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No existe distinción alguna entre ética y estética, ambas cualidades participan con igual grado del hecho poético

Referente de la poesía española contemporánea, Juan Carlos Mestre ha publicado «Asamblea / Poesía reunida 1975-2025»; con él es la conversación

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Junio, 2026

Además de su compromiso con la poesía y su disposición a las artes visuales, si algo identifica y ha identificado a Juan Carlos Mestre es su activismo político y su pensamiento crítico y a contracorriente. Como él mismo lo señala en esta entrevista: “Siempre me he sentido más cercano a los disidentes que a los integrados”. La periodista Esther Peñas ha conversado con él pues ya circula en librería Asamblea / Poesía reunida 1975-2025, en el cual se agrupan todos los versos del escritor español. Apuntan los editores en la contra: “Este volumen recoge todos los libros del poeta publicados hasta la fecha, más un adelanto de su nuevo libro, El ciprés descapotable, y la primera traducción castellana de su libro en gallego 200 gramos de patacas tristes. Dotado de una pasmosa imaginación verbal, el poeta español ha levantado a lo largo de medio siglo una obra rica y habitable, marcada de manera simultánea por el asombro y la ferocidad crítica, la exigencia estética y la solidaridad indignada con los desheredados del mundo”. Con él es la charla.


Esther Peñas


Cosecha monumental la del silo. Asamblea / Poesía reunida 1975-2025 (Galaxia Gutenberg). Alrededor de mil quinientas páginas en papel biblia que conjuran lo canónico (Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo, La tumba de Keats, La bicicleta del panadero o Museo de la clase obrera) con lo reservado (Poemas del claustro, El universo está en la noche o La mujer abstracta), lo intonso (la traducción al castellano de 200 gramos de patacas tristes) y lo inédito (el adelanto de lo que será su próxima entrega, El ciprés descapotable). La de Juan Carlos Mestre (España, 1957) es una poesía de belleza como acto ético, de verso hecho pan de desgraciados, desamparados, de los rotos; poesía de compromiso político propio de las mayúsculas del día. Poesía de memoria del rastro, para encontrar a ciegas el camino de regreso.

Con él conversamos.

Todo poema es un conjuro contra la muerte

—Cualquier poesía reunida tiene algo de mortecino, en el sentido de que fija algo, una obra, que en cierto modo pareciera clausurar, de algún modo, al tiempo que, como los museos, la preserva. ¿Cómo conjuga esta ambivalencia, toda vez que se nos anticipa un próximo diván, El ciprés descapotable?

—Todo poema es un conjuro contra la muerte, la manera de ser de lo que ya no está pero perdura en el territorio ancestral de la memoria, que es la única redención activa de los sueños pendientes de ser soñados, la posibilidad de habitar lo otro, la identidad de cuanto aguarda ser escuchado entre las ensoñaciones de lo que alguna vez fueron los imaginarios de lo verdadero, la vida que sucedió, el abismo subterráneo de cuanto oculto bajo toneladas de silencio echa raíces en el habla, el extenso micelio en que se prolonga, en tanto conocimiento de lo incorpóreo, la plural y heterodoxa experiencia de lo humano. Vivo ajeno al teorema de la museística que sanciona la ejemplaridad de lo artístico en función de las estéticas dominantes de cada época, pero creo en la naturaleza sagrada de la conciencia ecológica que ampara al mundo, en las voces que articulan la intuición de los poetas desde la ética indestructible de cuanto converge en la poesía como hurmiento del lenguaje de la delicadeza humana.

“Nada se clausura tras las realidades de lo dicho, nada tampoco se fija en la tierra porosa de las creencias y, acaso en estos tiempos regidos por lo hegemónico de la barbarie y el olvido de los postulados de la misericordia, tal vez reunir esas huellas, tras la travesía a la búsqueda de lo ignoto, solo equivalga al paradójico intento de volver la vista atrás para, sin dejar de tener en cuenta las hermosas y terribles vicisitudes del pasado, intentar ampliar los horizontes significativos del porvenir, es decir, reafirmar la tarea de la escritura como ineludible elogio de la dignidad humana. No ha tenido otro anhelo ni perseverancia la conciencia, tan fronteriza al fracaso, de quien transfiere lo terminante de su vida a la escritura”.

