Artículos

Centenario de Teodoro González de León

Sin práctica no hay teoría

Escuchar esta nota

Detenido

Mayo, 2026

La historia de la arquitectura mexicana de la segunda mitad del siglo XX (y parte del XXI) no podría estar completa sin la obra de Teodoro González de León. Arquitecto, urbanista, pintor y escultor, dos efemérides nos traen de vuelta su figura: se cumple su centenario natal nació en mayo de 1926 y se conmemora también una década de su partida murió en septiembre de 2016. Pionero de la arquitectura contemporánea en México discípulo y colaborador de Le Courboisier, González de León fue (es) autor y coautor de innumerables viviendas, oficinas, edificios públicos y parques, de innovadoras formas y conceptos arquitectónicos tanto en México como en el extranjero. Entre sus obras se encuentran la Embajada de México en Brasilia, el Colegio de México, el Museo Rufino Tamayo, la Universidad Pedagógica Nacional, el Museo del Sitio de Chichén Itza, el Palacio de Justicia Federal, el Museo del Sitio de Tajín, el Fondo de Cultura Económica, la Embajada de México en Belice o el Corporativo Arcos Bosques. Graduado como arquitecto en la Escuela Nacional de Arquitectura de la UNAM donde fue alumno de José Villagrán, Federico Mariscal y Mario Pani, entre otros—, la obra arquitectónica de González de León contribuyó —y ha contribuido— a definir el tejido urbano de buena parte del país. Sus diseños, además, siguen ejerciendo una fuerte influencia en el paisaje visual de la capital. González de León fue, asimismo, un activo promotor de la arquitectura como fenómeno cultural. El periodista Víctor Roura aquí lo recuerda.

1

Cuando uno lee los sólidos ensayos de Teodoro González de León, reunidos en su volumen Retrato de arquitecto con ciudad (coeditado en 1996 por el Conaculta, El Colegio Nacional y Artes de México en la colección “Libros de la Espiral”), aprecia de inmediato su preocupación por la capital mexicana, ciudad donde vivía: “El deterioro del Centro Histórico no ha cesado. El área monumental más importante de América se encuentra atrapada por una serie de políticas titubeantes y contradictorias. El programa vial, por ejemplo, se cambió tres veces en el sexenio pasado [se refería González de León a la administración salinista]. Se ha caído en la enfermedad infantil del urbanismo: pretender que basta con convertir en peatonales las calles para revitalizar las viejas áreas. Así, se han prohibido los vehículos en calles donde hay maquilas y talleres que requieren transporte; otras, sin vocación comercial, se han convertido en basureros y en estacionamientos; todas han sido invadidas por vendedores ambulantes que las ocupan en forma permanente. Fue una medida dictada cuando empezaba la crisis, en una ciudad en la que hacía 25 años [hacia principios de la década de los setenta] no se construían mercados y con una población que tiene una larga tradición de tianguis, como puede comprobarse en las pinturas del siglo XVIII en que aparece el Zócalo atiborrado de vendedores ambulantes”.

La postura del aclamado arquitecto no había variado desde entonces en algunos puntos, como podemos observar con puntualidad: “La urbe está en cambio perpetuo. Aun en las áreas monumentales es necesario cambiar y alterar los edificios que el tiempo, el tercer factor que modela la urbe [los otros eran, para González de León, el azar, el diseño y la memoria], deteriora y vuelve obsoletos. Hay que tener presente que nuestro Centro Histórico está compuesto, en su mayoría, por edificaciones de dos y tres niveles que usan el suelo con muy baja intensidad. Para incorporarlos a la vida moderna, para reciclarlos y evitar su destrucción definitiva, en muchos casos habrá que alterar su estructura. Hay que hacerlo con valentía, como se hace en varias ciudades viejas del mundo. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) tiene que cambiar su criterio y permitir además la construcción de edificios con diseño contemporáneo en el área central y en las llamadas zonas típicas. La plástica de la ciudad siempre ha estado conformada por la mezcla de distintos estilos y épocas, que el tiempo se encarga de volver homogéneos, armonizándolos. Nuestra generación no puede renunciar a dejar su huella, como la han dejado las generaciones que nos precedieron. En lugar de las normas infantiles de diseño vigentes bastarían tres requisitos: no sobrepasar la altura, respetar la traza y exigir calidad en el diseño”.

