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El séptimo sentido

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Mayo, 2026

En una de esas tardes-noches en sus talleres de lingüística aplicada a la creación de textos literarios, el poeta Lauro Acevedo junto con la clase se llevó una sorpresa de la voz de una de sus tallerandas, Yuri Mariscal. Haciendo honor a su apellido, en un fino corte de su espada existencial mariscala, dijo e hizo volar en el espacio: «El arte es un sentido». “Eso precisamente eso”, escribe en el siguiente texto el propio Lauro. ¿Será que sí?

De nuevo en esa gloriosa cotidianidad, en esa tarde-noche en mis talleres de lingüística aplicada a la creación de textos literarios, de conjunturas urdimbrantes y observando acuciosamente las voces alrededor de la mesa de trabajo, con su danza acompasada y gutural, donde brillan en el espacio acercante las luces de las palabras, las que se visten de fiesta dionisiaca, las palabras que con en su dulce temblar, propio del acusado de algo dizque pecaminoso (pero deleitante), danzan en ese júbilo misterioso de iniciarse en un camino azaroso pero amable e inconsútil, como lo es, el sendero del aprendizaje de las herramientas para conseguir un texto, un tejido cuya urdimbre resulte como un destello ferante pero tenue, que se filtra a través de las hendiduras del laberinto de la vida, para poder reconocer esa maravilla: afuera hay auroras volando.

Para que reconozcamos a esas voces-danza, a esas voces-temperamento, a esas voces-entusiasmo, en esos remolinos vocerales, se asienta en tierra la voz de una de mis tallerandas: Yuri Mariscal, que haciendo honor a su apellido, esgrime los giros de su voz-espada, para cortar en el aire de la sala, con prestancia samurái (todo esto obedece a mi interpretación transversal de lo dicho), y decir, ante los oídos atentos de los comensales en la mesa del alimento-saber, del alimento-sorpresa, del alimento-gozo, del alimento-aprender, en un fino corte de su espada existencial mariscala, decir y hacer volar en el espacio: «El arte es un sentido», eso precisamente eso.

Por vez primera el pez salta del borde del cristal que lo aprisiona, deja ese breve universo de agua, para entrar en otras aguas, las aguas de la creación conceptual-conceptuante, las aguas del sentimiento profundo, las aguas de la visión clara, la sutil inocencia de los significantes en su esencia.

Sí, Yuri, ya escuchó a sus compañeros y puso mucha atención en sus aventuranzas parabólicas para atrapar en sus señales-palabras, en sus señales-primicias, en sus señales-posibles acercamientos a lo que, en sí, es el arte.

«El arte es un sentido» nos dice en ese destello vocálico, en ese referente antiguo que es la creación artística, y ¡saz!, de un plumazo-palabra, de un plumazo-razón, de un plumazo-alcance denominativo creacional y delimitante, de Yuri, nos remontamos hacia las alturas conmensurables de las cinco puertas puncionales, más reconocidas, por medio de las cuales dejamos entrar a nuestro universo vivencial a la realidad y a la irrealidad.

Así, vemos a las hendiduras florecidas en el laberinto de la noche, sentimos el aroma, la puncionamabilidad de las rosas existenciales, tocamos la piel del viento que mece nuestras pasiones o que arrastra sin piedad nuestras ansias de infinito, escanciamos en el paladar de la conciencia, la certidumbre del agua, el fervoroso acento del agua, el vivificante acento del agua.

Llega a nuestras células timpales-timbales, la música del alma, del alma que es armonía, del alma que es concierto en la orquesta del universo.

Ilustración: J.D.R.

Vamos más allá, en los alcances de lo sensorial, para retomar ese misterio del dicho ancestral de que “la mujer, por su propia condición, tiene un sexto sentido”, lo asociamos con la tierra, que protege, que cuida con amorosos instantes, a sus frutos, haciéndolos, lográndolos, desde germinar las semillas en su vientre hasta verlos crecer; ese sexto sentido que nos abraza en las infancias y por toda la vida presencial de las madres. Yo no me atrevo en este momento a nominar explícitamente a esto como sexto sentido, porque además la ciencia está ya visualizando algunos otros que podrían llevar esa denominación como la propiocepción y nocicepción, etc. Dejo esa labor a los científicos.

Premisa-instante la de Yuri, nos lleva a que el hombre tiene otra puerta, una puerta-síntesis, una puerta-espejo, una puerta-esencia, abierta para dejar entrar como un ser en sí, como una asimilación de sublimes semenjaturas, de sustanciales semanticuras, a la consustancia del arte.

Una puerta que, como séptimo sentido, un sentido conjuntural de todos los demás sensores, reconoce por capacidad innata de percepción, la energía fresca del arte, brisa matinal que deja ver la noble luz del alba; del alba-inicio, del alma-signatura, del alba-calma después de las tinieblas.

La premisa de Yuri: «El arte es un sentido», parafraseada como creación lingüística y filosófica, nos lleva a la creación filológico-filosófica del concepto: AURANFOS, el Séptimo Sentido, derivo esta palabra nueva esta nominación del sexto sentido, que me atrevo a colocar en el diccionario de mis neologismos, del griego aupa hacia el latín aura, que quiere decir brisa suave o hálito, del protoindoeuropeo que dice aire o niebla matutina y que como metáfora podemos recoger sensación, irradiación y del griego fós que quiere decir luz. Agregué una /n/ eufónica. Y listo.

Entonces, tranquilamente podemos concluir que somos; vir artisticus, pero somos lo que percibimos e imaginamos, crecemos en lo que imaginamos, concluir; hombre es arte, homo ars est y para evitar la connotación discriminante, diremos con gran emoción conceptualizadora: el ser es arte, ese ars est, por el ser/existir o el ente es arte , ens ars est, por el ser/ente.

Podemos ir más allá de estas invenciones nominativas clásicas, hasta decir con toda libertad, como pulsión y punción: un neocartesianismo: Hago arte luego existo. Soy arte y luego existo. Facium artem, ergo sum, ars sum, ergo sum.

Así tenemos ahora ya los siete sentidos naturales reconocidos del ser humano; el tacto, el gusto, olfato, vista, oído, posiblemente la propiocepción, cuando los científicos se atrevan a nominarla como el sexto sentido, y AURANFOS, el Séptimo Sentido.

Posdata: Ahora que, si entre conceptualizancias andamos, podemos decir que en una frecuencia verbal muy acertada Yuri nos quiso decir que el arte es un sentido en la significación de ruta, dirección, orientación, signaléctica al fin, conducción de la vida, esencia del existir, digo esto por su argumentación posterior a la oración.

Pues, de todas maneras, es una lección de vida que tiene mucho de verdad.

Si nos dejamos guiar por esa esencia que es el arte, esa gran casa que nos encumbra como humanidad, pues la vida nos parece más interesante y emociona el poder ser en el arte, para el arte y por el arte.

Sea como fuere, su premisa nos llevó a consustanciarnos con la creación artística, y a la creación del auranfos, el Séptimo Sentido.

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