—Asamblea. Cita el escritor Jordi Doce en su introducción la definición canónica del sustantivo: “Reunión de los miembros de una colectividad para discutir determinadas cuestiones de interés común y, en su caso, adoptar decisiones”. Me parece que esta Asamblea, entre otros asuntos, es la reivindicación (en este momento histórico que atravesamos) de que el ser no es nunca yo solo, sino siempre yo y mis semejantes. ¿Sin esa premisa se quiebra toda posibilidad discursiva, poética?

—La asamblea es por antonomasia el espacio de los “irrepresentados”, aquellos que nunca escuchados toman la palabra para ejercer su derecho a la concordia o al desacuerdo sin otra condición que el libre criterio y voluntariedad de su conciencia. Siempre me he sentido más cercano a los disidentes que a los integrados en el sistema métrico decimal de los discursos de dominación, más próximo a los descontentos que alzan la voz contra los espectros de la ignominia que de los idólatras de la esclerosis de la rutina. Frente al excluyente dictamen de cualquier orden preestablecido sólo la voz que disiente posibilita la presencia de lo silenciado, el rostro poético y político de la disímil interioridad de cada ser. Cuando las sendas se bifurcan, el camino hacia la ciencia y la razón es claro, la indagación ética que sobre las ruinas del pasado crítico pueda ofrecernos no sólo la posibilidad benéfica de reconstruir la sociedad civil sobre unas bases radicalmente más justas que hagan literalmente algún día imposible el padecimiento humano, sino la revuelta del deseo en alianza con el proyecto espiritual de las personas libres. En ese obrar está implicado también el imaginario poético, la anticipación dialéctica de su conocimiento en épocas de penumbra y radical negación de la esperanza.

“No me refiero, es obvio, a ninguna tarea mesiánica, tampoco a ningún otro inefable o sublime empeño, sino a la sencilla y elemental función que han de cumplir las palabras para ayudar a reconstruir la casa de la verdad destruida por aquellos que sin distinguir entre los hechos y la ficción han impuesto la globalidad de la mentira como un nuevo acto, tan disuasorio como de persuasivo, de alienación y fuerza. Ciertamente, tal como dices, no hay posibilidad de avenencia discursiva si se niega la alteridad, el reconocimiento del otro como un igual, la erosión de lo real que —de forma emblemática— personifican las víctimas, bajo cualquier episodio del autoritarismo, como figuras simbólicas de la condición del inocente, el desamparado, el extranjero, cada persona excluida del proyecto humano de la felicidad. Son los derechos incumplidos al pan de la belleza sobre la balanza de lo justo de lo que hablan las ciudadanías olvidadas y los pueblos masacrados, las clases menesterosas sometidas, bajo el eufemismo del supuesto progreso, a la esclavitud económica, es el orbe de los incomprendidos, de los marginales y los parias, cuando sobre el barracón de los insumisos y los renuentes al creciente prestigio de la basura ideológica, desciende la bendición de las lluvias que en algo habrán de contribuir a apagar este infierno”.

Todo lo que se escribe, de uno u otro modo, ya ha sido pensado por otras mentes con mucha mayor destreza y lucidez

—Leyendo Asamblea me asalta la palabra hidalgo (más adjetivo que sustantivo), en tanto que Juan Carlos Mestre, como tal, ha apostado su vida y su obra a un nivel alto de exigencia ética y estética. Cincuenta años después, ¿considera que ha templado lo suficiente la melodía de ambas cualidades?

—Sí, desde luego, “la poesía, señor hidalgo… que no ha de ser vendible en ninguna manera, y no se ha de dejar tratar de los truhanes…”, tal como la refiere Miguel de Cervantes en la segunda parte del Quijote. No existe distinción alguna entre ética y estética, ambas cualidades participan con igual grado de inmanencia del hecho poético concebido por algunos, entre los que me encuentro, como la súbita presencia de esa lejanía que se manifiesta, a través de sus múltiples dicciones, en la formulación de hipótesis verbales en que se constituye cada poema, es decir, la conciencia de algo de los que no podríamos tener conocimiento de ninguna otra manera.

