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Dos conmemoraciones de Mauricio Magdaleno

40 aniversario mortuorio y 120 aniversario natal

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Junio, 2026

Al hablar del escritor y su tiempo, Mauricio Magdaleno le decía a Mario Puga en la Revista de la Universidad, en el año de 1956: “Creo que el escritor tiene una misión en la sociedad, y creo que es factor dinámico en su desarrollo. Si bien el hombre de letras llega a su empeño, para expresar su propia individualidad, más adelante su impulso se adentra en la realidad, en la que le circunda y de la cual es, él mismo, parte indesligable”. A veces olvidado por el canon literario nacional —craso error—, no hay duda de que Mauricio Magdaleno es uno de los más sobresalientes escritores del siglo XX mexicano. Prolífico autor —escribió obras de teatro, novelas, cuentos, crónicas, ensayos, colaboró en diversos periódicos y también en revistas nacionales y extranjeras, además fue autor o coautor de numerosos argumentos para cine—, en este 2026 dos efemérides sobrevuelan su figura: se celebra su 120 aniversario natal y se conmemoran cuatro décadas de su partida. Víctor Roura aquí lo recuerda.

1

En México, y en el mundo entero, pululan los compadres Mendoza.

Del cuento del zacatecano Mauricio Magdaleno (de quien durante 2026 se conmemoran dos aniversarios: 40 aniversario mortuorio —30 de junio de 1986— y 120 aniversario natal —13 de mayo de 1906—), mismo del que se hizo una célebre película en 1934 dirigida por el veracruzano Fernando de Fuentes (1894-1958), se pueden sacar varios aparatosos filones morales.

“Don Ventura Morales, mediero de las tierras de labor de un científico famoso en Morelos, murió allá por los primeros días en que Emiliano Zapata hacía armas contra el gobierno del general Porfirio Díaz” , dice el cuento de Mauricio Magdaleno. De sus tres hijos, Rosalío, el de en medio, se dedicó a la compra y venta de todo cuanto necesitaban los rebeldes, “desde un 30-30 hasta una locomotora”, como él decía, “sin importársele poco ni mucho los consejos de los suyos, que no desperdiciaban coyuntura para sermonearlo, buscando el modo de que se alejara de sus tratos peligrosos. El resultado de ellos fue la adquisición de dos magníficos ranchos junto a Huichila, en la vía de Cuautla (La Parota y Primavera) de un buen capitalito que giraba en México y Puebla en diversos negocios”.

Al compadre Mendoza le estimaban por igual “las gentes de Zapata que los del gobierno —cuenta Mauricio Magdaleno—. Los primeros, porque en muchas ocasiones fue Rosalío Mendoza el que contribuyó eficazmente, con su dinero o con su ayuda personal, a salvar una situación difícil; y los segundos, por el respeto que merecen siempre los pesos y la categoría social a quienes sostienen las instituciones, y porque nunca faltaba un regalito oportuno (un brioso potro alazán tostado, una soberbia Smith and Wesson, un gallardo traje de charro) para el jefe de la guarnición o de las operaciones en el Estado. Lo mismo se citaban en su comedor Emiliano o Eufemio Zapata que el más influyente general del ejército del gobierno enviado a Morelos a sofocar la revolución de los campesinos, según que los primeros o el segundo acabasen de tomar Huichila”.

Era Rosalío Mendoza, pues, un hombre “que sabía vivir”, como decían las lenguas que “no le perdonaban sus manejos y su rápida ascensión. A Rosalío, por lo demás, le importaba poco, en el fondo, de que la revolución agrarista tuviese toda la razón del mundo y que pelease muy justos anhelos, o de que la tuviese el gobierno y cumpliese deberes de humanidad al tratar de limpiar el sur de tantos bandidos. Él sabía su cuento; y estaba muy por encima de los partidos”.

2

Dieciséis relatos se compilan en el libro Cuentos completos, de Mauricio Magdaleno, que Lectórum editó en abril de 2003. Destaca, por supuesto, “El compadre Mendoza”, que es, ya, todo un hito en la narrativa mexicana.

