Escuchar esta nota
Detenido
Julio, 2026
Se podría decir que fue uno de los mejores periodistas culturales de entre siglos. Y es que, entre los años noventa y la primera década de los 2000, Óscar Enrique Ornelas ejercitó (practicó) (desarrolló) un periodismo de altísimo nivel. No sólo era un periodismo bien escrito, también bien informado, inteligente. Irreverente, crítico, iconoclasta, hace unos días Ornelas se marchó de este mundo. Hoy queremos recordarlo.
Óscar Enrique Ornelas, un periodista en un lugar aparte
José David Cano
UNO. Lo reconozco: la noticia de su muerte —inesperada, discreta—, cayó como un balde de agua helada: hace un par de semanas, en los últimos días de junio, el periodista Óscar Enrique Ornelas se marchó de este mundo. Murió en su natal Chihuahua, ciudad que lo vio nacer en 1954 y donde radicaba —desde hace más de tres lustros— tras su retorno de la Ciudad de México.
Como no era famoso, banal, no salía en televisión, ni pertenecía a ninguna cofradía, y mucho menos era consentido de los gobiernos en turno —tanto local o federal— como sí lo son otros periodistas o yutuberos, su muerte no fue informada por ninguna institución.
La noticia la dio a conocer un cuate suyo, Tomás Oropeza Berumen, y, sin querer, tuvo su toque contradictorio y de humor que habría hecho reír al propio Ornelas: la nota necrológica apareció en La Jornada, un medio informativo que él detestaba por su falso izquierdismo (o, mejor, su izquierdismo acomodaticio), y que incluso alguna vez —en una de sus crónicas— llamó jocosamente el Ocosingo News. (El otro medio del que se reía y hacía escarnio era el Garza García Morning, que ya sabemos cuál es.)
DOS. Porque sí, el Ornels, o el Chornelas, o el Gordito —como cariñosamente lo llamábamos el colega y amigo Juan José Flores Nava y el plumilla que esto escribe—, era un verdadero personaje. Ornelas solía reírse de todo. Y se burlaba de todo y de todos.
De vez en vez, y luego de su marcha de la entonces defeña capital, a Juan José y a mí nos llegaban sus correos electrónicos…
domingo, 3 de julio
Asunto: Papas Don David
Acabo de descubrir Papas Don David. Hace como hora y media.
A ver cuándo vienen. Para que vayamos a las Papas Don David, Hamburguesas El Cubano y —si vamos a Ciudad Juárez en Ómnibus de México— comeremos en El Tragadero.
Óscar E. Ornelas
Con una formación en sociología en la Ibero, Ornelas se dedicó al periodismo por casi dos décadas en El Financiero, en la sección de cultura dirigida por Víctor Roura. Renunció a ella para embarcarse en un proyecto editorial que fracasó estrepitosamente.
Por su mismo carácter, y acostumbrado a una forma de trabajo que provenía de su etapa de El Financiero, después de aquel naufragio ningún medio le echó una cuerda ni encontró acomodo en alguno de ellos.
Eso sí, Ornelas nunca dejó de estar bien informado y estar en el ajo. A su retorno a Chihuahua, justamente por correo electrónico nos llegaba (a su grupo de amigos) sus ‘Crónicas cheras’ en las que nos contaba la realidad de su Estado, miraba de reojo la geopolítica actual, hablaba de música —otra de sus pasiones—, o desmenuzaba cualquier tema que le llamara la atención: la religión, la ciencia y las teorías conspiranoicas eran tres cosas a las que regresaba con frecuencia.
Por ejemplo, en una de sus ‘Crónicas cheras’ escribió:
Es tal el desgaste del presidente George W. Bush que, según una encuesta del American Research Group, sólo el 28 por ciento de los estadounidenses cree en él. Un dato interesante, puesto que por lo general los habitantes del vecino país del norte viven en un mundo de ilusiones y fantasías. Así por ejemplo, pese a la evidencia en contrario, un 51 por ciento cree que la economía mejorará en los años por venir.
Que los estadounidenses viven en un mundo mágico y maravilloso es un hecho rigurosamente probado. Un estudio de la empresa Harris Online muestra que la abrumadora mayoría de los estadounidenses cree en los ovnis, el diablo y los fantasmas.
[…]
Lo cierto es que los ovnis les fascinan y muchos creen en la teoría de la conspiración estándar de que el gobierno oculta los hechos.
La creencia en los ovnis llega a tener importancia política. Durante 35 años el excéntrico senador Claiborne Pell presidió el poderoso Comité de Relaciones Exteriores del Congreso pregonando la existencia de los ovnis, y dando su apoyo a estrambóticos proyectos de videntes que trataban de leer la mente de los líderes soviéticos a miles de kilómetros de distancia.
Tan importan los ovnis en la política estadounidense que el ex precandidato presidencial Dennis Kucinich dijo haber visto uno. Otro tanto le ocurrió al presidente Jimmy Carter, y Robert Kennedy presumía de pertenecer a una sociedad que estudiaba el tema de los platillos voladores.
