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Detenido
Octubre, 2026
La Real Academia de las Ciencias de Suecia ha galardonado al investigador belga-estadounidense, Francis Halzen, de la Universidad de Wisconsin, por sus contribuciones decisivas en el Observatorio de Neutrinos IceCube y el descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico.
Francis Halzen, de la Universidad de Wisconsin (EE. UU.), es el galardonado por la Real Academia de las Ciencias de Suecia con el Premio Nobel de Física 2026, por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico.
Este investigador se dio cuenta de que el hielo en el Polo Sur podría usarse para rastrear las partículas conocidas como neutrinos. Su visión y liderazgo científico han sido esenciales para el Observatorio de Neutrinos IceCube, un kilómetro cúbico de hielo equipado con sensores de luz. Gracias a este sistema, los investigadores pueden capturar neutrinos de procesos ricos en energía en el universo.
El misterio de los neutrinos
Los neutrinos están en todas partes, pero no se dan a conocer. Pasan por toda la Tierra y a través de nuestros cuerpos sin que nos demos cuenta. Solo en escasas ocasiones, un neutrino interactúa con un núcleo atómico, lo que hace posible que alguien con el equipo adecuado los descubra.
Los científicos saben desde hace mucho tiempo que el cosmos posee aceleradores de partículas naturales, que disparan partículas con una potencia de hasta un millón de veces más de las que se pueden lograr en los laboratorios de la Tierra. Gran parte de estas fuentes son misteriosas ya que se desconocen qué son, dónde están y cuáles son los principales procesos dentro de ellas.
Los neutrinos con energías muy altas se crean en los mismos entornos que otros tipos de partículas. Sin embargo, a diferencia de las demás, los neutrinos llegan sin cambiar de dirección o perder energía. Eso significa que pueden proporcionar información que no está disponible de ninguna otra manera.

Sensores en el hielo
Francis Halzen presentó por primera vez sus ideas para capturar neutrinos en el Polo Sur en 1988. Cuando un neutrino choca con un núcleo atómico produce un destello de luz que puede ser rastreado por sensores en el suelo glacial. El hielo del Polo Sur tiene muchas ventajas, ya que está libre de interferencias y el área es geológicamente estable, sin terremotos. Halzen y su teoría ganaron el apoyo de otros investigadores y, solo unos años después, se realizaron pruebas preliminares en sensores en hielo.
Los neutrinos cósmicos con energías tan altas son muy raros, por lo que se necesita un volumen de hielo enorme para observar un número adecuado de colisiones. IceCube cubre un kilómetro cúbico completo y se terminó en 2011.
Los investigadores descubrieron los primeros neutrinos de alta energía y, unos años más tarde, pudieron publicar su descubrimiento de neutrinos originados fuera de nuestro sistema solar. Así pudo comenzar en serio la búsqueda de las fuentes de neutrinos del universo.
“Francis Halzen ha dirigido un equipo internacional de investigadores e ingenieros que nos han proporcionado un nuevo instrumento fantástico. Su tenacidad y visión científica han allanado el camino para un nuevo tipo de astronomía”, dice Mark Pearce, presidente del Comité Nobel de Física.
Las interacciones de neutrinos proporcionarán a los investigadores un nuevo conocimiento sobre los entornos violentos en los que se pueden crear neutrinos de alta energía, e incluso podrían revelar fenómenos cósmicos desconocidos.
(Fuente: Nobel Prize)
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El Nobel de Física reconoce el descubrimiento de los “mensajeros fantasmales” del cosmos
Noelia Noël
El Premio Nobel de Física de 2026 ha sido otorgado a Francis Halzen por su hallazgo de partículas de neutrinos de alta energía procedentes del espacio.
El Comité del Nobel ha afirmado que Halzen ha realizado “contribuciones decisivas” al descubrimiento de “neutrinos de origen astrofísico” con IceCube, un experimento instalado bajo el hielo del Polo Sur.
Ellen Moons, secretaria general de la Real Academia Sueca de Ciencias, se refirió a estos neutrinos como “mensajeros fantasmales”. Esto alude al hecho de que las partículas carecen prácticamente de masa y atraviesan los objetos sólidos sin apenas interactuar con ellos. De hecho, cada segundo atraviesan a cualquier persona en la Tierra miles de millones de neutrinos.
La mayoría son emitidos por el Sol. Sin embargo, los de alta energía procedentes de otras partes del cosmos también llegan a nuestro planeta, y resultan aproximadamente mil millones de veces más raros que los que emana nuestra estrella.
Tienen su origen en diversas fuentes, como los agujeros negros situados en el centro de galaxias lejanas, que aceleran las partículas hasta energías extremas.
La idea del experimento IceCube consistía en utilizar el hielo del Polo Sur como un medio natural transparente para captar los tenues destellos de estas partículas de alta energía. De ello se encargan miles de sensores situados bajo la superficie helada de la Antártida, distribuidos a lo largo de un kilómetro cúbico.

