ArtículosConvergenciasModus Vivendi

Las universidades no son guarderías (ni las asesorías terapias)

Escuchar esta nota

Detenido

Junio, 2026

Cada vez más, las escuelas de hoy parecen guarderías. Y muchos profesores parecen y se comportan como verdaderos estandaperos, escribe Juan Soto en esta nueva entrega de su ‘Modus Vivendi’. Al profesorado se le exige que se convierta en un animador, en un acompañante emocional, pero no es fácil mantener la atención de un estudiantado que confía más en TikTok que en la información que hay en los libros. Y no, esto no es en contra de los alumnos. Se trata de invitar a pensar en el daño que le ha hecho el buenondismo y tanta laxitud a la educación escolarizada. El espíritu cool de la educación ha ido demasiado lejos.

Hoy, la experiencia escolar debe ser placentera

Educar proviene del latín ēdŭcāre y está emparentado con dūcĕre, ‘conducir’. Educere significa ‘sacar afuera’, ‘criar’. Educar está asociado a algunos significados que, hoy día, podrían incomodar a más de uno: dirigir, encaminar y doctrinar, por ejemplo. Sin embargo, también apunta al desarrollo o perfeccionamiento de las facultades intelectuales y morales de niños y jóvenes por medio de preceptos, ejercicios y ejemplos. Se asocia al desarrollo de las fuerzas físicas por medio del ejercicio, así como al perfeccionamiento o entrenamiento de los sentidos. También está relacionado con la enseñanza y buenos usos de urbanidad y cortesía. No nos suenan raras, aunque sí lo son, expresiones como ‘educar la voluntad’, ‘educar la inteligencia’, ‘educar el gusto’ y hasta ‘educar el oído’. De algunas personas que pasan muchas horas en los gimnasios se oye decir que tienen ‘cuerpos educados’, etc.

Seguramente usted ya habrá identificado algunas otras extrañas expresiones ligadas a educar. Por educación, llanamente, se entiende la acción y efecto de educar, aunque también se extiende hacia la crianza y la doctrina que se le brinda a niños y jóvenes. O, lea con atención, la instrucción que ocurre por medio de la instrucción docente. Los significados de educar y educación no sólo están íntimamente vinculados, sino que han cambiado, obviamente, con el paso del tiempo. La educación, lo dijo atinadamente Lipovetsky, el filósofo y sociólogo francés por todos conocido, ha alcanzado un estadio cool en las sociedades empapadas de liberalismo. Y eso es un gran problema.

Que la experiencia escolar provea placer se ha convertido en uno de los grandes objetivos del mundo actual. Quizá de casi todo el mundo occidental. La enseñanza, la transmisión de conocimientos y el desarrollo de capacidades intelectuales, en una lógica plagada de laxitud, no es, precisamente, una prioridad. Hoy día, la experiencia escolar debe ser placentera. Los contenidos deben gustar y ser agradables, antes que nada. Para muchos profesores que se han tomado al pie de la letra los discursos liberales de la educación cool, es más importante ‘conectar’ con los estudiantes que enseñarles cosas. Y, si es posible, divertirlos mientras están frente a grupo. Es cierto, el tránsito de un modelo autoritario y coercitivo hacia un modelo más relajado en la educación era necesario. Pero los modelos de carácter afectivo y psicológico hicieron de la laxitud educativa una cuestión irrefrenable. En su libro Gustar y emocionar. Ensayo sobre la sociedad de la seducción, Lipovetsky nos recuerda cómo, a principios del Siglo XX, el espíritu de la pedagogía moderna, inspirado en los trabajos de Piaget, Montessori, Freinet, Cousinet y Dewey, se erigió progresivamente como una ideología dominante durante la mitad de dicho siglo. Paulatinamente se fueron rechazando abiertamente las obligaciones y las prohibiciones, las exigencias arbitrarias y los ejercicios repetitivos e impuestos. Las seductoras corrientes de la Nueva Educación, dice Lipovetsky, preconizaron métodos basados en la espontaneidad de los niños que debían permitirles aprender, lea con atención, de manera activa, lúdica y atractiva. A la par, vimos aparecer, pues, una nueva retórica psicoafectiva impulsando valores liberales y hedonistas para educar a millones de niños, jóvenes y adultos. Nada que generase tensión. Nada que provocase ansiedad. Nada que exigiese demasiado. Y, si es posible, que se diga ‘no a los exámenes’. No a las evaluaciones exigentes. No a las lecturas largas. No a los textos complejos. No a todo aquello que obligue a realizar un esfuerzo intelectual sostenido. Ciertamente vimos aparecer, también, nuevos estándares educativos alineados con los principios del universo democrático, individualista y hedonista como también lo sostiene el filósofo francés en su libro provocador.

