«La chica de Colonia» (o cuando Keith Jarrett se volvió inmortal)
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Detenido
Septiembre, 2026
En esta nueva entrega, Alberto Lima detiene ‘La Mirada Invisible’ en La chica de Colonia. Como si se tratara de un concierto de free jazz o libre improvisación, el tercer largometraje del cineasta israelí Ido Fluk aborda la figura titánica del pianista Keith Jarrett y la epopeya que significó su hoy mítico concierto en la ciudad germana de Colonia en 1975, realizado gracias a los esfuerzos de la entusiasta promotora colonesa Vera Brandes. Un filme deleitable e inclasificable, escribe, que soberanamente evade anclarse a un género fílmico determinado.
La chica de Colonia (Köln 75), película de Ido Fluk;
coproducción Alemania-Polonia-Bélgica;
con Mala Emde, John Magaro, Michael Chernus,
Shirin Lilly Eissa, Jördis Triebel, Ulrich Tukur. (2025, 112 min.)
Si bien el género del jazz siempre ha sido recurrente en el cine gracias a sus cualidades estéticas, el tema de los jazzistas no siempre se ha tratado con profusión, a diferencia de otros músicos pertenecientes a aquellos géneros populares que gozan de una mayor acogida social. Por ello, resulta valiosa una cinta como La chica de Colonia, del cinerrealizador israelí Ido Fluk (Tel Aviv, 1980), la cual aborda, de manera breve pero eficaz, la figura titánica del pianista Keith Jarrett y la epopeya que significó su mítico concierto en la ciudad germana de Colonia en 1975, realizado gracias a los esfuerzos de la entusiasta promotora colonesa Vera Brandes.
En la Alemania de principios de la década del 2000, la cincuentona Vera Brandes (Susanne Wolff) será humillada en su propia fiesta de cumpleaños por su avejentado pero aún cabrón y tiránico padre dentista el doctor Brandes (Ulrich Tukur), cuando éste le espete que, pese a la belleza e inteligencia que poseía de joven, ahora es su mayor decepción. Sin embargo a esta Vera no le gustará el inicio de la cinta y dispondrá de otro, el cual parte en 1973 en la ciudad de Colonia, cuando la aventadaza, coqueta, extrovertida, jovial y arrolladora joven jipiosa con axilas velludas Vera Brandes (Mala Emde), ¡de apenas 16 años!, en compañía de su amiga Isa (Shirin Lilly Eissa) disfruten en una heladería del concierto del maduro saxofonista británico de jazz Ronnie Scott (Daniel Betts) y, durante un intermedio, la precoz Vera le obsequie un helado al músico, provocando el interés de éste por la joven para que más tarde le invite una copa, fraternicen y después, en la afueras del hotel donde el músico se hospeda, le proponga a Vera organizarle una gira de conciertos en Alemania a cambio del diez por ciento de las ganancias, porque él no se imagina a nadie que pueda rechazarla. Ante la oferta, Vera comenzará a fungir como promotora de conciertos, valiéndose del consultorio de su padre y la línea telefónica del lugar para trabajar a escondidas durante las noches, a veces contando con la ayuda de su amiga Isa, el pretendiente de ésta Oliver (Leon Blohm), el novio de Vera Jan (Enno Trebbs) y posteriormente hasta su resentido hermano mayor Fritz (Leo Meier). De este modo, pronto Vera se hará de un nombre en el ambiente musical, pese a los insultos, maltratos y bofetones cortesía de su padre, pero siempre contando con el apoyo moral y económico de su emancipada madre Ilse (Jördis Triebel), hasta que al año siguiente, en el festival de jazz de Berlin, Vera sea tocada por la música del pianista estadounidense Keith Jarrett (John Magaro) y se proponga entonces organizar un concierto de éste en la insigne Ópera de Colonia.

