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Pastor Cervera, un cuarto de siglo después

Ilustre integrante de la trova yucateca

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Julio, 2026

Escribe Víctor Roura en el siguiente texto: si alguna palabra se ajustaba a su labor artística era, es, sin vuelta de hoja, la de trovador. Armado de una guitarra, en realidad don Pastor Cervera fue el último bohemio de la música mexicana. Nacido en Mérida, Yucatán, en 1915, el  compositor y músico partió de este mundo hace un cuarto de siglo, a la edad de 86 años. Hoy lo recordamos.

Decía Pastor Cervera (Rosado), fallecido hace un cuarto de siglo el 31 de mayo de 2001 a la edad de 86 años, que ninguno de sus once hijos fue músico, a Dios gracias: “Si van a ser como yo —aseguraba—, que nunca comercié con las canciones, mejor que se dediquen a otra cosa”.

Con tan magnífica concepción de su oficio (¿quién posee el placer exuberante de cantar nada más por cantar?), Pastor Cervera tenía veintenas de composiciones que rozan la perfección musical. Si alguna palabra se ajustaba a su labor artística era, es, precisamente, sin vuelta de hoja, la de trovador: “Pastor Cervera —dice Fernando Espejo— tiene oído absoluto. Si supiera música (cosa que no sabe), tocaría y cantaría igual, de oído, porque lo otro sería superfluo. A esos oídos así les dicen líricos, lo que quiere decir completamente otra cosa. Pero, es verdad, Pastor Cervera es lírico y bendito sea Dios porque con su sola intuición es capaz de improvisar, en el instante que se necesita, el dúo más preciso y afinado que ningún músico académico pudiera lograr”.

Y había que oírlo trovar para reconciliarse con la música.

Armado de una guitarra, en realidad don Pastor Cervera fue el último bohemio de la música mexicana: “Mi primera canción se llama ‘Nuestro nido’. Cuando tenía doce años encontré un papel tirado en el que estaba escrito un poema al que le puse música y se la fui a cantar a la casa de mi enamorada. Ella y yo montábamos a caballo con su hermano, y yo era el rey de allá [Pastor Cervera nació y murió en Mérida, Yucatán]. Me llevaba con todos. Ella tenía quince años, me escuchó la canción completa y me preguntó: ¿Y para qué la hiciste? Y yo le contesté: Para ti. Ella me dio una bofetada y salió corriendo. Esa fue la primera vez que cobré por una canción”.

Distanciado de todos sus contemporáneos compositores, Pastor Cervera encontraba en las letras el motivo esencial para trovar. Es decir, sin una letra hermosa la música no tendría sentido. La música es la letra: la palabra cantada. En la tercera antología que le editara en 1997 —cuatro años antes de su partida de este mundo— la compañía discográfica de Modesto López: Pentagrama, vuelve a salir, airosamente, el poeta que se acompañaba irremediablemente de la música. No hay mejor cantante que aquel que siente sus canciones: ante tanta voz bonita, sin duda la de él sobresalía pues, con fortuna, era diferente. Alejado de las pretensiones del estrellato, Pastor Cervera cantaba, como los viejos bluesistas, para sí mismo.

Don Pastor Cervera. / Foto: culturayucatan.mx

Su voz, entonces, era, es, única. Cualidad, además, que ha sabido distinguir a los trovadores yucatecos, que hallan, o hallaban, en las letras su soporte vital. A ellos no les va la aparatosidad, ni el cúmulo de espejuelos a su rededor, ni las impostaciones de quienes aparentan ser artistas no siéndolo.

Escuchar a Pastor Cervera es reconsiderar la función de la música, pero sobre todo la del compositor que se afana en decir cosas. Incluso puede afirmarse que era él un desesperado compositor del amor. A Modesto López, Pastor Cervera confesó:

—Tengo algunas canciones que no canto porque me parecen cursis. Te voy a decir una de ellas: “Para poder cantarle a tu belleza/ preciso ha de ser que mis cantares/ les prestara su don naturaleza,/ y su suave perfume a los azahares. / Que mis mortales manos seda fueran/ para poder acariciar mi vida/ y arrancarle arpegios que pudieran/ saciar mi corazón que por ti delira. / Mi voz que es idioma de mi alma,/ dejara de ser voz y fuera trino/ y que en noches de luna y tenue calma,/ te hablara de mi amor que es tan divino. / Que llegara hasta a ti a despertarte/ y al descorrer de tu mirada el velo,/ al descubrir en tu carita el cielo,/ me postrara ante ti para adorarte”.

Empero, esta cursilería tenía un orgullo: como Agustín Lara (1897-1970), lo cursi se lleva en el alma, es un complemento de la personalidad. Es más, sería el colmo que figuras como Agustín Lara, o el propio Pastor Cervera, no fueran cursis. Extraídos de ese mundo, pertenecientes a la cursilería más amable, los cantores exhiben a los cuatro vientos, con un orgullo peculiar, su cursilería que, curiosamente, se difumina a la hora de su canto como por arte de magia. Porque ellos no le cantan a lo cursi, sino a lo que representa la cursilería desde su muy particular punto de vista: la mujer. Don Pastor Cervera, en este contexto, ha sido, y es, un infatigable loador de la mujer, un cancionero, un bolerista, que se empeñaba en mirar únicamente el lado bueno de la mujer, que es decir exaltar la virtud femenina por el sólo hecho de existir. Pastor Cervera era, es, el cantor que alaba la presencia de la mujer, que nos confirma cuán miserable fuera esta vida, ¡ay cursilería exultante!, sin la mujer.

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