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Detenido
Agosto, 2026
El pasado 19 de enero había cumplido ocho décadas de vida. Empero, tras una “breve lucha” contra el cáncer, el pasado 25 de agosto Dolly Parton se marchó de este mundo. Aunque a menudo mucha gente no la tomaba en serio por su (eterna) imagen de rubia exuberante, detrás de ella —y, sobre todo, por encima de ella—, está una de las carreras musicales más fascinantes y una trayectoria profesional a prueba de todo. Y es que Dolly Parton no sólo fue reconocida y honrada por sus composiciones, interpretaciones y grabaciones, también en sus “ratos libres” ejerció de actriz, productora y empresaria. De ella nos habla, respectivamente, Rosemary Overell y Wendy Hargreaves.
Cómo Dolly Parton convirtió el artificio en talento artístico
Rosemary Overell
Hace unos días, echando un vistazo a los homenajes a Dolly Parton —desde el del Grand Ole Opry al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, pasando por los de influencers queer y algunos más—, me pregunté: ¿de verdad era ese su nombre real?
Sí. La “Reina del Country”, que falleció el pasado 25 de agosto a los 80 años, fue bautizada al nacer Dolly Rebecca Parton. Mi sorpresa ante la autenticidad de su nombre dice mucho de la contradicción que encierra su figura.
Porque… ¡menudo nombre! No era el diminutivo de un nombre serio, ni un nombre artístico, sino un nombre real que nos remite directamente a su imagen de celebridad tal y como era: arreglada, maquillada, un objeto con el que —se podría decir— jugaba la industria del entretenimiento. Esto hace darnos cuenta de la astucia interpretativa con la que jugaba la propia artista. Su melena rubia se convirtió en una seña de identidad, al igual que su orgullo y su irreverencia irónica hacia su imagen “plástica”.
Objeto de burla y sátira en ocasiones, esa imagen inicial de Dolly —en entrevistas, parodias e incluso su propia marca— solía estar relacionada con su aparente “falsedad”. Su figura en el sentido más literal —pecho, rostro, pelo— era obviamente artificial. Y, a menudo, estos añadidos sintéticos a su cuerpo se trasladaban a la suposición de que ella misma era, si no falsa, al menos algo superficial.
Sin embargo, Parton parecía querer ir más allá. Su primer éxito en las listas de música country fue “Dumb blonde” (que en español significa “Rubia tonta”) en 1967.
Jugando con la contradicción
El mismo año en que “Dumb blonde” entró en las listas, lanzó su primer álbum: Hello, I’m Dolly (“Hola, soy Dolly”). Esta inserción, posiblemente consciente, del sujeto (I am, “soy”) en un título musical tan familiar en los años sesenta (“Hello, Dolly”“), podría indicarnos un posicionamiento temprano de sí misma como “Dolly”.
En un género en el que la aparente sinceridad es primordial —la canción country que encabezó las listas en su año de debut fue la convencionalmente sentimental “All the time”, de Charles Greene—, Parton hizo del artificio su sello distintivo.
De nuevo, nos encontramos ante una contradicción. Ser falsa, adentrarse en los aspectos interpretativos sentimentales del género country, se convirtió en su verdadera firma: un rastro de su originalidad.
Por supuesto, la “sinceridad” de la música country —o de cualquier forma de música popular— es, podría decirse, espuria. Pero a finales de la década de 1960, con el auge del rock experimental, el pop de los poetas folk e incluso la Motown, la pretensión del country de hablar desde una posición auténtica era un argumento de venta, sobre todo para el público conservador.
Pensemos en el country psicodélico de los Flying Burrito Brothers y los Byrds que irrumpió en la costa oeste estadounidense por esa época. Su entrada en el Grand Ole Opry —legendario programa radiofónico y escenario de música country— se vio frustrada no sólo por el comportamiento dudoso de algunos de sus miembros, como Gram Parsons y Chris Hillman, sino también porque las matriarcas de Nashville percibieron una especie de parodia en sus impecables interpretaciones del estilo country.