El enfrentamiento con el INAH era directo, sin ambages. El arquitecto no puede depender, según González de León (cuyo centenario natal se conmemora este 29 de mayo, hallando la muerte el 16 de septiembre de 2016, cuatro meses después de haber cumplido los 90 años de edad), de las normas establecidas por organismos atrasados en sus políticas de conservación: “En la Ciudad de México —decía— destruimos con furia el art nouveau y el eclecticismo, y casi no dejamos nada del art déco. El azar interviene y se destruyen estructuras valiosísimas que en el momento de su destrucción se consideraron banales. Para evitar esta ceguera que sucede en cada momento histórico, los arqueólogos y restauradores modernos se han pasado al otro lado: exigen conservar todo. En la actualidad el celo por conservar se ha vuelto intransigente en muchos lados del mundo. Y ese celo es paralizante y lleva a la destrucción de lo que pretende proteger. Los edificios requieren a lo largo de su vida útil remodelamientos, adaptaciones, cirugías que los adapten a los requerimientos de cada momento. Una política equivocada e intransigente de conservación, como la que lleva a cabo el Instituto Nacional de Antropología e Historia en los centros de nuestras ciudades [durante la administración zedillista, según González de León], conduce al abandono de los inmuebles por sus propietarios. Una regla intransigente lleva al abandono y el abandono de un edificio a la degradación del barrio”.

Curiosa apreciación.

Porque era precisamente el INAH el que dio el aval para la construcción de un edificio que se levantaría (se hablaba ya de otro proyecto aceptado que constaría de un edificio ahora de ocho pisos, en lugar de los 22 iniciales de González de León) en Cuicuilco, el mismo al que a toda costa se oponía un sector de la sociedad civil de ese perímetro, oposición que incluso llegó con demasiado ruido a la Cámara de Diputados y entonces sí recogido el caso, con premura, por las diversas publicaciones de la capital: ¿la arquitectura, en este sentido, transgredía una visión culturalista del pasado o era sólo, como afirmaba Teodoro González de León, un prejuicio civilista aquella intransigencia de conservar todo por el hecho de pertenecer al pasado?

De izquierda a derecha, de arriba a abajo, Torre Arcos Bosques I, Palacio de Justicia Federal, Museo de Sitio de El Tajín, Museo Rufino Tamayo y El Colegio de México (en colaboración con Abraham Zabludovsky), Escuela Superior de Música (CNA).

2

Estas transformaciones a la historia no son nuevas, arquitectónicamente hablando.

Por ejemplo, el Santuario de Ise, ubicado en Honshu, Japón, y elaborado en el siglo II, es “reconstruido” cada 20 años: “Este proceso de renovación, shikinen sengu —advierte la Guía visual de pintura y arquitectura (El País / Aguilar, España, 1997)—, que se viene realizando desde el año 690, permite que tres generaciones sucesivas de artesanos lleven a cabo las delicadas labores de carpintería en cada reconstrucción”.

Por supuesto en México este tipo de acuerdos es inexistente, y los debates, por lo regular, en estos casos de arquitectura histórica se materializan en complicados tejemanejes y en sospechas de actos corruptibles por la sencilla razón de que las autoridades o se niegan a hablar de los asuntos cuestionados o los abordan con lenguaje incomprensible (¿y si los equivocados son los detractores del proyecto por oponerse a los nuevos equilibrios visuales en zonas donde pueden convergir artísticamente el pasado con el presente?). Basta con saber, por ejemplo, que la directora del INAH en ese entonces [María Teresa Franco González Salas, directora de 1992 a 2000 y nuevamente de 2013 hasta su renuncia en 2016, también directora del Instituto Nacional de Bellas Artes de 2006 a 2009] no se dignaba a responder sobre los casos específicos tanto de Teotihuacan como de Cuicuilco. Puros ambages, retórica rodeada de anfibologías, ambigüedad verbal. Y ya parece tradicional esta cortedad en los temas arquitectónicos, pues los propios arquitectos han convertido su oficio en un manojo de veleidades y volubilidades a flor de piel. González de León, en su libro ya citado, hablaba asombrado de su encuentro con Le Corbusier: “La verdad es que por estar comprometido exclusivamente con sus ideas y por negarse en forma tajante a toda concesión, con una honestidad y una voluntad a toda prueba, perdió no pocos encargos y beneficios. Este es un fenómeno que difícilmente podemos entender, en toda su amplitud, en nuestro continente”.

Si es difícil en América, es prácticamente imposible de entender esta ética del oficio en México, donde lo que justamente se persigue es el hueso. ¿Algún arquitecto designado para la construcción del palacete denominado Centro Nacional de las Artes cuestionó, o acaso refutó, las razones por las cuales se haría otro Conservatorio si ya se tenía uno en la colonia Polanco de la Ciudad de México?

Nada.

Lo importante era “amarrar” la chamba, que probablemente pudiera encadenar otra más, y luego otra más, y así sucesivamente.

