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El jazz como historia

125 aniversario natal de Louis Armstrong y centenario de John Coltrane

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Octubre, 2026

El 125 aniversario natal de Louis Armstrong, el centenario de John Coltrane, las tres décadas del fallecimiento de Ella Fitzgerald, los 100 de Miles, el doble aniversario de Gerry Mulligan… Sí, en este 2026 varias efemérides desde el planeta jazz nos han recordado no sólo grandes álbumes, también a sus ejecutantes. Algunos de ellos, músicos irrepetibles, inimitables. El periodista y cronista musical Víctor Roura le toma el pulso al ritmo sincopado.

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Ahora que el jazz es una música completamente marginada de la industria discográfica (los roces con ella es muy otra cuestión, comercialmente admitido), ahora que comprobadamente forma parte del gusto de una selecta minoría de melómanos (¡cuánta razón tiene el crítico y músico Alberto Zuckermann cuando afirma que en pleno 2026 los jazzistas “suenan a métodos y fórmulas frecuentes y tienden a ser predecibles”!), ahora que su difusión se ha estrechado hasta lo indecible, nada como recordar al ya injustamente postergado género —no sólo por las grandes y escasas casas, y ésta no es una redundancia ni una rima indispuesta, fonográficas sino incluso también por las novísimas generaciones— con dos colecciones, ambas españolas (editadas por la madrileña Del Prado y por la barcelonesa Folios, seguramente disponibles en Internet), distribuidas sus respectivas publicaciones en México de manera coincidente —a mediados de los noventa del siglo XX, por supuesto ya que hoy las colecciones bibliográficas no abundan en los kioscos sino en el mercado negro, donde ahora la distribución, antes atenida a los clientes que gustaban del papel, hoy ignorados hasta por los propios y reducidos comerciantes de las publicaciones—, de modo que los músicos incorporados (porque los tomos incluían además sesiones grabadas ya extintos compactos) en ambas series venían, para fortuna del adquiriente, a ser los mismos jazzistas: ¿cómo no incluir los mismos nombres si la historia del jazz fue elaborada no por personalidades cambiantes sino por determinadas y concisas individualidades?

Por supuesto, las dos colecciones son diferentes: mientras la Del Prado contenía la crónica de la historia jazzística en 72 fascículos, la de Folios se encargó de escribir la enciclopedia en 50 volúmenes. Mirándolas desde lejos, ambos paquetes son muy distintos, si bien los instrumentistas no pueden variar: Dave Brubeck, Dexter Gordon, Louis Armstrong (cuyo 125 aniversario natal se conmemoró el 4 de agosto de 2026, nacido el trompetista y cantante en Nueva Orleans, habiendo fallecido 69 años después, el 6 de julio de 1971, hace 55 años), Duke Ellington, Miles Davis (nacido en Illinois hace un siglo el 26 de mayo de 1926), Ella Fitzgerald (fallecida la cantante norteamericana hace tres décadas, a los 79 años de edad, el 15 de junio de 1996, cuyo 110 aniversario natal conmemoraremos el 25 de abril de 2027), Dizzy Guillespie (cuyo 110 aniversario natal se conmemorará el siguiente año: el 21 de octubre), Thelonius Monk (también 110 aniversario natal el 10 de octubre de 2027), Gerry Mulligan (de quien el pasado 20 de enero se conmemoraron tres décadas de su muerte y el 6 de abril fue recordado en su centenario natal, nacido en Nueva York), Charlie Parker (recordado el año pasado en su 70 aniversario mortuorio, ocurrido su deceso el 12 de marzo de 1955 a la edad de 34 años), Billie Holliday (cuyo 110 aniversario natal fue conmemorado el año pasado, el 7 de abril, fallecida el 17 de julio de 1959 a los 44 años de edad), Bill Evans, Charles Mingus o John Coltrane (celebrado su centenario natal el pasado 23 de septiembre, nacido en Carolina del Norte, fallecido a los 40 años de edad el 17 de julio de 1967, hace prácticamente 60 años).