En cambio, Parton fue acogida en el seno del género. Su historia personal y sus raíces la convertían en un producto country no sólo auténtico, también comercial. Y es que, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneas, ella componía éxitos originales.

Estilo ‘rosa chillón y brillante’
Cantando a la tirolesa durante los años setenta, Parton se abrió camino en el circuito del country con la canción “Jolene”, en 1974. Pero en la década de los ochenta, con su ascenso como estrella de cine y figura imprescindible en los medios de entretenimiento, la artista comenzó a jugar en serio con la dinámica entre lo real y lo falso.
Su talento interpretativo y su ingenio también se consideraban más que creíbles, en contraste con su “aspecto físico”. En su reseña del filme Cómo eliminar a su jefe (1980), el crítico de cinematográfico Roger Ebert escribió con asombro que Parton “apenas parece existir como ser sexual” en la película; más bien, es su “exuberancia natural y espontánea” lo que la convierte en la estrella.
De manera implícita (y la crítica de Roger Ebert era representativa), su cuerpo excesivamente femenino contrastaba con su talento, su profundidad y (de nuevo, según Ebert) su “presencia”. Curiosamente, para Ebert, la única forma de explicar tal capacidad era insinuar una falta de inteligencia: un talento natural, sin formar, auténtico.
La feminidad consciente y artificiosa de Dolly también la impulsó a convertirse en un icono para el público queer. A pesar de su firme heterosexualidad (estuvo casada con el mismo hombre durante casi 60 años), su rechazo al feminismo y su continuo atractivo para el público conservador del country, también se convirtió sin reservas en la “Madre” de muchas personas LGBTIQ.
En un artículo de 2021, el sociólogo Cory Albertson analizó cómo el estilo exagerado de Dolly, “rosa chillón y brillante”, fue crucial para muchas personas que se estaban abriendo camino y saliendo del armario en las décadas de 1990 y 2000.
La valoración de Ebert de que Dolly carecía de atractivo sexual en la pantalla nos recuerda que podemos pensar en ella —una vez más— como una figura que juega con los cuerpos “sexualizados”, en lugar de ser ella misma un cuerpo (auténticamente) sexualizado.
Cuando Parton se autodenominó la “Backwood Barbie” (que podría traducirse por “Barbie de los bosques”) en una entrevista de 2013 en 60 Minutes, su ocurrencia se refería a la vez a la realidad (nació en la pobreza) y a la fachada de ser, bueno, “Dolly”.
Al ver la entrevista esta mañana, entendí mal su comentario y creí que había dicho “Backwards Barbie” (“Barbie invertida”). Me gusta más así. Al exagerar su figura, su aspecto como muñeca icónica, invirtió el juguete de la “rubia ideal”. Las inversiones también son queerizaciones. Creo que quizá ella hubiese apreciado mi error. ![]()
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‘Jolene’, ‘I Will Always Love You’ y ‘9 to 5’: el genio de Dolly Parton en tres canciones
Wendy Hargreaves
El mundo ha perdido a una leyenda de la música: Dolly Parton, que ha fallecido a los 80 años tras una “breve lucha” contra el cáncer. Se la recuerda por su ‘voz country’, décadas de éxitos discográficos, premios Grammy y Emmy, y una generosa y a la vez pequeña carrera como actriz.
Pero el mayor legado que deja Parton es su faceta como compositora, y hay tres canciones que la definen más que ninguna otra.
“Jolene”, “I will always love you” y “9 to 5” no son sólo temas memorables, sino que forman parte integral de la historia de la música popular. Muestran a una artista hábil que sabía cómo fusionar la letra con la música. Como muchos otros compositores, Parton tenía cosas que decir. Lo que hace notable su contribución es que, cuando sus letras contaban una historia, la música encajaba a la perfección con ella.
⠀⠀⠀‘Jolene’
En “Jolene”, lanzada en 1974, la letra de Parton captura el tormento de ver cómo nuestra pareja coquetea con otra persona.
