Artículos

Castigo y don

La ceguera

Escuchar esta nota

Detenido

Septiembre, 2026

Desde el comienzo de la literatura las personas ciegas han estado ahí, ya sea como personajes o desde el recurso metafórico de la ceguera como una manifestación simbólica. Y, desde luego, también han estado ahí como autores: de Homero a Borges, pasando por John Milton, José Saramago o los múltiples ciegos en la obra de García Máquez. A la redacción nos han llegado estas líneas del querido Fernando de Ita, colaborador de este proyecto periodístico. No exento de su habitual dosis de humor, el veterano periodista y reconocido crítico teatral nos cuenta en este texto (sumamente emotivo) (sumamente personal) la fatalidad que se le avecina: “la conmoción de quedar tuerto” o “eventualmente ciego”.

para Víctor Roura, por su magisterio y su resistencia
como periodista y editor de publicaciones culturales

En la Grecia clásica la ceguera era un castigo y un don de los dioses. Cuenta el poeta Calímaco que caminando por el monte Citerón un joven cazador llamado Tiresias se topó sin intención con la diosa Atenea que se bañaba desnuda en una poza, auxiliada por la ninfa Caricle, madre del cazador. Como la ley divina ordenaba que ningún mortal debía ver la desnudez de los olímpicos, apenas sintió la mirada de Tiresias la diosa lo volvió ciego. Al saber de quién se trataba, la ninfa le rogó el perdón para su hijo, pero como el castigo de Atenea, diosa de la guerra (pero también de la sabiduría), era irreversible, lo que pudo darle ella fue el don de la profecía, dádiva que causaría la ceguera de Edipo al enterarse, por boca de Tiresias, que él era el asesino de su padre y el amante de su madre.

Otro invidente célebre del mundo griego fue Homero, el supuesto autor de La Odisea, en donde se retrata a sí mismo en el personaje de Demódoco. Leemos en el Canto VIII de la leyenda de Odiseo: “Se acercó el heraldo con el fiel aedo, a quien la musa amó mucho y le había dado lo bueno y lo malo: lo privó de los ojos, pero le dio el dulce canto”.

Por este pasaje la tradición hizo del mismo Homero un bardo ciego, considerando también que en griego arcaico Homeros se entendía “como el que no ve”.

Para los griegos la ceguera era la oportunidad del hombre común de penetrar en los misterios del Destino. La Moira que llevó a Edipo, rey de Tebas, a encontrar su trágica fatalidad, huyendo de ella. Al privar del mundo exterior al adivino, este castigo lo obligaba a desentrañar las tinieblas del pasado y el futuro para encontrar la verdad sobre sí mismo y de los otros. De ahí que el don de la profecía fuera una carga abrumadora para el vidente. En la mitología contemporánea del espectáculo, The Seer, el oráculo de Kattegat en la serie Vikingos, ilustra el poder y el castigo que los profetas primigenian.

La ceguera blanca

En su Ensayo sobre la ceguera, José Saramago le da una vuelta de tuerca a la tenebrosa ceguera de la tragedia griega con una ceguera blanca —que es “como un mar de leche”— que en su luminosidad hunde al lector en la oscuridad de nuestro tiempo en el que la honestidad personal y colectiva se ha convertido en una degradación moral y política. En los griegos la ceguera es de origen divino e inevitable, en Saramago es biológica e inexplicable. La ceguera clásica produce la clarividencia, la ceguera blanca impide ver el dolor que causa la corrupción de la conducta humana. La dimensión de la ceguera trágica es individual y heroica; la nuestra es colectiva y afecta a la sociedad en su conjunto.

Como novela, esta lección moral del escritor portugués es magistral porque logra enceguecer a una población entera verazmente; con el artilugio de las palabras supera los obstáculos reales de la ficción para mostrar que el envilecimiento de la sociedad no es casual ni está predeterminado (como el destino de Edipo), porque es producto del egoísmo individual y colectivo. Con todo, hay una reserva moral en esta degradación pública: la mujer del médico que inexplicablemente es la única persona que conserva la vista y es testigo de la vileza de sus conciudadanos.

Como lector debo decir que, para mí, Saramago recurre al Deux Machina de los griegos para cerrar con realismo su estremecedora ficción literaria. Pero lo mismo hicieron los dramaturgos griegos y sus obras han perdurado por siglos.

Fernando de Ita en una imagen de este 2026. / Foto: Christa Cowrie.