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Lo curioso de estas series fue que, al ser editadas periódicamente, airearon por una vez a esta música antes arrumbada en la clandestinidad de la exquisitez, pero sobre todo su intento de masificación, asunto que no ocurriría en la actualidad (peor aún, con la extinción de los puestos de periódicos y revistas), surgió exactamente en un periodo harto difícil por las entonces nuevas voluntades melómanas, identificadas abiertamente —ahora sí— por su uniformidad musical (no se diga ahora con el reinado del kpop), a resultas de que los consumidores de estas colecciones vinieron a ser, irremisiblemente, los viejos adquirentes que no pudieron nunca completar, en su momento, las obras de los grandes jazzistas por sus elevados precios, consecuencia del arbitrario elitismo al que obligaban las caprichosas casas discográficas.

Sin duda ambas colecciones españolas, por separado, valen la pena, si bien su literatura a veces deja mucho que desear precisamente por sus excesos localistas (España no va a dejar nunca de ser España, finalmente, en estas cosas del lenguaje, creída de ser la superior en este renglón de todos los países de habla hispana), vanagloriando con demasiada fe a sus compatriotas exponentes del jazz, unos perfectos desconocidos para los mexicanos. En el volumen dos de Folios, de la colección The Jazz Masters / 100 Años de Swing, el comentarista Pepe Palau se torna relamido y consigue colocar una fotografía a color… ¡de Juan Carlos Calderón!, “que sería famoso mundialmente en el jazz si no tuviera que ganarse la vida haciendo música comercial”. El caso es que, si el tal Calderón es más conocido por sus piezas con Mocedades, ¿qué diablos tiene qué hacer en una enciclopedia de jazz que se precia de seria? “Han sido pocos y son pocos los músicos de jazz en España —apunta el enfervorizado y fanático Palau—. Quizás el de más renombre es Tete Montoliú, el invidente pianista catalán de jazz, hijo de otro también famoso músico catalán, Vicente Montoliú”.

El texto de Palau, confuso y personalista, retrata sin embargo una situación que se vivió en el mundo entero en los años setenta y sesenta, y que a fines del siglo XX fue olvidada sin más: “Al trasladarme a Madrid y empezar mi vida radiofónica profesional, comencé a difundir en todos los medios a mi alcance la música que a mí me gustaba. Tanto en Radio Madrid como en Radio Nacional colaba mis discos y salían al aire. Profesionales tan locos como yo (eso decían muchos, pero nosotros no lo creíamos así) luchábamos por la misma causa. Pero un buen día el ministro que ocupó primeramente la cartera de Información y Turismo se molestó en llamar a las emisoras, suspender esos programas musicales y exigir que esos discos fueran llevados a su despacho para hacerlos desaparecer… en la hoguera. Creo sinceramente que estaba equivocado. El caso es que el jazz fue prohibido en España y durante casi diez años sólo lo escuchábamos en nuestras casas los que disponíamos de una discoteca de jazz”.

Palau no da fechas ni nombres, desgraciadamente.

Fuera de estos presurosos y desinformadores textos, la enciclopedia de The Jazz Masters cumple con su cometido: incluye la biografía de más de mil personalidades del jazz, jamás reseñadas en ninguna publicación en castellano. Por supuesto, no está incluido algún mexicano y sí diversos españoles absolutamente conocidos en sus hogares: “El jazz perdurará mientras la gente lo escuche con los pies y no con la cabeza”, dijo alguna vez el director de orquesta John Philip Sousa, y tal parece, y ambas colecciones españolas de algún modo así lo demuestran, que en el cierre del siglo XX el jazz fue, por fin, “apresado” y encerrado en el Museo de la Digna Música para pasar a ser, ahora sí, una música permisiva, una música para ser escuchada con la cabeza y no ya con los desenfrenados pies.

