Marzo, 2026
No es el Rey, pero casi. De hecho, por su voz privilegiada comparte mesa con otros grandes de la música mexicana de su mismo calibre; por ejemplo, con Pedro Infante, Flor Silvestre, Jorge Negrete o Lucha Reyes. Bautizado como Gabriel Siria Levario, su fama se extendió no sólo por México sino por casi todo país de habla hispana, bajo el nombre de Javier Solís. Y con justa razón: los diez años de trayectoria que forman su legado fueron suficientes para convertirlo en una de la figuras de la canción vernácula mexicana, siendo pionero del bolero ranchero y llevándolo a su máxima expresión. Cantante, también actor, Javier Solís nació en la Ciudad de México en septiembre de 1931 y se fue prematuramente de este mundo 34 años después, en abril de 1966. El periodista y cronista musical Víctor Roura lo recuerda al cumplirse seis décadas de su partida.
Nació en Tacubaya, en la Ciudad de México, el 4 de septiembre de 1931, Gabriel Siria Levario, antes de cantar en bares y restaurantes, fue un boxeador amateur en su juventud, de ahí que cuando se le sugirió cambiar su nombre para que la gente lo identificara artísticamente decidió llamarse Javier Solís para honrar a un amigo suyo en el cuadrilátero que nunca logró nada en el deporte de los puños.
Javier Solís, admirador de Emilio Tuero (1912-1971) y de Emilio Gálvez (1922-1991), ignoraba que, con el tiempo, superaría a ambos en popularidad porque, aunque murió a temprana edad (a los 34 años el 19 de abril de 1966, también en la Ciudad de México), se instaló con prontitud en un primerísimo sitio en la música vernácula, entonces ganada a pulso. Junto con otros cantores de igual peso cualitativo vocal que corrieron prácticamente la misma suerte prematura que Solís (Pedro Infante murió el 15 de abril de 1957 a los 39 años, José Alfredo el 23 de noviembre de 1973 a sus 47 años, Jorge Negrete el 5 de diciembre de 1953 a sus 42 años y Guadalupe Trigo el 18 de marzo de 1982 justo a sus 40 años de vida), Javier Solís es recordado por ser el cantor del bolero ranchero, un nexo musical que sólo con su voz pudo haber sido recreada.
Para recordar al cantor, en su sexagésimo aniversario mortuorio, acudimos a José Felipe Coria, además de haber dirigido el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, de ser un reconocido crítico de cine y de su constancia académica, es autor del libro en tres tomos El señor de sombras / La vida de Javier Solís, el único volumen confiable sobre el cantor.
“Un serio cantante internacional”
—Javier Solís prácticamente fue el último cantor ranchero legítimo, sin aproximaciones al pop como lo hiciera, digamos, hasta Vicente Fernández, ¿cómo te animaste a escribir El señor de sombras / La vida de Javier Solís, qué te impulsó a escribir aquellos tres valiosos tomos que editaría Clío en 1995?
—Fue un proyecto muy ambicioso que impulsó Enrique Krauze. La Editorial Clío nació con la finalidad de hacer asequible la historia (tanto la patria como la cultural) a precios populares en ediciones de enorme calidad, ilustradas, de colección y sobre todo masivas. La primera propuesta estuvo en saldar la deuda con los ídolos de la canción ranchera. Se carecía de biografías con rigor histórico y documental. A principios de los 1990 lo que había eran “autobiografías” en compañía del ídolo que se presentaban como incuestionables (del tipo “mi verdad”, o “mi vida íntima, a solas, con el ídolo”), o hagiografías o diatribas revanchistas contadas por personajes secundarios y sin ninguna metodología documental ni histórica. Era ese hueco el que se pretendía subsanar. Exigía hacer una labor periodística (entrevistar a fuentes aún vivas) y aplicar un rigor inédito hasta entonces (comprobar la información al menos con otra fuente, revisar anécdotas en su momento publicadas; en suma, meterse hasta los codos en la hemeroteca). La idea era hacer una biografía que no fuera visceral o de culto a la personalidad. Es así que se pensó que debían funcionar por tríadas: tres gallos cantores, tres divas, tres comediantes; tres actores, tres cantoras, etcétera.

