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“Para no convertirnos en un país de cínicos…”

Ricardo Rocha (1947-2023)

Junio, 2023

El pasado 4 de junio, a los 76 años de edad, se marchó de este mundo el periodista Ricardo Rocha. Con cuatro décadas y media de trayectoria, el reportero, conductor y columnista fue una de las voces más reconocidas del gremio en México. Razones no faltaban: no sólo fue un destacado entrevistador, también reveló a través de sus reportajes sucesos que marcaron la historia del país; además, como lo señaló su hijo, el también comunicador Jorge Armando Rocha: abrió “brecha cuando el sistema lo tenía controlado”. Algo similar apuntó el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, al expresar sus condolencias: “Fuimos muy amigos, me abrió espacios en medios de comunicación cuando casi todo estaba cerrado para nosotros. Abrazo a toda su familia”, escribió en su perfil de Twitter. Víctor Roura aquí lo recuerda.

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Si Televisa volvió duramente a la carga el primer domingo de julio de 1996, mediante Ricardo Rocha en su programa Detrás de la Noticia, contra el empresario Ricardo Salinas Pliego, propietario de Televisión Azteca, significaba que las cosas para el “vendedor de radios y televisiones apagadas” (tal como lo nombrara Orlando Arvizu Lara, entonces presidente de Radio Televisión y Cinematografía del Senado de la República) no estaban nada fáciles. La entrevista que concedió a Televisa fue, sí, utilizada para los fines que perseguía la empresa de Emilio Azcárraga Milmo (que son los mismos que ahora persigue su hijo Azcárraga Jean, desde 1997, cuando heredó el emporio): acabar con él, hacerlo a un lado, marchitar los sueños dorados de su oponente.

Ricardo Rocha fue directo y al grano: si Salinas Pliego recibió millonadas de Raúl Salinas de Gortari, y ese dinero viajó antes por todo el mundo para luego regresar a México (en una casi certeza de lavado pecuniario), y el préstamo aún no se lo había podido pagar a su viejo amigo (entonces ya caído en desgracia… o, mejor dicho, caído por sus trapacerías en Almoloya de Juárez), ¿no será porque dicho préstamo fue en realidad una jacarandosa inversión: una apropiación, pues, de un medio (la antigua Imevisión estatal) con información privilegiada?

Para ello, Televisa contó, pero cómo no (pueden no estar para los reporteros de los diarios, ¿pero cómo se van a negar ante las cámaras y los micrófonos de Azcárraga?), con las participaciones de investigadores de El Colegio de México (Emilio Zebadúa) y la UAM (Javier Esteinou Madrid) y de políticos que, solícitos, se prestaron a responder que, ¡ay!, Televisión Azteca usó el tráfico de influencias para apoderarse de un medio del Estado. Por lo tanto la licitación, mirándose de este modo (un dinero mal habido de la familia Salinas de Gortari), era, todavía lo es, ilegítima, motivo definitivo —pero, sí, cómo no, en efecto— de su revocación.

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Ricardo Rocha —fallecido, a sus 76 años de edad, el pasado 4 de junio— se empeñó en subrayar, una y otra vez (ya sin el evidente nerviosismo que vertía a todas luces durante su entrevista en directo, el jueves 4 de julio de aquel 1996, con el presidente de Televisión Azteca), que Salinas Pliego era un mentiroso. Para ello no sólo contó con la participación entusiasta de los políticos Adolfo Aguilar Zínser, de la vigilante diputada María Teresa Gómez Mont y del vigilante Juan Antonio García Villa, de la Contaduría Mayor de Hacienda de los diputados, y del senador Orlando Arvizu Lara, sino también de la empresa periodística Reforma, que proporcionó a Ricardo Rocha la grabación en casete de la entrevista que sostuviera el reportero de ese diario en la cual Salinas Pliego negaba (“ésta es su palabra, su voz”, se enorgullecía en decir Rocha, satisfecho por la pesquisa) su vínculo con Raúl Salinas de Gortari.

¿Por qué mentía Salinas Pliego?

