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“Decir que no lees libros es algo que te debería avergonzar”

Con diversos títulos en su haber, la traductora y crítica literaria Nora Catelli publica ahora «Estanterías ajenas», donde recorre su vida lectora; con ella es esta charla

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Junio, 2026

Es argentina de nacimiento pero lleva radicando en España desde la segunda mitad de la década de los setenta, ante la llegada de la dictadura en su país natal. Desde entonces, ha ejercido de profesora universitaria, ensayista y crítica literaria. Pero como señala aquí la periodista Anna María Iglesia: Nora Catelli es y ha sido mucho más. Con distintos títulos en su haber, ahora publica Estanterías ajenas, donde recorre su vida lectora a través de toda una serie de bibliotecas diversas, propias y ajenas. “Mi lengua materna fueron los libros”, dice Catelli en esta nueva obra. Con ella es esta charla.


Anna María Iglesia


Resulta difícil definir a Nora Catelli, porque cualquier palabra se queda corta. Profesora universitaria, ensayista, crítica literaria son algunas de las posibles definiciones, pero Catelli es y ha sido mucho más. Traductora, lectora para editoriales, doctora honoris causa por la Universidad de Rosario (Argentina). Lectora empedernida desde la infancia, nació en Rosario en 1946, ciudad en la que estudió Letras y Filosofía, y se exilió en Barcelona en 1976. Retomó su carrera universitaria muchos años después, cuando entró a formar parte del departamento de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. Para quienes pasamos por aquellas aulas, Catelli fue —y sigue siendo— un referente intelectual.

Con distintos títulos a sus espaldas —En la era de la intimidad seguido de El espacio autobiográfico, Testimonios tangibles: Escenas de lectura en la narrativa moderna, Desplazamientos necesarios: Lecturas de literatura argentina ahora publica Estanterías ajenas, donde recorre su vida lectora a través de toda una serie de bibliotecas diversas, propias y ajenas, nacionales y extranjeras, de aquí y de allí, defendiendo que los libros son la lengua materna de todo lector, la lengua a través de la cual la propia Catelli se ha forjado a lo largo de su vida.

Con ella es la siguiente conversación.

Nora Catelli. / (c) Irene Signorelli.

A lo largo de toda mi vida, he sido una lectora acumulativa, lo he leído todo, todo, menos Hermann Hesse

—Si pienso en sus ensayos anteriores —El espacio autobiográfico o Testimonios tangibles—, Estanterías ajenas es su libro más divulgativo hasta el momento.

—En primer lugar, se debe al perfil de la colección. En segundo lugar, yo no quería escribir trescientas páginas de memorias. A lo largo de toda mi vida, he sido una lectora acumulativa, lo he leído todo, todo, menos Hermann Hesse, lo reconozco. Pero, aparte de Hesse, fui alguien que leí todo lo que me encontraba, en las bibliotecas, en las librerías… Leía todo y sin imposiciones. He tenido la suerte de estar rodeada de gente con bibliotecas, todas ellas muy disímiles las unas con las otras. Cuando me encargaron este libro, ya muchos colegas míos y buenos escritores habían escrito textos más o menos similares: Sylvia Molloy, Edgardo Cozarinsky, Alan Pauls, Carlos Altamirano, que pertenecía al grupo de la revista Punto de vista, o José Emilio Burucúa entre otros. Todos ellos habían ya narrado en parte sus infancias y sus trayectorias lectoras, trayectorias bastante símiles a las mías y que definen a toda una generación —mi generación— de argentinos: lectores acumulativos y muy conscientes de la lengua y de la literatura nacional. De hecho, no negociamos con este tema.

—Es decir, no hay dudas para ustedes de cuál es su literatura nacional.

—Absolutamente. Mi marido y yo hemos vivido más tiempo aquí, en Barcelona, que en la Argentina; sin embargo, mi sociedad literaria es la argentina, pero no por una cuestión de identidad nacional, sino porque el lugar donde se juega tu lengua es siempre determinante. Dicho esto, una cosa que intenté a la hora de escribir este libro y conseguí fue no nombrar a Borges.