Con guión propio basado en las vivencias y recuerdos de la época referidos por la mismísima Vera Brandes, el tercer largometraje del cineasta israelí Ido Fluk es una cinta inclasificable que soberanamente evade anclarse a un género fílmico determinado, el cual prefiere ir de lo que sería el free jazz al free cinema y abrevar entonces de varios géneros como el musical, la comedia o el documental, para jactarse mejor de su naturaleza proteica, logrando así un filme extraordinario, desenfadado y deleitable, donde no nada más resuena con esmero la partitura pianística de Hubert Walkowski, aunada a la pizpireta e inquieta fotografía de Jens Harant, donde prevalece la cámara en la mano para asegurar el carácter semidocumental de la película y ponderar además el uso constante del plano medio para realzar la vivacidad de Vera o la introspección creativa de Jarrett. Pero es en la edición vertiginosa de Anja Siemens que, a manera de improvisación jazzística, rompe el tiempo presente para ingresar al pasado y desde allí insertar imágenes auténticas de Miles Davis tocando en vivo o entrevistas con Duke Ellington, mostrar la trepidante consolidación de Vera como promotora musical o dar cuenta de ese severo camino a Santiago que se autoimpone Jarrett durante su gira europea.

Más allá del acucioso interés por recrear la época setentera alemana, con la bolsita artesanal que ostenta Vera, el marcado telefónico a través de un disco o los diminutos autos Renault, está ese jocoso personaje que es el periodista free lance Michael Watts (Michael Chernus) quien, al igual que Vera, de pronto mira a cámara para romper el espacio significante de la ficción y entrar en comunión con el espectador para que, a manera de comentarista brechtiano, explique lo que es un falso inicio en la música, defienda con ironía la importancia de su presencia en la cinta, acompañe y entreviste subrepticiamente a Jarrett durante el tortuoso viaje nocturno en carretera Zúrich-Colonia, o explique en esa secuencia desternillante la evolución del jazz desde las big bands, los quintetos de Miles Davis, hasta llegar a la improvisación atomizada en la obra de Keith Jarrett, para consolidar así la película de Fluk como un eminente añadido en la filmografía jazzística al lado de la portentosa biografía de Charlie Parker Bird (Eastwood, 1988), la reflexiva ficción poética sobre los saxofonistas Bud Powell y Lester Young representados por el saxofonista Dexter Gordon en ’Round Midnight (Tavernier, 1986), el abrumador falso documental en el sórdido cuartucho lleno de jazzistas adictos en The Connection (Clarke, 1961), la mágica y brutal en blanco y negro Guerra fría (Pawlikowski, 2018), el divertidísimo y genial homenaje al guitarrista gitano Django Reinhardt envuelto en una espuria biografía de un émulo de éste en El gran amante (Allen, 1999), la emotiva biografía de la cantante sueca Monica Zetterlund Mónica Z (Fly, 2013), la fantasía sensitiva vuelta thriller con Miles Davis echando bala en Miles Ahead (Cheadle, 2015), la sónica y expansiva Mo’ Better Blues (Lee, 1990), y hasta la exagerada pero imprescindible Whiplash. Música y obsesión (Chazelle, 2014).

Estupendamente encarnado por John Magaro, el Keith Jarrett de Fluk es uno de los grandes aciertos del filme, con esos estados de gracia tan reveladores durante sus presentaciones en vivo, en donde al final de uno de éstos, en Zúrich, lo vemos despojarse con dolor de la faja que le ayuda a soportar el terrible dolor de espalda que le aqueja, u observarlo meditativo y atento a escuchar los sonidos del amanecer en la campiña europea, y que probablemente le servirán como futuro material para improvisar al piano esa misma noche en Colonia. Y es entonces que, gracias a la avidez e ímpetu de la promotora Vera Brandes, quien junto con su grupo de amigos y un par de afinadores de pianos, logrará sortear todos los obstáculos posibles para celebrar el concierto en la Ópera de Colonia, así sea que Jarrett termine tocando en un piano de práctica y no en el afamado Bôsendorfer que él siempre usaba y que, vaya ironía, en realidad alguien olvidó sacarlo de la bodega, para culminar con la grabación de un concierto que se volverá inmortal y que, si usted no lo ha escuchado aún, corra en este momento a la discoteca de su preferencia y…, oh no, disculpe, ya no estamos en 1975…, mejor búsquelo desde su teléfono celular en Spotify, Youtube o Tidal y disfrute, por favor, del maravilloso The Köln Concert. ![]()