Mi ceguera

Llegué al escarpado pueblo de Tepoztlán el mes de agosto de 2022, desolado por el desempleo que nos provocaron a los viejos periodistas el Covid y las redes sociales. Nunca me dio la epidemia porque estuve guardado en el centro histórico de Tepeapulco, Hidalgo, a un costado del convento franciscano construido en 1527, donde Fray Bernardino de Sahagún escribió sus Primeros memoriales, aunque cuando se terminó el confinamiento había yo perdido un programa de televisión, dos colaboraciones en diarios nacionales y dos en periódicos locales. La ceguera de los informativos de papel ante la alarma del lobo del internet me impidió retomar mis colaboraciones porque los medios locales estaban quebrados y los nacionales ya sólo aceptaban a sus colaboradores fijos. La puntilla me la dio la falsa esperanza de México que se instaló en Palacio Nacional el primero de diciembre de 2018. Y es que, aunque siempre fui crítico con todos los gobiernos del PRIAN que me tocó cubrir como reportero de cultura de 1977 al 2022, se me consideró fifí y se me cerraron las puertas de las convocatorias oficiales en el campo cultural.

Como era de esperar, el cuerpo resintió el cambio y afloró la tremenda escoliosis que se acumuló en mi espalda por medio siglo de estar inclinado ante la máquina de escribir y la computadora. Llegué a Tepoztlán jorobado, con ciática y sin trabajo. Cuatro años más tarde me sentía mejor que nunca física y mentalmente. El milagro lo hizo el ejercicio diario realizado en medio de las montañas mágicas de Tepoztlán, en el techo de una modesta casa que mira hacia el verde valle de Yautepec, en donde a pesar de la autopista que lo cruza como una herida el mundo luce con tal esplendor que sólo queda agradecer al Dios de Spinoza el privilegio de ser humano en la Tierra. Aunque esa profunda alegría de vivir es la que hace de mi inminente ceguera una tragedia griega.

La desfiguración del mundo

El 4 de agosto del año en curso llegué a la casa de mi hijo en Cuajimalpa simplemente para saludarlo luego de un tiempo de no verlo. El primer día de mi estancia comencé a notar que las líneas rectas se hacían curvas en los extremos; al día siguiente los objetos y las personas se jalaban hacía adelante y se engrosaban a los lados. Casualmente también estaba de visita la madre de mi crío, científica ambiental que venía de celebrar su diplomado como auxiliar de enfermería. El destino estaba haciendo su obra porque uno de sus hermanos se burlaba de que había tomado ese curso para cuidarme de viejo, y ella lo había negado con la vehemencia de la verdad, porque deseaba todo menos eso. Aunque, ante el hecho, de inmediato mi hijo y ella me llevaron al Hospital de la Luz en donde comenzó mi fatalidad. Resulta que mi ojo derecho tenía un derrame interior que trataron de disipar con una inyección en la retina que, por desgracia, fracasó y ese fiasco me llevó al quirófano para una complicada operación que el doctor Giovani Ríos realizó con maestría, logrando desplazar el derrame al frente del ojo en donde es más sencillo disipar, aunque nada está escrito y la ética obliga a los doctores a decirme que, aunque todo se haga bien, médicamente hablando, puedo perder la vista del ojo derecho.

Escribo este texto a la espera de otra revisión que determinará el éxito o el fracaso del tratamiento, mas cualquiera que sea el resultado, la conmoción de quedar tuerto y eventualmente ciego porque descubrieron que mi nervio óptico está fatigado y tengo una catarata en el ojo izquierdo, me ha hecho cavilar sobre el destino que nos castiga donde más duele, porque yo podría seguir leyendo, escribiendo y viendo teatro cojo, sordo y mudo (yo, no el teatro), pero no ciego.

Luego de una larga vida de excesos y derroches, en Tepoztlán aprendí que se puede ser feliz con lo indispensable, aislado de la vanidad de la vida pública que me acompañó por medio siglo, teniendo una vida de pueblo, yendo al mercado, cocinando mis alimentos y tomando ron Flor de Caña con mesura. Porque quedaban los libros y las series y la amistad de mi vecina y protectora. Sin hacer ruido, más bien escuchando el estruendoso lenguaje de la naturaleza y, sobre todo, contemplando cada mañana el mundo como la primera vez desde el mirador de los dioses tepoztecos.

La verdad, no sé si resista la ceguera porque ya como tuerto me hace falta la mitad de las personas y las cosas. Cuando éstas desaparezcan de mi vista, habré llegado al fin de una vida tan plena, a pesar de mis enormes errores, que podré decir con enorme alegría, como Walter Benjamin: No me quito la vida, la tomo.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button