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La censura no tiene ideología, sólo intereses económicos

Un puntual análisis sobre el estado de la prensa actual es lo que vierte en este ensayo el experimentado periodista y escritor Víctor Roura. No sólo habla de Notimex —la agencia de noticias mexicana que ha sido obligada a detener su función informativa por un conflicto laboral—, también reflexiona, entre otras cosas, sobre el empecinamiento en tratar de diferenciar al periodismo de Estado con el periodismo privado. Lo verdaderamente significativo, escribe Roura, es ejercer éste sin ninguna cortapisa.


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El pasado martes 8 de junio, a 52 años de su fundación, la agencia de noticias Notimex fue obligada a detener su función informativa por una petición de su sindicato creado durante los tiempos de una fragorosa corrupción donde lo de menos era, justamente, el trabajo periodístico.

Alentados los sindicalistas por la mayoría de los medios de comunicación que no han podido redirigir su caudal económico como en los sexenios anteriores, al fin y al cabo dependientes eternos financieramente del Estado, han aprovechado esta coyuntura conflictiva laboral para exhibir, como nunca, su rencor y su desacuerdo por estar ya fuera de aquellos enormes presupuestos millonarios de los que antes eran beneficiarios, asunto que jamás, por supuesto, van a reconocer públicamente.

Y Notimex ha sido, sólo, una oportunidad para demostrar, y exponer, este enfado e irascibilidad simulados. Por eso los sindicalistas han sido empujados, e impulsados, a arremeter contra la nueva directiva periodística sin ser, ni uno de los sindicalistas, cuestionados por su quehacer informativo. La prensa, en este problema, se ha exhibido tal cual con la prensa misma que la incomoda y la revierte. Porque la prensa puede, en efecto, no comer carne de perro cuando la complicidad es una vía para proseguir acarreando agua a los molinos propios… pero puede ser mezquina cuando sus intereses se ven mermados. Y no ha tenido, por eso mismo, ninguna consideración hacia los periodistas que se han visto inmiscuidos en esta calamidad conflictiva.

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Luego de cavilarlo durante dos semanas, acepté la invitación de Sanjuana Martínez de dirigir la sección cultural de la nueva Notimex tras la promesa, que no ha sido incumplida, de una completa libertad informativa, que yo mismo, al verla coartada, y sin ninguna necesidad de pedir consejo a asesoría alguna, me hubiera retirado al día siguiente sin reparo alguno.

Revivimos una sección cultural asfixiada en sus pretensiones jamás definidas y en su timorata medianía tampoco nunca sacudida. Pero de esto los otros medios de comunicación no van a decir una palabra. Porque o no saben de asuntos culturales o porque les viene valiendo un sorbete este género periodístico que nunca les resuelve sus finanzas. La cultura, para el mundo empresarial, sirve, nada más, para cortejar al intelectual cercano a los poderes políticos.

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¿Por qué ese empecinamiento en tratar de diferenciar al periodismo de Estado con el periodismo privado?

El periodismo, privado o público, no deja de ser periodismo. Los periodistas son los que definen a la prensa, que, como oficio, sólo se plantea como teoría. Hay más periodistas de Estado fuera del Estado que adentro de él: toda la mafia cultural, por ejemplo, se cernía a los cánones de un periodismo de estado que a uno independiente, porque del Estado se servía.

Yo no hubiera nunca participado, ni lo he hecho en ningún otro momento de mi vida periodística, si mirase una cancelación en mis libertades expresivas. Es más, nunca fui invitado a participar en Notimex en ningún sexenio priista o panista porque de antemano sabían, sus directivos, mi negativa a intervenir editorialmente en sus páginas. Porque era obvio el papel de Notimex antes de este sexenio: la exculpación presidencialista, la complicidad corruptora, el silencio de los gravosos crímenes políticos.

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¿Por qué habría de otorgar otras prioridades a la información que se genera de manera natural en el acontecer nacional? Yo soy periodista, no guardaespaldas. Tampoco podría ponerme dos caras tal como lo hiciera la mafia cultural, siempre en los brazos del poder, para proyectar una ambigüedad crítica.

El PRI y el PAN se mantuvieron alertas cooptando, de una forma u de otra, a la intelectualidad mexicana, por algo ninguno de mis amigos que dirigieron anteriormente Notimex fueron capaces de llamarme para solicitarme alguna colaboración. Y por eso a Manuel Arroyo (el dueño de El Financiero a partir de 2012) le urgía, aunque con disimulo, que yo no estuviera en su medio para no ofender a su amigo Enrique Peña Nieto.

