Mayo, 2026
En la historia de la prensa escrita en México hay cierto periodistas —es decir, guías— a los que hay que leer, revisar con detalle, analizar. Manuel Buendía Tellezgirón es uno de ellos. Su asesinato en mayo de 1984 no sólo engrandeció más su figura, también demostró hasta qué punto el Estado mexicano —el entonces viejo régimen priista— estaba resquebrajado, intervenido y manipulado tanto por la delincuencia organizada como por el poder económico y la ultraderecha mexicana. Hoy lo recordamos en su centenario —nació justo en mayo de 1926— como lo que fue: no sólo el columnista más influyente de la prensa escrita en México de la segunda mitad del siglo XX —su columna «Red Privada» era reproducida por alrededor de 60 periódicos del país—, también como el periodista comprometido con la libertad de expresión así como honesto hasta la obsesión —su concepto de ética periodística lo aplicó en su oficio cotidiano y rechazaba, siempre, el verse comprometido por los tentáculos del poder político y económico. Veteranos ambos en este oficio, Víctor Roura ha conversado con Carlos Ramírez para recordar el periodista.
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Manuel Buendía nació en Zitácuaro, Michoacán, el 24 de mayo de 1926, razón por la cual durante este año se conmemora su centenario natal. En el seminario de esa localidad cursó los primeros estudios y ahí mismo fue maestro de primaria. En la Ciudad de México estudia el bachillerato y algunos semestres en la Escuela Libre de Derecho. Se emplea como reportero en la revista La Nación, después pasa a La Prensa en donde llegará a ocupar la dirección. Durante algunos años ocupa puestos en unidades de comunicación en el sector público, y en 1977 decide dedicar todo su tiempo al columnismo con la reaparición de “Red Privada” (columna que había nacido en La Prensa) en la cadena de los Soles. Después la publicaría en El Universal y posteriormente en el Excélsior, en donde ya era la más leída columna política del diarismo mexicano cuando las balas de un asesino lo sorprenden fuera de su oficina al atardecer del 30 de mayo de 1984. Apenas seis días antes, Manuel Buendía acababa de cumplir los 58 años de edad.
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Carlos Ramírez (Oaxaca, 1951), después de estudiar Administración de Empresas en la Universidad Iberoamericana (UIA), fue reportero de los diarios El Heraldo de México, El Día, El Universal y El Financiero, donde también escribió la columna “El Indicador Político”, además de haber sido el jefe de Información en dicho diario. También coordinó la sección de información económica de la revista Proceso. Fue subdirector de la agencia CISA. Aparte de su incursión en el magisterio (ha dado clases en la UNAM y en la UIA) y en la radiofonía, ha sido director de la revista La Crisis, columnista de El Universal y director de su vespertino El Gráfico. Fue acreedor, en 2013, al Victory Award de Poli Conference al mejor blog político del año.
Autor de una docena de libros (literarios —ha escrito cuentos— y, sobre todo, ensayos de actividades políticas —es asimismo de los pocos periodistas que ha ahondado en las miserables asociaciones producidas por la intelectualidad mexicana), acaba de finalizar el volumen Periodismo Político / Antología de columnas de Manuel Buendía en una edición del CEEPS (el Centro de Estudios Económicos Políticos y de Seguridad, del propio Carlos Ramírez), sin editorial aún, pero muy pronto encuadernado como tal. El índice de la publicación digital se mira interesante.
A propósito del centenario de Buendía, conversamos precisamente con Carlos Ramírez.

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—¿Por qué Manuel Buendía es una figura relevante en la prensa mexicana? —cuestionamos a Carlos Ramírez.
—Porque representó una figura singular en el periodismo mexicano de opinión y de investigación —responde el experto en temas de prensa política—, sobre todo en tres espacios muy específicos: el estilo periodístico que en los sesenta estaba estancado en la falta de imaginación y de estilo y, básicamente, los compromisos con el poder; la temática de defensa del Estado frente a la ofensiva de la derecha nacional y del imperialismo estadounidense; y la revalidación de la columna política que había caído en un hoyo escarbado por el columnismo infame de Carlos Denegri en Excélsior hasta su muerte en el año nuevo de 1970.
“Además, a Buendía le tocó ese espacio de tiempo político de tránsito o de transición del viejo régimen de la prensa subordinada al poder político priista a la conquista de espacios de autonomía relativa posteriores al sacudimiento político-social del 68. Buendía se lanza al columnismo de tiempo completo en 1976, justo en la coyuntura del fin del viejo régimen autoritario en modo echeverrista y la ligera apertura de la reforma política de López Portillo de 1977”.