“Respecto a su relación con la categoría del tiempo, sin embargo, tal vez sea más relativa y carezca de importancia, hay tantos deberes para con el instante de la contemporaneidad como los que existen para con lo pasado y lo infinito, tanto para la revisión de los mitos fundacionales como para la cautela ante los presagios, nada halagüeños, de la futuridad. Lejano del augur y del moralista, distante del coordinador de angustias del universo, tal vez le corresponda al poeta contemporáneo sopesar el revelador aporte de las ciencias naturales, todo aquello que, validando las hipótesis sobre los fenómenos físicos, desborda lo estrictamente lingüístico y en procura de interrelacionar el desafío de los modelos cuánticos con las funciones de la neurobiología, incorporan su discernimiento a una escritura rizomática que toma corporeidad en el lenguaje, las líneas de fuga de la multiplicidad que reacias a la obligatoria costumbre de lo previsible abandonan la zonas acotada por las supersticiones de lo canónico. No tienen otra melodía las ondulaciones que sin más centro que su propio movimiento determinan la evolución de lo invisible más allá del universo poético y sus virtuales funciones ante lo desconocido. Huir de lo ya sabido, no otra es la consigna del que, no sin extrañeza, se implica a través de la palabra en las averiguaciones del asombro”.

—Y de hidalgo, hidalguía, hijo de. Hay muchos maestros en estas páginas, mucha memoria de poetas como Gamoneda, Pérez Estrada, Lezama, Teillier, Perse, Keats… también cierta ligereza volteriana y mucho de eco salmódico. ¿Se escribe más (o mejor) desde un linaje o sobre todo se escribe a la contra de?

—Todo lo que se escribe, de uno u otro modo, ya ha sido pensado por otras mentes con mucha mayor destreza y lucidez. Lo que pasa, dejó dicho Gonzalo Rojas a propósito de la posteridad tras Rimbaud, es que no tenemos talento, a lo sumo oímos voces. Yo oí a Gamoneda en el inicio de mi adolescencia y la sublevación inmóvil de sus palabras fueron para mí una revelación y un mandato, “la poesía no es un lugar donde van a parar los cobardes”, un definitivo amparo que me ha acompañado toda la vida. Rafael Pérez Estrada, un ser lumínico tan irrepetible como maravilloso, traía consigo todas las herramientas con las que la fraternidad colectiva de la imaginación es capaz de construir el arca de los que, ante nada indiferentes, se salvarán, y han de ayudar a salvarse a otros, del aborrecible y ácido diluvio de la cólera.

“Lezama, o la cantidad hechizada de las plenitudes del lenguaje, es, da igual que se acepte o no, la ilimitada epifanía de la lengua como manifestación verbal de la idea de un mundo en trance de mudez y extinción gramática. Jorge Teillier o la noche de los pescadores furtivos, la aldea en que uno quisiera vivir tras oír a un desconocido silbar en el bosque, la poesía y su humilde verdad presidiendo la asamblea de ángeles y gorriones en la que uno desearía pervivir cuando el tiempo acabe.

“Saint John-Perse, las glorias de la inmensidad, la tierra, el mar, la errancia por las civilizaciones del mestizaje, el exilio del que transterrado celebra contra toda desventura, entre la lealtad a sus iguales, la libertad como supremo bien de la cultura humana. John Keats, la tumba donde nunca habitará la muerte. Añada usted todas las demás deudas que, tantas veces innominadas, conforman el sustrato lingüístico de la historiografía poética. No existe honesto autor que con alguna sola línea no haya contribuido a la emancipación de la servidumbre que, para vergüenza de las teorizaciones de la ortodoxia, aún impera en las narraciones de predominio de este mundo”.

Cualquier verídica poética en tanto manifestación artística es esencialmente política

—“Viven al fondo. Arriendan cuarenta metros en el suburbio de las partículas elementales. Nunca han oído hablar de Heidegger. Ignoran las correspondencias entre la penuria y la naturaleza de los símbolos”. Con excepciones de rigor, la poesía política por lo general ha tenido (al menos en España) poco vuelo lírico, como si el poeta político (o social) se asomara a los escaparates sin jamás entrar en la tienda (es decir, en el misterio poético). Así como el buen poema está ocurriendo siempre, las cuestiones que usted denuncia en su poesía, ¿también transcurren en un presente continuo?