Ricardo Rocha presentó cifras, datos, errores del propio equipo de Salinas Pliego en sus gráficas y porcentajes. Insistió Rocha en que Salinas Pliego decía que el préstamo monetario que le hiciera Salinas de Gortari, Raúl (a una venta concesionada promovida, vaya cosas, por Salinas de Gortari, Carlos: es decir, el hermano del presidente de la República prestaba el dinero a otro Salinas, que no era de su familia, para que comprara el sensacional paquete que incluía la televisora estatal Imevisión que comprendía los canales 7 y 13; 19 estaciones locales y 250 repetidoras, junto con los Estudios América y las salas Cotsa de cine, ahora en el olvido, derrumbadas, convertidas en estacionamientos o en multifamiliares —porque de cine nada sabía este señor Salinas Pliego, ni le interesaba difundir— lo que dio pie para el nacimiento de las empresas particulares CineMark, Cinépolis y Cinemex), era una cantidad mínima —el préstamo—, sin importancia, lo cual fue un embuste, y Ricardo Rocha lo demostró: ¿qué se hubiese hecho con los 29 millones 800 mil dólares que Salinas de Gortari puso en manos de Salinas Pliego? Treinta y un escuelas en cada estado de la República sin contar a la Ciudad de México, un millón de salarios mínimos de aquel entonces, julio de 1993 —cuando se llevó a cabo tal alegre privatización—; un centenar de servicios de agua potable en comunidades que lo necesitaban.

Ricardo Rocha en la FIL de 2014. / Foto: Abraham Aréchiga.

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Para pagar aquella fervorosa cantidad millonaria se hubiesen requerido, sencillamente, 157 años, y eso si el comprador, en ese momento, ganaba 190 mil dólares anuales (aproximadamente medio millón de pesos, porque en esos años se habían suprimido los tres ceros al peso mexicano), tal como Salinas de Gortari, Raúl, decía ganar, cosa que también era una mentira, pues Ernesto Zedillo Ponce de León lo remitió a la cárcel, en 1995, por enriquecimiento ilícito y sospecha de asesinato en contra de Francisco Ruiz Massieu, acusaciones de las que salió airoso, según el juicio final, diez años después, en 2005, recobrando su libertad, que en realidad jamás la perdió.

Por supuesto, algunos entrevistados por Ricardo Rocha, a pesar de sus poderosos puestos —y que por tanto debían de saber los intríngulis suscitados en aquella onerosa compra-venta—, mostraron, como buenos políticos, desconocimiento e ignorancia. Los únicos entrevistados que no le entraron al juego de Televisa, aunque la insistencia en las preguntas se convirtió con prontitud en acoso, fueron Esteinou Madrid y el periodista Miguel Badillo, quienes no se enfrascaron, como los demás, en minimizar al empresario rival de Azcárraga Milmo (Miguel Badillo fue el periodista que dio a conocer, en diciembre de 1995, la lista negra de los socios del hermano del expresidente).

El propio Juan Antonio García Villa, presidente de la vigilancia de la Contaduría Mayor de Hacienda de la Cámara de Diputados, nunca supo explicar qué hubiese sucedido de haberse encontrado irregularidades en la compra del paquete de los medios del Estado que le fuera concesionado a Salinas Pliego. Dijo que ellos se encargaban nada más de investigar. Otros, quién sabe quiénes, entraban en una segunda fase. Podía ser la PGR o la SCT o la Contraloría. No sabía, el hombre. Eso sí, subrayó que había 1,153 servidores públicos trabajando para la ciudadanía. Aguilar Zínser, fallecido en 2005 en un accidente automovilístico, dijo que si Salinas de Gortari, Raúl, tenía un interés específico en la televisora, podía influir en el resultado de la adquisición, tal como ocurrió. “Estamos obligados a investigar el uso concesionario de los medios, que presentan una altísima responsabilidad pública”, declaró. Gómez Mont dijo que estas prácticas ilícitas ya debían acabarse. Que estamos hartos de que los ricos se enriquezcan cada vez más.

