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Detenido
Septiembre, 2026
Este 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, el cine y la literatura ha intentado no sólo contar y reflexionar sobre lo que ocurrió aquel día, sino también indagar sobre sus causas y consecuencias. De ello nos hablan Adriana Kiczkowski y Pablo Castrillo Maortua, respectivamente. ¿Cómo escribir novelas sobre un hecho real que, por su magnitud y su dimensión visual, parece ficticio?, se pregunta Adriana Kiczkowski. Por su parte, Pablo Castrillo nos habla sobre cómo los atentados de 2001 reavivaron un género de suspense político abandonado: hoy son varios los títulos que exploran las tripas del poder en EE. UU.
La literatura después del 11 de septiembre de 2001: del trauma global al conflicto local
Adriana Kiczkowski
El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.
En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.
Del espectáculo televisivo al duelo
Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona:
“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.
En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.
Paul Auster siguió un camino similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.
Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.
La guerra contra el terror, vista desde los márgenes
A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.
En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se desarrolló sólo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.

En mi investigación doctoral propuse leer estas obras de ficción como literatura de la “glocalización”. La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.
La economía y las finanzas completan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.
Madrid, Londres y París: el miedo se propaga
El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.
En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.
Una violencia que no cesa
Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.
La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.
Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre. ![]()
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El 11-S y el renacer de la mirada crítica en Hollywood
Pablo Castrillo Maortua
En una mañana de septiembre, hace ahora veinticinco años, cuando dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas de Manhattan y cuando, poco tiempo después, los edificios se desmoronaron en una nube de escombros y hormigón que inundó las calles, las mentes de millones de espectadores se apresuraron a establecer una conexión aparentemente trivial: “Parece sacado de una película”.
El cáustico director Robert Altman afirmó con amargura: “Hemos creado esta atmósfera y les hemos enseñado [a los terroristas] cómo hacerlo”. Verdaderamente, el cine de Hollywood había mostrado durante años una afición entusiasta por el espectáculo de la destrucción. Pero el 11-S, en su dimensión de tragedia humana y, al mismo tiempo, de trauma visual, causó inicialmente el efecto contrario.
Es conocida la hoy anecdótica retirada de un tráiler de Spider Man (2002) en el que un grupo de atracadores que escapa en helicóptero se ve atrapado por una gigantesca telaraña tejida entre los rascacielos mellizos del World Trade Center (la escena se puede ver en YouTube). Esta cautelosa autocensura afectó a muchas otras películas, que fueron editadas o aplazadas, e incluso canceladas en fase de proyecto.

Películas predictoras
Fue menos frecuente, en cambio, la referencia a Domingo Negro, un thriller de 1977 en el que el grupo terrorista palestino Septiembre Negro orquesta un escalofriante atentado durante la final del Super Bowl, estrellando contra las gradas el emblemático dirigible de la marca Goodyear cargado de explosivos.
El director de la película, John Frankenheimer, fue precisamente quien había inaugurado quince años antes el género del thriller político estadounidense con El mensajero del miedo (1962), en la que un candidato presidencial era asesinado por un veterano de guerra psicológicamente condicionado por sus captores.
Los espectadores de aquella película paranoide y desquiciada que culminaba con un disparo de rifle en un mitin electoral pudieron sentir una inquietante familiaridad, tan sólo unos meses después, al recibir las noticias del asesinato del presidente Kennedy. Precisamente, cuando El mensajero del miedo terminó su recorrido —no muy exitoso— en taquilla, se corrió el rumor de que había sido retirada por razones de sensibilidad, rumor que fue desmentido incluso por el propio Frank Sinatra, protagonista y productor de la película. De esa encrucijada nace una corriente cinematográfica que alcanzará su apogeo en los años setenta.
El cine político de los 70
La oposición a la guerra de Vietnam —que venía escalando desde 1965—, el movimiento por los derechos civiles, los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy en el 68, la sucesión de escándalos políticos que culminaría en el caso Watergate… Todas estas fuerzas convulsas confluyeron en un período de efervescencia contracultural y agitación política que también se hizo sentir en Hollywood.
Aquellos años alumbraron joyas fílmicas como La conversación (1974), El último testigo (1974), Los tres días del cóndor (1975), Todos los hombres del presidente, Marathon Man (1976) y El síndrome de China (1979).