—No coincido del todo con esa apreciación. Cualquier verídica poética en tanto manifestación artística es esencialmente política, y lo es en la medida en que interfiere de un modo u otro entre las relaciones de poder y la discusión de los asuntos públicos, en la deliberación sobre la necesidad de la armonía y la cualidad de la belleza como un bien en todos los períodos del pensamiento humano. No es menos política la indiferencia ante la injusticia que el valor laico de quien se compromete en su denuncia. Los seres humanos somos responsables unos de otros, y nada nos exime del principio moral que consagra la igualdad como un logro de las sociedades democráticas y la lucha por los derechos civiles a la felicidad. Todo en nuestro pensamiento está interrelacionado con la exterioridad del mundo, desde la más misteriosa intimidad de la conciencia a los espejismos del saber que hoy propone la cultura de masas, la interconexión neural que posibilita el pensamiento y el principio de equilibrio cosmológico que estabiliza nuestro lugar entre las esferas del espacio, no excluyen percepción alguna de lo que entendemos por realidad.

“También la poética goza de sus contra leyes invisibles y tercia en lo contingente; un poema no nace de las reglas sino del anclaje ético que otorga, desde la etimología, proyecto espiritual a las palabras. La diferencia de cualidad no reside en lo político sino en la coherencia interna de su sintaxis, de su capacidad para inmiscuirse sin permiso alguno en las zonas de peligro de la experiencia humana, la restauración de cuanto hubo de significar y no significaron las palabras de amparo ante la indefensión de las víctimas y el imperativo categórico de la memoria. La denostada, pero insustituible conducta de aquellos no tan lejanos ‘avisadores del fuego’, los que anuncian las catástrofes inminentes precisamente para que estas no sucedan. Esa sigue siendo hoy su incumbencia, el cometido de la repoblación espiritual del mundo bajo el principio, tan moral como político, del no matarás”.

—¿Cuándo corre el poeta el riesgo de convencernos en vez de encantarnos?

—El convencimiento en diálogo con la razón llevó a la hoguera por herejía a Giordano Bruno, el mismo que aseguraba, cinco siglos atrás, que había tantas formas de escribir poesía como poetas existen. Hoy ya sabemos que el Sol es una estrella más en la infinitud del cosmos y que toda certidumbre sobre las leyes físicas será algún día tan variable como lo fueron las fantasiosas elucubraciones del pasado concelebradas por el inquisidor de turno. El poeta piensa hasta dónde es capaz de resistirse a los contundentes, mas no convincentes métodos del saber establecido; sus convicciones no provienen de lo pragmático, no demuestra, sino que intuye, no asevera certitud alguna, edifica una temporal casa de huéspedes sobre las ruinas del desencanto, propone hipótesis que nadie le ha pedido, camina junto a los sojuzgados tras la liberación, apenas para ofrecerles el aire que articula lo indecible en sus palabras. Dará igual que no sea escuchado, en su silencio seguirá cifrado el gran misterio de la soledad y la compañía que da sentido a la sustancia del universo, la existencia y el devenir que a partir de una remota palabra perdida sigue dejando testimonio de veracidad en la expresión verbal del mundo.

“La voz de los poetas, la del que habla y goza y sufre, la del afirma o niega, ha estado ahí como testigua bajo la intemperie de los grandes enigmas

—“No me arrepiento de nada ni de nadie, la vida es un monólogo / entre la índole extinguida de una estrella y la natural semilla. / Mi alma crece silenciosa hacia un lugar incierto, / allí las fieras luctuosas, allí el sicario gótico y el infortunio ciego. / Brota el arco iris de los cálices que sostuvo Homero, / le brota su cuerno al fauno, el eco al precipicio, su luz al cielo. / Ésta es la frontera de mi vida, ésta la hora izquierda / exacta en el destino del corazón de un prófugo”. La inexactitud discursiva, la polifonía y alteridad de los significantes, la intuición como auriga, sin que por ello la razón deponga su voz, el mestizaje, la desobediencia, la conciencia de algo… ¿eso es poesía, y lo demás caligrafía?

