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Detenido
Julio, 2026
Sin duda alguna, escribe Juan Soto en esta nueva entrega, es interesante estudiar cómo es que hoy en día millones de personas siguen creyendo en el karma después de algunos miles de años. No es un asunto menor que existan millones de personas convencidas de que las buenas acciones tienen sus debidas recompensas y que las malas acciones producen sus debidos efectos negativos, ya sea en esta o en otra vida. De hecho, señala aquí, sólo basta mirar la gran cantidad de contenido que se produce, sube y circula en torno al karma a nuestro alrededor.
Karma proviene del sánscrito karman que significa acción o acto. Es una creencia milenaria propia de las religiones dhármicas de la India, cuyo registro terminológico más antiguo se halla en el Rig Veda (c. 1500 a. C.), aunque originalmente refería al estricto cumplimiento del ritual y no a la justicia cósmica cotidiana. Las creencias que se han construido en torno al karma podrían ser consideradas como un intento de explicar, de una forma muy ingeniosa, la relación entre lo que hacemos y sus consecuencias. La creencia en el karma es un pretexto que nos permite analizar la forma en que razonamos colectivamente pues tiene un arraigo milenario. Gracias a la difusión de la filosofía oriental y al yoga, por ejemplo, el concepto pareció haber llegado a Occidente. Y no sería un disparate pensar que, gracias al auge imperialista de finales del siglo XIX en Oriente y Oriente Medio, muchas de las ideas de aquellos territorios fueron echando fuertes raíces en diversos ámbitos de la vida social de Occidente. Ideas que han sobrevivido hasta nuestros días y que si se examinan con el debido cuidado podremos ver claramente que el proceso de aculturación de Occidente ha producido formas de pensar exageradamente exóticas. En el hinduismo, en términos generales, el karma está ligado al Atman —alma eterna— que reencarna. En diversas escuelas de esta tradición de pensamiento religioso se asume que deidades como Shiva o Vishnu actúan como una especie de jueces encargados de supervisar y administrar los efectos del karma. En el budismo, también en términos generales, se rechaza la idea de un alma permanente y se asume que lo que transmigra es un flujo continuo de conciencia, lea con atención, moldeado por las acciones pasadas.
El karma puede entenderse a través de una especie de extraña ley universal de causa y efecto que asume que cada acción realizada, cada palabra enunciada y cada pensamiento genera consecuencias proporcionales a su ‘valor’. Si una persona realiza acciones positivas, recibirá algo similar. Si una persona hace daño, recibirá lo equivalente. No se trata de un castigo impuesto por una tiránica deidad, sino del mismísimo Universo actuando como un burócrata de espíritu justiciero implacable. Para algunas religiones, como ya se dijo, el karma es un principio fundamental que explica o, al menos trata de ayudar a entender, cómo es que las buenas y malas acciones que realizan las personas se les retribuyen en vidas sucesivas. Para que esta forma de pensamiento funcione es necesario aceptar otra idea asociada a un conjunto de ‘ciclos’ ligados al nacimiento, al re-nacimiento y la muerte. Sin la idea de la reencarnación, el karma resultaría ser una forma de pensamiento bastante inútil.
La creencia en el karma, dicho sea de paso, ya no es exclusiva de la filosofía india clásica. Se manifiesta de diferentes formas y mediante una diversidad considerable de discursos. Es una idea que puede formar parte del modo de pensar de cualquier ciudadano promedio de nuestro tiempo. Es también una idea que resulta incompatible con las religiones que profesan que las personas sólo mueren una vez. Sin embargo, esto no ha impedido que haya pasado a formar parte de las creencias del mundo actual en un sinfín de países occidentales. Es un discurso que se invoca a manera de broma en sociedades como la nuestra, aunque se pueda creer firmemente que “así como siembras, así cosecharás”, que “todo lo que emitimos en el Universo es lo que regresa a nosotros”, que “si lo que queremos es felicidad, paz, amistad, amor, entonces necesitamos ser felices, pacíficos, amorosos y amigables”, que hay que “hacer lo que quieres tener en tu vida”. “Sé y hazte a ti mismo” pues. Lo interesante de estas creencias que, en realidad son discursos, radica tanto en su contenido como en la manera en que las formas del pensamiento religioso de Oriente y Occidente se han influido y mezclado, y en cómo las tradiciones de pensamiento de otras culturas se han incorporado en el denominado mundo occidental. La orientalización de Occidente.

