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Detenido
Septiembre, 2026
Lo dijo Milan Kundera (y no se equivocaba): Oriana Fallaci es «precursora del periodismo moderno. [Sus entrevistas], más que conversaciones, eran duelos». Y, sí. Nacida en Italia en 1929, la carrera periodística de “la Fallaci” —como llegó a ser conocida— ganó un gran prestigio internacional por su peculiar manera de entrevistar a algunos de los personajes más importantes de su época. Pero no sólo eso: fue la primera mujer italiana corresponsal de guerra, lo que le permitió cubrir gran parte de los conflictos cruciales de la segunda mitad del siglo XX, de Vietnam a Oriente Medio, pasando por el 68 mexicano. Audaz, valiente, sumamente inteligente, Oriana Fallaci fue además incansable activista, ensayista y una sobresaliente narradora: sus novelas —Nada y así sea (1969), Inshallah (1990) o Un sombrero lleno de cerezas (2009)— se tradujeron a más de cuarenta idiomas y han vendido más de veinte millones de ejemplares. Ahora que se cumplen dos décadas de su partida —murió en su Florencia natal en septiembre de 2006—, Víctor Roura aquí la recuerda.
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Hace prácticamente 700 años, en 1327, messer Francesco da Ascoli, más conocido como Mastro Cecco, escribió un ensayo intitulado “Esfera Armilar”, donde asentía, sacrílego como era, que la Tierra era redonda.
“Hombre incisivo y mordaz —decía la italiana Oriana Fallaci, cuyo vigésimo aniversario mortuorio conmemoramos este 15 de septiembre, día en que murió, afectada por el cáncer de pulmón, a los 77 años de edad, luego de haber salvado la vida en México 38 años atrás durante la masacre aquella del 2 de octubre de 1968, cuando la periodista tenía 39 años de edad (enviada por un medio europeo para cubrir dicha protesta), donde en Tlatelolco recibiera heridas por una ráfaga de metralleta, motivo por el cual sufrió una hospitalización médica—, experto [Mastro Cecco] en ciencias difíciles, de los jóvenes cultos muy amado y por el propio papa Juan admirado y estimado, pero de envidiosos enemigos también muy odiado”, su texto (el de Mastro Cecco), apreciado por los alumnos de la Escuela de Filosofía por él abierta en Florencia, no fue bien visto por el duque de Calabria, “que amén de ser el Señor de la ciudad era el primogénito de Roberto de Anjou, rey de Nápoles, y todavía menos le gustaba a su primer ministro que amén de ser monje conventual era obispo de Aversa, el científico Cecco fue arrestado, conducido a las cárceles florentinas del Santo Oficio y entregado a un tal fray Accursio de la orden de los predicadores, por apostólica designación gran inquisidor de la provincia toscana”.
Decía Fallaci que “por gente que no quería o no debía o no podía entender sus propuestas, la Esfera Armilar fue, pues, examinada y juzgada como un libro impío, profano, indecente, abyecto, contrario a la fe ortodoxa, escrito por inspiración del diablo, infectado de la más perniciosa herejía. Y cual inicuo hechicero, Mastro Cecco fue sometido durante varios meses a las más rigurosas torturas, además de ser conminado a reconocer sus culpas y abjurar de sus errores”, ninguna de las cuales, por supuesto, aceptó.
Cecco estaba convencido de su escritura.
De nada tenía que arrepentirse.
Así, el 20 de septiembre de 1328 “lo condujeron a la iglesia de la Santa Croce, revestida de luto para la ocasión”. En presencia “de un vulgo innumerable, de innumerables autoridades, innumerables doctores y consultores del Santo Oficio, le leyeron el compendio del proceso. Le enumeraron todas las impiedades del polémico ensayo y de nuevo le preguntaron si quería arrepentirse, abjurar y salvar in extremis su vida”.
De nuevo respondió que todo lo que había escrito era porque así él lo creía.
Entonces, fray Accursio lo declaró hereje reincidente e irreductible, “una ruina para él y para los demás, una mala hierba que debía ser extirpada. Invocada la gracia de Dios y del Espíritu Santo, lo condenó a ser quemado vivo junto al maléfico libelo y a todas las demás culpables obras que había escrito. Luego ordenó que las copias en posesión de los ciudadanos le fuesen entregadas de inmediato para que fueran destruidas antes de 15 días, añadiendo que cualquiera que las guardase u ocultase sería excomulgado, además de castigado con castigos corporales, espirituales y pecuniarios, e hizo bajar al reo del palco. Le hizo vestir el cruel sambenito; es decir, el sayo con diablos pintados. Le hizo ponerse en la cabeza una ridícula mitra de pan de azúcar y descalzo lo entregó a messer Jacopo da Brescia, ejecutor de Justicia y vicario del Brazo Secular”.
