
Entretenimiento de bajo nivel para las masas
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Detenido
Octubre, 2026
¿Qué define realmente a la cultura en la vida cotidiana? Entre preocupantes datos de hábitos de lectura en nuestro país, autores de consumo masivo y la profesionalización del chisme, en esta nueva entrega Juan Soto desmonta —apoyado del análisis antropológico de Marvin Harris— el mito de la «gente culta» y analiza cómo el entretenimiento de bajo nivel se ha consolidado, ya, en una sociedad que confunde la popularidad con la calidad.
En el año 2000, el profesor Marvin Harris publicó un libro por demás interesante titulado Teorías sobre la cultura en la era posmoderna. Cualquiera que se haya adentrado en los terrenos de la antropología sabrá lo problemático que es definir ese resbaloso concepto llamado “cultura”. Sería exagerado afirmar que existen tantas definiciones de cultura como antropólogos hay en el planeta, pero lo cierto es que dependiendo de las orientaciones epistemológicas que cada “gremio” tenga, será la forma en que se la defina.
Podemos recordar que no fue sino hasta finales del siglo XIX cuando el concepto de cultura comenzó a ser utilizado en un sentido antropológico, pues hasta entonces se seguía suponiendo que las diferencias entre los seres humanos podían explicarse gracias a la herencia biológica. Justo es decir que estas ideas no han desaparecido del todo, y que, de hecho, tienen vigencia en muchos círculos sociales y académicos: se sigue apelando a la raza para explicar la longevidad, el atractivo sexual, el tamaño del pene, el olor del cuerpo, las habilidades para el canto o el deporte, la inteligencia, entre otras características más. Muchos de nuestros pensamientos, en este y otros ámbitos, siguen siendo decimonónicos. Y aunque todo parece apuntar a que fue Edward B. Taylor quien utilizó por primera vez el concepto de cultura en un sentido antropológico, fue el gran antropólogo Franz Boas quien lo empleó para tratar de contrarrestar las versiones biológicas sobre las diferencias humanas. Atinadamente, Marvin Harris, ese brillante provocador del materialismo cultural, señaló que “el único ingrediente fidedigno que contienen las definiciones antropológicas de la cultura es de tipo negativo: la cultura no es lo que se obtiene estudiando a Shakespeare, escuchando música clásica o asistiendo a clases de historia del arte. Más allá de esa negación impera la confusión”.
¿Entretenimiento ‘culto’?
Afirmar que alguien es “culto” porque lee a cualquier escritor de moda es una, digamos, aberración. Culto, en su acepción más general, quiere decir “dotado de cultura” (y, en ese sentido, todas las personas, por el simple hecho de pertenecer a una sociedad, están dotadas de cultura, por lo tanto, no hay personas “incultas”). Aquellos que piensan que la cultura se mama en Bellas Artes, en los museos, en los conciertos de música de cámara o en la ópera también parecen estar despistados: la cultura es lo que se mama en la vida cotidiana. Es lo que moldea nuestro pensamiento colectivo.
Cuando sus versiones sobre la realidad no alcanzan a explicar aquello que ocurre frente a sus narices, psicólogos, psicólogos sociales, sociólogos, comunicólogos, etcétera, argumentan que eso que presencian “es cultural”. Explicación que no expresa algo coherente. Y definiciones de cultura hay muchas. Están, sólo por mencionar las de fácil identificación, las descriptivas, las históricas, las normativas, las psicológicas, las estructurales y las genéticas . Y, vale la pena señalarlo, también existen conceptos de cultura, como el evolucionista, el histórico-particularista, el funcionalista y el estructuralista. Así que la próxima vez que escuche a alguien decir “es cultural”, podrá echarse a reír. Porque es cierto, tal y como lo decía el profesor Harris: “Una cultura es el modo socialmente aprendido de vida que se encuentra en las sociedades humanas y que abarca todos los aspectos de la vida social, incluidos el pensamiento y el comportamiento”.