TRES. Periodísticamente, Óscar Enrique Ornelas estaba en un lugar aparte. Es cierto: aunque no estaba exento de errores, como todos —normal, por otra parte, cuando se ejerce el diarismo—, era un verdadero agasajo leer sus entrevistas, sus perfiles o sus crónicas en la ya desaparecida sección cultural de El Financiero. Le ayudaba en primera instancia el sistema de trabajo establecido por el editor, Víctor Roura, el cual permitía desarrollarte (profesionalmente) así como desarrollar el tema o la entrevista que se debía entregar. Hablo de una libertad y autonomía que le permitía —nos permitía a los reporteros de la sección— hacer, o, por lo menos, tratar hacer, un periodismo no sólo no complaciente, sino riguroso. Y, sobre todo, bien escrito.
Pero en Ornelas había más, había un plus.
Hombre de verdadera izquierda —me refiero a ese que se permite criticar a la izquierda misma— y anticapitalista fresa —¡vamos, su padre fue gobernador del estado y, además, de extracción priista!—, la formación académica de Ornelas y su vocación de outsider también le permitió desarrollar un periodismo de alto nivel. (Ojo: como periodista novato que entonces era uno, contar con él como compañero de trabajo tenía lo suyo: era al mismo tiempo un modelo para copiar y seguir, pero también uno podía verlo como una “sana” competencia, lo cual a uno le provocaba tratar de mejorar día a día.)
Y es que Ornelas tenía una gran capacidad de observación para ver lo que a otros se les escapaba. También, una insaciable curiosidad: a diferencia de esos periodistas fantoches que sólo traen libros bajo el brazo para sentirse más intelectuales, Ornelas leía todo lo que le caía en las manos, incluidas revistas del corazón y cosas de ese tipo. Todo le ayudaba para confeccionar sus textos o provocar a sus entrevistados.
Irreverente, iconoclasta, sarcástico e irónico, y un crítico irredento, para él no había ‘vaca sagrada’ intocable, ya fuera una institución o algún personaje de la cultura.
En un texto publicado en las páginas de El Financiero en diciembre de 2005, a propósito de un doctorado honoris causa a Fernando Savater, escribió:
En medio del estruendo del “Himno de Veracruz” y una insólita decoración que combinaba carteles estalinistas y anarquistas de la Guerra de España, el filósofo Fernando Savater recibió antier en Xalapa el doctorado honoris causa por la Universidad Veracruzana. Ahí habló sobre la democracia y el peligro que representan los caudillos.
El divulgador filosófico de origen vasco, Fernando Savater, se ha convertido en una especie de embajador antipopulista itinerante. En las últimas dos semanas ha ido por América Latina advirtiendo contra los caudillos.
El itinerario lleva mensaje político en un continente donde el próximo año habrá varias elecciones presidenciales. Lima; Caracas; una escala en Guadalajara para hablar en la FIL sobre la fuerza de la lectura; Puebla, donde lo nombraron “embajador de la legalidad y la justicia”; y, finalmente, Xalapa, Veracruz. Antier, Savater comía en un pintoresco hotel de Coatepec y daba entrevistas para la televisión. Parece más una gira de grupo de rock. Savater es el hombre-espectáculo.
Con la mano en el pecho, Savater hacía como que entonaba el recientemente estrenado “Himno de Veracruz”. A su lado, el hiperactivo gobernador priista Fidel Herrera lanzaba las grandes estrofas a ritmo de marcha. El poder y el filósofo. Según Savater, “se pueden hacer cosas utilizando los mecanismos del poder”. En el estado jarocho la Universidad no es autónoma ni hay trazas de que lo vaya a ser.
CUATRO. “Se nos quebró el Ornels”, me escribe por medio de un mensaje el querido Juan José Flores Nava —amigo de muchos años, y colega y compañero en las páginas culturales de El Financiero—. Me escribe: “Se nos quebró el Ornels”, y en ese mensaje se filtra también el dolor de la pérdida.
Y, a continuación, en breves pinceladas —es decir, mensajes— lo va recordando de manera extraordinaria:
“Ese Ornelas era muy culto. Su formación quedaba expuesta en sus entrevistas y textos.
“Destacaba con humor las características físicas, expresivas o de comportamiento de todo mundo. Era sarcástico con quien debía… Incluso, ironizaba hasta de su propia vida. ¡Se reía de sí mismo!
“Aunque no lo presumía, era un extraordinario analista geopolítico.
“Anduvo en Centroamérica, del lado de la guerrilla; usaba huaraches en su época estudiantil en Chihuahua (algo que a su papá, como el propio Ornelas solía recordar, le irritaba); siempre llevaba consigo infinidad de anécdotas de todos los tiempos y lugares; miraba lo que para casi todos pasaba inadvertido.
“Pero, sobre todo, ¡bailaba a James Brown! Buen bebedor hasta que se transformaba haciendo choqui.
“Sus textos no sólo eran profundos, sino filosos siempre”.