“El criterio inicial propuesto fue que los tres ídolos de la canción vernácula serían comerciales. Resultó cierto: se vendieron bien y posicionaron a Clío como editorial de vanguardia. Para mí fue más que benéfico porque conocía la década de los 1960, cuando Solís surgió. Por eso se me invitó ya que era crítico de cine del unomásuno, en especial de su suplemento ‘Sábado’. Y en esos años uno estaba a la búsqueda de trabajo de este calibre. Siempre agradecí a Krauze confiarme esta biografía. De Solís tenía una imagen justo por las películas (despreciadas por ser ‘churros’ aunque hay una verdadera obra maestra del camp nacional que es Aventura al centro de la Tierra, de 1965, Alfredo B. Crevenna, escrita por J. M. Fernández Unsaín; una relectura interesantísima de Jules Verne que se apropia del tema y lo convierte en algo novedoso, de corte y estética nacionales) que protagonizó de manera natural en su ascenso a la fama. A la hora de investigar al personaje descubrí la, por supuesto, más interesante y valiosa faceta que es la discográfica en compañía de grandes luminarias de la canción, como Fernando Z. Maldonado, Rafael Carrión, Federico Baena y Felipe Valdés Leal, entre otros, que ayudaron a forjar su singularísima personalidad vocal.
“Respecto a la aproximación pop, déjeme decirle que puede considerarse a Solís como pionero del crossover. Con enorme calidad. No olvidemos que hizo un disco clave para ello: Javier Solís en Nueva York, de 1965, arreglado por Chuck Anderson y Maldonado. Una verdadera joya donde demuestra que podía cantar boleros y standards igual a Frank Sinatra, quien por cierto apreció mucho este disco por la forma en que Solís cantó, superando enormes dificultades vocales. Es famosa la sesión de fotos que se tomó ese 1965 con Sinatra. Hay testimonio de que este cambio de estilo, que sólo por este momento emprendió Solís, lo convirtió en un serio cantante internacional”.
La canción “Sombras” fue originalmente un tango
—¿Qué representa Javier Solís en la música mexicana?
—Representa a uno de los auténticos llamados “hijos del pueblo”. Cuando surgió, fue más que evidente que poseía un rango vocal fuera de serie. Todos con quienes trabajó lo reconocieron, en especial el “inentrevistable” Rubén Fuentes, sin duda alguna el creador del “bolero ranchero”, todo un estilo que le dio impulso a la música mexicana. (Fuentes, por cierto, cumplió su centenario natal en febrero de este 2026.) La enorme virtud de Solís era que poseía una tesitura vocal conocida como de “medio tono”, la que podía amoldar según el tipo de canción. Muchas de ellas eran difíciles de interpretar al subir y bajar octavas musicales sin perder fluidez ni volumen. O sea, sin gritarla o susurrándolas sin aliento. Una voz privilegiada. (No olvidemos que “Sombras” fue originalmente un tango argentino, vuelto bolero ranchero, que resultó un reto, en especial su adaptación; exigía una interpretación como la que Solís hizo, tan bien que bastaría tener en su biografía sólo esta canción para ser inmortal.) Estos hijos del pueblo surgieron por el cine y la radio. Son Jorge Negrete; el más querido de todos, Pedro Infante; Solís y Vicente Fernández. Son ellos el espectro completo de la música ranchera en el siglo XX.
La Tigresa y Solís no tuvieron nada que ver
—La golpiza que recibiera Javier Solís por gente enviada por Díaz Ordaz, el presidente celoso entonces amante de Irma Serrano (cuando el cantor la pretendía), ¿crees que tuvo alguna consecuencia fúnebre o esta ofensa política forma sólo parte de un mito musical?
—Aclaro que, hasta donde las notas que aún conservo me permiten corroborarlo, no existió semejante golpiza. Es un mito, nada más. Si revisamos la cronología desde la perspectiva del indiscreto romance presidencial, casi todas las fuentes (empezando por La Tigresa misma) coinciden en que la parte más intensa de esta relación se dio alrededor de 1968, ya que Díaz Ordaz hizo algunas confesiones que podemos definir como “post-coitales”. Otras fuentes aseguran (sin ninguna prueba) que dicha relación duró cerca de cinco años; muchas coinciden en que acabó alrededor de 1972, tampoco sin aportar pruebas. Es más que probable que una relación así haya durado menos tiempo. En todo caso, las cuentas no suman. Solís murió en abril de 1966 cuando ni siquiera había iniciado el romance. Además, una historiadora seria, Sara Sefchovich, anotó en su libro La suerte de la consorte, que el romance sucedió después del 2 de octubre de 1968.