—Todo aquello que alguien reconozca como forma eficiente de un poema podrá ser para cada persona la poesía en cuanto exteriorización de un sentimiento estético; cada cual sabrá para qué le sirve la articulación vocal de su intransferible melodía, la gravitación emocional que cambia la realidad de sitio y transforma las visiones del entorno humano. Ciertamente no hay leyes que determinen a priori su operatividad significativa, sino consecuencias cuyo beneficio ha acompañado a las sociedades de cultura a través de los párrafos baldíos por los que se extiende la historia de la crueldad y de la infamia, también del elogio de la compasión y la alabanza de los seres de honradez. En toda circunstancia, la voz de los poetas, la del que habla y goza y sufre, la del afirma o niega, ha estado ahí como testigua bajo la intemperie de los grandes enigmas, ennobleciendo, consolando con su voz sin boca los imaginarios de la ilusión, la peripecia común de quienes renunciando a ejercer todo tipo de autoridad artística sobre los demás todavía siguen creyendo que tras las huellas de san Juan de la Cruz y los poetas nahuas caminan los descalzos moradores irredentos hacia las prometidas ciudades del amanecer. Entre la inscripción en una tablilla de barro y la huella caligráfica de un pájaro en el sendero de la melancolía no existe otra diferencia que el gesto de todo aquello que, formando parte de la necesidad, es testimonio del paso de otras bienaventuradas generaciones en el balbuceo de la sustantividad, efímera o memorable, eso nadie lo sabe, de lo que fue la amistad de las palabras con los prófugos leyentes del futuro.

Juan Carlos Mestre en una imagen de 2017. / Foto: Margarita Otero (Wikimedia Commons).

—“La boca que se abre es ahora el hambre de tu boca”. Hay un discurrir épico, una épica del fracasado, del oprimido, en esta Asamblea en la que por momentos también encontramos cierto desaliento en el yo poético, un aroma de decepción, que después se depone para cabalgar el lomo utópico. La esperanza, ¿puede derrumbarse o sólo desfallece?

—Me atrevo a pesar que el relato de las utopías no guarda relación con las premisas de lo mantenido durante siglos como reiterado aplazamiento de lo verdadero, sino con aquello que nos ofrece dudas, el desaliento de reabrir la posibilidad crítica del pensamiento sobre las ruinas del anterior fracaso, el cansancio ante el incumplimiento de las promesas emancipatorias en el devenir de los proyectos sociales o el vertiginoso derrumbe de tantos legítimos derechos ciudadanos. Es la pérdida y el menosprecio de los valores humanista lo que hace desfallecer, como usted bien dice, la dinámica política de las sociedades democráticas, la dialéctica que articula a través de sus contradicciones la posibilidad de transformación de los, solo aparentemente inamovibles, arquetipos culturales.

“El discurso poético no es una enunciación subordinada a los grandes relatos que sancionan el devenir de la Historia, su autonomía y proverbial desobediencia ante las jerarquías de clasificación y orden comportan su implícita condición de situarse en el afuera de lo legislable, refractario a la escatología épica del éxito, y anuente de antemano con las parcialidades del fracaso. Sin otra presunción, ese es su ámbito, ese el lugar sereno de los pensadores de amor, los bienaventurados laicos y los artesanos de locura en su oficio de desordenar la lógica, seres que sostienen con la única fuerza de su indeclinable imaginación los andamiajes simbólicos del último mito, la reveladora visión de lo maravilloso que siguen fundando, a cambio de nada de mayor valor, las palabras”.

Hay muertos que siguen hablando más alto y claro que muchos vivos

—Además de escribir poemas, es intérprete de sus textos (acompañado por músicos como Cuco Pérez o Amancio Prada), pintor, grabador, orfebre de cajas, al modo de Cornell. ¿Hemos entendido ya que la poesía no es subsidiaria del verso?

