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Detenido
Agosto, 2026
“Hasta en las mejores familias”, dice una vieja frase. Y, sí. Larga es la lista de escritores que, tras su fallecimiento, su familia o herederos deciden publicar material “perdido” o —sobre todo, y las más de las veces— desechado por el finando, desobedeciendo así sus órdenes expresas de que nunca vieran la luz pública. A bote pronto nos vienen los nombres de Franz Kafka, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo o Jorge Luis Borges, por mencionar sólo algunos. A veces con muy buena fortuna, a veces no con los mejores resultados, los libros póstumos sirven y ayudan, a final de cuentas, a trazar un perfil más completo de un autor. Tomando como punto de partida dos conmemoraciones luctuosas —hace cuatro décadas, en 1986, murieron dos literatos de alta envergadura en sus respectivos países: Juan Rulfo (México) y Jorge Luis Borges (Argentina)—, el periodista, escritor y ensayista Víctor Roura recuerda en el siguiente texto estos dos emblemáticos casos.
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Hace cuatro décadas, en 1986, murieron dos literatos sopesados de alta envergadura en sus respectivos países: en México, el 7 de enero de 1986, el jalisciense Juan Rulfo a sus 68 años de vida y en Suiza, el 14 de junio de 1986, el argentino Jorge Luis Borges a la edad de los 86 años (72 días faltaban para su cumpleaños siguiente), mas ambos ignoraban que publicarían un libro póstumo que, en vida, jamás hubieran querido tener en sus manos, decisiones que no fueron ya suyas sino familiares: los libros con sus nombres poseían, sobre todo, aromas económicos. Uno de los volúmenes, alentado por la que fuera la esposa del mexicano, Clara Aparicio de Rulfo (quien le sobreviviera 37 años, fallecida ella el 9 de octubre de 2023 a sus 95 años), exhibe al escritor un ignorante de las letras que yerra sin cesar en su prosodia ortográfica, razón para más creer que fueron Juan José Arreola y Alí Chumacero los verdaderos creadores del “estilo” rulfianio al ser ellos los editores finales de sus dos únicos libros. El otro volumen, alentado por María Kodama, la que fuera la esposa de Borges (curiosamente fallecida, como Clara Aparicio, en 2023, el 26 de marzo, 16 días después de haber celebrado María Kodama sus 86 años de vida, muerte acaecida en Argentina, de donde eran ambos cónyuges), quien también le sobreviviera a su marido —tal cual como la esposa de Rulfo— los mismos 37 años: el libro póstumo de Borges lo retrata como un ambicioso mezquino del poder intelectual, todo lo contrario a como Borges era considerado en la práctica cultural.
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La mayoría de los libros póstumos, sobre todo los relacionados con ligeros apuntes personales o envío de apresuradas cartas, no ha coadyuvado a perfeccionar, o darle un mejor alineo, a los perfiles de los famosos que, por algo, en vida prefirieron no publicar lo que sus familiares, a la postre, y sin su autorización, entregarían a las voraces editoriales a cambio de unos discretos dólares.
Así aconteció, por ejemplo, con el pobre e ilustre Juan Rulfo: “pobre” en el sentido de que, a sus espaldas, sus apuntes y sus cartas íntimas, editadas después de muerto (Los Cuadernos de Rulfo, Editorial Era, 1994), sólo han venido a trazar la imagen, apenas bocetada, de un escritor con numerosas faltas ortográficas y olvidadizo y un almibarado romántico, pues con ese libro la familia de Rulfo, en lugar de enaltecerlo, lo delató grandilocuentemente al publicar los fallidos originales que nunca debieron de haber salido a la luz pública ya que exhibían al maltrecho escritor que era en realidad (los que se preguntaban por qué había dejado de escribir Rulfo tuvieron, con ese volumen gráfico, de inmediato la respuesta: las ideas le venían, pero no sabía cómo escribirlas, tal como lo demuestra aquel malhadado libro).

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Después, María Kodama de Borges (fallecida a la misma edad que su marido Jorge Luis Borges: 86 años, él en 1986 y ella en 2023) decidió entregar al editor Hans Meinke, de la barcelonesa Emecé, la correspondencia de su Jorge Luis con Maurice Abramowicz (1901-1981) y Jacobo Sureda (1901-1935), en un lapso comprendido entre los años 1919-1928, libro que saliera a la venta en septiembre de 2000 en un cuidadoso volumen de 384 páginas con pasta gruesa.
Cartas del fervor es su título. Profundamente prologado por Joaquín Marco, el libro no deja de ser una curiosidad: es notoria la presunción del joven Borges y su gana de armar escándalo literario formando exclusivas sectas, fuera de las cuales todas las otras son superficiales, absurdas e incluso estúpidas (es el resultado concluyente luego de haber leído este libro que no venía al caso publicar, tal como tampoco debió de haber visto la luz el de Rulfo, pero el dinero habla antes que la literatura, sin duda): “Por lo general los epistolarios ocupan las últimas páginas de los últimos volúmenes de las obras completas de los autores —decía con certeza el español Joaquín Marco (1935-2020)—. Les siguen tan sólo las bibliografías, que interesan a los especialistas. Ello se debe al hecho de que el género epistolar ha ido perdiendo el aprecio social que se le otorgó en anteriores siglos y ha sido considerado, hasta hace poco, como un género literariamente marginal y privado. En las retóricas del siglo XIX, sin embargo, la carta no se olvida como género y sigue publicándose una amplia gama de libros dedicados al arte de componerlas, tradición que se inició en la Antigüedad al tiempo que las retóricas”.