Ilustración: cortesía Freepik.

Muchas escuelas de la actualidad, cada vez más, parecen guarderías. Y muchos profesores parecen y se comportan como verdaderos estandaperos. Al profesorado se le exige que se convierta en un animador, en un facilitador, en un acompañante emocional y en un gestor amateur de emociones. Pero no es fácil mantener la atención del estudiantado que confía y cree más en la información que circula en TikTok, YouTube, Facebook e Instagram que en la información y los conocimientos que hay en los libros. Nunca como hoy los profesores han tenido que lidiar con saberes metafísicos convertidos en verdades incuestionables. En las aulas de las universidades hay terraplanistas. Hay creacionistas radicales que defienden los discursos religiosos a través de sus dogmas. Hay estudiantes que defienden convicciones imposibles de demostrar con una seguridad admirable. Pero, paradójicamente, también existen profesores que combinan discursos científicos con discursos esotéricos y difunden ideas sobre cuestiones espirituales y metafísicas de todo tipo. El espíritu cool de la educación que se ha extendido a muchos ámbitos de la vida social, no sólo es cosa del estudiantado. La frontera entre conocimiento ‘científico’ y sentido común es cada vez más borrosa.

Pensar exige trabajo. Leer exige esfuerzo. Argumentar exige disciplina

Cuando los contenidos de las lecturas que forman parte de los planes y programas de estudio difieren de las creencias que el estudiantado universitario ha cultivado de manera previa, sostenida e incuestionada, suelen ser no muy bien recibidas o, de plano, rechazadas. Al llegar a las universidades, buena parte del estudiantado ya conoce y se ha entrenado bastante bien en el uso de la emergente retórica psicoafectiva que se extiende como plaga en las conversaciones cotidianas, en los medios de comunicación, en las plataformas publicitarias, en la literatura de la psicología positiva, etc. Y en un mundo complaciente, la crítica resulta incómoda. Dígale a cualquier persona que el mentado ‘lenguaje corporal’ no existe, que de esa idea se hacen negocios millonarios y sabrá de lo que estamos hablando. Dígale a un derechista que los campesinos y los obreros son dos de los sectores que más trabajan y menos tienen. Dígale de paso que su sonsonete clasista y discriminatorio de que ‘el pobre es pobre porque quiere’ no puede sostenerse y conocerá la irritabilidad. Dígale a alguien que la felicidad no se alcanza por decreto porque buena parte de lo que hacemos y nuestras interacciones dependen de la contingencia y será probable que le retire la palabra. Dígale a alguien que ‘las cosas no pasan por algo’ y que ‘los tiempos de Dios no son perfectos’ porque no hay una predestinación y porque tenemos capacidad de agencia y conocerá el odio. Más allá de los ámbitos escolarizados, el espíritu cool de la educación también se manifiesta.

Las universidades parecen encontrarse atrapadas entre dos exigencias incompatibles. Por un lado, deben enseñar contenidos complejos. Pero, por otro, deben satisfacer al estudiantado que se ha entrenado en una cultura de la gratificación inmediata. Sin embargo, la filosofía no se aprende mediante juegos en el aula o a través de la implementación de dinámicas de preguntas y respuestas cuyo objetivo sea la recompensa como en los programas de televisión. La ciencia no se aprende mediante dinámicas recreativas permanentes. El pensamiento crítico no aparece espontáneamente mientras el estudiantado recibe los rayos del Sol en los jardines de los campus. Pensar exige trabajo. Leer exige esfuerzo. Argumentar exige disciplina. Escribir, por cierto, no es una cuestión de ‘inspiración divina’. Lo importante ya no es que algo sea verdadero. Lo importante es que no resulte amenazante o incómodo.

