Gilberto Chen y Ana Casas Broda, Medalla al Mérito Fotográfico 2026
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Detenido
Octubre, 2026
En el contexto del 27 Encuentro Nacional de Fototecas y de la celebración por los 50 años de la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el pasado 23 de octubre se entregó la Medalla al Mérito Fotográfico 2026 a Ana Casas Broda y a Gilberto Chen Charpentier en reconocimiento a sus trayectorias.
Ana Casas Broda es sobre todo fotógrafa. Pero no sólo. De hecho, su trayectoria entreteje docencia, edición, curaduría y también el impulso de plataformas. Por todo ello, la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, a través de la Fototeca Nacional, le ha otorgado la Medalla al Mérito Fotográfico 2026.
A la par, también ha sido recipiendario de la Medalla su colega Gilberto Chen Charpentier, artista de la lente que ha utilizado el autorretrato como una herramienta artística y personal, y en cuya obra nos conecta con la fragilidad humana y la resiliencia.
El galardón les ha sido entregado el pasado 23 de octubre durante el 27 Encuentro Nacional de Fototecas, en el Museo Nacional de Antropología; edición que, para la Secretaría de Cultura federal, también representa la celebración del 50 aniversario de la Fototeca Nacional (entidad a cargo del Instituto Nacional de Antropología e Historia).
Para mí, la fotografía es un medio en constante cambio: Ana Casas Broda
“Todo fotógrafo tiene una foto”, le dijo alguna vez el curador Alejandro Castellanos a Ana Casas Broda; en su caso, está bien identificada: ella y su omama Hilda, desnudas, con las manos entrelazadas, viendo fijamente a la cámara. “La fotografía creó un lazo de complicidad entre ambas. Nos salvó, identificó y acercó”, cuenta en entrevista.
Nacida en Granada, España, en 1965, Ana Casas Broda es sobre todo fotógrafa. Pero no sólo. Su trayectoria entreteje obra de autor, docencia, edición, curaduría y el impulso de plataformas, como es Hydra, la cual genera proyectos relacionados con la fotografía, desde 2012.
En este lugar, fundado con Gerardo Montiel Klint y Gabriela González Reyes, Ana nos habla sobre lo que significa construir narrativas desde la intimidad, como lo reflejan sus fotolibros Álbum (Mestizo, 2000) y Kinderwunsch (La Fábrica, 2013). El primero es la historia del vínculo con su abuela, a través de la fotografía (las raíces mismas de su vocación); el segundo, un acercamiento a la compleja experiencia de la maternidad y de la relación con sus hijos.
“Para mí, la fotografía es un medio en constante cambio, de exploración del mundo y de uno mismo, la cual permite abrir puertas, mirar cosas, relacionarse con las personas, suscitar momentos, que no sucederían de otra forma.
“Algo que no me cansaré de repetir es que, mientras más singular se vuelva el trabajo, más universal es. Cuando profundizamos nos volvemos frágiles, humanos. Esos puntos de sinceridad son los que nos permiten conectar, independientemente del lugar y la cultura de los cuales vengamos”, puntualiza la fotógrafa.

Ana se califica como obsesiva. Estudió historia, pintura y fotografía, fue asistente de Manuel Álvarez Bravo a inicios de los años ochenta, pero, al poco tiempo, decidió enfocarse en sus propias fotos. Su gusto por la narrativa nació en las páginas del álbum de su abuela y de los fotolibros de la editorial Scalo, como Raised by wolves (1995), obra multimedia de Jim Goldberg, entre el documental y la ficción narrativa, sobre la juventud marginal de California.
Tras los 14 años dedicados a Álbum, su siguiente proyecto de largo aliento fue Kinderwunsch (‘Niños y deseo’), en el que cuerpo y casa volvieron a ser ejes fundamentales: “Siempre he trabajado desde mi necesidad de explorar a fondo algo que me parece importante, vital, existencial, con toda la honestidad posible. Fue interesante observar que Kinderwunsch despertaba reacciones contradictorias, había quienes calificaban las imágenes de deprimentes y otras que reconocían el afecto detrás de ellas.
“Empecé a darme cuenta de que la maternidad y la infancia quedan en un espacio sin palabras, donde todo son sensaciones, emociones, y lo que se despierta a nivel inconsciente depende de la experiencia que hemos tenido siendo padres o hijos, o ambos”, reflexiona la artista visual.
Además del desarrollo de su obra, desde 1990 Ana Casas se ha dedicado a la organización de programas de estudios, seminarios, talleres, encuentros y conferencias, en lugares como el Centro de la Imagen, desde su Seminario de Fotografía Contemporánea, y en Hydra, donde, en 2016, inició el programa Incubadora de fotolibros.