Al comentar por qué es importante el trabajo de Halzen, Mark Pearce, presidente del comité del Premio Nobel de Física, afirmó: “El neutrino tiene unas propiedades muy peculiares: el hecho de que interactúe tan raramente con la materia y, en este caso, que sea una forma de proporcionarnos información sobre fuentes cósmicas lejanas que no podemos obtener de otra manera”.
La mayor parte de lo que sabemos sobre el universo proviene de la luz. Pero algunos de sus entornos más extremos pueden ocultarle sus secretos por completo. Los neutrinos de alta energía nos ofrecen otra forma de verlos.
Halzen, que trabaja en la Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos), ha contribuido a convertir estas partículas esquivas en una nueva herramienta para la astronomía. Los neutrinos interactúan tan débilmente con la materia que pueden atravesar estrellas, galaxias e incluso planetas enteros casi sin sufrir alteraciones. Eso los hace extraordinariamente difíciles de detectar, pero también los convierte en mensajeros del cosmos de un valor único.
El reto radica en que los neutrinos de alta energía procedentes de objetos más allá de nuestro Sistema Solar son excepcionalmente raros. Para captar una cantidad suficiente de ellos, los físicos necesitan un detector a una escala enorme: alrededor de un kilómetro cúbico.
En 1988, Halzen propuso una solución extraordinariamente audaz: utilizar el propio hielo antártico.
Detector natural
En las profundidades del Polo Sur, el hielo es excepcionalmente transparente. Los científicos perforan estrechos pozos en su interior e instalan largas cadenas de sensores de luz a más de un kilómetro por debajo de la superficie. Una vez que los agujeros se vuelven a congelar, los sensores quedan incrustados en el interior de un enorme detector natural.
La mayoría de los neutrinos atraviesan directamente la Tierra y IceCube sin dejar rastro alguno. Pero, de vez en cuando, uno de ellos choca con la materia presente en el hielo o cerca de él y produce una partícula cargada, como un muón.
Ese muón puede desplazarse a través del hielo más rápido de lo que lo hace la luz en el hielo, produciendo un tenue cono de luz azul conocido como radiación Cherenkov. Esto no significa que se desplace más rápido que el límite de velocidad universal: la luz se mueve más lentamente a través del hielo que a través del vacío.
Al medir la duración y el patrón de esta luz a través de numerosos sensores enterrados, IceCube puede reconstruir la trayectoria del muón e inferir la dirección desde la que llegó el neutrino original.
En efecto, el muón deja un rastro luminoso a su paso por el hielo que permite a los científicos remontarse hasta la fuente del neutrino en el cielo.

En 2013, IceCube dio a conocer la primera evidencia sólida de una población de neutrinos de energía extremadamente alta procedentes de más allá de nuestro sistema solar.
Fue un avance trascendental, ya que los neutrinos se comportan de forma muy diferente a otras partículas que nos llegan desde el espacio. Los rayos cósmicos, por ejemplo, tienen carga eléctrica y los campos magnéticos desvían su trayectoria a medida que viajan por el universo. Por eso, cuando llegan a la Tierra, puede resultar extremadamente difícil determinar de dónde proceden.
Los neutrinos no tienen carga eléctrica. Viajan por el espacio en líneas casi rectas, por lo que su dirección de llegada puede indicarnos su origen. También pueden escapar de entornos densos en los que la luz puede ser absorbida o dispersada antes de salir.
Esto abre una nueva ventana a algunos de los lugares más violentos del universo, como los alrededores de los agujeros negros supermasivos y otros potentes aceleradores cósmicos de partículas.
Este avance también contribuyó a sentar las bases de lo que hoy denominamos astronomía multimensajera: la construcción de una imagen más completa del universo mediante la combinación de diferentes señales cósmicas, como la luz, las ondas gravitacionales, los rayos cósmicos y los neutrinos.
Cada una de ellas aporta un dato diferente.
Un giro inesperado
Los neutrinos no son ajenos al Premio Nobel. En las últimas décadas, el galardón ha reconocido su detección, el descubrimiento de diferentes tipos de neutrinos, la “captura” de neutrinos cósmicos y el descubrimiento de que los neutrinos oscilan (y, por lo tanto, tienen masa).
El trabajo de Halzen añade otro capítulo: utilizarlos no sólo como partículas que estudiar, sino como mensajeros con los que hacer astronomía.
Dado que los neutrinos pueden recorrer distancias enormes y atravesar la materia casi sin sufrir alteraciones, los científicos han llegado incluso a especular sobre si algún día podrían utilizarse para la comunicación a través de distancias interestelares. Pero esto sigue siendo puramente hipotético: IceCube detecta neutrinos producidos por procesos astrofísicos naturales, no mensajes de civilizaciones extraterrestres.
Hay una bonita ironía en esta historia. Los neutrinos son útiles precisamente porque son tan difíciles de captar. Su renuencia a interactuar con la materia es lo que les permite recorrer enormes distancias cósmicas casi sin sufrir cambios.
Y el detector que hizo posible esta nueva astronomía no necesitó contener un kilómetro cúbico de material fabricado. La idea genial de Halzen fue darse cuenta de que la naturaleza ya había proporcionado uno bajo el Polo Sur.
Las llamadas “partículas fantasma” se han convertido, por tanto, en una forma extraordinaria de explorar algunas de las partes más energéticas —y que, de otro modo, permanecerían ocultas— del universo. ![]()