“Claro, hay muchas versiones que manejan eso sin ningún rigor, que la relación ‘sucedió durante el sexenio’, queriendo con ello decir que sucedió esto entre 1964 y 1970. Una falsificación total. Cierto es que La Tigresa y Solís compartieron brevemente disquera, pero parece poco probable que hubiera sucedido un encuentro en Columbia CBS. Las sesiones de trabajo eran extenuantes. Dudo que hubiera sucedido un ligue en semejantes circunstancias. Además, La Tigresa era de otro calibre. No hay que olvidar que a los 16 años de edad ya había posado desnuda para Diego Rivera (para un par de cuadros que se consideran perdidos), que fue muy cuata de su paisana Rosario Castellanos y que tenía una leyenda negra en la que se dice (e insisto: se dice; sin pruebas, pues) que aún menor de edad fue amante del prominente Fernando Casas Alemán, gobernador de Veracruz. Dudo que se hubiera interesado por un colega, sin importar sus cualidades como intérprete o actor. Los intereses de La Tigresa eran otros. Solís era un hombre más sencillo en lo referente al amor. Si bien es cierto que tuvo varias mujeres, madres de sus seis hijos, no estaba para un romance con alguien tan especial como La Tigresa. Con quien, por cierto, sí coincidió en una película: La conquista de El Dorado (1965, Rafael Portillo). Digamos que el ámbito cinematográfico era más propicio para que surgiera el ligue. Como pocos meses después de estrenado este filme, Solís murió, no resulta difícil ver que de esta relación laboral surgiera el chisme que, al coincidir Solís y La Tigresa en Churubusco, justo cuando aparentemente la pretendía el presidente, pues recibió una paliza que lo hospitalizó y lo llevó a la muerte.
“Eso sí, déjame decirle que tal vez esta mentira se sustente en un hecho real. Cierto político de la administración de López Mateos tuvo un marcado interés erótico en una bellísima actriz, Rosa María Vázquez, que estaba también en camino a la fama. Dicho político se interesó por ella y fue rechazado. Al parecer fue una escena de ridículo, pública y medio humillante mientras se filmaba Amor a ritmo de go-go (1966, Miguel M. Delgado, estrenada póstumamente). Ahí Solís como que asumió un papel protector no hacia una novia sino una compañera de trabajo, ocasionando la ira del mequetrefe que la pretendía, hombre casado y con cinco hijos, por cierto. De ahí surgió no la especie de que lo mandaron golpear, sino de que, cuando fue hospitalizado, las complicaciones de la operación que sería sencilla (entre lo inexplicable del caso está su larga hospitalización: 15 días para una vesícula), se debieron a ‘mano negra’. Esta muerte está llena de mentiras: jamás pidió ni le prohibieron los médicos beber agua ni se bebió una jarra de agua de limón llena de hielos que le provocarían la muerte. Describí la escena sin esto para el biográfico de Clío, acorde con cuatro fuentes: la viuda Blanca Estela, dos compositores amigos que lo visitaron y un médico, quien aseguró que sí, no se toma agua para esta operación, llamada colecistectomía, antes de la operación. O sea, que es obligatorio el ayuno, pero tras la operación no pueden pasar más de 24 horas sin líquido. Solís bebió agua tras la intervención quirúrgica. Las fuentes coincidieron en esto. El tema a discutir fue: quien lo operó, ¿era un cirujano certificado? La duda está en que la operación habría sido mal realizada. No tengo pruebas ni para afirmarlo ni para negarlo. Una vez publicada la biografía, me dejaron en mi teléfono un mensaje extraño. Alguien que nunca se identificó, aseguró que Solís murió por mal praxis médica: que tanto la forma en que le quitaron la vesícula como las suturas respectivas se hicieron mal. Nunca encontré el expediente médico. Nadie lo conservó para hacer una consulta más a fondo con varios médicos, que era mi intención. A estas alturas, es imposible saberlo. Regresando a tu pregunta, te aseguro: La Tigresa y Solís no tuvieron nada que ver”.
