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Demasiado jóvenes para morir, demasiado viejos para perder

Octogenarios de la música: ¿el futuro está en el pasado?

Octubre, 2023

Hoy, el rock y pop de los años sesenta y setenta parece atemporal. La música creada hace décadas ha resistido la prueba del tiempo y ha influido en muchos de los nuevos sonidos que se publican. “Parece bastante plausible ser hoy un músico de 70 u 80 años”, decía en 2021 el fundador de Jethro Tull, Ian Anderson, cuando tenía 73 años. “Podemos seguir siendo productivos y morir con las botas puestas”, continuaba, “lo cual es mucho mejor que ser alimentados con cuchara en un asilo de ancianos”. Algo similar señalaba por entonces el baterista de Fleetwood Mac, Mick Fleetwood: “Somos una generación, los baby boomers, que nunca aceptó la idea de ‘tengo 60 años y ya terminé. Por eso creo que, como grupo de jóvenes que envejecen, disfrutamos vivir. Hemos rechazado la idea de que nos regalen un reloj de oro y nos jubilemos”. En este sentido, para muchos los Rolling Stones son los que han marcado la pauta desde hace tiempo, y lo siguen haciendo: apenas el pasado 20 de octubre, la banda, con 61 años recién cumplidos, publicaba un nuevo disco de estudio. Alfredo Gutiérrez, Mick Jagger, Keith Richards, Joni Mitchell, Roger Waters… varios artistas detrás de los mayores éxitos del pop, el rock clásico y la periferia musical han celebrado (o están a punto de celebrar) sus ocho décadas de vida y al mismo tiempo siguen influyendo en la industria musical. En el siguiente texto, Víctor Roura nos habla de ello.

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Con los roqueros se alteraba la idea de la juventud, antes respetuosa de las ordenanzas de quienes les precedían en edad. Con las muertes, que fueron prácticamente suicidios, de Jimi Hendrix y Janis Joplin en 1970 y Jim Morrison al año siguiente, el consumo y la apropiación de la droga comenzaban a expandirse en el mundo.

Víctimas de la repentina confusión y de la intolerancia de las autoridades (entonces fumarse un churro parecía ser un acto contracultural si bien, socialmente, se contribuía en la complicidad del mercado ilegal del consumo de sustancias contrarias a la salud), los roqueros prefirieron el camino de la insubordinación —aunque tuviera visos de incomprensible incongruencia— en lugar de andar por la ruta de la callada adaptabilidad, que los sumiría en el estado innocuo del sometimiento: una década después, en 1980, era asesinado John Lennon en Nueva York, quizás uno de los símbolos más controvertidos de la iconoclastia juvenil, justo cuando el narcotráfico era ya un asunto globalizado, de componendas políticas y carteras vencidas, estabilizando su dominio, asentándose en los interiores de cada Estado, objeto de alarma y persecución mundiales. Ni siquiera tres años antes, en agosto de 1977, con la muerte temprana de Elvis Presley —a los 42 años de edad— el mundo llegó a conmoverse como con el asesinato del ex-Beatle: y aunque también Elvis la consumía —se sabe que los primeros en la adicción de los productos al margen de la legalidad son siempre los millonarios, los detentadores de una solvencia económica que no merma en sus modos de vida si se salen ocasionalmente de sus rutinas básicas—, el deceso de Lennon —a sus 40 años de edad— vino paradójicamente a confirmar el absoluto triunfo mediático del rock, aun con la ingrata adherencia —sobre todo de una prensa empecinada al conservadurismo social— de esta música con las drogas ilegales que ya en los ochenta se montaba plácidamente en el victorioso reino del mercado negro.

Joni Mitchell. / Foto: Paris Visone (Facebook Joni Mitchell).

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Una década más tarde, el 5 de abril de 1994, se suicida el compositor y cantante de Nirvana: Kurt Cobain, de nuevo a los 27 años de edad, la misma edad que tenían Jimi Hendrix y Janis Joplin cuando fallecieron (el compositor de los Doors tenía un año más: 28), y el duelo vuelve a alzarse en el medio musical, y por última vez, ya que con su muerte muere también el rock como alegoría de oposición.