¿Por qué diarios como La Jornada o El Universal o revistas como Proceso mantienen listas negras para borrar o eliminar a personajes que no son de su afecto y los medios callan ante esta mezquindad? ¿Por qué a estos medios no se les cuestiona su unilateralismo atroz?

La prensa puede ser mezquina cuando sus intereses se ven mermados…

Yo he invitado a escritores a que escriban en Notimex sus puntos de vista culturales con libertad y algunos me han dicho que no lo harán porque seguramente, arguyen, van a recibir línea… ¡pero fueron asalariados del PRI y del PAN!

No entiendo varias cosas, pero con fortuna me entiendo a mí mismo. Y con eso he trabajado en la prensa durante casi medio siglo. Y si la propia Secretaría de Cultura federal comete dislates, no podemos guardar silencio. Y si mi amigo David Huerta sigue enojado con Notimex y no quiere dar ninguna entrevista, eso no quiere decir que su valía escritural sea entonces minimizada: cuando cumplió siete décadas y se negó a dirigirnos la palabra, me encargué, de todos modos, de publicar una entrevista inédita con él para celebrar su acto poético.

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No debiera haber ninguna diferencia entre el quehacer periodístico del Estado y el ejercicio periodístico privado. Más línea y coacción hay al interior de una sección cultural de un diario como La Jornada que en una sección cultural como la que manejamos en Notimex, al grado de que ya tratamos de entrevistar a los editores culturales de periódicos como Excélsior o Reforma sin obtener ningún resultado satisfactorio.

Y, sin embargo, se sigue preguntando si hacer periodismo para el Estado es más opresivo que trabajar en cualquier otro medio que no lo sea (que no sea del Estado, no que no sea más opresivo).

¿Por qué no ampliar esta pregunta, repito, a los diversos medios para saber sus respuestas?

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Cuando llegué a la agencia Notimex, a mediados de julio de 2019, contaba con un cuerpo periodístico numeroso. El problema es que no iban más allá de la nota ligera y superficial. Juro que en las dos primeras reuniones colectivas que hice para que habláramos de metas y alcances, nadie dijo nada. Vamos, ni un hola. Periodistas que no sabían escribir, editores que no sabían editar, promesas jamás cumplidas, habladurías en voces bajas, desprecio a los nuevos contratados, peticiones invariables de descanso (¡cómo me sorprendía que todo el mundo quisiera descansar sin importarles los nuevos proyectos!)… Y cuando me quise involucrar con algunos casos, de inmediato mostraban su indiferencia y arreglaban solos sus asuntos económicos para distanciarse de la agencia. Hablo sólo de la sección cultural, que a ella sirvo.

(Y ahora miro envuelto en dimes y diretes el conflicto laboral, escucho una cosa y luego la reproducción se convierte en desmenuzadas tergiversaciones, en chismerío de corrillos iracundos, que alcanza incluso hasta a periodistas considerados serios que realizan sus noticias mediante los supuestos y las fracciones, como en un vaso de cristal que se cae accidentalmente, se metamorfosean en diminutas esquirlas, cada una con el significado que cada quien le quiere encontrar: el mundo según cada cual, no como es.)

Ahora, en estos momentos de contingencia, la situación administrativa por supuesto se ha deteriorado, al grado de que sólo tenemos a tres reporteros en la búsqueda informativa con un solvente editor a cargo, Mario Bravo Soria, quien coordina a su vez a otros dos editores. Y todavía no podemos contar con una bolsa económica para colaboradores sino hasta la resolución final del conflicto sindical. No sé qué vaya a ocurrir cuando las cosas se normalicen adentro de la agencia, si es que puedo continuar en ella. No soy un adivino, por supuesto, ni un cauto predicador ni asesor político, así que, mientras tanto, escribo mi propia escritura.

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Lo significativo es ejercer el periodismo sin ninguna cortapisa. Sanjuana Martínez me conoce, yo también a ella, y ambos sabemos que lo nuestro es el periodismo sin restricciones. Por algo estoy, aún, ahí.

Hay periodistas que hacen prensa como prensa que anula periodistas, de modo que lo trascendental es ejercerlo con honradez en donde uno vaya. A veces ni cuenta me doy de que estoy escribiendo para Notimex, porque las más de las veces lo que quiero es elucidarme mi mundo.