“Borges siempre está ahí, presente, pero, a la hora de reconstruir mi trayectoria lectora, quise evitarlo, porque, como señaló Clarice Lispector en una entrevista, de niños no leemos ni textos ni escritores, leemos libros. Es decir, leemos el objeto libro, sin ninguna noción de quién es el autor, de cuál es la tradición literaria en la que se enmarca ni el contexto de circulación. Por tanto, de niños tenemos una relación física con el libro y, al mismo tiempo, tenemos un magma de discursos y, sobre todo, de relatos. La poesía suele llegar a través del colegio. Mi generación fue aquella que se aprendía de memoria la poesía nacional. Y, de repente, con catorce años, al menos esta fue mi experiencia, entre la poesía memorizada y el magma de relatos, me encontré con ¡Absalón, Absalón! de Faulkner y con El inmoralista de André Gide y todo lo que tenía en la cabeza se vino abajo. ¿Dónde está la historia? ¿Qué pasa con la historia?, ¿dónde está el secreto?, son preguntas que me planteé y tardé mucho tiempo en darme cuenta de que era todo muy explícito; lo que sucedía es que yo no tenía los instrumentos para verlo.

—Su relato sobre su devenir lectora va de la mano de la narración de su propia vida: la infancia, el exilio, la llegada a Barcelona.

—La directora de la colección, una colega de Buenos Aires, Graciela Batticuore, me insistió bastante en que pusiera cosas que tuvieran que ver con lo personal y, sobre todo, que hiciera mención del exilio, que yo apenas pensaba nombrar. Sin embargo, cuando me lo comentó me pregunté por qué no nombrarlo, si además esa experiencia está una vez más muy ligada a mi trayectoria lectora, empezando por el hecho de que mi padre, como buen lector de Chesterton, les dijo a los militares, para protegernos, que él no se trataba con mi marido, Jorge Belinsky, porque era judío. Y a los militares les pareció algo muy lógico.

Yo empecé leyendo a Agatha Christie y, poco a poco, se fueron incorporando a mi bagaje lector las grandes obras literarias

—Usted señala que el realismo marcó su devenir adulta en términos lectores.

—Porque una no empieza leyendo El Quijote, más allá de los fragmentos que leíamos en el colegio, y luego pasa a la novela del XVIII para alcanzar los grandes monumentos de la novela. Yo empecé leyendo a Agatha Christie a los catorce años y, poco a poco, se fueron incorporando a mi bagaje lector las grandes obras literarias. Yo no soy alguien que reivindique particularmente a Christie ni a la novela policial. Mi padre, por ejemplo, era un gran lector de Christie y de Chesterton, pero no tanto de sus novelas con el padre Brown como protagonista, sino de sus cuentos en torno Mr. Pond, que era un señor gordo, siempre sentado ante su escritorio y que se caracterizaba por sus paradojas. Hablaba, por ejemplo, del lápiz azul que escribía rojo. Se trataba de una serie de cuentos cuyo desarrollo tenía como origen una paradoja. Hasta que yo llegué a la universidad, yo no sabría dónde colocar este tipo de literatura, no sabía ubicar tampoco esos grandes bodrios, como dice Virginia Woolf, y que paradójicamente ahora se vuelven a publicar considerados grandes novelas. La historia de San Michele de Axel Munthe es un bodrio insoportable, como también Sinuhé el egipcio, eran best sellers que duraban, eso sí, más de lo que duran los de ahora. Dicho esto, los subgéneros, como lo policiaco, tienen una función…

—¿Cuál?

—Tienen una función moral. La gran literatura del siglo XX es amoral, así que lo policial o la ciencia-ficción muestran las opciones morales de la vida al reestablecer, a lo largo de la trama, un orden. Estos subgéneros tranquilizan al lector, algo que no hace la gran literatura.

—Cuando llega a Barcelona, usted se da cuenta de que ha leído autores españoles, mientras que en España apenas se leían autores latinoamericanos.