Eran películas oscuras, con protagonistas desorientados, envueltos en conspiraciones escurridizas, y amenazados por una maquinaria política aparentemente inexorable. Con cierta frecuencia, sus finales eran insatisfactorios o amargamente ambiguos. Y casi siempre ofrecían una imagen de la clase política profundamente marcada por la corrupción, el engaño y una mentalidad en la que fines espurios justificaban medios inmorales.
El regreso del ‘thriller’ político
Es significativo que, tras los trágicos ataques del 11 de septiembre de 2001, y tras un breve período de respetuoso (o temeroso) silencio creativo, Hollywood diera luz verde al remake, precisamente, de El mensajero del miedo (2004).
Dirigida por Jonathan Demme (El silencio de los inocentes), la película adaptaba el contexto político de la original —el temor rojo macartista— a un clima de extremismo análogo, que oscilaba entre los polos de la seguridad y la libertad. Más allá de su conspiración magnicida, esta versión retrataba a una sociedad estadounidense presa del miedo, inclinada a redoblar su empeño militarista, y viciada por los intereses de megacorporaciones habituadas a manipular políticos-títere.
Y así nacía una nueva época dorada para el thriller político de Hollywood, armado de una mirada crítica y a veces francamente pesimista.
Miradas diversas al terrorismo
Solamente entre 2005 y 2011 se estrenaron veinticinco thrillers políticos, aunque con diversos grados de actitud contestataria y de calidad, desde luego. Entre los relatos más desesperanzados, Syriana (2005) y Expediente Anwar (2007) atribuyen las causas del terrorismo islamista a las propias políticas económicas y de seguridad de los Estados Unidos, encarnando en tramas múltiples y de temporalidad enrevesada la noción de “blowback”, algo así como un efecto bumerán geoestratégico.
La intérprete (2005), dirigida por Sydney Pollack con no pocos guiños a su propia Los tres días del cóndor —y también rodada principalmente en Nueva York—, ilustra los perversos efectos de un cierto espíritu de venganza histórica, precisamente en la ciudad que todavía trataba de cerrar sus cicatrices. El mismo Pollack participó —con más éxito— en Michael Clayton (2007), que tiene como antagonista una multinacional agroquímica y, de paso, el sistema legal que defiende sus cuestionables prácticas.
El delirante thriller de acción Shooter (2007) escenifica la colusión de senadores americanos y compañías energéticas y cómo su mutuo enriquecimiento justifica atrocidades que, a su vez, deben ser silenciadas por todos los medios, empezando por los de comunicación pero contando también con las agencias de seguridad e inteligencia, llegando incluso al asesinato de Estado.
La sombra del poder (2009) denuncia la injerencia de intereses económicos privados en la legislación en materia de seguridad, entonando a su vez una nostálgica apología del cuarto poder, que es también un homenaje a Todos los hombres del presidente. Esta subespecie de thriller periodístico alumbró otros títulos importantes, como Matar al mensajero (2014), Spotlight (2015) y Los archivos del Pentágono (2017).
Y la lista continúa dibujando un mosaico de reflexiones críticas sobre el sistema bancario mundial (The International, 2009), la falsa justificación de la invasión de Irak (Green Zone, 2010), la corrupción de los procesos internos en los partidos políticos (Los idus de marzo, 2011), el cuestionamiento del estatus moral de los Estados Unidos en la geopolítica global (La noche más oscura, 2012) y la cultura de compenetración entre la empresa privada y los representantes públicos en Washington (Miss Sloane, 2016).
Temas que persisten a través de las pantallas
Atravesando todas estas narrativas se encuentra la preocupación kafkiana, formulada un siglo antes, sobre la posibilidad de la acción efectiva del individuo en la sociedad moderna, burocratizada e hipermediatizada, a la que se añade el escepticismo acerca de la posibilidad de descubrir o revelar la verdad que organizaciones políticas y económicas tratan de oscurecer.
En los últimos años, esta “nueva ola” del thriller político de Hollywood parece haberse aquietado o quizá desplazado al ámbito de las series: en la estela de las ya clásicas Homeland (2011-2020) y The Americans (2013-2018), el género ha proliferado —quizá atraído por la bonanza que ofrecían las plataformas de streaming— con títulos como Condor (2018-2020), inspirada por el mismo material literario que dio pie al clásico de Pollack; Jack Ryan (2018-2023), basada en las novelas de Tom Clancy, también adaptadas al cine hasta en cinco ocasiones; la discretamente exitosa Slow Horses (2022-hoy); la miniserie El Expediente Ipcress (2022); y las más recientes Lioness (2023-hoy); The Diplomat (2023-hoy) y The Agency (2024-hoy).

Todas ellas comparten rasgos clásicos: el protagonista funcionario o analista, con acceso a las esferas del poder pero envuelto en una telaraña administrativa; el peaje personal e incluso la degeneración psicológica causada por una vida permanentemente instalada en la mentira; el entrelazamiento de motivaciones geopolíticas y económicas, moralmente grises, en sustitución de una conspiración omnímoda (pero con sus mismos efectos) y un cierto recurso a la ambientación y mentalidad propias de la Guerra Fría.
Últimas películas del ciclo
En la pantalla grande, apenas tres largometrajes de estos años vuelven la mirada sobre el mundo que queda tras el 11-S y la “Guerra contra el Terror”.
The Report (2019) rescata la posibilidad de hacer responsables a los gobiernos por sus decisiones inmorales, incluso aquellas tomadas en tiempos de crisis, gracias a ciudadanos valientes que, sin embargo, pagan un precio heroico por su compromiso.
El polifacético Guy Ritchie salió de su habitual registro descarado para filmar El Pacto (2023), película que expresa la gratitud de un soldado estadounidense con su guía/intérprete afgano. Por desgracia, tras la abrupta retirada de 2020-2021, la película es, para aquellos que quedaron atrás, el único e insuficiente rastro de ese agradecimiento. Es significativo que este ciclo cinematográfico se acerque a su fin con esta película que retrata el triste desenlace de la guerra que comenzó en respuesta al 11-S.
Y por último, casi como un eco involuntario al remake de El mensajero del miedo que relanzó el género a principios de los 2000, Amateur (2025) versiona un thriller de espías canadiense de los años ochenta, en el que un criptógrafo de la CIA pierde a su mujer en un ataque terrorista y, ante la inoperancia de su agencia, decide convertirse él mismo en agente.
La película es casi una parábola de este cuarto de siglo “post-11-S”: primero, el trauma de la víctima; después, el deseo de justicia, que a veces se funde con el de venganza; y por último —idealmente, según la película— la comprensión de que sólo unas instituciones fuertes pero sometidas al control democrático pueden ser las que efectúen un verdadero cambio en el mundo. No en vano, concluye con el protagonista visitando la lápida de su esposa, que consigna la fecha de su cruel asesinato: “12 de septiembre, 2024”.
Un final que podría entenderse como una invitación a pasar página en —o incluso cerrar— el libro de la historia de estos veinticinco años. ![]()



