persona en los más baratos camarotes de la primera de lujo que es la primera verdad, porque la otra primera es peor que una segunda, como la segunda peor que una tercera.
Somos dos personas grandes y dos niños, la guagua no cuenta.
Y para segunda económica Ana y la francesa. Y todavía pretende usted hasta que llevemos ama. Eso no es posible.
Dice usted que los camarotes de primera de lujo llevan catres. Sí, pero esos son los extras y valen ocho mil o diez mil pesetas el camarote, y eso yo no lo haría ni muerto pues lo encuentro sencillamente ridículo. Veo que vive usted en la lunita de Valencia.
¿Se fija usted cuánto nos costaría un viaje con ama y en esas condiciones? Creo que no sabe lo que dice.
Hay en primera de lujo otros camarotes mucho más baratos y al fin y al cabo es lo mismo porque de lo que se trata no es de ir en primera económica, pues allí se va bastante mal y lo tratan a uno como a cualquier tiendero.
Ultime pronto estas cosas y entérese bien de todo y respóndame antes de noviembre, lo cual creo difícil pues esta carta le llegará a fines de setiembre o comienzos de octubre.
Yo estoy muy ocupado corrigiendo las últimas pruebas de mis libros Poemas Árticos y Ecuatorial que aparecerán en estos días. Estos libros debieron aparecer en Francia y en francés hace cuatro meses, pero mi editor me escribe que por la falta de obreros no sabe cuándo aparecerán, pues como todo el mundo huyó de París en esos momentos, se paralizaron todos los trabajos.
¿Cómo está papá? ¿Y los hermanos y sobrinitos?
Esperando pronto abrazarles a todos reciban mil cariños y para usted todo nuestro recuerdo en un abrazo.
Vicente
Me he fijado que en su carta usted llama a Vicentito pequeño Dios. Vea usted cómo algo involuntario hay siempre de los padres en los hijos, yo le digo en mi libro:
Hijo
hermoso como un Dios desnudo.
Los niños le mandan mil cariños y besitos.
Marie Louise me asombra por su comprensión de todas las cosas a sus cuatro meses. Me quiere tanto que no puede pasar sin mí y muchas veces aun cuando trabajo se está a mi lado en su cunita muy silenciosa y mirándome con sus grandes ojos abiertos.
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La carta muestra los interiores de la típica familia endógena y mimosa de la aristocracia hispanoamericana, heredera de privilegios coloniales, que tiene a Europa y sus protocolos como su lugar natural y a América como un accidente “ridículo”. El interés literario se concentra en la posdata, que concierne al ya mencionado último verso del “Arte poética”. Según Carlos Fernández, la carta constituiría la prueba que faltaba a la teoría de Goic sobre la antedatación, la demostración de que la supuesta edición de 1916 en Buenos Aires fue un falseamiento. Ese “pequeño Dios” de la madre del poeta sería la primera formulación, el antecedente directo del último verso de “Arte poética”; y “hermoso como un Dios desnudo” era un verso del poema “Hijo”, del libro Poemas árticos, publicado en agosto de 1918. Cuando escribió “Hijo”, Huidobro estaba ya muy cerca, pero parece que sólo después de la carta que hemos transcrito antes pudo concebir enteramente la figura del poeta como un pequeño Dios. Su “Arte poética” y la publicación de El espejo de agua no pueden ser, pues, anteriores al 27 de agosto de 1918; no pudieron escribirse ni publicarse en 1916.

Aunque la antedatación de El espejo de agua parece ya probada, no es riguroso afirmar que la segunda edición de El espejo de agua, de 1918, fue en realidad la primera. Seguramente las dos son del mismo año, pero existe el testimonio del maestro Tomás Mariñas, de la imprenta madrileña Jesús López, según el cual Huidobro le llevó un ejemplar de la primera edición como modelo para que imprimiera la segunda “exactamente igual”. No sabemos qué imprenta estampó los dos ejemplares de la primera, que llevan el poco ilustrativo colofón “Este libro forma parte de la ‘Biblioteca Orión’”.
¿Qué se discute en esta polémica sobre la fecha y el lugar en que fue publicado por primera vez El espejo de agua, un cuadernillo de apenas nueve poemas? La motivación del autor es transparente y pueril: adquirir el prestigio de la originalidad y del poder de anticipación sobre las formas poéticas. Para la historia literaria se trata de algo más importante: establecer el momento y el lugar en que se lleva a cabo la ruptura cabal de la tradición poética en castellano, incluida la de Darío y sus seguidores. Nadie discute que el ariete de esa fractura en el ámbito hispánico fue Huidobro, pero quedaba por aclarar el lugar y la fecha. Gracias a los aportes de Goic y ahora también de Fernández López, ello parece al fin identificado: Madrid, 1918.
Huidobro llegó a París en 1916, con diecinueve años. Estudió filosofía en la Sorbona; frecuentó a Apollinaire, Reverdy, Jacob, Cocteau, Tzara, Breton; ayudó a financiar la revista Nord-Sud; publicó en ese órgano de la vanguardia francesa numerosos poemas; y, se mantuvo en comunicación con la vanguardia internacional. Se insertó por cuenta propia en una revolución en marcha. Pierre Reverdy escribió a Huidobro “nuestros esfuerzos paralelos se han encontrado”, y Max Jacob aseguró que Huidobro había “inventado la poesía moderna sin conocer los resultados del esfuerzo europeo”. No obstante, solo en el fragor de la vanguardia internacional y en París, escenario en las últimas décadas del siglo XIX de la mayor revolución poética acaecida desde Dante, con Mallarmé incorporando la espacialidad y acabando con la horizontalidad del verso, consiguió Huidobro, en 1918, llevar hasta su máxima concreción un puñado de intuiciones esparcidas aquí y allá desde 1912 en poemas, manifiestos y cartas, poniendo en letras de hierro su concepción del poeta como “pequeño Dios”. Donde Mallarmé había predicado la desaparición del sujeto de la enunciación, Huidobro propone un sujeto supremo. El resultado podría ser el mismo: la libertad para la creación de nuevos mundos, los de la nueva poesía. ![]()