Los carteles de la droga son ya un imperio establecido, una realidad que rebasa a los gobernantes del orbe, quienes, cómplices o no de esta desmedida dilatación, se muestran debilitados ante la organizada red del narcotráfico. Con Cobain muere el último “héroe” roquero porque ya, apenitas después de que se quitara la vida, el rock dejaba de ser rock para pasar a convertirse en pop, en un rock popero en todo caso (o “alternativo”, como lo referían las tiendas de discos cuando éstos aún pululaban antes de la aceptación de las plataformas digitales, que ha ocultado las artesanías para conservar las apariencias), que es decir en una música estandarizada y calificada apta para todo público.

La frase de Ian Anderson (Inglaterra, 10 de agosto de 1947), que diera título a un álbum de Jethro Tull en 1976: Demasiado viejos para el rock, demasiado jóvenes para morir, se le ha revertido a él por lo menos en la primera parte de dicha sentencia, llevándose consigo, asimismo, a numerosos roqueros que, durante este 2023, arriban demasiado jóvenes a sus 80 años de edad, como Joni Mitchell (en realidad Roberta Joan Anderson, 7 de noviembre de 1943), Roger Waters (6 de septiembre de 1943), Mick Jagger (26 de julio de 1943) y Keith Richards (18 de diciembre de 1943), los tres británicos, piezas fundamentales del rock con Pink Floyd y los Rolling Stones, octogenarios radiantes de la música. Tan radiantes estos últimos —es decir, los Stones— que el pasado 20 de octubre publicaron Hackney Diamonds, su álbum de estudio número 24 (en el mercado británico) y el 26 (en el estadounidense), en el que le cantan al amor, al desamor, a la nostalgia y a la lujuria. (En “Depending on you”, el tercer tema del disco, Jagger recuerda un viejo amor mientras fuma un cigarrillo en un bar: “Estaba convencido de que tenía tu corazón en mis manos./ Ahora ella le da amor a alguien nuevo./ Invertí en este juego y perdí como un tonto./ Ahora soy demasiado joven para morir y demasiado viejo para perder”; en otra pieza, intitulada “Tell me straight” —el décimo track—, Jagger se pregunta por el futuro de su relación: “¿Tenemos algo o nada en absoluto?/ Sólo dímelo con claridad./ Me tienes drogado y la caída es bastante larga./ ¿Cómo nos separamos?/ ¿El futuro está en el pasado?”).

Mick Jagger. / Foto: Mark Seliger (Facebook Mick Jagger).

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Si bien el rock es ahora la gran maquinaria de las aquiescencias rebeldes, una especie de ministerio donde se otorgan los permisos para ponerse las máscaras de la insurrección, no deja de poseer —esta música— latidos honorables y objetivos que a veces colindan con la sinceridad, no necesariamente con la ambición pecuniaria.

Como nunca, el rock es hoy una marca registrada: siete décadas después es la música del relajo domesticado, de la subversión oficializada. En su paso a esta dosificación (aunque se hable ahora de resistencias legítimas gracias a las plataformas digitales, pero no por ello menos codiciosas económicamente), sin embargo, ha levantado iconos y heroicidades, modelos que, como el Che Guevara, transmiten simbologías todavía inquietantes: ¿quién le teme en la actualidad a los Rolling Stones pese a las figuras, hoy respetadas octogenarias, que alguna vez inquietaron por sus actitudes iconoclastas?

Algo tuvo de torbellino esta música, después de todo (a Keith Richards una vez lo detuvieron por cargar ilegalmente unos cuantos gramos de mariguana, ¡en cambio hoy un juez estadounidense libera a una regidora panista de Reynosa por haber llevado en su automóvil en las carreteras norteamericanas más de 40 kilogramos de cocaína no para consumo personal sino para venderla en el mercado negro!). Quizás el último símbolo lo representase Kurt Cobain (Estados Unidos, 20 de febrero de 1967 / 5 de abril de 1994), cuya muerte en los noventa, como las muertes de Jimi Hendrix (Estados Unidos, 27 de noviembre de 1942 / 18 de septiembre de 1970), Janis Joplin (Estados Unidos, 19 de enero de 1943 / 4 de octubre de 1970) y Jim Morrison (Estados Unidos, 8 de diciembre de 1943 / Francia, 3 de julio de 1971) en la década de los setenta, y la de John Lennon (Inglaterra, 9 de octubre de 1940 / Estados Unidos, 8 de diciembre de 1980) en los ochenta, pusieron al rock encima de las montañas, en las nubes del “sueño americano”.