—Y eso me dio pena. Nosotros, los argentinos, teníamos dos o tres bibliotecas en la cabeza. Yo en la Argentina, leí a Galdós, a Pardo Bazán, a Pereda, a Jardiel Poncela, a Pío Baroja… Y, aún hoy, ves cierto desajustes si lees una tesis doctoral hecha aquí sobre literatura latinoamericana dirigida por profesores que no son latinoamericanos. Lo que percibes es que no hay bibliografía que provenga del otro lado y esto evidencia que llegan las obras de creación latinoamericanas, pero no las reflexiones que sobre ellas se plantean desde Latinoamérica.

“Recuerdo que, al poco de llegar a Barcelona, fui al ginecólogo de la seguridad social y pedí pastillas anticonceptivas. No me abofeteó de milagro. Era 1976”

—Cuando llegó a Barcelona, el hecho de saber inglés, algo poco habitual en la sociedad de entonces, le abrió puertas laborales.

—Exacto. Recuerdo que, en los años de parvulario, mis padres nos enviaban a mis hermanos y a mí a casa de la señora Humphrey, que nos hablaba en inglés. Ella no sabía nada de enseñar gramática, pero jugaba y hablaba en inglés con nosotros. Luego estaba la mademoiselle francesa de mi madre y mi abuela, una mujer que, como dice el tango “Madame Ivonne”, fue a la Argentina acompañando a un tanguero que la abandonó en Buenos Aires. Evidentemente, te hablo de un ambiente privilegiado, es decir, un ambiente de profesionales: abogados, médicos, jueces… Mi madre y mis abuelas eran maestras, tocaban un instrumento y sabían solfeo. Evidentemente, todas ellas dejaron de trabajar al casarse, pero tenían una formación y una profesión.

—Lo que se leía, el conocimiento del idioma, el rol de la mujer… Usted dejó atrás un país muy distinto al que se encontró al llegar a Barcelona.

—Sí, claro. Lo que pasa es que en la Argentina que dejamos, algunas de nuestras lecturas comenzaban a ser consideradas peligrosas. En nuestra última casa, un pequeño piso, teníamos libros de Marx, la obra completa de Lenin… Mao no, porque nosotros nunca fuimos maoístas. Otros sí lo eran, como, por ejemplo, Ricardo Piglia, que había ido a Pekín, a Albania, que daba charlas sobre Mao…. Los maoístas eran, sobre todo, esa generación de jóvenes algo mayores que yo. Y, como te decía, en nuestro último apartamento estaban todos esos libros, traducidos al castellano, puesto que en aquella Argentina había una gran militancia comunista y, además, casi todos los traductores eran exiliados europeos. Y, pocos días antes de que embarcáramos, mi familia fue vaciando el piso y abandonando por distintos puntos de la ciudad nuestros libros.

—Pero antes de esto…

—Antes de esto, yo estudié Filosofía y Letras. Y, mientras estudiaba, conocí a mi marido. Él estudiaba Medicina y Psicología, que estaba en la facultad de Filosofía. Por lo tanto, estábamos todos juntos, nos pasábamos el día leyendo e interpretando salvajemente a Freud. En España, los estudios de psicología eran muy distintos, aquí se imponía el conductismo. Cuando llegamos a Barcelona, lo que hice es ponerme a trabajar. Es lo que tenía que hacer. Y empecé como secretaria gracias a mis conocimientos de inglés. Llegamos como tantos otros, arquitectos, dentistas… En la Barcelona de entonces, por ejemplo, no había dentistas. Había sacamuelas. La facultad de Odontología es de los años ochenta, así que los dentistas argentinos eran muy buscados, sobre todo por los propios argentinos. Recuerdo que, al poco de llegar, fui al ginecólogo de la seguridad social y pedí pastillas anticonceptivas. No me abofeteó de milagro. Era 1976. Me dijo: “Pero, usted está casada ¿no? ¿No tiene hijos? Pues tenga hijos”. El choque cultural era tremendo, pero habíamos dejado de tener miedo, de vivir con terror, así que asumíamos todo esto como algo exótico, incluso entre risas. “Mirá lo que me dijo el médico” y no nos lo podíamos creer, pero no teníamos miedo. Luego, evidentemente, descubrí que pagando había ginecólogos privados que sí te hacían la receta para anticonceptivos.