—La actitud del Estado mexicano acerca del caso del asesinato de Manuel Buendía dejó, como siempre, mucho que desear. De no ser por otro periodista, Miguel Ángel Granados Chapa, el asunto hubiera quedado impune. ¿Se sabe la razón exacta por la que mataron a Buendía?
—No se sabe la razón exacta del asesinato de Buendía, pero se tienen suficientes elementos analíticos y hasta especulativos de manera racional del contexto político en el que ocurrió el asesinato. Lo único cierto es que fue un crimen político de Estado y ahí se localiza la principal razón por la cual ha quedado impune. En 1984 se dio un escenario nacional e internacional de conflicto entre el nacionalismo mexicano y el intervencionismo estadounidense.
“La temática de las columnas de Buendía forman parte del contexto: la derecha y la ultraderecha mexicana empresarial, universitaria, política y religiosa, sus denuncias revelando las andanzas de la CIA en México. La crítica a la política del viejo régimen de complicidades del poder y sobre todo el ejercicio de un periodismo de autonomía relativa de la red de intereses sistémicos, aunque desde el punto de vista (y este es un tema que todavía no se ha profundizado) del periodismo de Estado social y no de gobierno ni de camarilla política”.
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—Como columnista que ha sido y es Carlos Ramírez, ¿se puede afirmar que sigue siendo el género de la columna el más peligroso de la prensa mexicana?
—La columna política estudiada y desarrollada por Buendía (incisiva, crítica, de recopilación propia de datos en el contexto del enfoque social y popular de la vieja política de complicidades priistas) —responde Carlos Ramírez— se convirtió en parte del periodismo de revelación y de denuncia que se abrió en México a partir de la llegada de Julio Scherer García a la dirección del periódico Excélsior en pleno conflicto estudiantil del 68. No fue sólo la columna, sino los reportajes, las notas que obligaban a los políticos a mostrar sus verdaderas limitaciones, el periodismo de confrontación de realidades mucho (y no era poco) en el tono de la diligencia que tenía un espejo para reflejar las irregularidades del camino o el pistoletazo en el teatro que fueron dos figuras retóricas que resumieron la información de confrontación contra el poder establecido en Rojo y Negro de Stendhal.
“En síntesis, la columna formó parte del periodismo que rompió sus mecanismos de dependencia de los compromisos del régimen y comenzó a mostrar el espejo de la realidad, justo en el ciclo político 1968-1988 en que la política disciplinada del PRI tuvo que enfrentar la disidencia política interna y después externa hasta llegar a la alternancia frustrada como transición del año 2000”.
—Estás escribiendo un libro sobre Buendía, ¿cómo abordas al periodista que fue?
—Mi libro de Buendía es una antología de columnas basada en sus trece libros, sólo un par de ellos publicados en vida, y en donde pudo desarrollar una pluralidad de temas que le interesaban a la sociedad que en esos momentos andaba en busca también de su propia autonomía relativa del régimen priísta.
“Me interesó Buendía en cuanto menos tres líneas temáticas: la columna como género periodístico autónomo (un periódico dentro de otro periódico, la caracterizaba Buendía) del diario en que se publicaba; el estilo de profundidad y de refresco de las viejas columnas que hasta en su momento trataban chismes del poder; y de manera sobresaliente el enfoque político de Buendía no como un opositor ni disidente sino a partir de un modelo que llegó a presentar como posibilidad de investigación, no profundizado, de lo que caracterizó él mismo como periodismo de Estado, no de gobierno, ni de clase política gobernante, ni de mafias del poder, sino del Estado como el espacio de representación de la sociedad en general”.

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—Recuerdo que Rius, acaso para que yo bajara de las nubes a Buendía, me dijo que cuando el caricaturista trabajaba en La Prensa, diario entonces dirigido por Buendía, éste lo mandó llamar por un cartón que no le había gustado al director, miró, Rius, con temor una pistola que yacía delante del director, en su oficina, como amenaza latente para cualquiera de sus empleados. ¿La mafia intelectual algo había ya influido en Buendía? No hay que olvidar que, junto con Carlos Monsiváis e Iván Restrepo y otros personajes, formaban el grupo intelectual denominado El Ateneo de Angangueo —digo por último a Carlos Ramírez.
—Buendía tenía la gracia de no caerle bien a todos. Como director era muy exigente con sus periodistas, pero no hay que perder de vista que en aquella época de los años sesenta la Secretaría de Gobernación tenía un control absolutamente autoritario sobre la prensa, y los directores tenían que lidiar con los jefes de prensa gubernamentales, porque todos los periódicos dependían de la publicidad gubernamental.