No hay de otra: hablar de “entretenimiento culto” es un desacierto. Y aunque hablar de “entretenimiento de bajo nivel” supone que existe un “entretenimiento de alto nivel” (con la complicación de tener que señalar criterios para separarlos e identificarlos), sin temor a equivocarnos podemos decir que el entretenimiento, en todo el mundo, es de “bajo nivel”. Su calidad es, digámoslo así, dudosa. Esto nos lleva a un hecho peculiar: el gusto generalizado y la calidad de los contenidos de las formas de entretenimiento no son lo mismo. Dicho de otro modo: lo primero no garantiza lo segundo. El hecho de que un libro, una canción o una película le guste a millones de personas no garantiza su calidad.
Industria avasalladora
Así las cosas, el panorama en México no es demasiado alentador. Durante este primer cuarto de siglo, nuestro país no ha dejado de estar en los últimos lugares en “hábitos de lectura”, de acuerdo con la Unesco. Según el organismo internacional, México ocupó el lugar 107 de 108 países en un índice mundial de lectura, con un promedio de 2.8 libros al año en 2020.
Desde luego, las estadísticas locales arrojan otros datos. De acuerdo a los resultados del Módulo sobre Lectura del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2025, en México, ocho de cada 10 personas alfabetas de 12 años y más leyeron al menos un libro, revista, periódico, historieta o página de internet, foro o blog.
De total de esta población alfabeta (103.9 millones), 62.5 % leyó libros; 45.7 %, páginas de internet, foros o blogs; 29.6 % revistas; 24.8 %, periódicos, y 20.9 % declaró leer historietas, cómics o mangas.
Lo más llamativo de los resultados, sin embargo, es el tipo de consumo de lo que se lee en México. Por lo menos en dos décadas, las cosas no han cambiado demasiado. Veamos. La Encuesta Nacional de Lectura 2006, realizada por el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, decía que el 56.4 % de los encuestados respondió que leía libros. El 32.5 % reportó que “lee textos escolares”. El 19.7 % reportó leer libros de “superación personal”. De ese 56.4 % de personas que dijeron “leer”, el 35.8 % respondió que no sabía cuál era su libro favorito y el 7.9 % respondió que “ninguno”. El 3.7 % de los que sí leen, señalaron que su libro favorito era La Biblia. El libro titulado Juventud en éxtasis estaba, como libro favorito, por encima de Don Quijote de la Mancha y Cien años de Soledad. Títulos como Cañitas, Volar sobre el pantano y El Código da Vinci también engalanaban tan honorable lista. Y por si fuera poco, frente a la pregunta: “¿Cuál es su autor preferido?”, el 47.9 % “no sabe”, el 15.2 % “no contestó” y el 9.1 % aseguró que “ninguno”. De los autores que sí se mencionaron, el que encabezó la lista fue Carlos Cuauhtémoc Sánchez, seguido (en ese orden), de los distinguidos Gabriel García Márquez, Miguel de Cervantes Saavedra y Octavio Paz. Y si ya lo anterior era asombroso, Carlos Trejo apareció por encima de Mario Benedetti, Pablo Neruda y Juan Rulfo. La cereza sobre el pastel la pusieron el 38.8 % de los “lectores” que no recuerdan qué libro leyeron. Leer sin saber quién escribió lo que se lee no es poca cosa.
En 2025, según los resultados del INEGI, los tipos de libros más leídos por las mujeres fueron ‘literatura’ (48.3 %), seguido por los de ‘autoayuda’, ‘superación personal’ y ‘religiosos’ (46.1 %). Para los hombres, sus mayores lecturas fueron los ‘específicos de alguna materia’ (39.0 %), seguido por los de ‘autoayuda’, ‘superación personal’ y ‘religiosos’ (37.9 %). Así las cosas.
Vivimos en un país donde se escriben más libros de los que se leen; donde el chismorreo se ha profesionalizado bajo el título de “periodismo de espectáculos”; donde las “célebres nulidades” devienen personalidades afamadas; donde a los “dramas televisivos” se les llama “novelas” y donde cualquier persona que aparece en un “drama televisivo” o en alguna de las múltiples plataforma publicitarias se hace llamar “artista”; donde se ha consolidado, tristemente, un star system que pone en evidencia la ínfima calidad del entretenimiento. En una sociedad así, distinguir entre un buen escritor y uno pésimo, entre un buen actor y uno malísimo, entre una buena película y un bodrio cinematográfico resulta muy difícil. En las sociedades poco informadas y poco instruidas el entretenimiento de bajo nivel ha devenido en una industria avasalladora. ![]()