—Antes de seguir hablando sobre Barcelona y su llegada, volvamos la mirada hacia atrás y cuénteme de ese viaje en barco, cuya biblioteca usted era la única que la frecuentaba.

—En esa biblioteca, encontré libros de Kipling en una edición de Bombay de 1906 que ahora se venden por muchísimo dinero. Eran unos libritos marrones y aproveché los diecisiete días de viaje para leer. El barco se llamaba Augustus y ese fue su último viaje antes de que lo desguazaran en Nápoles. Por entonces, quienes viajaban eran principalmente señoras que se bajaban en Lisboa, luego iban a Barcelona y a Génova, se pasaban una semana en Roma y, luego, reembarcaban en Génova y regresaban para la Argentina. El viaje era una especie de crucero, si bien el barco nada tenía que ver con los cruceros de ahora.

—¿Con ustedes no viajaron exiliados?

—Nosotros nos embarcamos dos meses antes del golpe. En el barco, había un gran contingente de estudiantes, muchos provenientes de colegios judíos que iban a Israel a seguir sus estudios. Pero en el barco, había también una pareja, con la que nos miramos de reojo sin decirnos nada hasta que dejamos Río de Janeiro. Entonces, ya nos acercamos y hablamos. Eran un médico y su mujer, se dirigían a Milán. Solo cuando estuvimos en alta mar nos sentimos libres de hablar y contarnos nuestras historias. Para nosotros, fue un viaje fabuloso, sobre todo porque, finalmente, pudimos descansar después de casi dos meses sin dormir tranquilos por culpa del miedo.

Portada del más reciente libro de Nora Catelli.

Al revés de lo que se puede pensar, yo creo que Proust es el autor más transgresor y brutal de todo el siglo XX

—Ya en Barcelona, su vida cambió: dejó atrás el mundo académico y empezó a trabajar en el mundo editorial.

—Sí, pero seguí estudiando como si estuviera en la universidad. No sé por qué, muy probablemente porque tenía incorporado el estudio como hábito. Recuerdo que, gracias a seguir estudiando, publiqué un artículo sobre Bajtin en la Revista de libros, artículo que leyó Carme Riera, que me invitó a dar una charla en la Universidad Autónoma, a pesar de que yo era sapo de otro pozo. Poco después, puesto que había escrito sobre José Lezama Lima, Luis Izquierdo me invitó a dar otra charla, esta vez en la Universidad de Barcelona.

—Y consiguió asistir a un curso en Darmouth College.

—Yo acababa de publicar El espacio autobiográfico. Envié el libro y, sorprendentemente, a pesar de que yo no tenía vinculación alguna con ninguna universidad, me aceptaron en la School of Criticism and Theory, que, por entonces dirigía Michael Riffaterre. El curso duraba mes y medio. Era un lugar extraordinariamente rico en circulación de ideas, allí te encontrabas con distintas posiciones teórico-críticas: estaban los estudios culturales, que comenzaban su andadura, pero también estaba Riffaterre que, aunque desde una posición bastante antagónica, intentaba dialogar con estos nuevos planteamientos. Casi todos eran norteamericanos, a excepción de una colega vasca, de dos colegas franceses y de mí. Fue muy interesante. Allí me encontré con Barbara Johnson, discípula de Paul de Man y que murió muy joven, y con Richard Rorty, que era un gran filósofo y un tipo brillante, sobre todo a la hora de discutir ideas.

—Me cita nombres que tuvieron una gran proyección, incluso fuera de la academia.

—Rorty la tuvo siempre.

—Cuando entré en la universidad, todavía se recordaba el día en que vino Derrida.

—La primera vez que vino Derrida a Barcelona lo trajo la editorial Anthropos. Hizo una presentación en un local de la plaza Gala Placidia. Éramos cuarenta, no más. Cuando vino a la Universidad de Barcelona ya fue otra cosa. Y cuando iba a Buenos Aires, el tráfico literalmente se paraba. Recuerdo la vez que Habermas fue a Buenos Aires. Era un hombre bastante aburrido, en sus conferencias no decía nada que no tuviera ya escrito. Cuando vio la cola que había en el Teatro General San Martín no se lo podía creer.