“El tema de la pistola que Rius vio en el escritorio del director venía de los tiempos en los que Buendía había sido reportero de nota policiaca nada menos que del periódico La Prensa y que lo llevó a moverse en las oscuridades de la criminalidad de seguridad pública de aquel entonces, además de juntarse con viejos policías e investigadores. Buendía siempre portó un arma, pero no pudo desenfundarla el día de su asesinato. Además, Buendía gustaba de las armas de fuego, permanentemente asistía a stands de tiros a ejercitarse con profesores policiacos y hubo un tiempo (antes de la llegada de los marihuaneros) en que iba de cacería del venado a lugares cercanos a la ciudad de Oaxaca.
“Pero quienes conocieron a Buendía, en aquel entonces director de La Prensa, siempre lo vieron como un tipo hosco, enojón, a veces hasta gritón, pero nunca fueron víctimas de alguna agresión física, menos de alguna intimidación directa con un arma de fuego. Buendía nunca se separaba de su pistola.
“Sobre el tema de la mafia intelectual, Buendía se sentía más cerca del grupo de Héctor Aguilar Camín y Carlos Monsiváis por coincidencia de enfoque nacionalista, mientras que del otro lado de las mafias intelectuales se encontraba el grupo de Octavio Paz, muy cerrado en sus relaciones con el poder político o con otros grupos intelectuales, sin olvidar que en 1971 comenzó la lucha entre el Grupo Paz y el Grupo Monsiváis.
“Buendía se sentía muy cómodo con ellos, pero también creó sus pequeños grupos con otros columnistas y sobre todo con jóvenes periodistas que empezaban ya a ejercitar el periodismo crítico y se reunía con ellos a comer frecuentemente, entre ellos el grupo que formábamos Óscar Hinojosa, Alejandro Ramos, Miguel Ángel Sánchez de Armas y yo. Y también estaban los grupos de estudiantes que pululaban en su clase a los que también les dedicaba tiempo fuera de las aulas.
“Lo que ocurrió, en todo caso, fue que el grupo Monsiváis llegó a capitalizar la relación de Buendía por el valor político que le daba en su dependencia, vía Héctor Aguilar Camín y la revista Nexos, con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari”.
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Los caricaturistas
Manuel Buendía
[Texto tomado de su libro Ejercicio Periodístico, Ediciones Océano, 1985, que a su vez compendió el resultado de esta mesa redonda celebrada en el Foro de Arte Contemporáneo el 9 de marzo de 1979.]
En México la caricatura es para los políticos como un desafío personal. Dicho de otra manera, insisten en parecerse a sus propias caricaturas. Muchas veces a los moneros se les habrá llamado espíritus de contradicción, negadores absurdos y grotescos de las virtudes del sistema y de sus hombres. Pero más bien son profetas.
Me imagino que corresponde a los estudiosos de las ciencias sociales investigar por qué en este país hay caricaturistas que tienen don profético. Si pintan que una situación comienza a deteriorarse, al poco tiempo aquello está cayéndose a pedazos, no importa cuántos esfuerzos realice en contrario la retórica del sistema. Si en el rostro, hasta entonces limpio, de un funcionario o político, se les ocurre dibujar un pequeño forúnculo en la nariz, en el corto plazo ese personaje será carroña ambulante.
Y no es que vayan por ahí, como ciertos columnistas, investigando vidas o tractores ajenos; hurtando documentos acusadores o ejerciendo el tercer grado en el interrogatorio policiaco. No. Ellos, los caricaturistas políticos, simplemente adivinan, reciben el “pálpito” de que algo va a estar peor que antes, y profetizan. Habría que investigar qué beben y de cuál fuman. Pero a los agentes de la CIA o de la MIA (Mexican Intelligence Agency) que quisieran emprender la indagación, les aguarda el exasperante descubrimiento de que algunos de esos moneros son casi abstemios, no fuman, apenas hablan ni son chistosos en su conducta personal, sino más bien taciturnos peatones y buenos padres de familia.

Me gustaría saber si estoy en lo cierto —cuando concluyo por las lecturas de antologías y la observación directa— que en México esta estirpe de caricaturistas ha evolucionado en la profundidad de su contenido, a lo largo del presente siglo, digamos desde El Hijo del Ahuizote al magnífico catálogo de Naranjo cuya edición hoy celebramos. Según esta evolución que, supongo de zumbones testigos y jueces del acontecer social, se han convertido en augures que avanzan, que adelantan la visión de las siguientes etapas de un sistema político que, pese a sus esporádicos impulsos autorreformistas, en su praxis insiste en confirmar la decadencia.