Curiosas mortuorias conexiones involuntarias, las suyas: los primeros fallecen a causa de las drogas, cuando los estupefacientes comienzan a conformar un mercado negro (ilegal, por lo que, automáticamente, estos roqueros se hallan en la lista de la transgresión desautorizada, alentadores involuntarios de las grandes mafias del crimen organizado, consumidores irredentos de los negociadores de la ilegalidad); el ex-Beatle muere en el momento en que la droga vive su expansivo reinado, y el líder de Nirvana se va de este mundo cuando el narcotráfico pervive en los mismos circuitos de los poderes políticos de la Tierra.

Es decir: gestación, acomodamiento y dominio del emporio de la sobredosis… un camino similar, acaso con la tesitura alrevesada, al del rock: eclosión libremente explosiva, desarrollo autónomo y acatamiento voluntario al empresariado del entretenimiento.

Keith Richards. / Foto: Kevin Mazur (Facebook Keith Richards).

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Lo que en un principio, por cuestiones de moralidad victoriana en pleno siglo XX, se asociaba con el rock, acaba siendo —la droga— el vehículo negociador de los jerarcas del planeta. De ahí que, durante la última década del siglo XX, consumada la expropiación del rock —por parte de la poderosa y minoritaria industria fonográfica, tal vez una sola que englobaba a numerosas pequeñas, que ha visto reducido el mercado de la música alternativa, trátese de jazz, rock, electrónica, regional, experimental e incluso clásica debido a la aceptación, o auge, de las plataformas digitales—, se le haya desligado, con más ingenuidad que convencimiento, a este género su necia relación con los “vicios ilegales” del sistema. Al fin y al cabo, ahora hasta el abuelo termina siendo roquero, y por convicción, no por consentimiento familiar.

Por eso hoy hacen ruido, y al parecer mucho más que los jóvenes, los viejos músicos como Dylan (1941), Paul Simon (1941), Patti Smith (1946), Neil Young (1945), Van Morrison (1945), Sting (1951), Paul McCartney (1942), Clapton (1945) o los ya mencionados nuevos octogenarios Richards, Waters o Jagger, quienes, a pesar de sus edades, o por eso mismo, son más jóvenes roqueramente que el más joven de los millennials: ¿habría que desconfiar, entonces —invirtiendo el orden aparentemente lógico de la cronología humana que el propio Ian Anderson presagió en su disco Too old to rock’n’roll, too young to die!—, de los menores de 30 años de edad, que salen a la calle con insultos inofensivos en la boca? (Y con una canción en la Tablet que un grupo o reguetonero acaba de subir en la red digital sin ningún proyecto creativo en su vida pero muy inspirado en componer una pieza con la esperanza de ganar mucho dinero debido a las múltiples reproducciones en Internet, que ahora ese es el camino conducente, y no otro, para acceder a la gama y al empoderamiento económico).

Roger Waters. (Foto: Instagram).

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Lo que parece aún una certeza es que el rock sigue siendo una ilusión. Y mientras los espectadores vivan en ella, el rock no dejará de representar, por lo tanto, los alardes y las pretensiones de la imperecedera juventud: el magnífico roquero J. J. Cale, por ejemplo, a sus 66 años, en 2004 (nueve años antes de su muerte) era mucho más joven que cualquier elemento de, digamos, los Strokes o de los Limp Bizkit.

El rock es un gran póster del espejismo social pegado en las alcobas desordenadas de los durmientes roqueros.

Alfredo Gutiérrez. / Foto: prensa Alfredo Gutiérrez.

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Pero en la periferia musical hay también monumentalidades señeras: así como Goran Bregović es un portento sin par en la sonoridad balcánica, hoy ya septuagenario (nació en Sarajevo el 22 de marzo de 1950), de igual modo personalidades como Lisandro Meza, con 86 años ahora, y Alfredo Gutiérrez, quien en abril pasado cumpliera las ocho décadas de vida, ambos colombianos, han sido, son, imperturbables autores en su oficio musical inventariando de manera perfecta el vallenato echando, sí, raíces a su paso pero nadie semejándose a estas figuras únicas de la composición latinoamericana: los dos octogenarios, son más jóvenes en sus ofrendas musicales que cualquier, válgase el complejo entendimiento, joven rapero o reguetonero o grupero prendiendo mecha en las redes sociales.

Porque para no poder ser replicado en la música vaya que se requiere talento, no simples ganas de exponer el canto.

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