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John Lee Hooker, un cuarto de siglo después

El blues es individual

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Julio, 2026

Nació el 22 de agosto en Clarksdale, Mississippi, no se sabe si en 1912 o 1917. Pero es que con él nada era normal. Funky. Primitivo. Hipnotizante. Atemporal. John Lee Hooker estaba en su propia liga. Virtuoso de la guitarra desde muy temprana edad, Hooker fue uno de los nexos entre el blues rural sureño y el rhythm and blues electrificado. Con su distintivo estilo “boogie”, se convirtió además en uno de los músicos más influyentes e inimitables de la historia del blues. De hecho, se volvería uno de los bluesmen favoritos del universo rock y en un maestro respetado por todos. Su sombra es tan alargada que lo mismo puede percibirse en los Rolling Stones, Bob Dylan, Eric Clapton, Jimi Hendrix, Van Morrison, los Doors o incluso en los White Stripes. “El día que me muera van a enterrar al blues conmigo. Pero el blues nunca morirá”, dijo en una ocasión. Y, sí. Aunque John Lee Hooker se fue de este mundo hace un cuarto se siglo murió en 2001, el blues, en efecto, sigue sonando en las almas necesitadas. Víctor Roura recuerda al músico.

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Los negros, desde un principio, han tocado la música de una manera diferente a sus colegas blancos. A pesar de que ambos tocan blues, siempre un Eric Clapton forzosamente se va a oír más glamouroso que, por ejemplo, B. B. King, y el álbum Riding with the King, del año 2000, en el cual los dos —Clapton y King— comparten el crédito central, lo constata con una irrefutable claridad. Aunque B. B. King le arrebatase la guitarra a Clapton, que sonaba minutos antes finita y fluidamente sonora, en las manos del primero se transformaría radicalmente en una resonancia primitiva, oscuramente sensible, aunque con la misma paradójica limpidez.

Philippe Bas-Rabérin lo explica mucho mejor: “Las notas blue, terceras y séptimas disminuidas, dan al blues un carácter de ambigüedad moral aparentemente específico del folclor musical negro. Provienen, se dice a menudo con algo más que una pizca de dogmatismo, de la ineptitud que mostraban los esclavos negros para dominar la gama diatónica que estaba en vigor en las músicas occidentales. Pero puede decirse también de estas notas de melancolía que representan ‘una forma de empleo de la gama diatónica que no ha sido explotada fuera de las culturas orales’ (Ben Sidran). Los artistas del blues, que recurren a una instrumentación heteróclita, siempre han mantenido este equívoco en la atmósfera modal, extrayendo de él una auténtica ciencia de la sugerencia”.

Es decir, una composición de Clapton en las manos y la voz de B. B. King automáticamente se convierte en una canción de King, y una composición de B. B. King jamás va a poder ser propiedad de Clapton aunque la incluya en su repertorio permanente.

En primer lugar, dice Bas-Rabérin, “por mucho que los estilos y los temas evidencien una variedad asombrosa, nacen de una elección de posibilidades casi inmutable. Personajes de una comedia humana que se entrecruzan y se reencuentran de una obra a otra, los blues se responden mutuamente, y cada uno hace carrera bajo un único o varios títulos. “Terraplane blues”, designado así por Robert Johnson en 1936, se convierte en ‘Dynaflow blues’, en 1965, cuando lo graba Johnny Shines. Este proceso de evolución es un dato sobre los recursos maleables del idioma”.

Son dos canciones enteramente distintas, pese a que es una y la misma. Son los intérpretes los que las hacen suyas, apropiándoselas, personalizándolas, individualizándolas. Porque eso, y no otra cosa, es el blues.

John Lee Hooker en la portada de su álbum Live At Montreux 1983. (Eagle Rock Entertainment Ltd/Montreux Sounds)

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“Es posible observar gran cantidad de inversiones de términos entre blues cuyos contenidos están emparentados, índice de una maleabilidad que se erige como principio de creación —indica Bas-Rabérin en su libro Blues moderno (Ediciones Júcar, 1973, España)—. La preponderancia del estilo directo, la importancia casi inexistente de la noción de autor (en el sentido de que, las más de las veces, la creación es del intérprete) y la rareza de una narración completa determinan la adaptabilidad del blues a las situaciones nuevas. Contrariamente a los géneros folclóricos cuyo aspecto narrativo domina a los demás en virtud de un encadenamiento heredado del relato oral, el blues tiende a yuxtaponer imágenes e incidencias sonoras para crear una atmósfera, un feeling”.