CINCO. En efecto, buen bebedor y buen conversador —producto de aquellas charlas conocí, por ejemplo, las deliciosas skiffle sessions de Van Morrison o a los Flying Burritos Brothers—, de pronto la cabeza de Ornelas giraba 360 grados y se convertía en el verdadero Chucky. En ese momento había dos elecciones: o salir corriendo de ahí y no mirar atrás, o pararlo en seco. (Como Juan José Flores Nava y una servilleta le caíamos bien —incluso, creo, hasta nos respetaba como colegas—, Ornelas, burlonamente, imitaba un saludo militar y entonces se controlaba. A veces.)
Aun así, aquellas tarde-noches de bohemia —ya fuera en su casa (un departamento a unas cuantas calles de la Avenida Reforma), en mi depto, o en alguna cantina— eran agradables. En ellas, a veces me contaba —o nos contaba— pedazos de su historia personal, de su activismo estudiantil o de su militancia política. Era sumamente divertida, además, su imitación de Octavio Paz, de cuando el poeta mexicano salía en televisión.
Tiene razón el querido Pablo Fernández Christlieb —colaborador hoy en estas mismas páginas digitales y en su momento también de la sección cultural de El Financiero—, cuando, en un correo, describe y recuerda al buen Óscar Enrique (y ese dolorcito que se siente tras su partida); con su autorización, lo reproduzco:
“Pues sí, ha de ser un dolorcito: es un poco como morirse uno, o más precisamente, se muere una época de uno mismo, ésa en la que ibas a la Pensil todos los días (a mí me caía muy bien y lo conocía desde antes, de la UNAM en una oficina donde trabajamos juntos. Él sí tenía el aire de reportero de barandilla, jaja).
Sí, con la muerte de Óscar Enrique Ornelas, el periodismo cultural mexicano —recordemos: en su natal Chihuahua siguió ejerciendo el oficio a su modo y como pudo— ha perdido a uno de sus grandes periodistas. Lo echaremos de menos. ![]()
Nota bene: en efecto, queda una sensación de triste tristeza que ninguna institución (local o federal) haya informado de la muerte del periodista mexicano. Tampoco me extraña: para la 4T, como lo ha demostrado una y otra y otra vez, sólo merecen su atención los mismos nombres de siempre, los que están cerca de su círculo o los que publican en ese diario hoy convertido en órgano oficial. Y de Chihuahua, ¡ni hablemos! Ornelas solía decir que el simple hecho de pensar era considerado, en ese lugar, un defecto de carácter.
…
Las verdades sobre Ornelas
Víctor Roura
Llegó solo a la redacción cultural del periódico El Financiero a pedir trabajo, porque era el único sitio que podía recibirlo sin prejuicio ninguno ya que el estudiante de sociología era hijo del gobernador priista chihuahuense Óscar Ornelas Küchle, quien administrara ese estado norteño un lustro: del 4 de octubre de 1980 al 19 de septiembre de 1985, retirándose antes de su periodo constitucional. El padre del periodista fue prácticamente dueño de ese estado por una suerte de arrebatos y transferencias comunes en la política nacional. Sin embargo, Óscar Enrique Ornelas Hernández (nacido en Chihuahua el 1 de octubre de 1954 y fallecido en esa misma ciudad a fines de junio de 2026, a sus 71 años de edad) nunca habló de la política de su padre a sabiendas de que podía vivir holgadamente de los frutos de la política paterna, viviendo en un departamento propio a unas cuantas calles de la Avenida Reforma, propiedad que su padre se había encargado de comprarle para su “independencia” profesional.
Pese a su a veces poco profesionalismo (entregaba a deshoras o muy tarde el material que se le solicitaba aduciendo que prefería “hacer tiempo” en lugar de escribir, que sabía hacerlo), en efecto jamás fue dado de baja de aquella sección cultural por una decisión solidaria, más que profesional. Ni nunca, tampoco, estuvo al frente de ninguna sección científica en El Financiero, como se apunta erradamente en una nota biográfica que circula en la web. Y, sí, se fue de ese periódico renunciando a él por haber conseguido un destino periodístico que no le daría el futuro que esperaba, regresando a su tierra natal para trabajar en las propiedades mediáticas de su señor padre, mismas que, tal como ocurre en esos lugares del gobierno, le fueron ferozmente arrebatadas a Ornelas Hernández sencillamente cuando la política dejó de pertenecerle al PRI, porque en esas situaciones de poder lo de menos son las calidades informativas.
Leo sobre la personalidad de Ornelas (¡que habría que leer La Jornada para saber más de él, cuando en vida ese periódico jamás se ocupó de él porque siempre publicó, Ornelas, en El Financiero, un diario donde trabajaba Víctor Roura, en la lista negra de aquel periódico pese a haber sido uno de sus fundadores!) y hallo sólo mentiras en torno de su figura: por ejemplo, nadie va a saber que el propio Óscar Enrique Ornelas hablaba pestes de La Jornada por ser un medio absolutamente parcializado. Pero Ornelas, a pesar de no haber sido un periodista responsable (siempre teníamos que discutir sobre los tiempos de las entregas previamente reportadas), sabía muy bien de lo que escribía, quizás por ello le creció lentamente una indecible soberbia.
Ahora ha partido de este mundo. Y la prensa cultural lo habrá de extrañar, seguramente. ![]()