Uno de los grandes dilemas que enfrentan las escuelas en general es divertir o fracasar. Si la educación se hace acompañar de dinámicas entretenidas y ‘metodologías innovadoras’, siempre será bienvenida. La enseñanza de buena parte del profesorado, por su parte, se apoya en los clichés. Alain Deneault, el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Montreal, ha destacado algunas ideas sobre la utilización del dispositivo prostético del pensamiento y del discurso mejor conocido como Power Point. Ha dicho que en cuanto alguien comienza a depender de él, pasa a estar prácticamente obligado a basar sus enseñanzas en una serie de clichés que van más allá de ser meros términos de moda con carga ideológica y a emplear ilustraciones de un valor estrictamente anecdótico, así como a disparar argumentos que reducen toda idea a la forma de eslóganes simplistas entre los que se establecen jerarquías brutales. Sin embargo, más allá de la dependencia del Power Point, la enseñanza basada en clichés, panfletos y discursos estereotipados le viene bien al estudiantado que anhela discursos confirmatorios que refuercen sus ideas, sus creencias, sus opiniones, sus prejuicios, etc. Paradójicamente, Daniel Boorstin, ese controvertido historiador estadounidense, lo dijo bien a pesar de todo. A la gente no le gusta que le vacíen la imaginación. Le gusta que se la cosquilleen.

No obligar. No forzar. No imponer. Hoy, el conocimiento hay que negociarlo

Y sí, después de tantos años de obediencia y disciplina escolarizada, la renuncia, el rechazo y la modificación de los modelos educativos eran casi obvios. La denuncia de que los profesores se interesaban más por la disciplina ciega, el adoctrinamiento y el control del pensamiento que por fomentar el conocimiento y la individualidad de los estudiantes aparece hasta en la conocidísima canción de Roger Watters “Another brick in the wall”. Que ya es bastante decir. El reformismo educativo embonó muy bien con ideas vinculadas a no obligar. A no forzar. A no imponer. A no incomodar. A no ejercer ninguna forma de autoridad intelectual. Y, por el contrario, a escuchar, a dialogar, a intercambiar, a incluir y a negociar. Aunque aquello que se negocie sea precisamente el conocimiento. En una lógica así parece no importar que las ideas del estudiante estén equivocadas. Total, vale más su opinión que la consistencia de sus argumentos. Pero, como lo dijo Lipovetsky, la educación sin obligaciones conduce a un callejón sin salida. Hay una especie de individualismo y hedonismo cultural que parece envolverlo todo. No sólo está en las aulas, sino también en la vida familiar, en las relaciones sociales, en buena parte de las instituciones del mundo actual y los discursos que se desplazan como aludes en medio de la frenética búsqueda de la felicidad. ¡Arriba la permisividad! ¡Abajo la frustración! ¡No a la reprobación! ¡Sí a la evaluación del profesorado!

Y sí, como lo señaló Remedios Zafra, la destacada profesora, investigadora y ensayista española especialista en el estudio de la cultura contemporánea en su reflexión crítica y aguda sobre El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital: el sistema de evaluación permanente, la vida competitiva y el agotamiento travestido han contribuido no sólo a la precarización, sino también a la laxitud en la educación. ¿Por qué? Porque lo importante para buena parte del profesorado no es transmitir conocimientos ni discutir precisamente, sino salir bien evaluado por el estudiantado para así no perder becas ni estímulos. En los trabajos precarizados, los incentivos económicos son importantes. Así, para muchos profesores uno de sus objetivos prioritarios no es precisamente que los estudiantes aprendan sino caerles bien.

La constante reivindicación del laissez-faire garantiza, sutilmente, más satisfacciones y menos obligaciones. Más derechos y menos responsabilidades. Más recompensas y menos disciplina. Mejores calificaciones con menor esfuerzo. Esto hace que el estudiantado se preocupe cada vez más por las calificaciones y cada vez menos por los conocimientos y su manejo. Pero mejores calificaciones no necesariamente significan mejor comprensión de los contenidos. La idea de que la frustración debe eliminarse a toda costa contrasta con el ritmo y la cadencia del aprendizaje. El mundo real funciona con reglas nada complacientes. Al interior de las escuelas se insiste en la ilusión de que cada individuo aprende de manera distinta y que toda exigencia de homogeneización de los procesos educativos es sospechosa. Así, la educación individualizada suena maravillosa. Aunque esto dé como resultado niños creciendo en burbujas de conocimiento personalizadas que puedan ser adaptadas a sus preferencias. La enseñanza basada en conocimientos individualizados y las trayectorias sin conflicto no son la mejor manera de formar estudiantes. El respeto absoluto al ritmo individual de aprendizaje, para muchos, se ha transformado en dogma. Las escuelas Freinet y Montessori pululan.