En los años en los que transcurre el epistolario borgiano, cuando el poeta cuenta apenas con 20 años de edad, “el sistema de comunicación entre amigos no podía ser otro que la carta. Ni el teléfono ni el correo electrónico habían sustituido una fórmula de comunicación que posee antecedentes literarios ilustres y cuyo modelo retórico sigue siendo ciceroniano”. Empero, decía Joaquín Marco, y uno supone que se vio obligado a subrayarlo, de algún modo (por algo él fue el elegido para elaborar el importante prólogo de un libro nada menos que de Jorge Luis Borges), la “calidad literaria” del remitente es notoria, aunque el lector lo único que halla en la lectura es cierta búsqueda estilística y bastante pedantería intelectualizada de un temprano y prometedor autor.
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“Conviene advertir de antemano que estas cartas juveniles de Borges poseen en sí mismas valor literario —afirmaba Joaquín Marco—. Son auténticas piezas, en ocasiones poemáticas y ultraístas, y escapan a menudo del mero testimonio documental”, pero el lector sólo ve el ansia de Borges, no reprimida, de figurar con prontitud en el entarimado cultural (y ahí están, para corroborar este hecho, sus entusiasmos por las diatribas y refutaciones de los “idiotas” que no entienden sus lúcidas provocaciones intelectuales).
Pese a estas “revelaciones tempranas”, Borges “evitó siempre dar una imagen precisa de sí mismo, guardó su intimidad, desvelando y reiterando tópicos que habían de contribuir a forjar una leyenda literaria casi impenetrable”, según Joaquín Marco.
Las cartas proceden de España, donde vivió la familia Borges luego de pasar cinco años en Ginebra. El libro contiene un total de 71 cartas, 25 de ellas enviadas a Abramowicz y otras 46 a Sureda, ambos medianos escritores (el primero suizo, el segundo mallorquino) a los que Borges, sin embargo, por ser amigos suyos, los estimulaba en demasía publicándoles incluso medianías en las primeras revistas que dirigiera. Pero si de algo sirve esta correspondencia, que no para configurar una idea literaria más precisa de Borges (sino acaso más excesivamente presuntuosa), es para conocer las primeras impresiones críticas de las lecturas del joven poeta, todas ellas feroces e implacables: 1) “He releído a medias El infierno de Henri Barbusse, y ese libro que antes me parecía espléndido ahora me ha parecido vano, pueril, deplorable delirio de grandezas”, 2) “Ya no creo en ninguna utopía, ni maximalista, whitmaniana, ni de ninguna otra clase”, 3) “También he leído, desgraciadamente en una versión inglesa, Una temporada en el infierno de Rimbaud. Francamente, era muy aburrido”, 4) “Para empezar te confesaré que la constante mención de Mallarmé me abruma. Mallarmé siempre me ha parecido un pobre hombre ridículamente vestido con una teoría no más maravillosa que las teorías que se inventan en los cenáculos”, 5) “Comprendo tu sorpresa frente a las idioteces de la prosa de Huidobro”, 6) “Conozco personalmente a Adolfo Salazar: uno de esos individuos que literalmente van algunos metros detrás del ultraísmo sin reconocerlo y sin jamás alcanzarlo”, 7) “Acabo de hojear Clérambault de Romain Rolland: apuesto a que este viejo burgués hablará de su papel puro durante la guerra y de la fraternidad, la comprensión, etc., hasta el día de su muerte. Apollinaire ha perpetrado poemas chauvinistas: ‘Una estrella de sangre me corona para siempre’, pero eso quizá tenga más valor que la indecencia espiritual de un hombre como Rolland. La descendencia de Whitman me fastidia. ¡Yanqui funesto!”, 8) “La Estética de Croce es un libro asquerosamente enciclopédico”.

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A su amigo Sureda, a espaldas de su otro amigo Abramowicz, le envía críticas un tanto rudas vertidas a la escritura de Abramowicz y a su vez Abramowicz, traicionando la confianza de Sureda, le revela a Borges una misiva de Sureda donde maltrata, con algún “encarnizamiento”, los versos de Borges.
Asunto de jóvenes empecinados en escalar la fama literaria, sin duda (“todos me reconocen, o adjudican, talento, sinceridad”, le escribe Borges a Sureda), mas a costa de los demás (“lo primordial es conseguir una expresión eficaz —dice Borges—, es alcanzar metáforas que alivien el pensamiento, adjetivos que iluminen el sustantivo, etc. Lo que se llama riqueza verbal no suele ser sino un agrupamiento de veinte o treinta palabras inusuales desparramadas sobre todos los temas: es decir, una pobreza o un empecinamiento de maniático”).
De lo que se entera uno luego de leer esta inocente, e innocua, correspondencia de Jorge Luis Borges es que, ¡ay!, los grandes hombres, para su desgracia, casi siempre viven rodeados, a su pesar, de idiotas y de imbéciles.