Cada blues es su intérprete en ese momento: una misma canción puede transformarse en muchos blues de acuerdo a sus cantantes: “Las imágenes, a menudo destinadas a precisar una realidad más que a evocarla en una intención poética —apunta Bas-Rabérin—, se armonizan con un intenso expresionismo y requieren procedimientos fantasiosos que, introducidos en otras artes, incluso populares, resultarían incongruentes: comentarios furtivos, emitidos entre dos frases cantadas, bruscos cambios de entonación que crean un efecto de sorpresa y de broma, onomatopeyas que ocupan el lugar de un grupo de palabras. La singularidad de estos usos permite infundir una nota de individualismo a una personalidad que carece de él por destino. Cada bluesman posee, en efecto, su propio sonido”.

Curiosidades de la música: un blanco puede estudiar largamente los sonidos del blues para llegar medianamente a interpretarlos, pero un negro, por su innata intuición, aun sin ningún estudio previo, puede crearlo espontáneamente si exhibe sin inhibiciones esa música que lleva muy adentro suyo.

Hace justamente un cuarto de siglo, el 21 de junio de 2001, se fue de este mundo un bluesista excepcional: murió en santa paz mientras dormía John Lee Hooker, a los 83 años de su intensa vida.

Nacido en la localidad de Clarksdale, en el delta del Mississippi, el 22 de agosto de 1917, Hooker timbraba con su sola presencia los estrados. Es difícil olvidar sus conciertos en México: el blues, efectivamente, podía serlo un hombre solo. Razón tiene Bas-Rabérin: “El timbre gutural de John Lee Hooker basta para que una estrofa se llene de un poder de sugestión que no aparece sobre el papel”.

La voz de Hooker disipaba cualquier rastro de equívoco: el blues no podía ser otra cosa sino él mismo. Cantante espiritual desde los 13 años, a los 30 viaja a Detroit nada más para enterarse que era la personificación del blues mismo: “Al cabo de unas dos semanas encontré un empleo y empecé a trabajar —narra el propio Hooker en el libro Solamente blues, de Lawrence Cohen (Odín Ediciones / Paidós, 1996)—. Toqué en diversos bares de la ciudad y sitios así durante mucho tiempo. Era el último grito en Detroit, y todavía no tenía yo un nombre. Excepto allí. Todos los sitios en que tocaba se abarrotaban de gente”.

Hasta The Apex Bar fue a oírlo un tal Elmer Barbee, de Modern Records. Hooker no se lo creía cuando le pidió que grabara unas cuantas canciones para él. Era 1948. Hooker se rió al oír la propuesta de Barbee.

—Bueno —exclamó, incrédulo—, me han dicho lo mismo muchas veces y nadie hace nada más que hablar.

Barbee le invitó unas cervezas.

—¿Qué haces el miércoles? —le preguntó.

—Lo que quieras que haga —respondió Hooker.

Barbee se lo llevó, entonces, a sus oficinas en Woodward Avenue.

“Hablamos —recuerda Hooker—, me hicieron una propuesta y me contrataron. Nunca había tenido tanto dinero en toda mi vida. Me dieron mil dólares por firmar”, dinero que enseñé a todo el mundo.

Les decía a los músicos que lo acompañaban tal insólita historia, pero nadie se lo creía

—Tú no has conseguido nada —le decían, mas Hooker les enseñaba el dinero y el contrato, y una semana más tarde grabó la pieza intitulada “Boogie children”, que, apenas salida en el mercado, ocupó el primer sitio en las listas del Billboard.

John Lee Hooker en la portada del recopilatorio Whiskey & Wimmen: John Lee Hooker’s Finest (Vee-Jay Records 1955-1964)

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John Lee Hooker dejó más de 50 grabaciones, sin contar los innumerables singles en vinilo que hiciera en la década de los cincuenta (del siglo XX) con más de diez seudónimos: Texas Slim, Birmingham Sam, Johnny Williams, J. L. Booker, Johnny Lee, John Lee…

El español Carlos Tena, en la colección de fascículos denominada Sentir el blues que la barcelonesa Altaya distribuyera semanalmente en los kioscos de prensa mexicanos en 1996, apunta que, dado su intempestivo éxito, Hooker también trabajó de locutor radiofónico y, envenenado con una copa de whisky (“posiblemente por alguna mujer celosa de sus continuos devaneos amorosos”), salvó la vida para continuar grabando sus inmejorables blues.

Su disco Mr. Lucky, de 1991, reúne a músicos como Ry Cooder, Carlos Santana, Van Morrison, Robert Cray, Albert Collins y Johnny Winter.

Un banquete.

De los grandes y originarios maestros del legítimo blues, sólo nos quedaba, a la muerte de Hooker, B. B. King, que se iría con él catorce años después, el 14 de mayo de 2015, cuatro meses antes de que se convirtiera King en nonagenario.

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