Es una experiencia humana muy intensa, especialmente para las mujeres que se desesperan al ver con qué facilidad una chica guapa capta la atención de los hombres. La súplica desesperada de Parton a Jolene para que no le quite a su pareja “aunque pueda” resulta reconfortantemente cruda y sincera.
La letra de la canción supone un contraste sorprendente con los temas habituales de la época, centrados en encontrar o perder el amor —como “Close to you” (1970) de The Carpenters, “You are the sunshine of my life” (1972) de Stevie Wonder o “It’s too late” (1971) de Carole King—; por el contrario, “Jolene” se sitúa en el precipicio del cambio y narra una historia vívida sobre cómo ver a una joven deslumbrante puede hacer que otra mujer se sienta insegura.
Musicalmente, los acordes resuenan en una clave menor, adecuadamente sombría, ascendiendo a acordes más agudos con cada dramática mención del nombre “Jolene”. Acompañando a la voz hay una guitarra de punteo rápido y realizado con el dedo, interpretada en el estudio de grabación por Chip Young. Mantiene un movimiento incesante que no sólo añade tensión, sino que despierta admiración por su hábil ejecución.

⠀⠀⠀‘I will always love you’
La canción “I will always love you” también vio la luz en 1974 y —sorprendentemente— es posible que la escribiera el mismo día que “Jolene”.
Esta canción demuestra una vez más la capacidad de Parton para combinar historia y música. El miedo que impregna “Jolene” da paso al dolor de decir adiós a un amor profundo porque, aunque el sentimiento perdura, esta no siempre es razón suficiente para permanecer en una relación.
Una vez más, Parton aborda un tema más sofisticado que la simple emoción y la maravilla de estar enamorado; sabe que esto puede significar que es necesario dejar ir. La letra es escueta y la historia de los “recuerdos agridulces” es vaga, pero Parton vuelve a dar en el clavo con la esencia de la experiencia humana. No necesitamos los detalles de lo que ocurrió para identificarnos con nuestras propias despedidas dolorosas.
Al cantarla, el alargamiento de la palabra “I” se transforma casi en un grito de agonía en la extraordinaria versión de Whitney Houston.
La progresión de acordes que Parton eligió para sustentar el estribillo es uno de los patrones más conocidos y que más éxitos ha generado en la historia de la música popular. Aparece en canciones como “Stand by me” (1961), “Blue moon” (1934), “Crocodile rock” (1973) y “Every breath you take” (1983).
Pero el uso que hace Parton es único: la melodía y la letra no siguen la progresión. En su lugar, la melodía se mantiene en una sola nota (con algunos adornos) y deja que los acordes hagan el trabajo.
⠀⠀⠀‘9 to 5’
Parton compuso la canción “9 to 5” en 1980 para la película del mismo nombre que protagonizó junto a Jane Fonda y Lily Tomlin (y que en español se tituló Cómo eliminar a su jefe). En ella tenía que describir el ajetreo de una semana laboral.
Para lograrlo, Parton sustituyó sus letras de amor, más extensas, por un ritmo incesante que describe la rutina matutina. Aquí utiliza ingeniosas rimas imperfectas, como la combinación de “kitchen” y “ambition”, para hacer creíble la historia.
La melodía de la estrofa va in crescendo con cada grupo de palabras, acumulando energía al igual que el comienzo del día que está describiendo. El estribillo clava el gancho al cambiar el ritmo, para que resuene la frase “9 to 5”.
En “9 to 5”, Parton se alejó de las canciones de amor para abordar un tema feminista que denunciaba a voz en grito las injusticias de trabajar sin descanso como cualquier otro empleado, sin poder obtener un “ascenso justo”. La descripción del “juego de los ricos” y de cómo “nunca te reconocen el mérito” pone de relieve las desigualdades laborales que, en efecto, siguen prevaleciendo hoy en día. ![]()



