Escuchar esta nota
Detenido
Mayo, 2026
Fue en 1966. Ocurrió hace 60 años. Blonde on blonde, uno de los discos más importantes del rock, veía la luz. El álbum marcaría varios hitos en la historia del rock: fue el primer álbum doble de este género —el disco blanco de los Beatles saldría dos años después— y contiene una canción que ocupa, por primera vez, toda una cara de un álbum: “Sad eyed lady of the lowlands”. Y no sólo eso. Además, Blonde on blonde es, quizá —solo quizá—, la más completa obra poética de rock. Su autor era un tipo llamado Robert Allen Zimmerman, quien, bajo el nombre de Bob Dylan, terminaría revolucionando y modificando el rock (y la música popular). Nacido en Minnesota el 24 de mayo de 1941, Bob Dylan —este hombre que hizo que la música fuera lo que es gracias a lo que hizo y que se llevaría el Nobel de Literatura de 2016, hace justo una década— cumple 85 años de vida. Por supuesto, en estas páginas culturales y rockeras quisimos celebrarlo. El cronista musical Víctor Roura nos habla de él, de Bob Dylan.
1
En julio, dice el periodista y crítico teatral Fernando de Ita, el calor pega duro sobre la costa oeste de Estados Unidos. Está en Boston. Es el año de 1986. “Al terminar su concierto, Bob Dylan está bañado en sudor, con la camiseta blanca completamente pegada al cuerpo”.
Mientras uno de los gigantescos vigilantes de la banda de Dylan —quien este 24 de mayo llega a sus ocho décadas y media de vida— revisa “con asombro” la credencial de prensa del reportero mexicano, De Ita se cuela hasta el pie de la escalera en la que el cantante se limpia el sudor con una toalla. “No es correcto pedirle a nadie una entrevista cuando se está secando el sudor de la frente, después de dos horas de ganarse el pan como Dios manda”, dice De Ita. Sin embargo, no hay otra oportunidad.
—Señor Dylan, soy un periodista mexicano que viajó cuatro mil kilómetros únicamente para ser testigo de su regreso a los escenarios. ¿Me puede conceder una entrevista?
“El antiguo profeta mira al reportero con sus pequeños ojos de color verde esmeralda, como quien divisa a un cactus que habla, y le responde, frunciendo el ceño:
“—¿Mi regreso? ¿De qué está usted hablando? Yo no me he ido a ninguna parte.
“—Bueno, es que hace ocho años que no hacía usted una gira como ésta por Estados Unidos.
“—Mire, señor periodista, yo no he dejado de cantar. Vengo de una gira por Australia en la que cantamos por todo el continente ante cientos de miles de personas. Pero igual me da cantar en una iglesia, como lo hago con mucha frecuencia, ante cien fieles. Yo no tengo tiempo de hablar con usted, pero si quiere saber algo de mí… ¡Ey, Fred! Dale a este señor la dirección de la máquina. Buenas noches.
“Entre el antiguo profeta y el reportero se interpuso el inmenso torvo velludo de Fred, quien sacó una tarjeta para el periodista, a la voz de:
“—Aquí es. Ahora lárgate”.

2
Fernando de Ita llamó a aquella dirección proporcionada por el querubín Fred, según consigna en su crónica publicada en Las Horas Extras número 7 de noviembre de 1986, incluida en el libro intitulado El arte en persona que publicara Árbol Editorial un lustro después, en 1991. La máquina a la que se refería Dylan era una compañía de computadoras que respondía a las interrogantes que uno quisiera hacer sobre el “antiguo profeta”. Cuando De Ita preguntó a la computadora qué pensaba Dylan de la guerra en Medio Oriente y la computadora contestó que la respuesta estaba en el viento, se percató de que lo habían timado.
Regresó a otro concierto, a principios de agosto de ese mismo año 1986, esta vez en el Madison Square Garden. Derribó a los gorilas de seguridad mediante una credencial de prensa que le robó a un colega de la BBC. Fue directamente a plantarse de nuevo frente al compositor.
—¿Cómo se siente Dylan? —preguntó.
—Bien, estoy bien.
—¿Hace cuánto no estaba en Nueva York?