Si lo que importa es que la experiencia educativa sea liberada de toda coerción, que los estudiantes se hayan divertido, entretenido y hayan sido felices en el preescolar, en la primaria, en la secundaria, en el bachillerato, en la licenciatura, en la maestría y ¿por qué no? hasta en el doctorado, deviene fundamental. Si escriben con faltas de ortografía, qué importa. Si son incapaces de realizar cálculos matemáticos básicos, qué importa. Si no han leído clásicos de la literatura, qué importa. Lo que importa es que su experiencia escolarizada haya sido cool.

Ilustración: cortesía Freepik.

Hay olvidos deliberados que tienen consecuencias

Il paese dei balocchi de Le avventure di Pinocchio parece buscarse sin recato, ni temor alguno. Total, en una publicación del World Economic Forum del 27 de noviembre de 2015 se difundió una lista de 14 personas de éxito que no fueron a la Universidad en la que aparecen Bill Gates (Microsoft), Michael Dell (Dell Computer), Mark Zuckerberg (Facebook), Steve Jobs (Apple), Jack Dorsey (extinto Twitter), Paul Allen (Microsoft), Larry Ellison (Oracle), Evan Williams (extinto Twitter), Sean Parker (Plaxo, Napster, Airtime), Jan Koum (Whatsapp), Dustin Moskovitz (Facebook, Asana), Hiroshi Yamauchi (Nintendo), Gabe Newell (Valve Corporation) y Azim Premji (Wipro Bi). Nadie de Ciencias Sociales, afortunadamente. Y aunque sí fueron a la universidad estos avariciosos personajes, pero la abandonaron, tanto el titular de la publicación como los discursos que rondan esa idea reivindicatoria del do it yourself parecen reforzar una idea que alimenta la desacreditación de la educación disciplinaria.

Peter Burke, el historiador francés, rescatando la idea sobre el «currúculum nulo» —de la cual habló el teórico de la educación Elliot Eisner—, destacó, en ese interesante libro titulado Ignorancia. Una historia global, que «la ignorancia no es sólo un vacío neutro». Hay contenidos que ya no se enseñan porque se considera que no son necesarios. Hay olvidos deliberados que tienen consecuencias. Destaca que en Estados Unidos las Gallup Youth Surveys mostraron entre 1977 y 2000 que «el conocimiento de la historia del mundo ha ido en descenso» y que cada vez menos encuestados eran capaces de asociar a Hitler con Alemania, Napoleón con Francia o Churchill con Inglaterra. Agregó que una encuesta de 2000 puso en evidencia que sólo el 42 % de los encuestados sabían que 1492 fue el año en que Colón ‘descubrió’ América y que el 56 % no atinaba a decir cuándo había sido el año de la independencia de aquel país. Entre otros de los rasgos característicos del estadio cool de la educación, está no sólo la desinformación sino el analfabetismo funcional. Pero cada tema exige una columna por separado.

Y para evitar las siempre malintencionadas interpretaciones, esto no es en contra del estudiantado. Se trata de invitar a pensar en el daño que le ha hecho el buenondismo y tanta laxitud a la educación escolarizada. De reflexionar sobre las consecuencias que ha tenido el furor por poner en práctica tanta retórica psicoafectiva que ha llevado a reforzar el espíritu anti disciplinario. Es un intento de tratar de poner en evidencia lo que implica reivindicar la ludificación de las experiencias escolarizadas para centrarlas más en las dimensiones afectivas que en las racionales de la vida. La culpa no es de los alumnos. Es de quienes se han fascinado con el seductor espíritu cool de la educación, los ludificadores.

Y, por cierto, las universidades no son guarderías, ni las asesorías terapias…

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button