Arvizu Lara dijo que la gente no creía en sus gobernantes, pero que sería más desastroso que no creyera en sus medios de comunicación. Comentó que el asunto debería obligar a modificar este tipo de transacciones: se debería concesionar al que presentara un mejor proyecto de comunicación y no al que más dinero tuviera. Que fue lo que justamente hizo el gobierno salinista cuando puso a la venta la vieja Imevisión.

Y en este punto, ya de lleno en la petición de la anulación —sin decirlo explícitamente— del trato concesionado a Salinas Pliego, Ricardo Rocha se introdujo a un territorio bastante escabroso: Televisa exhibió su preocupación por el destino de los 29 mil 800 millones de dólares no tanto por haber sido un préstamo mal habido sino porque, y aquí sí cupo el asombro del pasivo y anulado espectador, ¡se había comprado un bien público, “una empresa de usted [dirigiéndose Rocha al receptor, al televidente] que está en su casa”!

Así que, por un lapso demasiado corto (el breve tiempo que dura un programa), Televisa entendió que la televisión es un bien público, al servicio de la sociedad toda, premisa que dejó atrás apenas terminó la diatriba contra el empresario de TV Azteca.

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—Así sea —dijo Ricardo Rocha Reynaga con su seriedad característica en su intervención última— por la moral pública. Para no convertirnos en un país de cínicos. Así sea.

Palabras que se las llevaría el viento vaya uno a saber dónde.

Porque a partir de 2001 Ricardo Rocha, luego de ser corrido de Televisa, trabajó con Salinas Pliego después de haberse ambos enfrascado en una batalla de feroces y denigrantes insultos, y tanto Salinas Pliego como Azcárraga Jean, por el natural beneficio que otorga la televisión mexicana (sin importar si los propietarios saben o no de televisión), son dos de los hombres más ricos de México, por supuesto muy por debajo de Carlos Slim o de Germán Larrea. Y ya nadie habla de los adeudos pendientes con los Salinas de Gortari por parte de Salinas Pliego, ni nadie recuerda que Azcárraga Jean heredó Televisa, en 1997, luego de graves ajustes legales, donde fue hecha inmerecidamente a un lado la última esposa de su padre.

Posteriormente ambos empresarios, hacia finales de la primera década del siglo XXI durante el sexenio calderonista, se unieron, sin realmente quererlo, ante la posibilidad de una nueva ley de medios en la que se descartaba la repartición monetaria de los partidos políticos a los monopolios televisivos, con la cual se enriquecían con sumo beneplácito, que los hizo enconarse de veras, al grado de ordenar a sus empleados meter pulla a los congresistas encargados de establecer el denostado reglamento, y envalentonarse personalmente con los senadores, en un desesperado comportamiento antiestético y antiético, que una vez más los puso en ridículo. (Al final, luego de sugerir, ambos empresarios televisivos, atentados contra la libertad de expresión, el manantial financiero prosiguió su curso adentrándose en sus millonarias arcas sin perjudicarlos en absoluto.)

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Yo fui el primero en entrevistar a Ricardo Rocha en un periódico, a finales de los setenta, para hablar en el unomásuno sobre su programa Para Gente Grande que comenzara a transmitirse justamente en ese tiempo, después de convencer a Azcárraga Milmo, el dueño de Televisa, de que dicha empresa mediática necesitaba ya otro tipo de audiencias.

Entonces tenía Ricardo Rocha poco más de 30 años de edad, conversación que se difundiera de manera extraordinaria al ser considerado por fin culturalmente Rocha, por vez primera en un diario —no en una sección de espectáculos, como se acostumbraba—: la conversación era con un creador y no sólo con un impulsor más de los avatares del banal entretenimiento. (Después vendrían proezas periodísticas de Ricardo Rocha en la misma Televisa, como la revelación en 1996, un año después, de la masacre de Aguas Blancas o el atrevimiento de entrevistar a López Obrador durante su protesta política en 1996 o las charlas zapatistas durante el alzamiento chiapaneco, ¡ejercicios ciertamente desnaturalizados en una empresa como Televisa!)

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