Siguen siendo desenfadados testigos del suceso cotidiano, sí, y a veces una caricatura no es más que eso: intrascendente constancia de un acontecimiento también efímero. Pero con frecuencia la caricatura moderna —al menos la que producen cierto número de caricaturistas con verdadero talento y oficio— va mucho más allá. Uno la ve, y le causa el impacto de algo que no sólo va a arruinarle el débil optimismo con que había despertado esa mañana, sino que en el transcurso de las siguientes horas, de los siguientes días quizá, lo obligará a someterse a reflexiones amargas sobre lo que aguarda a este país.
Y probablemente ni siquiera ellos estarán conscientes de su capacidad profética. No hay, no se descubre una intención deliberada. Pero el don está ahí, lo mismo en la línea gruesa, burda, de estudiada imperfección de Magú, que en el atroz, alucinante perfeccionismo de líneas de Naranjo. Si estas caricaturas en vez de sonrisa provocan muchas veces pesadillas, es porque sus trazos y sus palabras proceden de inteligencias que han desarrollado una notable capacidad para ahondar en el testimonio y dar el sentido trascendental de lo observado o presentido.
Necesito insistir en que me refiero exclusivamente a los caricaturistas con talento y buen oficio. Profesionales que, además, o fundamentalmente, tienen adquirido un compromiso de conciencia social, como quiera que éste se llame después en el vocabulario de la geometría política. Me parece que del trabajo de los otros no vale la pena ocuparse.
Se me advirtió que Rogelio Naranjo no deseaba que esta reunión se convirtiera en un homenaje al clásico estilo, sino que se intentara abordar el tema general de la caricatura política en México. Bien. He dicho unas cuantas cosas al respecto, con el deseo de discutirlas más adelante, si tal fuera la disposición de mis compañeros de mesa.
Sin embargo —y para terminar— he de expresar mi propia opinión sobre Naranjo. Él pertenece a la estirpe de los grandes caricaturistas mexicanos del siglo, que han identificado y aceptado, para cumplirlo con gallardía y eficacia, su compromiso social.
Yo no sé si debiera ser considerado el número uno entre los actuales, o sea más objetivo reconocer que hay un florecimiento de la caricatura política en México y que un grupo —no muy numeroso aún, por cierto— muestra las excelencias de este verdadero arte en la comunicación social. Lo que sí sé es que ante la obra de Naranjo uno siente la presencia de lo extraordinario.
Ya en Angangueo el niño Rogelio Naranjo —allá en la ateniense metrópoli los naranjos a veces nacen pequeños— preocupaba a los vecinos. No hablaba, ¡pero cómo tupía de rayitas los muros de mármol y las pencas de los magueyes! Cierto día, don Jovito el alcalde —conocido, según Monsiváis, como el Ayatole Jovito, porque pregonaba atole de 82 sabores distintos todas las tardes—decidió meter a la cárcel al muchacho que rayaba mármoles y pencas. Actualmente hay en Angangueo una prisión moderna, del tamaño y aspecto de la Secretaría de la Reforma Agraria, pero en aquel entonces sólo había un enorme agujero, del piso hacia abajo, como los que, según Miguel Asturias, tenía aquel dictador para encerrar a sus enemigos políticos. La tapa era de concreto armado y teóricamente no había por dónde escapar. Sin embargo, el Ayatole Jovito no se fijó que Rogelio Naranjo llevaba consigo un frasquito de tinta china y una plumilla. Con estos elementos, Naranjo se puso a dibujar un túnel, y por él llegó hasta México, donde rápidamente pidió asilo en El Mitote Ilustrado, según consta en uno de los prólogos del libro que hoy nos congrega [el volumen en cuestión, editado por Era en 1979, se intitula Elogio de la cordura: para un retrato de la clase gobernante, de Rogelio Naranjo, michoacano como Buendía, fallecido el caricaturista hace justo una década, el 11 de noviembre de 2016, un mes antes de celebrar su cumpleaños número 79]. El túnel se conserva. Con algunas adaptaciones hechas por el Departamento [antes de ser gobierno de la Ciudad de México a esta entidad se le denominaba Departamento del Distrito Federal], ahora se le conoce como drenaje profundo de la Ciudad de México. Nadie se asombre, pues, de lo que todavía sea capaz de hacer Rogelio Naranjo. ![]()