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Cuando se ha caminado solo, el camino se hace al andar, como dice el poeta. Y es cierto. Las ventajas, diferencias o limitaciones se quebrantan cuando el objetivo es la escritura personal, pero se enciman, se dimensionan o gravitan cuando estás en el periodismo sólo por el poder económico: por ejemplo, ¡hubo periodistas que pusieron el grito en el cielo porque López-Gatell leyó poemas de Miguel Hernández! Culturalmente, el hecho es fascinante.

Pero en el momento menos esperado se muestra el cobre intelectual: cierta prensa sólo desea ejercer su poder exhibiendo su desinterés, o desconocimiento, cultural. No hay, o no debiera, si se es periodista digno, haber diferencias en trabajar lo mismo en El Heraldo que en Televisa que en Radio Centro que en CNN que en Notimex que en algún portal noticioso, pero sí las hay, las diferencias y las ventajas o desventajas, por los caprichos y las codicias empresariales.

¡Fernando Benítez era amigo de todos los presidentes de la República!, ¡Carlos Fuentes escribió todo un libro para halagar a su amigo Salinas de Gortari!, ¡Carlos Monsiváis recibió un museo de regalo de las manos de Carlos Slim!, ¡García Márquez estaba dispuesto a volver a escribir Cien años de soledad sólo para dedicársela a su amigo Salinas de Gortari como obsequio por haber ganado la Presidencia de la República! ¡Aguilar Camín ha recibido millonarios apoyos para solventar su revista Nexos! ¡Enrique Krauze ha recibido respaldo financiero de Secretarias de Estado para sus ediciones en Clío!

Con esto quiero decir que también los periodistas se comportan como empresarios cuando sus intereses les son compensados. Pero un buen periodista no distingue las diferencias en trabajar en uno u otro lado.

Días felices. // Desde la izquierda, de pie: Benjamín Wong, Iván Restrepo, Elena Poniatowska, Margo Su, Héctor Aguilar Camín; sentados: Carlos Monsiváis, Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Salinas, Gabriel García Márquez y León García Soler, en 1987. / Foto de Pedro Valtierra (Cuartoscuro).

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Aunque los (escasos) periodistas de cultura trabajan en distintos sitios, se mueven igual. Incluso pareciera no haber diferencias entre ellos. Hijos todos de la prensa cultural manifestada, regida, diseñada, programada y establecida por la mafia cultural (¡a partir de 1949!), no hay (pronto voy a decir no había) medio impreso que no trabaje bajo coartadas ceñidas todas ellas mediante certificaciones de aprobación o reprobación; es decir, que con su periodismo ya califican o, de plano, descalifican lo que publican: las listas negras, querámoslo o no, son las que hacen vivir la zona cultural, porque las restricciones informativas (llámense La Jornada, El Universal, Reforma, Letras Libres, Nexos, Milenio, Proceso, incluidos varios portales y los sistemas radiofónicos y televisivos privados del país, y muchas veces también públicos) son el pan de cada día, y aquí nada tienen que ver las inclinaciones políticas hacia la derecha o hacia la izquierda: la censura no tiene ideología, sólo intereses económicos.

Puede parecer inofensivo señalar que la única característica que define a las secciones culturales del país (y también en numerosos portales, que siguen las mismas líneas a veces sin saberlo) es la tradición y la costumbre impuestas por una mafia que se benefició de sus reglamentos y normativas, pero eso es lo que sucede a ojos vistas. Es maniqueo decirlo, pero se habla de lo que se carece: todas las secciones culturales dicen ser plurales no siéndolo, dicen dar voz a los que no la tienen pero sólo se las otorgan a un puñado de creadores, dicen no coartar expresiones pero discretamente lo hacen. Por eso la cultura sólo es representada por unos cuantos nombres. Acabar con todo eso evidentemente no es sencillo, ¿pero por qué no intentarlo?

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Los legados, si los hay, los conciben los otros, no uno mismo. No yo, por lo menos. Aunque, eso sí, el periodista no debe tener cotos, ni estar encerrado en corrillos, ni sólo fiarse de las amistades, ni anular las ideas ajenas.

Trabajar en la pluralidad no teórica, sino  práctica. Porque de la teoría a veces se puede comer bien desalojando por la cañería, sin ningún prurito, a la misma práctica.

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