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Juan Claudio Cifuentes, para la serie de Ediciones del Prado (intitulada El Gran Jazz), dijo que el género coincidió en su nacimiento con el de uno de los más sorprendentes inventos de nuestros tiempos: el fonógrafo: “Este hecho, una más de las maravillosas casualidades que nos depara el destino, ha hecho [la reiteración, hecho-hecho, nos demuestra a plenitud el descuido idiomático de los enciclopedistas contratados] posible que (si bien, como es lógico, no en su absoluta totalidad) un porcentaje importante de la Historia del Jazz haya quedado plasmada, prácticamente desde sus mismos principios, para la posteridad en esos soportes de sonido llamados discos y que muy pronto se han convertido en preciados objetos de colección”.

Es decir, el jazz, ya desde los noventa, cuando salieron ambas series editoriales, era parte del glorioso pasado. De otra manera hubiese sido imposible cronicarlo en sendas colecciones editoriales.

¿El jazz, como fuente de azarosidad musical, estaba en ese entonces realmente agotado?

Quizá como esquema, ciertamente, el jazz ha ido demasiado lejos, tan lejos que su figura se extravía a la distancia, es decir que yéndose más allá de sus “sonidos” reconocibles deja de ser, por lo tanto, jazz, de modo que sus expresiones sonoras distantes adquieren otras denominaciones. Ha ido tan lejos el jazz que ya no puede trasponer más sus propias fronteras a riesgo de ser expulsadas estas nuevas sonoridades del campo de lo estrictamente jazzístico, al grado de que, ahora, incluso el denominado kpop conserva ciertos resquicios jazzísticos. De ahí que el jazz resulte, ya, una forma musical histórica, ampliamente cronicable… y, por fin, recomendable.

Tan había extraviado su destino el propio jazz en la década de los noventa (o lo había limitado, mejor dicho) que sus festivales de música habían ampliado bárbaramente sus territorios en busca de una desesperada identificación de su progenie, aún sin fortuna. El antes afamado Festival de Jazz de Montreux (iniciado desde 1967), por ejemplo, ya a fines de los noventa no tenía empacho en incorporar a su renglón “jazzístico” a cualquier grupo exitoso de rap, tal vez con la creencia de que este género era, es, a lo mejor, probablemente, uno de sus hijos bastardos. No sólo eso, sino que desde el año 2023 empezaron a circular en dicho foro las celebridades del kpop —en ese año intervino la banda surcoreana The Rose, la primera en presentarse en el afamado Festival.

Esta vez, el tradicional festival “jazzístico”, celebrado anualmente en Suiza, del 3 al 18 de julio de 2026 llevó a cabo su edición con artistas del mundillo pop, virales en las plataformas, ídolos de las redes sociales como Raye, Zara Larsson, Pink Pantheress, Young Miko, Tyla y aventajadas (avejentadas) figuras de lo que fuera el rock como Sting, pues el jazz, como tal, se ha fusionado en las otras músicas que ahora casi nadie es capaz de percibirlo, gente como Louis Armstrong, digamos, se ha difuminado para dar paso a una sonoridad globalizada que ya no tiene tiempo de inventariar sonidos épicos, acaso demasiado personalizados que derivaban, por tanto, en una aceptación minoritaria.

Los tiempos, en efecto, han cambiado y los festivales, por consiguiente, para no verse oscurecidos o minimizados, también tienen que renovar sus esencias, no en vano el Festival de Jazz de Montreux se ha visto, desde hace varios años (la norteamericana Tori Amos, nacida en California el 22 de agosto de 1963, se presentó en dicho festival en los años 1991 y 1992 no siendo, en lo absoluto, una glamourosa jazzista, sí una respetada pianista y cantautora roquera), en la necesidad de reajustar su programación, como lo ha hecho, en México, el Festival Vive Latino, por ejemplo, al incluir en sus eventos a personalidades como el finado Celso Piña o a los Ángeles Azules.

Gente como Louis Armstrong o John Coltrane, ciertamente, la hallamos ya en enciclopedias o libros que cronican la historia de la música, que han dejado huella, sí, de su prestigiada y única música, mas no han podido ser —por una u otra razón vinculada, sobre todo, con el comercio, pues hemos de reconocer, aunque nos duela aceptarlo, que las redes sociales básicamente se mueven gracias al dinero que las sostiene— continuados en su ejercicio sonoro.

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