Desde los 1980, la televisión tomó las riendas de la música
—¿A qué se deberá el derrumbe de la música ranchera después de la muerte de Javier Solís, si hacemos a un lado, por supuesto, a Guadalupe Trigo, el cantor que (antes de que fuera asesinado y pasada su muerte como mero accidente automovilístico) intentó concederle algunas renovadoras propuestas a esta tradición musical?
—Creo que se debió a un cambio de paradigma. En la época de Solís, previa y posteriormente, hasta Chente Fernández, los cantantes se forjaban en una brega cotidiana: iban del bar al cabaret al teatro de revista o las carpas. Obtenían un fogueo amplio en su relación con el público. Ahí lo “descubrían” no agentes de mercadotecnia, sino directores musicales de las disqueras. Escuchaban en vivo sus posibilidades y podían planear cómo grabarlo y popularizarlo. Desde los 1980, la televisión tomó las riendas. Reemplazó el proceso de conocer al público por el de imponer a los cantes a través de campañas diseñadas para que de la televisión pasaran al radio, no al revés, como sucedía con Raúl Velasco y su infame programa Siempre es lo mismo, o como se llamara. Esto dio la puntilla a la canción nacional al eliminar el ecosistema que la sostuvo. Ya no fue necesario agarrar tablas en teatros y cabarets porque bastaba estar en sincronía con la televisión y su maquinaria mercadológica. De ahí el paso a lo que ahora se consume como un prefabricado “regional mexicano” fue sencillo. El medio es el mensaje, diría el certero pero menospreciado McLuhan; diría yo “el medio es el masaje”, porque el criterio o gusto musical se impone a base de insistir e insistir e insistir en la fórmula, aunque las plataformas digitales han revelado un pequeño foco de resistencia. Determinados cantantes son independientes; crean en directo buscando público. Algunos han tenido respuesta, sin duda limitada, pero interesante ya que se desarrollan como verdaderos cantantes: lo confirman María León, Fela Domínguez y una bastante creativa que se hace llamar Stephonik (pronúnciese “Estefónica”) que, salvo tu mejor opinión, me parecen destacadas. Están entre las pocas virtudes de las plataformas actuales.

“Respecto a Guadalupe Trigo, sin duda uno de los grandes talentos de la canción mexicana, injustamente olvidado incluso en su natal Yucatán, no tengo datos confiables sobre su muerte (excepto una interesante crónica de un sagaz reportero que la publicó, creo, apenas en 2025 bajo el título de ‘La ausencia de Trigo y la presencia de los dioses mayas’). Fuera de esto, carezco de elementos para confirmarle o abundar en la información que me proporcionas. Lo que sí puedo decirte es que, a todas luces, lo que Trigo quería era renovar el gustado género de la trova, que en Yucatán tuvo florecimiento particular en voz de Pepe Domínguez y Pastor Cervera, entre otros muchos más, a los que Trigo quería sumar sus inventivas estructuras musicales”.
El segundo himno nacional del país es “El rey”
—José Alfredo, cuyo centenario natal conmemoramos a principios de este 2026, sigue deslumbrándonos, y alumbrándonos con sus canciones, ¿de qué forma nos sigue asombrando Javier Solís?
—Mira, José Alfredo es un verdadero inmortal. El segundo himno nacional del país es “El rey”, la canción que todo mexicano se sabe a la letra. No hay otro compositor, vivo o muerto, que tenga ese impacto. Lo cierto es que ya no existirá en México otro José Alfredo. Es uno de los integrantes de la generación dorada de la canción (compositores e interpretes), a los que una vez presentados se rompió su molde. Ante el espantoso, excesivo consumo musical que actualmente vivimos (y sobre el que el sabio Pascal Quignard nos advirtió en su magnífico libro El odio a la música), me permitiré cerrar esta entrevista citándolo y diciéndote que lo que a continuación sigue se aplica por igual a la extinción de gente como José Alfredo y Solís: “En todo el ámbito terrestre, y por primera vez desde la invención de los instrumentos, el uso de la música se ha vuelto coercitivo y repugnante. Amplificada hasta el infinito por la invención de la electricidad y la multiplicación de su tecnología, se volvió incesante, agrediendo noche y día en las calles comerciales de las ciudades, las galerías, los pasajes, los supermercados, las librerías, los cajeros donde se retira dinero, hasta en las piscinas, hasta a orillas del mar, en los departamentos privados, en los restaurantes, en los taxis, en el Metro, en los aeropuertos… Incluso en los campos de la muerte”. ![]()