Si examinamos con detenimiento nuestras ideas podremos darnos cuenta de que nuestras formas de pensar son el resultado de un cruce insospechado de mitos y creencias —entre otros— que tienen su arraigo no sólo en diversas regiones del planeta, sino en diversos periodos históricos. Y si a esto le sumamos la pizca o dosis de ‘pensamiento científico’ que cada forma de pensamiento colectivo tiene, uno puede fascinarse aún más. A casi nadie le resulta extraño, hoy día, que de vez en cuando se organicen sesiones de yoga al aire libre justo en la avenida del Paseo de la Reforma en la Ciudad de México. Y a nadie le extraña tampoco que muchos practicantes de yoga asistan, sin ninguna incomodidad, a la iglesia los domingos. Las formas de pensamiento religioso no solamente coexisten, sino que, hasta el día de hoy, pueden considerarse totalmente compatibles con sus opuestas. Nuestras formas de pensar se han mezclado de una manera bastante atractiva. Tan es así que no resulta extraño que una persona que rechace la idea de la reencarnación pueda aceptar —sin incomodidad alguna— la idea del tan mentado karma. En el mundo actual se puede aceptar, sin problema alguno, la idea de que “lo que te niegas a aceptar, seguirá siguiéndote”, aunque la religión que profese ese creyente rechace la idea de la reencarnación.
La creencia de que nuestros actos y acciones tienen consecuencias en el futuro —ya no digamos en otras vidas, sino en la presente— es algo con lo cual estamos bastante familiarizados. Forma parte del modo de pensar actual de millones de personas alrededor del mundo. De algún modo sirve como un principio de regulación de nuestras interacciones sociales. Como principio ético, la idea de que las buenas acciones ‘traen’ o ‘engendran’ recompensas futuras y que las malas ‘devuelven’ —con creces— negatividad y desgracias, no es tan mala. Pero lo cierto es que deja al descubierto que el pensamiento colectivo no es del todo ‘racional’. Es un pequeño ejemplo —y en eso radica su encanto— de la orientalización de Occidente. Fenómeno que no se reduce exclusivamente a la creencia en el karma, sino que va más allá de ello.
¿No le ha resultado extraño leer, en alguna de sus redes, mensajes a través de los cuales se envían o solicitan ‘buenas vibras digitales’? Si es complicado entender cómo es que las buenas y malas ‘energías’ viajan de una vida a otra, más complicado resultará entender cómo es que lo hacen a través de la fibra óptica y las redes 5G para llegar de una computadora a otra o de un dispositivo móvil a otro. La vibra —abreviatura coloquial de vibración y motor del karma— se refiere a la energía o atmósfera emocional que una persona, un lugar o una situación pueden emitir. Y ahora, gracias a la forma en cómo ‘fluye’ el karma a través de los medios digitales, acompañado de ese buenondismo de manual de autoayuda, la iluminación digital ha reclamado su territorio. Basta entrar a una plataforma publicitaria como Facebook, TikTok o Instagram para reconocer la gran cantidad de contenido que se produce, sube y circula en torno al karma. Los videos sobre el karma instantáneo ilustran muy bien lo que se piensa y se dice de él, además de ser muy divertidos. Si usted quiere descargar una aplicación relacionada con el karma, también puede hacerlo. En algunas aplicaciones, como Karma, puede registrar sus acciones de ‘Buen Karma’ —ayudar a otros, hacer donaciones, superación personal, actos de bondad o cuidado ambiental— o ‘Mal Karma’ —mentir o engañar, dañar a otros, actos egoístas, romper las reglas o desperdiciar recursos. La aplicación le ofrece una tabla de clasificación donde puede comparar sus acciones ‘karmáticas’ con las de otros usuarios y luchar por ocupar el ‘top 10 karmático’ de la tabla. Incluso, le da la posibilidad de visualizar su buen o mal karma gracias a los gráficos que se generan automáticamente con la información que los usuarios pueden subir. Con Karma Tracker los usuarios pueden hacer un seguimiento de su ‘karma’ diario, de las acciones que moldean su vida cotidiana, recordándoles que “toda acción tiene sus consecuencias”.
Sin duda alguna, es interesante estudiar cómo es que hoy día millones de personas alrededor del mundo siguen creyendo en el karma después de algunos miles de años. No es un asunto menor que existan millones de personas convencidas de que las buenas acciones tienen sus debidas recompensas y que las malas acciones producen sus debidos efectos negativos, ya sea en esta o en otra vida. Parafraseando a Daniel Boorstin, quien escribió el libro de La nariz de Cleopatra, podríamos decir que a la gente no le gusta que le vacíen la imaginación, sino que prefiere que se la cosquilleen. Si llegó hasta aquí podría considerar que haber leído esto fue parte de su buen karma y que el Universo le está sonriendo.![]()




Chale, es verdad! Un tema para la conciencia…