“Nos hemos sumergido en la experimentación de la narrativa, de los materiales, aprendiendo de editores de diferentes latitudes, creando universos contrastantes. La finalidad es que los autores creen su propia opinión y cuenten con herramientas para generar su discurso”, finaliza la creadora.
Con la fotografía he crecido y sanado: Gilberto Chen Charpentier
Nació en la Ciudad de México en 1954. De sus 72 años en esta tierra, la cámara y la fotografía han acompañado a Gilberto Chen Charpentier por 53 años.
“Mis acercamientos con la fotografía se dieron en la preparatoria, donde había un taller con cuarto oscuro, y luego surgió la oportunidad de trabajar en la revista Deporte Color. Comencé a estudiar física, pero siempre di prioridad a la foto. Dejé la carrera al tercer año, y me hice socio de un laboratorio fotográfico”, nos cuenta.
Pese a la experiencia que creyó haber adquirido, para su ego fue un descalabro que no seleccionaran su propuesta en el Primer Coloquio Latinoamericano de Fotografía, en 1978, organizado por el Consejo Mexicano de Fotografía (CMF). Fue entonces cuando comprendió una verdad: “Para ser fotógrafo tienes que aprender el lenguaje, es decir, saber cómo quieres decir las cosas y qué quieres decir. Pasa igual que la escritura. Un altísimo porcentaje de la población sabe leer y escribir, pero, ¿por qué no todos son poetas? Una cosa es conocer el a, b, c, y otra cultivar un lenguaje propio para decir algo.
“De los setenta, que empecé a hacer foto deportiva, a los ochenta que entré al CMF, lo que hice fue aprender un lenguaje”, reflexiona.

Él era parte de los jóvenes que no se atrevían a interpelar a las “vacas sagradas, como Pedro Meyer”, recuerda. Algunos de aquellos jóvenes, como Vida Yovanovich, Vicente Guijosa, Adrián Bodek, Guillermo Soto, Carlos Contreras de Oteyza, Isaac Sigal y el propio Chen formaron el grupo six pack (aunque el número de camaradas variaba).
“En ese grupo de confianza aprendí a argumentar y a escuchar contraargumentos. De ahí salieron proyectos como el de la ‘Carlota’, en el que exploré ponerle un cuerpo a esa cabeza que originalmente iba a ser para la escultura de una virgen; y el de los salones de baile, que fue el primero y lo hice con película de color nocturna”.
Sin embargo, un diagnóstico médico sería el detonante de su serie decisiva: Testimonio de una curación. En 1991, le detectaron un tumor mediastinal. No lo tomó como un anuncio letal. Y más aún: supo que nadie más debía y podría contar su historia: “Tuve que ver encuadres, exposiciones, poner temporizador y calcular el disparo, en una época en la que no había autoenfoque ni pantallas en donde verme.
“Las sesiones de quimioterapia dieron resultados positivos, pero el material estuvo guardado casi dos años. No quería entrar al cuarto oscuro y enfrentarme a esas imágenes, también pensando en la forma en que debía trabajarlas, por ejemplo, las radiografías son tamaño natural y las fotos eran formato 35 mm, ¿cómo integrarlas?”, recuerda ahora.
A más de 30 años de distancia, las imágenes (con las que ganó el Premio de Adquisición de la VI Bienal de Fotografía) reflejan perfectamente su sentir de esa época difícil: “Siempre había sido purista. Mi fotografía era directa, nada de manipulaciones. Pero, en este caso, debía liberar mis emociones. Por una extraña razón se rayó un negativo que era importante y, en vez de enojarme, decidí rayarlo más, fue así como rompí fotos, hice collages, montajes, manchones, lo que fuera”.
Mientras se reclina, una cicatriz asoma bajo la camisa de Gilberto, quien mira confiado a la cámara y responde: “Con la fotografía me he ganado la vida, pero, sobre todo, es un lenguaje a través del cual he crecido, sanado y divertido”.
Gilberto Chen muestra con orgullo la cicatriz que cruza su pecho, y hace pensar en “La piel de las paredes”, un proyecto en el que captura muros intervenidos. De un tiempo a esta parte ha vuelto a retratarse, “jugando con la idea de que el reloj puede adelantarse o echarse para atrás”… Pocos como él han ejercido el derecho a la autorrepresentación de una forma tan valiente.
(Por cierto: el más reciente fotolibro de Gilberto Chen es Contra viento y marea, un ensayo de autorretratos.) ![]()