—Ocho años.
El tiempo pasa.
—Hace calor.
Era una charla de rutina. Un rodeo inicial. El prólogo indispensable.
—Usted tenía una cita conmigo para hoy.
—Aquí estoy.
—Sólo tres preguntas. Primero: ¿qué lo llevó al cristianismo?
—¿Usted de dónde viene?
—De México.
—No joda.
—Del Distrito Federal.
—¡Yo encontré en la Biblia la Verdad Entera! ¡La Verdad Eterna! ¿Usted ha leído la Biblia?
—Sólo en latín.
—¿De dónde viene usted?
—De Apan, Hidalgo.
—¿Es usted italiano?
—No. Estudié la secundaria con los jesuitas.
—Yo encontré que la Verdad está en Dios.
—¿Cuándo fue eso?
—Cuando leí la Biblia.
—Hace veinticinco años tenía usted otras fuentes de inspiración.
—Yo no quiero renegar de los pasos que he tomado para estar aquí. Cuando era muy joven yo era corajudo. No lo sabía entonces, pero la fuerza de Dios estaba en mi guitarra y en mi armónica. Siempre busqué algo más que cantar por cantar. Primero tenía que existir el placer de hacerlo: luego quería decir algo con mi música. No quería hacer un discurso, como los predicadores o los políticos. Sólo quería decir aquello que me saliera de verdad, aquello que no fuera mentira. No había una idea muy clara, muy definida de decir esto o aquello. Era una necesidad de no decir mentiras, de hablar con la verdad. Nuestros mayores mentían, nuestros padres hablaban un idioma oscuro, no iban al corazón de las cosas. Había que tocar el punto, alcanzar algo que no sonara hueco. Yo creo que dije lo que tenía que decir, eso es todo.
—Era la voz de millones de chavos. Usted sonaba como todos y cada uno de ellos. No era la voz del maestro ni la voz del padre, ni la voz de Dios. Era un chavo que hablaba con otro chavo. ¿Eso se acabó?
—Ya no soy un chavo.
[Dylan, nacido el 24 de mayo de 1941 en Minnesota, entones contaba con 45 años de edad.]—¿Qué es ahora Bob Dylan?
—¿Sabe una cosa? I have workin so fockin hard para contestar eso. Si usted no sabe quién soy yo ahora, a mí no me importa.
Al oír la respuesta de su patrón, apunta De Ita, el velludo y gigantesco Fred puso de patitas en la calle al reportero de Apan, Hidalgo.

3
Anthony Scaduto dice que Bob Dylan odia a los periodistas aún más de lo que odia al hombre de bar que se acerca a preguntarle qué significa una canción o un verso determinado.
—La prensa forma parte de la conspiración represiva de la sociedad —dice Scaduto que dice Dylan.
“Con raras excepciones, sus entrevistas con escritores y periodistas se transforman en pequeñas comedias, casi en la parodia de un juego de tenis en el que Dylan jamás pierde el control de la pelota”.
Dice Scaduto en su libro La biografía de Bob Dylan (Ediciones Júcar, 1983) que, en las conferencias de prensa, sobre todo, “las respuestas de Dylan se hacen más surrealistas, más absurdas, porque las personas que preguntan no saben cómo reaccionar ante él y porque a menudo ni cuenta se dan de que Dylan juega con ellas”.
A Nat Hentoff, del Playboy, por ejemplo, le concedió una entrevista sólo para complacer al agente de relaciones públicas de su disquera, Columbia.
Pero la entrevista la dictó Dylan telefónicamente con todo y preguntas.
“Dylan ha dicho más de dos veces que lo único que busca en esta vida es cantar, no contestar preguntas”.
—Quiero escapar de la canonización —dice.
Pero Dylan, aunque odie a los periodistas, tendrá que seguir contestando preguntas.
“Porque en el territorio del rock, como en gran parte del campo del arte, desgraciadamente, la hechura de la obra no es evaluada si no va seguida de una exégesis desarrollada por el propio autor, de ser posible”, dice Scaduto.
Dylan lo sabe, aunque no comparta la opinión.
—Son tiempos duros —dice Dylan—. Todo el mundo necesita un Padre. ![]()