3

Ahora que la universalización global tocó las puertas de los arquitectos, convendría entonces no distraerse de las posibles perspectivas a futuro. Si la Torre-hito Yokohama de Japón, de 296 metros de altura, fue construida en 1993 por el equipo estadounidense The Stubbins Associates; si la Torre de la Feria de Francfort en Alemania, de 257 metros, fue alzada por los no alemanes Murphy y Jahn; si el joven alemán (¡de 19 años!) Lars Windhorst pretendía, según informó The Economist a principios de 1997, levantar una torre de 220 pisos en Vietnam; si las Torres Petronas en Malaisia, ¡de 450 metros de altura!, fueron elaboradas por el argentino, radicado en Nueva York, César Pelli, ¿por qué no ambicionar hacer un monumento arquitectónico en otro país?, era la pregunta que los arquitectos se hacían incansablemente a fines del siglo XX.

Y eso sólo dependía de la asiduidad en el trabajo. Si Le Corbusier (Charles-Edouard Jeanneret-Gris, 1887-1965) no hizo ninguna obra de importancia en su París, no significa que no haya renovado la arquitectura en el mundo. Ya González de León nos dijo en su libro que es el tiempo el que otorga la homogeneidad, así como disuelve las vanguardias: “Pienso en la torre Eiffel aborrecida hace cien años —apuntó— y ya convertida en símbolo de esa ciudad”.

Hay que recordar, ciertamente, cómo en su momento la Eiffel (300 metros de altura) fue despreciada por los contemporáneos justamente de Alexander Gustave Eiffel (1832-1923). Ya Pablo Fernández Christlieb nos ha relatado cómo el gran narrador Guy de Maupassant (1850-1893) aborrecía la torre Eiffel pero todos los días iba a desayunar al primer piso de esa denostada arquitectura porque, desde ahí, era el único sitio donde se libraba su vista de la fealdad de dicho armatoste de fierros.

En la arquitectura, como todo en el arte nuevo, existen las reticencias por las construcciones recientes.

¿Quién se hubiese imaginado, por ejemplo, que el Estadio Azteca (decían los de Televisa, antes de finalizado el siglo XX, que su nombre verdadero era Estadio Guillermo Cañedo), de Pedro Ramírez Vázquez —fallecido justo el día en que cumplía 94 años de edad, el 16 de abril de 2013—, iba a convertirse en un símbolo de identificación de México? Cierto que hay construcciones, como la torre de Pemex, que aún sigue pareciéndonos fea a pesar del tiempo transcurrido, pero es indudable que funcionan tal como sus creadores las concibieron originariamente: la belleza visual de la torre de Pemex fue sacrificada por una necesidad funcional. Por lo menos, eso es lo que se concibe figuradamente.

Porque en México el gustador de la arquitectura se convierte forzosamente en un autodidacta: es difícil hacer hablar a los arquitectos, pues la mayoría está encerrado en sus oficinas, sólo pendientes de los contratantes. De modo que el acercamiento a sus ideas sólo se da en sus propios escritos, como lo hiciera Teodoro González de León.

Teodoro Gonzalez de León. / Foto: Tania Victoria (Secretaria de Cultura CDMX).

Unos días antes de que se inaugurase el Museo Guggenheim de Bilbao, el 18 de octubre de 1997, el canadiense Frank Gehry (quien obtuvo en 1988 el Premio Pritzker, algo así como el Nobel de Arquitectura, de 97 años de edad ahora —Gehry—, mismos que cumpliera el pasado 28 de febrero) declaró a la periodista Sol Alameda que los políticos españoles que lo contrataron le pidieron que el museo debería ser un “edificio increíble para que cuando la gente viniera a verlo considerara al mismo edificio como una muestra del arte del pueblo vasco”.

—Pero el sueño de un arquitecto es hacer una ciudad —le dijo la reportera a Gehry—. ¿A este sueño del joven arquitecto se va renunciando con el tiempo?

—Tal vez por eso lo que me encantaría hacer es un aeropuerto —contestó Gehry—, pero nadie me contrata. Creo que el verdadero milagro no es proyectar los edificios, porque puedo tener cierto talento y demás; el milagro es conseguir que lleguen a construirse.

Efectivamente, el arquitecto no lo es si diseña un castillo en la arena.

Lo es cuando recibe la orden de boca de su empleador, que es asimismo su benefactor.

Por eso, Teodoro González de León no lo habrá pensado dos veces cuando fue contratado por Carso e Inbursa para levantar un plaza en Cuicuilco, aunque en esta transacción merodeara el INAH, ese instituto de política equivocada e intransigente, según las palabras del propio González de León.

Después de todo, un arquitecto no lo es si no está llevando a la práctica sus ideas arquitectónicas. Sin la práctica, sus teorías pueden valer un comino.

A menos que se sea alguien tan preclaro como Le Corbusier, obviamente.

4

Algunas obras de Teodoro González de León podemos visualizarlas en recintos como el Colegio de México, el Museo Rufino Tamayo, el Conjunto Torres Arcos Bosques, el Auditorio Nacional, Reforma 222, la Torre Virreyes, la Unidad Habitacional El Rosario y el Museo Universitario de Arte Contemporáneo.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button