—En su libro, usted reflexiona sobre cómo funciona la memoria a la hora de recordar lecturas y lo que supone Internet a la hora de buscar referencias olvidadas.

—El otro día, discutiendo sobre este tema, Edgardo Dobry me comentaba que cuando antes teníamos que buscar en los apuntes y en la biblioteca los datos, no nos angustiaba tanto que se quedara un vacío en nuestros textos. Con internet ahora esto es diferente, lo que no sé es si ha cambiado algo nuestros hábitos críticos, más que nada porque creo que, sobre todo a partir de cierta edad, cuando trabajas críticamente, las referencias ya las tienes fijas y son más o menos siempre las mismas.

—Por ejemplo, en su caso, Proust.

—Al revés de lo que se puede pensar, yo creo que es el autor más transgresor y brutal de todo el siglo XX. Mucho más brutal que Joyce, que siguió siendo siempre un buen católico toda su vida. Como dice Monique Wittig, Proust es una máquina de guerra de efecto retardado. Y es así. No dejaba fuera ningún elemento del mundo humano que le pueda servir para hacer más compleja la escritura y más complejo e inasible el pensamiento. Proust te permite mucho más pensar en la literatura del siglo XXI que Joyce, porque la tradición joyceana ya está en todas las literaturas y en todas las tradiciones: no hay ninguna que, a partir de Joyce, no tenga su ciudad novelada con sus voces. En otras palabras, en el fondo Joyce es mucho más tradicional que Proust, que es más incisivo.

—Ha citado a Wittig.

—Es una escritora radical. Ella afirmaba que las lesbianas no eran mujeres y con esta frase lo que apuntaba es que las lesbianas suprimen el juego binario. De esta manera, Wittig iba más allá del cuerpo y, sobre todo, de lo biológico. Ella era una filósofa y sus textos, absolutamente radicales, beben de su pensamiento.

“Vivimos en una sociedad brutalmente elitista; lo que pasa es que se oculta. Aparentemente todo está a disposición de todos, pero no es verdad

—¿Qué ha influido más en su manera de pensar la literatura, la literatura misma o los textos teóricos-críticos?

—Mi manera de pensar la literatura es la de pensar los procedimientos críticos desde la literatura. Es decir, la teoría, la crítica o la lingüística deben nacer de los textos literarios, ya sea desde un poema, una novela, un discurso político…. Cuando dirigía tesis doctorales siempre decía lo mismo: no quiero teoría y después aplicación de la teoría. De los textos que se leen deben surgir los instrumentos críticos necesarios que dichos textos requieren. Como cuento en el libro, fue en Roma, en casa de unos amigos, donde encontré Los ojos verdes, donde Marguerite Duras reúne todos sus artículos publicados en Cahier du cinema. Yo no soy una lectora admirativa de Duras, pero en esa lectura solitaria, sin ningún otro instrumento más allá del propio libro, redescubrí en parte a Duras. No recordaba el reportaje-interrogatorio en torno a André Berthaud, un hombre de cincuenta años que había secuestrado una niña de ocho años y que se suicidó cuando fue detenido. Ese texto es inquietante, tremendo.

—Para ir terminando, ¿el hecho de haber escrito en prensa y haber trabajado en el mundo editorial le ayudó cuando volvió al mundo académico, en la Universidad de Barcelona, para comprender el contexto de sus estudiantes y el contexto en el que circulaban las obras?