Felipe Nieto, zapatista, hablaba de sus ideales a Rosalío y a Clotilde, la esposa de aquél, a quienes había pedido, así los estimaba el revolucionario, que fueran los padrinos de su hija. Los Mendoza aceptaron gustosos “e inmediatamente se arregló todo. La madre de la criatura era una mujer apacible que no decía palabra. Se le veía que adoraba a Felipe”. A esta pobre indita, agregó el general Nieto con gesto ladino, “me la hallé ahí por Puente de Ixtla. Es mi mera mujer. Las otras nomás son para pasar el rato”.

Pero al coronel Bernáldez, amigo también del compadre Mendoza, lo traía asolado Nieto: “Un día salió violentamente [Bernáldez] de Cuautla, con un tren repleto de soldados, armas y caballada. Los zapatistas habían caído sobre la plaza y destruido las líneas telegráficas. Se supo que era la gente de Felipe Nieto y de Tepepa la que estaba posesionada de la plaza. El coronel Bernáldez atacó por dos días, y en ambos le fallaron sus arremetidas”.

Los zapatistas eran un hueso duro de roer.

Por eso, en ese aprieto Bernáldez se apuró a llamar al compadre Mendoza. Para proponerle un sustancioso “negocito”, que, “al calor de los coñaques”, acabó por cerrarse, “un negocito sin peligros y que le llenaría la bolsa liberalmente para largarse, muy satisfecho de haber nacido, a México”.

Después, el compadre Mendoza fue a ver a su casi compadre Felipe Nieto para proponerle un arriesgado encuentro:

—Ahora verá —dijo a Nieto—. Bernáldez quiere rendirse. Déjeme hablar, compadre. Quiere rendirse. Yo lo he tenido en observación, como si dijéramos, por unos días, y tengo la convicción de que es leal.

—¡Pues eso quién sabe! ¡Diablo de viejo marrullero! —exclamó Felipe Nieto.

—Yo respondo, compadre. ¿Usted qué pierde? El coronel, como le digo, quiere echar la maroma… Ya se convenció de que el gobierno no domina la situación por mucho tiempo, y tiene ambiciones.

“El general Nieto callaba. Torcieron cigarros. Rosalío lo observaba, pasándole por la cara el resplandor de sus ojos venaderos”.

Mendoza repitió, convincente:

—Ultimadamente… ¿usted qué pierde? Como le cuento, el coronel me lo confesó. Yo pensé en que, de rendirse de veras y a lo macho, se le rindiera a usted… Para eso soy amigo de los dos. Además, su cartel subiría una barbaridad, compadre. Piénselo bien.

—Déjeme pensarlo —decidió Nieto, “impresionado, a pesar suyo”.

El compadre Mendoza le preguntó si temía por algo.

“El cabecilla se irguió, en la noche, con la más hermosa de sus sonrisas floreciéndole en la cara”.

—¿Yo? ¡No, compadre! ¡Y mucho menos estando usted de por medio! Lo que pasa es que ese Bernáldez no me entra —dijo Nieto.

—Acceda a una entrevista, compadre. Si se entienden, muy bien; si no, pues nada se habrá perdido. Yo estoy de por medio.

—¿Cuándo?

—Cuando usted diga. Nos citamos los tres aquí en La Parota, nos encerramos a darle vueltas al asunto, y ya verá cómo se arreglan para bien de la patria… ¿Le parece que sea mañana?

—Está bien. Dígale que mañana le espero, antes de pardear.

Y ambos casi compadres se dieron un fuerte y cálido abrazo.

3

Clotilde, dice Mauricio Magdaleno, “al hilo de sus sueños, se levantó intranquila, recelando algo. No sabía qué. Pero tenía un bulto en el corazón que le hacía pesado el aliento. Miró llegar con tanta naturalidad al coronel Bernáldez, detrás de Felipe Nieto, que no sabía qué pensar. Se lo preguntó a su marido. Rosalío, muy halagüeño, nada más la besó, empujándola suavemente.

—No te metas en lo que no te importa —dijo a Clotilde—. Que nadie nos moleste.

Después de la cena, el compadre Mendoza la previno: le dijo que tenía que largarse para Huichila, ahora mismo, a pesar de la lluvia, y ella no entendía para qué tanto desasosiego.

La mujer no escucharía el alarido, ni los disparos, secos, de máuser, y más gritos en su hacienda de La Parota, que sirvieran para eliminar, de una vez por todas, al coronel Nieto.

El negocito había salido a la perfección.

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