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Fuera de la iglesia de la Santa Croce “se había erigido un largo palo, además de una enorme pira de leña. Sobre la leña, todas las copias de la Esfera Armilar y de las demás obras que se habían podido encontrar. Con extremo valor, compadeciéndose desdeñosamente de la ignorancia y la santurronería y la hipocresía y la falta de razón en las que estaba sumida su época, Mastro Cecco se dejó atar al palo. Y en poco tiempo ardió. Se redujo a cenizas como un papel junto a sus libros. Pero su pensamiento permaneció”.
Seiscientos setenta y siete años después, Mastro Cecco emergía —en 2005— en la figura de la italiana Oriana Fallaci, quien había querido utilizar este severo símil para reencarnarse en esas individualidades valientes e insumisas. Habían pasado ya cuatro años de la publicación de su libro La rabia y el orgullo (originalmente se publicó en italiano en 2001, poco después de los ataques del 11 de septiembre en Estados Unidos, y la traducción en castellano apareció en el año siguiente) que levantó ámpula en el mundo musulmán amenazando con quitarle la vida a su autora, insultos y blasfemias que la irritaron bastante al grado de escribir una respuesta de 328 páginas, redactada en siete meses, que dio en llamar, al inesperado grueso volumen, La fuerza de la razón, que fue traducido al español en 2005 por la editorial argentina El Ateneo.
Oriana Fallaci, como nunca, había escrito un libro verdaderamente fuera de sí, con la ira pegada en la cabeza y en las manos. Decía que había sido torturada de manera infame con una serie de tormentos que le repugnaban: “Se renueva la náusea —decía Fallaci—, se corre el riesgo de transformar el discurso en un caso personal. Pero, si las silencio, el que no sepa, no entenderá. Por eso, aunque sólo sea a ojo de pájaro, ahí van. Amenazas de muerte, para empezar. Gritadas o susurradas, por teléfono o manuscritas o impresas. Estas últimas, en repugnantes libelos difundidos entre las comunidades islámicas y que, además de difamar la memoria de mi amadísimo padre (las ofensas a los difuntos están por cierto prohibidas por la ley) azuzan a los hermanos musulmanes a matarme en nombre del Corán (más exactamente, en nombre de cuatro versículos según los cuales, antes de ser ajusticiada, a una perra-infiel de mi calaña hay que desnudarla y dejarla expuesta a indecibles ultrajes). Repugnantes artículos en los que las difamaciones golpean a otro hombre al que también amé mucho y que también está muerto, Alekos Panagulis. Vehementes injurias publicadas con idéntica complacencia por periódicos tanto de derechas como de izquierdas”.
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Con su libro anterior (La rabia y el orgullo), y seguramente con La fuerza de la razón también, Oriana Fallaci sufrió intensamente. Porque fue agredida por escribir lo que pensaba sobre el Corán y sus fanatizados seguidores. Pero contestó con una ira acaso desconocida en ella, si bien sus libros siempre han tenido un sello de enjundia. Y no es que, en lugar de adorar a Alá, defendiera al Dios de los católicos porque ella, para desgracia de ambas tendencias religiosas, era una atea convencida: “Pero tampoco creo en el masoquismo de poner la otra mejilla —apuntaba, vehemente—. Si las ortigas me invaden, si la hiedra me asfixia, si un insecto me envenena, si un león me muerde, si un ser humano me ataca, lucho contra ellos. Acepto la guerra, hago la guerra. La hago con las armas que me pertenecen, las que llevo siempre conmigo, las que uso sin reservas ni timideces, es cierto. El arma incruenta de las ideas expresadas por medio de la palabra escrita, por medio de las ideas y de los principios que nos distinguen de los animales y de los vegetales”.
Por ello, decía la aguerrida periodista italiana, “ningún bufón que se me eche encima gritándome en la plaza, ningún lansquenete [soldado mercenario de infantería alemán de los siglos XV al XVII] que pintarrajee mi foto en la tele, ninguna gansa cruel que me imite con el casco en la cabeza y se ría de mi enfermedad [Oriana Fallaci tenía cáncer, que ella misma aceptaba en este libro] conseguirá impedírmelo jamás. Ninguna manifestación de bribones que caminan con carteles en los que han escrito Oriana-puta o Fallaci-belicista conseguirá jamás intimidarme, hacerme callar. Ningún hijo de Alá que invite a castigar a-la-perra-infiel conseguirá jamás amedrentarme, cansarme. Jamás. Aunque esté en el atardecer de mi vida; es decir, ya no tenga la energía física de la juventud. Porque es un atardecer que espero vivir, beber, hasta la última gota”. ![]()