—A la hora de abordar temas de este tipo, siempre digo que es esencial leer muy bien a los sociólogos y, sobre todo, leer muy bien a Pierre Bourdieu y a Gisèle Sapiro. Además, nunca hay que creerles a los editores. Algo que me llama mucho la atención es que ahora, por ejemplo, en los programas de radio donde hay espacio para los libros, a la hora de entrevistar un experto en torno a un texto literario se llama al traductor o al editor, pero no a un crítico, no a una figura fuera del circuito de producción del libro. El traductor puede ser fantástico, pero no necesariamente debe saber muchísimo del texto y su tradición. De hecho, cuando se traduce, la relación con el texto es tan cercana y atenta a un aspecto determinado que se dejan de lado necesariamente otras cuestiones. Y ¿el editor? ¿Qué va a decir el editor? ¿Qué es un bodrio? No, dirá siempre que ese libro es lo más extraordinario que hay. Dicho esto, retomando tu pregunta, vivimos en una sociedad brutalmente elitista; lo que pasa es que se oculta. Aparentemente todo está a disposición de todos, pero no es verdad. Ya lo dijo hace treinta años Umberto Eco, estamos cerca de una sociedad de todos letrados, pero el monasterio con los exquisitos está en el medio y muy pocos entran. Por esto la universidad se ha democratizado tanto, porque después de la universidad están los diferentes escalones hacia arriba que solo algunos transitan. Es decir, la universidad no corona tu carrera universitaria, sino que la inicia y con esto lo que quiero decir es que, la universidad se ha democratizado, pero no implica que todo esté al alcance de todos. Más bien todo lo contrario. Y, por lo que se refiere a lo literario, diría, a raíz de esto, que es fundamental darse cuenta de la segmentación de los públicos.

—¿En qué sentido?

—El otro día, en ocasión de Sant Jordi [el Día de los Libros y las Rosas], entrevistaron a tres chicos que se acababan de bajar del autobús. Les preguntaron si iban a comprar libros y ellos, con una desarmante inocencia, contestaron: “No, nosotros no leemos libros, pero tenemos una amiga que sí lee”. Esta es la segmentación a la que me refiero. Esos chicos, que muy probablemente tengan o lleguen a tener carrera, pueden morir y la humanidad no va a ser ni peor ni mejor. Sin embargo, si personas como ellos y con esa ausencia de bagaje cultural, en algún momento, deben decidir por los otros… Entonces la cosa cambia.

“Así que… Los que podemos hacerlo, tenemos la obligación moral de advertir que decir que no lees libros es algo que te debería avergonzar. La idea de que puedas decirlo sin avergonzarte es muy deprimente. En ese preciso momento quizá no importe ni haga mal a nadie que no leas, pero puede llegar la situación y el contexto en los que la sociedad padezca precisamente por esta falta de lecturas. Lo estamos viendo ahora, estamos viendo cómo pueden condicionar terriblemente la vida de toda una sociedad personas que carecen por completo de lecturas”.

—Cuando usted era joven, ¿la vergüenza se hubiera impuesto?

—Sí. Había gente que no leía, pero no lo habría dicho nunca de esta manera. Y lo que más me impresionó de esos tres chicos es que hablaron en primera persona del plural, es decir, “nosotros no leemos”. Apelaban a un sujeto, pero a un sujeto colectivo.

—Usted, por lo contrario, ¿sigue leyendo con curiosidad?

—El día de Sant Jordi, regresaba a casa por Carrer Brusi y pasé por delante de una iglesia luterana. Es una iglesia modesta, pero preciosa a la que a veces he ido a escuchar Bach. Frente a la iglesia, habían puesto dos mesas en las que vendían libros. Me paré a ver si encontraba la biblia luterana, pero todos eran best seller, a excepción de las obras de García Lorca en edición de Aguilar. Lo compré y lo regalé. Me encantó poderlo hacer.

—Se lo preguntaba, porque mucha gente, llegada a una edad, regresa a los clásicos y se olvida de lo contemporáneo.

—Hay algo que se pone en marcha con los años y que tiene que ver con el hecho de que, llegados a un punto, recuerdo lo que he leído más que leo. Sigo teniendo curiosidad, lo que pasa es que, a estas alturas, una se vuelve capaz de saber perfectamente lo que viene después, por todo lo que ha leído. Esto pasa sobre todo con la narrativa y en pensamiento, donde difícil que algo te pueda sorprender. Pero no sucede en poesía; incluso en los malos poetas, puedes encontrar un verso que te sorprenda.

—Y si le pregunto por un narrador que le haya sorprendido recientemente.

—László Krasznahorkai, sin duda alguna.

[Entrevista publicada originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducida bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0]

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