—Todo quehacer artístico parte de un acto de libertad absoluta, una indefinible confluencia de desenvolvimientos críticos que, sin restricción intelectual alguna, subyacen en el tejido de las representaciones textuales, desde la profundidad del inconsciente a la aleatoriedad del azar, desde las antecámaras del aprendizaje y los significantes primordiales a los perturbadores significados ocultos que se revelan en el proceso mismo de la creación. No hay balizamientos que valgan, el destino siempre es otro una vez iniciada la travesía verbal por el mar de la subjetividad hacia el abismo literal del mayor lugar común: la muerte. El que escribe y sitúa su escritura en el lugar del cuerpo, el que acompaña con su canto las andanzas de su otro habitante efímero, quien construye objetos dónde retener la fugacidad del tiempo, comparten en el campo de la significación un mismo laberinto, no hay límites ni espacio en el que un creador de metáforas, fábulas, parábolas al fin, no pueda perderse, ni autoridad que la impida o reglamente. Cuanto participa de lo poético se implica en la libertad ideal, y por tanto utópica, de lo absoluto, y no otro es el misterio de lo que transcurre de la luz a lo invisible y del enigma de la vida al interrogante de la duración en las inmaterialidades de lo oscuro. Acaso sea lo incógnito, lo no conocido como razón de cada particularidad estética la que precisamente otorga sentido a los siempre diversos lenguajes del averiguamiento poético.

—“Cuando murió Rilke una nieve negra comenzó a caer en ningún sitio y lo que tenía derecho a la eternidad dejó de existir”. Pareciera que en lo poético (es decir, en lo vital) no necesitamos que nuestros maestros estén vivos, pero en el terreno político, el hecho de que nombres como Gramsci, Weil, Marcuse, Palme, por citar con urgencia, no hayan encontrado sucesores a la altura, ¿nos deja huérfanos en la lucha?

—Hay muertos que siguen hablando más alto y claro que muchos vivos, ecos inversos que vuelven a entrar en nuestro oído como ríos que remontan la corriente tras las grandes catástrofes de la historia. Huérfano pudiera ser aquel que se niega a recordar, a asumir que ninguna idea precedente desemboca en el vacío, todo dialoga, todo sentido se acumula como curso de una evolución biológica, desde la delicadeza de las jarchas medievales a los iracundos palimpsestos de las reescrituras del Apocalipsis. Cierto es que en el gran relato del pensamiento contemporáneo nada significa dos veces lo mismo aun refiriéndose a los mismos hechos, pero su encargo permanece, el de seguir pensando, contra las hechicerías olvido, que volver a abrir lo clausurado es la más directa forma de entender, como pensaba un joven Keats, que la poesía, como el corazón de la tierra, nunca muere. Y admito, ya que evoca usted a Simone Weil, que “en lo bello ha de verse siempre, manifiestamente, la naturaleza de lo necesario”. Y esa belleza sigue siendo hoy, con impaciente necesidad, la naturaleza moral de la memoria.

—“Riega los manzanos de quienquiera que sean”. El nosotros, ¿es una música capaz de redimir todo?

—Si no nos hacemos cargo desde la responsabilidad colectiva del bien individual que representa a cada persona en su necesidad de amparo, el abismo seguirá excavando su vacío hasta el fondo de la temeridad. Si algo nos incumbe a todos es la sostenibilidad del planeta, el cuidado irrestricto de su préstamo como herencia común a trasmitir sin un mayor estrago a las generaciones futuras. Las rentabilidades de la usura y los mezquinos intereses individuales no pueden sobreponerse en modo alguno a los intereses colectivos de la comunidad, la ciudadanía plural que en pleno ejercicio de los derechos civiles no puede, bajo ningún tipo de pretexto, ser reconvertida en una sociedad de clientes con meras hojas de reclamaciones en los bolsillos. Resistir a las ignominias del consumismo y las indecentes leyes del mercado tal vez pudiera entenderse hoy como una activa forma de redención, favorecer la siempre legítima venganza de la primavera regando el árbol simbólico de los frutos del conocimiento, el árbol de la vida, de quienquiera que sea.

[Entrevista publicada originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducida bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0]

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